Capítulo 1
Las voces de los motores exhalaban suspiros de combustión, fundiéndose con los aromas tempranos del frío viento de Cachemira, que golpeaba con fuerza las puertas de los hangares. Satya, en su ritual matutino, se atusaba el frondoso bigote mientras caminaba contando los pasos que daba, sobre un reluciente salitre de recuerdos de su dorado mar de Andhra Pradesh. Siempre eran los mismos pasos, y más los valía ser; cuatrocientos noventa y siete. Disimulando su cuenta, saludaba sonriente al cruzarse con otros oficiales y cadetes, y levantaba las cejas orgulloso de su uniforme de comodoro, impoluto, planchado con irreal perfección, y de un azul arrancado del tejido celeste. «Trescientos cincuenta y siete… Qué desorganizado parecía todo cuando los uniformes eran kaki… Trescientos cincuenta y ocho…». Era sorprendente cómo el cambio del color de la tierra, al color de los cielos, había proporcionado aquel nivel de orden, estructura e identidad a las fuerzas aéreas. Aquello era, para Satya, el evento que marcaba el cambio de década, de los ochenta a los noventa; el primer paso hacia la modernidad.
Llegando al edificio, un extraño sonido casi lo distrajo de su cuenta. Sonaba como aire saliendo de tubos, acabando en golpes secos. Al entrar en el edificio, sus ojos, acostumbrados a seguir las líneas invisibles de la limpieza y el orden hasta los rincones más tímidos, no estaban preparados para el encuentro con el más mínimo indicio de caos. Subió al segundo piso y se paró junto a una ventana. Contó las cuatro esquinas con la mirada, y volvió a repasarlas pasando un pañuelo blanco. Al mirar el pañuelo y encontrar que este se había oscurecido, apretó los labios. De pronto, una figura se cruzó al otro lado del cristal. Miró hacia atrás, pero no había nadie. Cuando volvió a mirar hacia la ventana, su reflejo había desaparecido y descubrió una huella dactilar en el centro del cristal que frotó hasta hacerla desaparecer. En el patio, los cadetes marchaban hacia atrás, como cuando se rebobina una grabación. «Vaya ejercicio más raro que están probando ahora». El sonido de los tubos parecía coincidir con los movimientos de la instrucción.
Sintió el fuerte impulso de verificar que su camisa se mantenía en perfecto estado, pero sin su reflejo en la ventana, no podía comprobarlo, así que miró detalladamente la palma de su mano, se cercioró de que estaba seca y la aplastó contra su pecho y la movió de arriba abajo a modo de plancha.
Se giró para seguir con su camino, pero no se movió. Se quedó mirando la punta de su zapato, pensativo. «Algo está mal». El zapato estaba bien, reluciente. Algo más allá.
Junto a la ventana, se abría una grieta desde el techo hasta el suelo que parecía tragarse la luz, volviéndola rojiza. El bullicio habitual, los gritos de órdenes, la instrucción invertida, las botas golpeando el pavimento, todo se desvaneció en una pesada bruma atonal que parecía arrastrarle bajo agua. Se volvió con gran esfuerzo y se encontró con una figura sin rostro que le extendía un sobre alargado. La figura saludó, desapareció entre colores sin nombre.
Las piernas le temblaban. Se apoyó en la pared intentando palpar la realidad. Contó los botones de su camisa, mientras intentaba controlar su respiración. «Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete». Estaban todos. Los contó de nuevo en secuencia inversa. Siempre que sentía ansiedad, se le endurecía el abdomen. Observó el sobre marcado con la palabra “Confidencial”, y recordó a su tío diciéndole: «Si alguna vez te sientes sólo no te preocupes, que las cosas malas siempre buscan compañía».
A la atención del Comodoro Satya Sudarshan:
Se requiere su presencia de manera inmediata para asistir como consultor en una operación secreta conjunta, coordinada por R&AW.Preséntese urgentemente en la sala H del ala Este.
Evite cualquier contacto hasta recibir nuevas instrucciones.
Satya, empapado de sudor, dobló cuidadosamente la nota y la guardó en el sobre, intentando no mojarla. Una operación coordinada por el Research and Analysis Wing era lo último que necesitaba. Los servicios de inteligencia no conocen tiempos de paz. La calma no es más que apariencias. Si no hay alguien dispuesto a profundizar en la suciedad que se oculta bajo las capas del inframundo, esta se acumula hasta que la realidad se resquebraja. Satya miró de nuevo la grieta. Se sujetó la mano derecha, que ya quería toquetear los botones, apretó los labios y respiró con fuerza, intentando expulsar sus demonios.
Cruzó el ala Oeste con paso forzadamente firme y llegó al complejo central, que colindaba con las viviendas familiares. Lakshmi, su mujer, vestida de una deslumbrante tela dorada y carmesí, se arrodillaba sujetando a su hijo Anantha, quien intentaba mantenerse de pie con dificultad. Anantha había heredado el color claro y suave de la piel de su madre y la chispeante mirada de su padre. Aunque había nacido prematuro y el doctor les había dicho que era muy posible que tuviera hipotonia durante sus primeros años, ahí estaba Anantha, luchando con la gravedad, como un pequeño guerrero.
Lakshmi señaló a Satya sonriendo. El pequeño Anantha, reconociendo a su padre, soltó un chillido alegre y comenzó a dar sus primeros pasos. Satya lo advirtió, pero aguantó la respiración y siguió caminando, sujetando su mano derecha, sin decir nada, manteniendo la mirada al frente, como bien indicaban sus órdenes. Pasó de largo y a su espalda resonó un grito de su mujer, seguido por el doloroso llanto del pequeño Anantha, quien había caído estrellando la cara contra el suelo.
En el ala Este, el sol entraba en un ángulo cegador por las cristaleras. Al abrir la puerta de la sala H, un fuerte olor a tabaco le arrugó el bigote. Varios haces de luz, que se colaban por los agujeros de las persianas bajadas, atravesaban violentamente la oscuridad, mostrando el hipnótico baile del humo. Sus ojos tardaron un momento en hacerse, hasta conseguir entender la disposición de los asistentes y encontrar la única silla vacía. Nunca era bueno llegar el último.
—Gracias por atender, Comodoro Sudarshan— dijo la voz resquebrajada de un hombre en el centro de la sala, como si la asistencia fuera opcional.—Doy por supuesto que todos saben que la información a tratar hoy aquí es altamente confidencial y extremadamente sensible, por lo que todos ustedes y sus familias estarán bajo estricta vigilancia por un periodo de tiempo a determinar.
A Satya no le gustaba nada aquello de estar bajo vigilancia. No porque tuviera secretos, sino porque no sabía cómo o quién le iba a vigilar. Tal vez alguien vigilaba al vigilante, y a su vez alguien debía de vigilar a quien vigilaba al vigilante y así sucesivamente en una espiral de desconfianza infinita.
Miró a su alrededor intentando reconocer a los otros asistentes, pero no conseguía ver más que contornos y sombras sin rostros definidos.
—Como bien indican sus “invitaciones”, yo coordino esta operación del Research and Analysis Wing, y pueden llamarme… Llámenme Vinay. Pero dejémonos de introducciones. No quiero entretenerles mucho rato, y prácticamente siento como si ya les conociera a todos… íntimamente.
Satya sintió un escalofrío por la espalda. Estaba seguro de no conocer a ningún Vinay del RAW.
—En nuestra última incursión— continuó Vinay—, hemos perdido tres de nuestros mejores operativos. Puede no sonar a gran cosa, pero lo cierto es que eran los mejores que hemos tenido. Dicen que nadie es irremplazable. Me temo que en este caso, se equivocan.
Empezó a manipular una caja, con un sonido de cacharreo, golpes y manotazos hasta que una luz amarillenta impregnó la pared, seguida por el chirrido de un pequeño ventilador. El proyector cargó una diapositiva mostrando la imagen de una carretera en un desierto rocoso.
—Nuestros hombres estaban infiltrados, investigando la sospechosa asociación de un hermético grupo de científicos rusos y chinos —pausó para dar una larga calada al cigarrillo y continuó mientras lo aplastaba en el cenicero—, con los servicios de inteligencia de Pakistán, quien a su vez se había asociado con grupos armados afganos. Y por si la asociación de estos les pareciera poco llamativa, esto que ven aquí es un complejo subterráneo, construido bajo la línea de Durand, en plena frontera, de siete niveles de profundidad y de dos kilómetros cuadrados de superficie.
Un murmullo de incredulidad y nerviosismo se alzó en la sala. Aprovechando el barullo, Satya arrastró la silla para alinearla con la del que se sentaba a su derecha.
—Por favor, mantengan la calma y permanezcan en silencio. Les aseguro que aún no han oído nada, caballeros —dijo con una seriedad que acalló el barullo—. Agárrense fuerte.
Vinay encendió otro cigarrillo. El humo le hizo guiñar un ojo con una mueca de dolor y se rascó la barba con el nervio de un perro pulgoso.
—Los operativos consiguieron infiltrarse, aunque no lo suficiente como para descubrir en detalle lo que los científicos estaban desarrollando. Los últimos informes describían algún tipo de arma experimental, posiblemente relacionada con la manipulación de la gravedad.
Unas carcajadas que venían de detrás de Satya resonaron por toda la estancia, haciéndole sentirse incómodo. Satya se estaba esforzando en entender el significado de lo que oía, aunque sin mucho éxito, y no quería que pensaran que era él quien se reía. Ahora su silla estaba desalineada con la del que se sentaba a su izquierda.
—¿Le parece un chiste?—dijo Vinay sin entonar enfado.
—Discúlpeme. Pero la historia que nos está contando es ridícula de principio a fin. Pakistanís, afganos, chinos, rusos… Armas de ciencia ficción. Con todo el respeto a los operativos fallecidos, pero quizá se pasaron con el opio afgano antes de mandarle los informes— dijo, volviendo a reírse a carcajadas, esta vez acompañado por las risas de más asistentes.
Las diapositivas comenzaron a sucederse, mostrando el interior del edificio subterráneo.
—Fallecidos no. Desaparecidos— aclaró Vinay—. Igual que todos los que se encontraban en el complejo. Puf. Ni rastro. Sólo existen dos entradas o salidas al complejo. Una en territorio pakistaní y otra en territorio afgano. Nadie salió del complejo. No se ha encontrado ningún cuerpo en el interior.
Las risas se detuvieron. Sólo se oía el ruido de las diapositivas sucediéndose. Efectivamente, estas mostraban imágenes de los que parecían ser los científicos chinos y rusos mencionados, en un laboratorio lleno de extrañas máquinas, hasta que la proyección se detuvo en una imagen que mostraba una especie de cañón futurístico.
—Esto que ven aquí es el arma experimental, que por cierto, tampoco ha sido encontrado. Todo indica que las desapariciones son consecuencia de su uso— se encendió otro cigarrillo usando la colilla del anterior y pasó la diapositiva mostrando un mapa—. Como curiosidad, les diré que el círculo azul que ven aquí es la localización exacta del complejo. El círculo rojoque ven aquí, en Cachemira, es precisamente esta base en la que nos encontramos, y esta línea roja que une ambos círculos es la dirección exacta en la que se encontraba, antes del evento, si me permiten la expresión, el cañón gravitacional. Y no es que sea una línea recta en un mapa bidimensional, sino que acaba justo aquí, en coordenadas tridimensionales, en un ángulo perfecto.
Terminó la frase con un silbido ascendente, dibujando una larga diagonal en el aire con el cigarrillo. Dejó una pausa para que todos los asistentes absorbieran la información y continuó.
—Todo esto pasó hace casi un año. Pasado mañana se cumple, si no me equivoco.
Satya sintió una presión en el pecho que le encogió los hombros, al darse cuenta de que lo descrito coincidía con el nacimiento de su hijo.
—¿Por qué no se les ha informado hasta ahora?, se preguntarán algunos. Pues la respuesta es muy sencilla en principio, y bastante compleja en final. Hemos estado vigilándoles durante casi un año, y para su tranquilidad, sepan ustedes que no hemos notado nada extraño. También les digo que no hay duda de que esta base era el objetivo, aunque parece que el tiro les salió literalmente por la culata. Entiéndanme, no se les han dado explicaciones porque no las hay. Cuantos más expertos metemos en este asunto, más dudas tenemos. Más posibilidades —apagó el cigarrillo dándole vueltas en el cenicero, desbordando la ceniza, que parecía chisporrotear en un haz de luz—. Más complicaciones. Algunos expertos aseguran que el cañón gravitacional podría distorsionar el espacio-tiempo de maneras que aún no comprendemos.
—¿Cree que los desaparecidos podrían haber sido accidentalmente… teletransportados?— dijo una voz aguda.
—No se descarta. Tal vez fueron vaporizados, aunque llama la atención que sólo desaparecieran materiales orgánicos, y que no saliera todo por los aires. Quién sabe, puede que se convirtieran accidentalmente en los primeros viajeros temporales… No lo sabemos. Y si este último fuera el caso, las ramificaciones son inimaginables. Pero no nos metamos en ese pozo. Antes de finalizar esta sesión, quiero que sepan que durante los próximos días mantendremos entrevistas individuales con todos ustedes. Por favor, intenten recordar cualquier evento extraño que les haya llamado la atención durante este año. Buscamos pequeños detalles, los grandes ya los conocemos. Y en fin, dejémoslo aquí por hoy, no quiero saturarles.
Satya salió por la oscura puerta de la sala H sin mirar a nadie. Caminaba mirando las puntas de sus brillantes zapatos negros con extrañeza. No le parecían sus pies. Se sentía confuso. Había habido un ataque a la base, sin que nadie se diera cuenta, y sin que pasara nada. No encontraba el sentido. Tampoco entendía lo del cañón gravitacional, la teletransportación, o lo del espacio-tiempo. Le sonaba a esas películas americanas de ciencia ficción, que nunca le habían entusiasmado. Recordó que su hijo había nacido tres semanas antes de lo previsto. ¿Podría estar relacionado? No era algo tan extraño. Intentó recordar algún otro evento, pero no le venía nada a la memoria. Una sombra le envolvía el pensamiento. «La grieta».La viscosa sombra que salía de la grieta. Nadie lo había notado. Él mismo no lo había notado hasta aquella mañana, aunque aquello no parecía cosa de un día. Pero se sentía estúpido al imaginarse contándole a un agente del RAW que había encontrado una grieta en una pared, o que su hijo había nacido prematuramente. Se le endureció el abdomen y su mano se movió sola hasta los botones de la camisa.
De pronto escuchó una voz de mujer gritando su nombre. Subió la mirada y vio a una enfermera corriendo hacia él. Esta le indicó que debía ir a enfermería cuanto antes. Su mujer había llevado a su hijo por una caída y este se había puesto azul.