Prólogo: El nacimiento del caos
Cuando la oscuridad del vacío era absoluta y las estrellas aún no sabían que podían brillar, los primogénitos del cosmos —entidades tan antiguas como el suspiro del tiempo— tejieron la existencia con hilos de luz pura. Uno a uno, moldearon siete puntas sagradas, ancladas a los cimientos del todo. Eran los pilares de la creación, símbolos del equilibrio eterno.
De aquella creación sin respuesta alguna, surgió una octava, nacida del error o del deseo, nadie lo sabe con certeza. Oscilaba entre los límites de la perfección y el juicio, y aunque fue aceptada por sus hermanas, jamás fue mirada con la misma reverencia.
Pero entonces, emergió una novena punta… sin brillo, sin nombre, sin lugar. Forjada no por voluntad divina, sino por necesidad, por desesperación. Un eco no deseado de los creadores.
Fue rechazada por todas, tachada de abominación, y en su aislamiento, se nombró a sí misma: Caos.
Y como toda esencia necesita un portador, Caos creó a su heraldo, su instrumento, su hijo...
Pheles. El Final.
Su existencia era un cuchillo en la tela del universo. No buscaba dominio, ni equilibrio. Solo la aniquilación de las demás puntas. La negación absoluta de lo que ya había sido.
Los dioses, temerosos del monstruo que habían dejado crecer, crearon a los cazadores del vacio: seres destinados a cazar al Caos errático, sombras que perseguían a la sombra misma. Fue una solución temporal… una barrera débil ante un fuego que no dejaba de arder.
Durante siglos, Pheles se ocultó entre las fisuras del tiempo y la realidad, acechando.
No por miedo.
Sino por paciencia.
Porque incluso el Caos sabe cuándo es momento de devorar.