Capítulo 1
Anna estaba sentada en el centro de su cama, el cuerpo reclinado contra el respaldo acolchado, envuelta por la suavidad de las almohadas y el cálido resplandor de la lámpara encendida a un lado. La sábana se había deslizado hasta su cintura, revelando su piel desnuda, ligeramente perlada por el calor del momento. Sus muslos estaban abiertos con deliberada calma, en una postura que irradiaba autoridad y placer asumido.
Entre sus piernas, él estaba arrodillado, con la cabeza inclinada, completamente entregado. Su lengua se movía con lentitud calculada, saboreando cada milímetro de la piel sensible, centrado en su clítoris, al que le daba suaves y rítmicas chupadas, como si adorara cada instante en que ella se estremecía. Cada succión era ligera, húmeda, precisa, enviando ondas de placer que se extendían desde su centro hacia cada rincón de su cuerpo.
Anna jadeaba, apenas, como si saboreara el control que tenía sobre él, como si cada sonido que escapaba de su garganta fuera una recompensa otorgada con intención. Su mano descansaba en la nuca del hombre, acariciando con lentitud, deslizando los dedos entre su cabello, marcando con ese gesto silencioso que estaba complacida, que debía continuar. Él no decía una palabra; no hacía falta. Su obediencia era absoluta, y ella lo sabía.
En esa habitación, en ese instante, no había duda alguna de quién tenía el poder. Y Anna lo ejercía con la elegancia de una mujer que sabe lo que quiere... y cómo debe dársele.
Los dedos de Anna se cerraron un poco más en la nuca del hombre, presionando con suavidad, guiándolo hacia donde la intensidad era mayor. Su respiración comenzaba a agitarse, elevando y bajando su pecho con un ritmo cada vez más irregular. Cada movimiento de su lengua era un arte cuidadosamente ejecutado, húmedo y obediente, centrado en darle placer sin esperar nada a cambio. Él lamía con devoción, trazando pequeños círculos, besando los bordes de su sexo con una lentitud que la volvía loca.
Anna echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos mientras un suspiro largo se escapaba de sus labios. Su cuerpo vibraba bajo la atención, con una sensibilidad que parecía multiplicarse con cada segundo. Sus pezones, duros por el contraste del aire y la excitación, rozaban apenas el tejido suave del respaldo de la cama, mandando pequeños impulsos eléctricos hasta su vientre bajo. Su abdomen se contrae con cada nueva caricia de la lengua, cada nueva succión que él ejecutaba con una entrega casi reverencial.
El ambiente en la habitación estaba impregnado de un aroma íntimo, cálido y húmedo, mezclado con la fragancia leve de su piel. La luz amarilla de la lámpara bañaba su figura desnuda con un brillo suave, resaltando la curva de sus pechos, la tensión en sus muslos, el leve temblor de sus rodillas separadas. Era una imagen hipnótica, la de una mujer en completo dominio de su deseo, y un hombre reducido al papel de sirviente, concentrado en el arte de complacerla.
Ella bajó la mirada, observando con intensidad. Sus ojos eran oscuros, hambrientos, brillando con ese fuego que nacía de sentirse adorada, de saberse la dueña absoluta del momento. Volvió a acariciarle el cabello, más profundamente esta vez, enredando los dedos en los mechones húmedos por el sudor que comenzaba a asomar en su frente.
-Así... -murmuró con voz baja y ronca-. Justo así...
Él respondió con una succión más firme, un gesto preciso que la hizo gemir de forma más abierta, más carnal. Su cuerpo se arqueó apenas, y sus muslos temblaron alrededor de la cabeza de él. Ella no necesitaba pedirle más. Él sabía lo que estaba haciendo, lo había aprendido bien, y lo ejecutaba como un discípulo frente a su diosa.
Anna se estremecía, sus caderas comenzaban a moverse por sí solas, siguiendo el ritmo que él marcaba con su lengua. El calor crecía entre sus piernas como una ola lenta, arrastrando todo a su paso, subiéndole por la columna como un fuego líquido. Sabía que el clímax se acercaba, lento, inevitable, como una tormenta que se forma en el horizonte.
Y ella no pensaba contenerlo.
Anna se mordió el labio inferior, un gesto instintivo ante la marea de sensaciones que subía sin tregua. Su mano, firme en la cabeza de él, comenzó a guiar el ritmo con más claridad, marcando con sutil presión cuándo quería más profundidad, cuándo deseaba más lentitud, cuándo necesitaba que se concentrará justo ahí, donde su placer se hacía insoportable. Cada vez que él obedecía, un gemido suave, pero cargado de fuego, escapaba de su garganta.
El hombre, entre sus piernas, parecía beberse cada gota de su placer como si fuese un vino sagrado. Sus labios se abrían y cerraban sobre su clítoris, alternando entre succión y pequeños besos húmedos, mientras su lengua trazaba movimientos impredecibles, lentos y luego rápidos, como si leyera su cuerpo sin necesidad de palabras. Ella temblaba, sus muslos lo apretaban por reflejo y su respiración se tornaba errática, como si con cada exhalación se le escapara el control.
Anna se incorporó ligeramente, apoyando uno de sus codos para mirarlo mejor. La visión de él -entregado, rostro húmedo, los ojos cerrados con devoción- la hizo soltar un suspiro cargado de poder. En ese cuarto no había roles confusos: él era su adorador, su servidor, su amante mudo que no hablaba, pero lo decía todo con la lengua.
Su otra mano descendió por su vientre, rozando su propio cuerpo, acariciando lentamente su pecho, deteniéndose en su pezón erecto que atrapó entre sus dedos y apretó con suavidad. Un escalofrío la recorrió entera. Estaba entregada, sí, pero desde la cima del dominio. Cada estremecimiento, cada contracción de su cuerpo, cada temblor, era parte de un ritual en el que ella reinaba.
Entonces él deslizó sus manos, que hasta ahora habían estado en sus muslos, y las llevó a su cintura. Con firmeza la sostuvo, como queriendo anclarla mientras redoblaba la intensidad de sus movimientos. Su lengua se volvió más insistente, más rápida, cada movimiento acompañado de una succión perfecta, rítmica, que la hizo soltar un grito ahogado.
Anna soltó la cabeza hacia atrás y sus dedos se aferraron al cabello de él con más fuerza. Su cuerpo ya no obedecía a nada que no fuera el latido creciente entre sus piernas. El placer crecía como una ola gigantesca, una marea que no se podía detener, cada vez más cerca de romperse.
Su vientre se tensó, sus caderas comenzaron a moverse por sí solas, buscando más, pidiéndolo todo. Un gemido profundo, quebrado, vibró en su pecho, mientras sus caderas se arquearon contra la boca de él. El orgasmo llegó como un trueno sordo, apretándole el estómago, rompiéndole la espalda en espasmos de placer puro, tibio, glorioso.
-Ahh... sí... -jadeó, perdida, con los labios entreabiertos y la voz rota por la intensidad del clímax.
Él no se apartó. Continuó, con ternura ahora, con lentitud, lamiendo los últimos temblores que recorrían su centro, como quien recoge el néctar derramado de una flor que se abre. Anna bajó una vez más la mirada, exhausta, satisfecha, acariciando con una ternura casi felina el rostro de su amante, que seguía allí, rendido a su altar, cubierto con el brillo de su deseo satisfecho.
-Buen chico... -susurró con una sonrisa en la voz, suave, posesiva, casi ronroneando-. Has hecho exactamente lo que te pedí.
Y él alzó la vista, aún entre sus muslos, con los labios húmedos y una expresión de pura adoración.