Amoraguate

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Summary

Acompaña a la hermosísima Ava Cate en su aniversario con su novio, Avodiego. Una celebración que no estará exenta de amor, pasión y terror. ¡Porque, sí! En el mundo de las frutas también hay lugar para el horror.

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Relato Corto

El color preferido de Ava Cate era el rojo, el color de las rosas y del amor y de los sentimientos que los aguacates normales y corrientes no se atreven a hablar. ¡Te quiero mundo! Ava Cate se había puesto un precioso vestido de color rojo que combinaba a la perfección con el color verde oscuro de su piel. Se había pintado los labios de rojo intenso y atado un lacito del mismo color en la cúspide de su figura ovalada. Éste sería su uniforme de trabajo, ella, y solo ella, podía contrarrestar el mal humor del resto de aguacates. Sus herramientas eran el amor y las sonrisas sinceras. ¡Sonríe porque hace un precioso día! Y sonríe también si hace un mal día, las tormentas de hoy se convertirán en nutrientes para el día de mañana. Viste de rojo y no dejes de sonreír. Dile al mundo que lo quieres, que amas a todos los aguacates que viven en él.

—Te quiero mundo —dijo Ava con una mano en el pomo de la puerta—. Y te quiero mucho Avodiego, aunque seas un tonto, mi tontito.

Salió de la cámara frigorífica con una sonrisa que le cubría toda la cara. No había aguacate más feliz que ella. Se había puesto su vestido favorito y se había arreglado la piel de tal forma que dejaba entrever el color verde fresco de su interior a través del escote del vestido. Era un día especial, un día para gritar al cielo un fuerte te quiero. Celebraba su sexto aniversario con su chico, Avodiego. Le quería mucho y era su tontito.

Este año Avodiego era el encargado de preparar una comida especial para el aniversario, lo haría muy bien porque Ava le había dado precisas instrucciones de qué tenía que hacer, cómo tenía que decorar la mesa, los aperitivos que estarían comiendo mientras charlaban de temas previamente establecidos por la propia Ava y la receta del plato principal. Incluso le había dicho qué tenía que ponerse para estar bien guapo. ¿Lo haría? Por si las moscas arruinan la cosecha (refrán común entre frutas) Ava no se había ido de casa sin echar una manita a Avodiego con el traje. Ese chico era un desastre y no se le podía dejar solo. Ava Cate lo quería igual, con sus pocas y sus muchos defectos.

La única tarea de Ava era hacer tiempo para que Avodiego terminase de preparar la sorpresa que no era tan sorpresa. Dos horas de paseo, calculaba Ava, serían más que suficientes. Daría un par de vueltas por La Huerta, luciría su llamativo vestido y expandiría la epidemia del color rojo a quienes la viesen. Las manzanas verdes tomarían nota del vestido y lo plagarían en sus próximos eventos y las rojas la envidiarían porque su rojo no era tan intenso como el de Ava. Os quiero manzanitas. También quería a los limones amargos, esos que no se pondrían nada de color rojo ni dirían te quiero, aunque les obligase a punta de pistola.

No había planeado comprar nada en su paseo, pero, una vez en la avenida, no lo pudo evitar. El aroma a sales de nitritos y sulfatos, nutrientes esenciales para el crecimiento de las frutas, pudo con ella. La magia del vestido rojo de Ava hizo su efecto nada más entrar por la puerta del salero. La sandía que se encontraba detrás del mostrador, una mujer obesa como ella sola que vestía con un enorme delantal de color blanco, sonrió nada más ver a la chica aguacate.

—Buenos días, cariñito —dijo la sandía con voz maternal.

Ava Cate compró un surtido variopinto de sales para la cita y se alegró mucho al descubrir que tenía una aliada en la tarea de contagiar de amor a La Huerta.

Pasaron las dos horas de cortesía que regaló a Avodiego. Ava Cate estuvo mirando la hora en su reloj de pulsera durante todo el trayecto. No quería llegar demasiado pronto al frigorífico, pero tampoco demasiado tarde. Tan malo era descubrir la sorpresa a media preparar como hacer esperar a Avodiego. Dos horas, puntual como un reloj. En una mano llevaba la bolsa blanca con

el surtido de sales. Ava Cate pidió a la amable sandía que le diera una bolsa fuera de un color que no transparentases. El surtido de sales era una pequeña sorpresa dentro de la gran sorpresa que era la cita. Por desgracia, la sandía solo tenía bolsas blancas, Ava hubiera preferido que fuera de un color más alegre. Tenía que esconder muy bien el surtido porque Avodiego era un glotón (su hambre insaciable era parte de sus encantos), sería capaz de comerse la bandeja entera antes de llegar al plato principal. De eso nada, monada. Las sales son para el postre, para el primer postre. El segundo postre se lo tomarían en la cama y sería muy especial.

Subió los escalones del frigorífico pisando fuerte para hacer el máximo ruido posible. Avodiego, por muy despistado que fuera, debería escucharla. Si tenía algo entre manos, tenía que darse prisa en terminarlo. ¡Ya estaba tardando! Ava Cate estaba a punto de subir a la cámara y estaría feo que se encontrase a su apuesto aguacate del alma en mitad de la faena, con un feo delantal quemado y la americana del traje encima del sillón, tirada para que se arrugase toda. ¡Con lo que le había costado plancharla el día anterior!

—Uy, ¿qué es eso que huele tan bien? —dijo Ava en voz alta en el rellano.

Si Avodiego no le había escuchado subir las escaleras, la había escuchado ahora.

Ava se quedó quieta unos segundos frente a la puerta de la cámara del frigorífico. Hizo ruido con las llaves para hacerse notar todavía más. Avodiego no se daría cuenta de que lo estaba haciendo a propósito, pensaría que Ava Cate era tan despistada como él. Un plan perfecto, sin fisuras. Espero que estés listo, Avodiego, porque allí que voy.

Avodiego estaba sentado en la mesa del comedor, hecho un pincel. Llevaba puestas sus mejores prendas: un elegante traje de color negro planchado esa misma mañana (fue Ava Cate quien planchó el traje), una camisa de color crema y una corbata que, como no podía ser de otra manera, era de color roja, a juego con el vestido y el pintalabios de la chica. Ava Cate lo había ayudado a vestirse y peinarse. Si lo hubiera dejado solo, a saber qué se hubiera puesto. Este aguacate era capaz de ponerse un chándal para una cita romántica. ¡Nada de eso! Tenía que ponerse bien guapete (aguapete).

Ava Cate caminó dando saltitos hacia su chico. Hizo señales a Avodiego con las manos, como si fuera un pequeño pájaro moviendo sus alitas muy rápido para mantener el vuelo. Quería decirle que no hacía falta que se levantase, que ella podía sola con la bolsa y que no fuera tan amable, que ya había hecho suficiente preparando todo esto. Te quiero. Eso también quería decírselo. Te quiero, eres mi vida, mi corazón y mi todo. Te quiero con toda mi alma y con todo mi hueso. Te quiero, te quiero y te quiero. Quería decirle tantas cosas que las palabras se atropellaron en la garganta de la chica aguacate.

—Ayyy —fue lo que salió de la fina boquita de Ava Cate.

Abrazó al aguacate que era su novio por la cintura y le besó los labios. ¡Pero qué aguapete estaba!

—¿Todo esto lo has hecho tú? —dijo más tranquila—. No tenías por qué hacerlo. Velas, un jarrón con rosas…. ¡Te has pasado! Para mí este día es como cualquier otro — había practicado la mentira durante el paseo—. Mira, yo también me he acordado de ti, he comprado una bandeja de saladitos para el postre —descubrió el contenido de la bolsa para hacerle la boca agua—. ¿Qué has preparado tú para comer? ¿Puedo ir a verlo?

Ava Cate fue a la cocina con la bandeja de saladitos antes de que Avodiego se los comiera todos y no dejase nada para el postre; la bolsa la tiró a un lado, fuera. Había cumplido su función y ya no la necesitaba. Dejó el surtido de sales encima de la encimera. La cena se estaba fermentado en la ventana. Avodiego era un pésimo cocinero, eso había quedado más que demostrado. Ava Cate le había dicho cómo debía cocinar el abono, la cantidad exacta de sulfato que tenía que añadir y el tiempo de fermentación. Incluso con la receta delante de sus narices, Avodiego era capaz de apañárselas para hacer algo mal y estropear la comida. Ava Cate no se atrevió a dejarlo solo en su cocina; sentadito en la mesa estaba mucho mejor y mucho más aguapete. Antes de salir de casa, se había asegurado de guardar el abono en la cámara para que no se dejase perder. Continuaría con la cocina después de regresar al frigorífico, es decir, en este momento. Con que le diera el aire unos minutos a la bandeja eran más que suficiente. La comida era parte de la sorpresa que Ava Cate había preparado por cuenta propia, pero que permitía que Avodiego se llevase todo el crédito. El pobre, no sabía hacer nada de no ser por ella, ni vestirse solito.

Dejó la bandeja con el abono en la encimera, al lado de los saladitos, con la ventana abierta de par en par para que terminarse de fermentar, y regresó a la mesa junto con Avodiego. En el rato que terminaba de hacerse la comida, podrían charlar de sus cosas. Además, Ava Cate (que no Avodiego), había llenado la mesa con todo tipo de aperitivos para hacer hambre mientras se terminaba de fermentar el plato principal.

—Podrías haberte lucido un poco más, digo yo. El abono de res no es un plato indicado para un aniversario. Te lo perdono porque sé lo torpe que eres con la cocina y porque estás muy aguapete.

Ava Cate interpretó su mejor papel de novia molestia. En realidad, estaba encantada con la comida y la puesta en escena.

No se sentó en su silla, sino que caminó despacio y deslizando un mano por el borde de la mesa, hacia donde estaba sentado Avodiego.

—¿Te gusta lo que te he preparado? —preguntó sin darse cuenta—. Quiero decir, que sí, que me gusta mucho lo que me has preparado. Sales de sodio, fertilizantes, sacarosa…. A ver, no son los platos cinco estrellas, pero son platos al estilo Avodiego y con eso soy muy feliz.

Cogió la bandeja de pieles de fertilizantes y el tenedor de Avodiego. Pincho una de las bolitas y la acercó a la boca del chico aguacate. ¡Qué rico!

—¿Necesitas que te ayude a comer? Tienes la piel un poco rígida. Creía que le había hidratado bien. Ya sé que las cremas no pueden sustituir los azucares naturales. He hecho lo que he podido. ¿Vale? Estabas muy feo así, todo tieso y arrugado. Se te caía la piel y por dentro tenías un horrible color agrio. No me lo enseñes, no quiero verlo, por favor. ¡Tápate! He cubierto tu piel con varias capas de papel de periódico, dicen que ayuda a que la fruta tarde más en madurar. ¿Es que no te gusta cómo te queda? ¡Oh, no! No me mires así. Hice todo lo que estaba en mi mano para que te vieras bien. No, no hagas eso. Me estás juzgando con la mirada. Odio cuando haces eso. Lo hice por tu bien, por nosotros, porque te quiero. Deja de mirarme así. ¡Déjalo, ya!

Dejó la bandeja de fertilizantes en la mesa con un sonoro golpe. Suspiró y bajó la cabeza, hacia su vestido. La magia del color rojo hizo que sonriese un poquito.

—Lo siento, supongo que todavía estoy un pelín asustada. No más gritos. ¿Vale? Comeremos, charlaremos durante un rato y luego iremos a la cama. ¿Te parece bien? ¿Querrás acostarte conmigo? Sí, seguro que sí. Yo sí que quiero acostarme contigo. Prometo sorpréndeme cuando

vea que la caja envuelta que he escondido… que has escondido debajo de la cama. Sé que es lencería roja, de nuestro color favorito. La he comprado yo. Pero, será tu regalo. Diré qué la has comprado tú con tu dinero, como si nada hubiera pasado. Después de los saladitos, estrenaré la lencería para enseñarte como me queda, dejaré que me peles y te enseñaré mi interior fresco. La mejor cita que hemos tenido nunca. ¿Verdad que sí?

Ava Cate se levantó alegremente. Se puso detrás de Avodiego, colocó sus manos encima de sus brazos y controló al aguacate para que cogiese la comida que tenía delante. Después de las dificultades que surgieron al vestirlo y peinarlo, hacer que cogiera un tenedor con la mano izquierda y un cuchillo con la derecha resultaba una tarea bastante más sencilla de lo que parecía a simple vista.

—Te quiero — susurró a la piel rígida del podido a la vez que depositaba un terroncito de sacarosa en su boca.

Soltó las manos inmóviles de Avodiego y las puso en su boca humedecida con cremas hidratantes. Hacer que masticar fue más complicado de lo que había pensado. La piel del aguacate amenazaba con resquebrajarse cada vez que Ava ponía sus manos encima. No hubo otra solución. Metió la mano en la boca del chico y sacó el terroncito intacto de sacarosa. Lo masticó por él y se lo entrego con un beso romántico.

—Ahora tú solito. Yo también tengo hambre, ¿sabes? Eres un glotón egoísta.

Puso un par de terroncitos dentro de la boca del aguacate podrido y las recogió con un beso apasionado.

Ava Cate regresó a su asiento y se sirvió un surtido de aperitivos mucho menor del que había puesto en el plato de Avodiego. En la fantasía de Ava Cate, él seguía siendo un tragoncete, su tragoncete tontito y aguapete. No importaba que se le cerrase la boca por lo arrugada que estaba su piel ni que estuviera recubierto por una pasta de papel de periódico y agua como si fuera una momia hecha en un taller de manualidades. Ava Cate seguiría apartando la bandeja de saladitos de las garras de su tragoncete favorito.

Llamaron a la puerta de la cámara, Ava Cate se imaginaba quién sería. Los vecinos del frigo llevaban días llamando. Decían que les molestaba el olor; amenazaron incluso con llamar a la policía de La Huerta; los temibles agricultores. Pensaban que había un problema de ventilación en el frigorífico y que Ava Cate, por algún motivo inexplicable, se negaba a repararlo.

—Iré yo. Tú debes descansar, has hecho un gran trabajo preparando todo esto —antes de marchar al vestíbulo, besó la frente del aguacate.

Se limpió las migas del vestido y abrió la puerta. Efectivamente, al otro lado, esperaba el señor Guaca Mole, el vecino de la cámara de abajo, con los brazos cruzado y una sonrisa invertida. Esta vez, la magia del vestido rojo no fue lo suficientemente poderosa como para transformar el apuro de un aguacate maduro y malhumorado en una sonrisa.

— No has arreglado el tema de los olores —fue directo al hueso, ni siquiera dijo los buenos días—. Las paredes del frigo son muy viejas. Los olores transpiran hacia las otras cámaras. Es insoportable —al menos una vez por día, el señor Mole se encargaba de repetir la misma monserga sobre olores y paredes—. Cate, se te ve una buena fruta, pero no podemos continuar así. Tienes que llamar a los agricultores—el señor Mole siempre actuaba de la misma manera: primero amenaza y luego mostraba su compasión—. La comunidad ya ha dicho que no está

dispuesta a pagarlo, es problema de tu vivienda —ahí estaba la amenaza—. No tienes seguro. Es eso, ¿verdad? Tienes miedo de no tener suficiente dinero para pagar la reparación. Lo comprendo, pero tienes que comprendernos a nosotros también —y ahí la compasión—, lo estamos pasando tan mal, igual que tú. Es un olor entre vinagre y aceite de motor. Apesta. Se te pega en la ropa y hueles a coche viejo durante todo el día. Sabes que trabajo en una farmacia, la limpieza es importante. ¿Crees que los clientes querrán entrar en una farmacéutica en la que el farmacéutico apesta a vinagre? Te aseguro que no. Y no hablemos de lo mal que lo pasan mis críos en el colegio.

— Yo… lo siento… he tenido muchos problemas últimamente y….

— …es lo que suponía: necesitas dinero —poco a poco, la mueca del señor Mole pasaba a ser una delgada línea de indiferencia.

—Sí, es verdad. Estoy muy asustada por lo que pueda pasar. No quiero terminar en la calle. Es que... no sé qué hacer. Mi chico ha venido para animarme. Es nuestro aniversario y me ha preparado la comida —Ava Cate hablaba mirando su vestido. Si fuera de cualquier otro color que no fuera el rojo, el torrencial de lágrimas le hubiera impedido hablar.

—No va a pasarte nada malo. Solo llama a los agricultores, pide un presupuesto. Si es muy elevado, hablaré con la comunidad y haremos una colecta para ayudarte a pagarlo. ¿Te parece bien?

—¿Harías eso por mí? Sí, gracias. Muchas gracias.

—Ahora ve y disfruta de tu pareja.

Al cerrar la puerta, regresó a su película de amor: aquella que no entraban los problemas de dinero, los vecinos que se quejaban por los olores ni las infidelidades. Los protagonistas de la eterna película eran ella y su novio; nadie más. Abrió el cajón del recibidor y cogió el ambientador en espray que guardaba. Fresco olor a campo. Esparció el gas por la puerta. De haber sido más inteligente, lo hubiera hecho antes de que el señor Mole hiciera su entrada triunfal. Tal vez, podría haberlo engañado diciendo que ya había arreglado el (falso) problema de ventilación.

Se dirigió, ambientador en mano, a la cocina y se asomó por la ventana la cual daba al patio común del frigorífico. Roció la ventana con el espray. No sería suficiente. A la hora de la cena, otro vecino, llamaría a la puerta y éste no sería tan amable como el señor Mole. Quizás, traería a una pareja de agricultores. Examinarían la casa y encontrarían a Avodiego vestido con su traje recién planchado y apestando a podrido. Blanco y en botella, leche. Fruta en descomposición, peste. Descubrirían que no había ningún problema de cañerías, sino un aguacate podrido vestido con traje y corbata. Expulsarían a Ava de La Huerta y llevarían a Avodiego a la fábrica de fertilizantes, para reciclar.

Lanzó el ambientador al patio dejándose llevar por la ira. Se arrodilló en el suelo de la cocina, se tapó la cara con las manos y empezó a llorar. Alguien había cogido el mando de la tele y había cambiado de canal. La nueva película era horrible. Le asustaba. Había podridos y zombis y cosas apestosas y bichos y todo era muy oscuro y daba mucho miedo. No quería ver nada de eso.

El colmo fue la aparición de los insectos, bichos reales. El abono de la comida se había pasado de fermentación. La bandeja que había dejado en la encimera estaba siendo devorada por una plaga de hormigas y alguna que otra cucaracha. ¡Bichos! Que no se entere la comunidad por

favor. Las reglas de higiene eran muy estrictas. Todos los alimentos debían mantenerse frescos, listos para la cocinar.

—No se te puede dejar solo, Avodiego —de vuelta a la película de filtro rojo.

La chica aguacate lloraba y reía al mismo tiempo. El nombre de su chico siempre le hacía sonreír, aunque estuviera llorando. Con él a su lado todo iría bien. Las cosas que daban miedo desaparecerían. Todo lo malo se iría bien lejos.

Se armó con los guantes de cocina y cogió la bandeja infectada. Bandeja y todo a la basura. Se acabó el problema.

—Te parecerá bonito. No vuelvo a dejarte a cargo de mi cocina.

El costado frontal de Avodiego se despegó del hueso y cayó encima de la mesa, derrumbando las velas aromáticas, los platos con los aperitivos y el jarrón con rosas rojas.

—Dejad el mando de la tele quieto —renegó Ava.

El costurero estaba en el comedor, encima de la estantería, cerca de Avodiego. Ava Cate había supuesto que esto podía pasar en algún momento, esperaba que fuera después de comer, con los meneos de la cama. Metió unos cuantos papeles de periódicos hechos bolas en el interior de Avodiego con tal de rellenar los huecos que su interior deshidratado había generado. Con mucho cuidado, como si estuviera cogiendo el frágil jarrón de la abuela, colocó la parte frontal de Avodiego en su sitio, pegada al hueso. Por suerte, no había ningún bicho. Coserla con hilo y aguja no había sido una buena decisión. Las costuras no resistían el peso de un aguacate maduro. ¿Y qué otra cosa podía hacer? Ava Cate se sentía más sola e indefensa que nunca. No era la doctora Aguakenstein de las frutas, pero hacía lo que podía. ¿Vale? Ava estudiaba magisterio en la universidad y se ganaba la vida trabajando los fines de semana como camarera en un bar de fertilizantes. No sabía nada de momias ni de podridos vivientes. A Ava Cate le gustaban las películas de amor.

Las vendas de Avodiego se le pegaban en las manos. Debajo de ellas se dejaba ver el interior marchito del chico.

—No vuelvas a hacerlo, no me juzgues. Sabes que yo no quería. Yo… estaba enfadada y asustada. Pensaba que te perdería. Me contaste lo de la chica aquella a una semana de nuestro aniversario y yo… No quería perderte. Quería que por lo menos celebrásemos juntos este día. Te quiero Avodiego. Quiero que estemos siempre juntos. ¿Tú también me quieres, verdad que sí? No hace falta que me lo digas. Yo sé que me quieres. Si no me quisieras no me abrías preparado todo esto. Estarías con esa otra chica. ¿Cómo se llama? ¿Ana Vocata? ¿Era así? No, es mejor que no me lo recuerdes. No sé si estoy mentalizada para volver a escucharte pronunciar ese nombre. Déjamelo a mí, yo me ocupo de todo. Nos sacaremos de esta. Te quiero mucho, Avodiego.

La parte frontal del chico volvió a caer. Ava Cate modificó sus planes para que pudieran terminar el día de una vez. Se saltaron la comida y el primer postre, la bandeja de saladitos. Nada de sustos. Ava Cate arrastró por el pasillo la mitad del chico, la cara desollada, hasta el dormitorio dejando tras de sí un rastro rancio de color verde oscuro. El regalo que Avodiego le había hecho, pero ella había pagado, estaba debajo de la cama.

—¡Has recordado que el rojo es mi color preferido! ¡Muchas gracias! ¿Quieres ver cómo me queda? Tápate los ojos en lo que yo me cambio —seguía llorando y sonriendo—. Espera que me

quite el vestido. Te dejaré que me peles la piel con los dientes. ¿Sigues queriendo ver mi interior? Si no puedes pelarme solo, te ayudaré a hacerlo. Solos tú y yo, para siempre. a escribir aquí...