I. La herida y la decisión
Era una noche sin rumbo y sin luz,
el viento callaba, la luna escondida,
y en su inocencia marcada en la cruz,
brotó una herida jamás comprendida.
No hubo consuelo ni voz redentora,
solo el silencio mordiendo su piel,
y un llanto ahogado en sombra opresora,
dejando su alma vacía y cruel.
Quiso correr, pero el miedo apretó,
quiso gritar, más su eco murió,
y en ese abismo su vida tembló,
mientras el tiempo sin pausa pasó.
Su cuerpo, un campo de guerra y tormento,
su alma, un ave sin alas ni hogar,
y en su mirada, un callado lamento,
que solo el viento podía escuchar.
El mundo giraba con fría impiedad,
mientras su llanto quedaba en la nada,
y en su interior, con brutal claridad,
latía un hijo en su carne marcada.
¿Cómo nombrar lo que nace en el duelo?
¿Cómo abrazar lo que teme crecer?
Ella, un espectro de sombras y hielo,
sin fuerzas para poderlo tener.
El tiempo avanzó, la vida insistía,
y en su regazo crecía el temor,
mas en su pecho la pena ardía,
negando el sueño de ser un amor.
¿Qué darle al niño si el mundo es cruel?
Si en su camino no hay más que dolor,
¿cómo ser madre si en su papel
aún es un alma sin paz ni valor?
Pensó en los sueños que nunca alcanzó,
en el abrazo que nunca daría,
y comprendió que su vida negó
la luz que un día la salvaría.
Entonces, triste, tomó la elección,
con la esperanza latiendo en su piel,
y entregó al niño con desolación
a un nuevo hogar, lejos de su hiel.
Pero en su alma quedó la certeza
de que algún día podría encontrar
en su mirada la misma pureza
que no dejó nunca de amar.
Ahora su hijo respira otro hogar,
ella, en la sombra, aún llora su error,
pero en su pecho le guarda un altar,
con el perfume de aquel gran amor.
Y aunque el destino la quiso quebrar,
su amor no muere ni puede cesar,
pues en su espíritu queda un lugar
donde su hijo podrá regresar.
Ahora ella espera con fe y humildad,
que el tiempo sane lo que desgarró,
y que algún día su niño en verdad
entienda el lazo que nunca cortó.