Llegó La Carta Del Amor by cristy at Inkitt
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Llegó la carta del amor

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Summary

Amira, hija de un duque caído, ve a su hermana mayor, Karina, ascender socialmente al casarse con un duque, aliviando así las burlas familiares. Presionada por su madre para emular a la ahora duquesa Karina, Amira anhela independencia, pero carece de valor para oponerse. Su vida se complica al enamorarse de quien menos espera su familia, un confidente que le hace llegar cartas de amor prohibidas. Amira se debate entre el deber y el deseo, enfrentando las consecuencias de elegir su propio destino.

Genre
Romance/Drama
Author
cristy
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Amira era una joven de carácter observador y encantadora. Su cabello, de un castaño claro con reflejos dorados, enmarcaba un rostro de facciones delicadas, donde sus ojos, de un tono aún más luminoso que su cabellera, revelaban una inteligencia aguda y una sensibilidad profunda. Su piel, más clara que la de otras jóvenes de su edad, tenía la tersura de la seda y contrastaba con la difícil situación de su familia: un ducado caído en desgracia. Sin embargo, el reciente matrimonio de su hermana mayor con un duque, un hombre de gran influencia y riqueza, había traído cierta calma a los murmullos y habladurías que antes ensombrecían su apellido, aunque no del todo.

Un día, Amira observaba desde la ventana de su habitación, con la mirada perdida en el ir y venir de la corte. Las jóvenes, ataviadas con vestidos de colores vibrantes, se abanicaban con coquetería ante la atenta mirada de los hombres, riendo con estudiada gracia cuando estos les dedicaban una sonrisa o un cumplido. Amira suspiró, ajena a ese juego de seducción y a la frivolidad que parecía dominar el ambiente. Su mente estaba en otra parte, en los libros que leía a escondidas y en los sueños de un futuro donde ella pudiera elegir su propio destino.

Poco después, bajó a almorzar con sus padres, la duquesa Roshe y el duque Tarquin. La seriedad en sus rostros al sentarse a la mesa la inquietó de inmediato. Su madre, una mujer de belleza aún notable pero con una expresión de perpetua insatisfacción, dejó a un lado su plato de plata repujada y ordenó a una sirvienta que trajera un cuadro. Amira se sorprendió al reconocerse en el retrato, donde aparecía con un vestido de gala que nunca había usado y una sonrisa forzada.

—Madre... ¿por qué estoy pintada en ese cuadro? —preguntó, apretando las manos bajo la mesa hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

—Amira, hija mía, has alcanzado la edad de buscar un buen marido. Ya es hora de que pienses en tu futuro y en el de nuestra casa. He mandado hacer este retrato para que la casamentera, lady Beatrice, te encuentre un esposo a tu altura, si es posible, un duque tan acaudalado como el de tu hermana —respondió su madre, con una sonrisa que no alcanzaba a ocultar su ambición. Su padre asintió, con la mirada perdida en sus propios pensamientos.

—Madre, no me habías consultado... —Un sentimiento de rabia e impotencia, mezclado con una profunda tristeza, comenzó a crecer en el pecho de Amira, como una tormenta que se avecina—. Aún soy muy joven, no creo...

Antes de que pudiera terminar la frase, su madre golpeó la mesa con su mano enjoyada, mirándola con una severidad que helaba la sangre.

—¡Basta, Amira! Tu hermana ha dado el ejemplo que debes seguir. Gracias a su matrimonio, hemos recuperado parte de nuestra posición en la corte. Ahora te toca a ti cumplir con tu deber. Limítate a ser la hija obediente que siempre has sido, y deja de cuestionar mis decisiones.

La duquesa Roshe se levantó de la mesa con un gesto de impaciencia, seguida por el duque Tarquin, quien solo atinó a suspirar, incapaz de contradecir a su esposa. Amira se quedó sola en el comedor, rodeada de la opulencia que ya no le resultaba familiar, y las lágrimas no tardaron en brotar, resbalando por sus mejillas. Su doncella, Sara, una joven de su misma edad con quien compartía confidencias y sueños, se acercó con un pañuelo de lino bordado, que Amira tomó con fuerza, aferrándose a él como si fuera un salvavidas.

—Han decidido mi futuro sin siquiera preguntarme... —Murmuró, con la voz quebrada. Se levantó con dificultad, devolvió el pañuelo a Sara y caminó hacia su habitación, arrastrando los pies con desolación. Una vez allí, se encerró y se desplomó de rodillas junto a la cama, sintiendo cómo el peso de las expectativas familiares la aplastaba. En el suelo, el ruedo de su vestido azul se rasgó, como un presagio de la ruptura que se avecinaba en su vida.

—¿Por qué me pasa todo esto a mí? —Gritó hacia el techo, con la voz cargada de angustia. Levantó la mirada y se vio reflejada en un gran espejo de marco dorado que presidía la estancia—. No soy Karina, ni tengo su belleza deslumbrante o su gracia para moverse en la corte, pero quieren convertirme en una copia de ella... ¡Nunca nos pareceremos! Ni siquiera me veo como una dama. Soy demasiado torpe, demasiado soñadora, demasiado... yo. —Se levantó y se acercó al espejo, con los ojos enrojecidos por el llanto—. Soy la peor, Amira...

El llanto la venció finalmente, y se quedó dormida allí mismo, sobre el frío suelo de piedra. Su madre la despertó horas después, sin rastro de compasión, a golpes con una almohada.

—¡Levántate, Amira! Hoy tenemos que asistir al baile de los nobles en el castillo de los Armitage. Debes estar presentable.

Los sirvientes, obedientes pero con miradas compasivas, vistieron a una Amira aún triste y aturdida, con un vestido azul de terciopelo que realzaba el color de sus ojos, aunque no lograba iluminar su rostro. Peinaron su cabello en un elaborado moño trenzado, adornado con pequeñas perlas, que acentuaba su aire melancólico.

—Hija, te ves hermosa... No tanto como tu hermana, que siempre ha sido el centro de atención, pero seguro que hoy conseguiremos algunas propuestas decentes para ti —comentó su madre, examinándola con ojo crítico. Amira se mordió el labio para contener las palabras que pugnaban por salir y acompañó a sus padres al baile. Al entrar en el gran salón del castillo, iluminado por cientos de velas y decorado con tapices y escudos heráldicos, sintieron todas las miradas sobre ellos. Amira se sintió abrumada por la opulencia y la atmósfera cargada de intrigas, pero sus padres caminaron con la cabeza en alto y una sonrisa victoriosa, saludando a los presentes con estudiada cortesía. La duquesa Karina se acercó, deslumbrando a todos con un espléndido vestido rojo de seda, bordado con hilos de oro y adornado con joyas que parecían competir con la luz de las velas. Un collar de diamantes resplandecía en su cuello, y unos pendientes de rubíes colgaban de sus orejas, balanceándose con cada movimiento.

—Padre, Madre, me alegra mucho verlos —dijo Karina, con una sonrisa radiante. Luego, su mirada se posó en Amira—. Hermanita, qué bueno verte. —Karina soltó una risa burlona al ver el sencillo vestido de Amira, un gesto que no pasó desapercibido para algunos de los presentes. Luego, se llevó a sus padres a un lado para conversar en voz baja, probablemente sobre los posibles pretendientes para Amira.

Amira, sintiéndose cada vez más incómoda y observada, se refugió en un rincón apartado del salón, buscando un respiro del bullicio y las miradas curiosas. Un joven de porte elegante intentó acercarse, pero Amira, presa de una repentina inquietud, se dirigió al jardín del castillo, caminando por un sendero bordeado de flores de colores intensos y aromas embriagadores.

—Qué hermoso... —Murmuró, con una sonrisa que por fin alcanzaba sus ojos. Inhaló profundamente el dulce aroma de las rosas y los jazmines—. Qué aroma tan agradable... —Se adentró en el jardín, donde unos árboles imponentes y centenarios la recibieron con sus ramas extendidas, creando un dosel de hojas que filtraba la luz de la luna. Sin embargo, absorta en la belleza del lugar, tropezó con una raíz y cayó, aterrizando sobre algo... o alguien. Un joven apuesto, de cabello dorado como el sol y piel blanca como la nieve, yacía en el suelo. La luz de la luna se reflejaba en su rostro, resaltando sus facciones perfectas. Sonrojada y avergonzada, Amira se levantó torpemente y lo miró. Él vestía ropas humildes, pero su mirada tenía la intensidad de un fuego que quemaba el alma.

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