El Padrino y La Reina de Jade

All Rights Reserved ©

Summary

Carlos Belcast, un emprendedor de Monterrey con sueños de grandeza, cruza caminos con Victoria Montenegro, una magnate sofisticada y magnética, en una opulenta fiesta en la Ciudad de México. Su encuentro desata una alianza explosiva para conquistar el mundo del fitness, catapultando la marca de Carlos a la cima con gimnasios desde Miami hasta Buenos Aires. Pero detrás del brillo de penthouses, jets privados y lujos deslumbrantes, su relación se convierte en un torbellino de deseo ardiente, juegos de poder y secretos oscuros. Victoria, una mujer forjada en la adversidad, guía a Carlos con mano de hierro, mientras él lucha por ser más que su protegido en un mundo donde la ambición exige sacrificios devastadores. Entre pasiones que queman y traiciones que hieren, Carlos y Victoria deberán decidir si el precio del éxito vale el costo de sus almas.

Genre
Romance
Author
DT ✨
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: La Caza en el Olimpo

Por Carlos Belcas

La Ciudad de México es un monstruo que nunca cierra los ojos. Desde el piso 50 de un rascacielos en Paseo de la Reforma, la ciudad se despliega como un tapiz infinito de luces titilantes, un caos de sueños y traiciones bajo un cielo negro como el petróleo. Esta noche, estoy en el corazón de ese caos, en un evento de marcas de lujo que es puro espectáculo: candelabros de Swarovski cuelgan como constelaciones, mesas de caoba sostienen copas de champagne Krug, y el aire está impregnado de perfumes caros, tabaco habano y la electricidad de quienes saben que el dinero es solo el principio. La música electrónica late, un pulso grave que resuena en mis venas, amplificando la adrenalina que ya corre por mi cuerpo.

Me detengo frente a un espejo de cuerpo entero en el vestíbulo privado, ajustando mi traje negro de Ermenegildo Zegna. La tela se ciñe a mis músculos como una segunda piel, moldeando los hombros anchos que he esculpido con años de disciplina, los pectorales que tensan la camisa blanca, la cintura estrecha que desciende a caderas fuertes. Mi barba recortada enmarca una mandíbula que he aprendido a usar como arma, y el Audemars Piguet en mi muñeca destella bajo la luz, un recordatorio de que no estoy aquí para ser uno más. Soy Carlos Belcast, 29 años, nacido en Monterrey, el tipo que pasó de levantar pesas en un gimnasio de barrio a inspirar a millones en TikTok e Instagram con rutinas brutales y frases que golpean como puños: "No hay excusas, solo resultados". Me llaman "El Padrino" en las redes, un apodo que empezó como broma pero que ahora es mi bandera. Pero esta noche, no vine a predicar. Vine a cazar.

El salón principal es un campo de batalla de egos. Empresarios con trajes de Brioni intercambian apretones de manos que valen millones, influencers con sonrisas falsas posan para fotos que acumularán likes, y herederas de Polanco pasean en vestidos de alta costura que podrían comprar un departamento en Santa Fe. Me muevo entre ellos, mi paso seguro, mi sonrisa practicada: mitad encanto, mitad desafío. Las mujeres me miran, sus ojos recorriendo mi cuerpo como si quisieran desentrañar el traje botón por botón. Los hombres me dan palmadas en la espalda, buscando un pedazo de mi carisma, pero yo mantengo la distancia. Mi objetivo es claro: encontrar un inversionista para Belcast Nutrition, mi línea de suplementos de lujo. Quiero un imperio que trascienda las redes, que ponga mi nombre en cada gimnasio del mundo. Y en un lugar como este, donde el dinero fluye como el mezcal en una boda en Jalisco, sé que puedo encontrarlo.

Entonces la veo.

Victoria Montenegro está en un balcón privado, separada de la multitud como una reina en su trono. La conozco de las portadas de Forbes México, la mujer que convirtió una joyería familiar en un emporio global, la "Reina de Jade" que hace temblar a los magnates con una sola mirada. Su vestido de terciopelo esmeralda abraza sus curvas con una precisión casi obscena, el escote profundo revelando la curva suave de sus pechos, la tela cayendo como un río sobre sus caderas. Un collar de diamantes brilla en su cuello, cada gema capturando la luz como un fragmento de estrella. A sus 45 años, desafía el tiempo: pómulos altos que podrían cortar vidrio, labios carnosos pintados de un rojo sangre, ojos verdes que destellan como el jade de Chiapas, afilados y profundos. Su cabello negro cae en ondas sueltas, y hay una autoridad en su postura, en la forma en que sostiene su copa de champagne, que hace que la sala parezca girar a su alrededor.

Me está mirando. No es una mirada casual, sino un escrutinio deliberado, como si estuviera midiendo mi valor en una balanza invisible. Mi piel se eriza, un calor subiendo por mi pecho, instalándose en mi entrepierna. No soy de los que se intimidan—me he enfrentado a entrenadores, críticos, y trolls en línea—, pero esta mujer es un incendio. Hay una promesa de peligro en sus ojos, una electricidad que me atrae como un imán. Quiero saber qué esconde, qué quiere, qué puedo tomar de ella.

Tomo una copa de champagne de una bandeja que pasa, el líquido frío burbujeando contra mi lengua, y camino hacia el balcón, mis pasos firmes, mi sonrisa afilada. La multitud se abre a mi paso, algunos susurrando mi apodo, pero no me detengo. Victoria no aparta la mirada, y eso me enciende. Me gusta el desafío. Me gusta ella.

—Señora Montenegro —digo, deteniéndome a un metro de ella, inclinando la cabeza con un respeto que no siento del todo—. Carlos Belcast. Un honor.

Ella arquea una ceja, sus labios curvándose en una sonrisa que es mitad diversión, mitad cacería. Su voz es terciopelo con un filo de acero. —El Padrino, ¿verdad? He visto tus videos. Tienes... presencia.

El cumplido me golpea como un trago de tequila reposado, cálido y embriagador. Doy un paso más cerca, dejando que mi altura—1.85 metros de músculo trabajado—llene el espacio entre nosotros. —Y usted tiene un imperio. Creo que podríamos tener mucho de qué hablar.

Victoria ríe, un sonido bajo que vibra en mi pecho como el eco de un tambor. Da un sorbo a su champagne, sus ojos nunca dejando los míos, sus uñas rojas tamborileando contra la copa con un ritmo que parece marcar el latido de la noche. —Directo. Eso me gusta. Pero dime, Carlos, ¿qué buscas en un lugar como este? ¿Fama? ¿Dinero? ¿O algo más... personal?

La palabra "personal" cae como una chispa en gasolina, su tono cargado de una invitación que no puedo ignorar. Mi mirada baja por un instante, recorriendo el brillo de los diamantes en su cuello, la curva de su cintura, la forma en que el vestido se tensa contra sus muslos. —Busco construir algo que dure —respondo, mi voz grave, manteniendo el control aunque mi pulso se acelera—. Una marca que cambie las reglas. Pero no diría que no a una... conexión memorable.

Ella inclina la cabeza, evaluándome, sus ojos destellando con algo que no puedo descifrar: ¿deseo, curiosidad, o algo más peligroso? —Ambicioso —murmura, su voz suave pero cargada de peso—. Eso es arriesgado. Y muy... atractivo.

La palabra "atractivo" me golpea como un latigazo, y siento un tirón en mi entrepierna, mi traje de repente demasiado ajustado. Hay una tensión en el aire, un juego que ambos sabemos jugar. Sus dedos rozan mi brazo, un contacto ligero que envía una corriente eléctrica por mi piel, y me doy cuenta de que no estoy cazando. Ella es la depredadora, y yo, por primera vez, estoy dispuesto a ser la presa.

—Negocios, entonces —digo, intentando recuperar el terreno, aunque mi cuerpo traiciona mi calma, mi respiración más pesada.

Victoria se acerca, su perfume envolviéndome como una niebla: oud, rosas, y un toque oscuro, como el humo de un incendio lejano. —Negocios, placer... todo es lo mismo si sabes mover las piezas, ¿no crees? —Sus uñas trazan una línea sutil por mi manga, deteniéndose en el puño de mi camisa—. Ven conmigo.

No es una pregunta, es una orden, y aunque nunca sigo órdenes, mis pies se mueven tras ella. Me guía a través del salón, su vestido ondeando como una bandera de conquista, las miradas de la multitud siguiéndonos, algunas con envidia, otras con intriga. Pasamos entre mesas de cristal cargadas de caviar y botellas de Dom Pérignon, hasta un ascensor privado al fondo del salón. Las puertas de cristal grabadas con motivos art déco reflejan las luces, y cuando ella presiona el botón, el mundo exterior se desvanece.

El ascensor es un espacio íntimo, el cristal mostrando la ciudad como un mosaico de joyas. Estamos solos, el silencio amplificando cada detalle: el roce de su vestido, el tic-tac de mi Audemars Piguet, su respiración lenta y deliberada. Victoria se gira hacia mí, tan cerca que siento el calor de su cuerpo, el borde de su vestido rozando mi pierna. —Dime, Carlos —susurra, sus ojos clavados en los míos, verdes e implacables—. ¿Qué estás dispuesto a dar por tus sueños?

La pregunta es una trampa, y lo sé. Pero también es una puerta, y estoy listo para cruzarla. —Todo lo que pida —respondo, mi voz más grave, cargada de desafío y deseo.

Ella sonríe, una curva lenta que promete éxtasis y ruina. Da un paso más, su cuerpo casi tocando el mío, y sus uñas rozan mi pecho, deslizándose por la camisa hasta el primer botón. —Todo es mucho, Padrino. Veamos si lo cumples.

Desabrocha el botón, sus dedos fríos contra mi piel caliente, y mi respiración se acelera. No me muevo, quiero ver hasta dónde va. Otro botón cede, su mano deslizándose dentro, sus uñas arañando ligeramente mis pectorales, trazando las líneas que he tallado con sudor. El ascensor sube, pero el tiempo parece detenido, el mundo reducido a su toque, su mirada, la tensión que crece entre nosotros.

—Eres un hombre... notable —murmura, su voz un susurro que vibra en mi piel, sus ojos recorriendo mi rostro, mi mandíbula, mis labios—. Pero la belleza no basta. Quiero ver tu fuego.

Sus palabras son un fósforo encendido, y mi cuerpo es la yesca. La agarro por la cintura, mis manos firmes contra el terciopelo, y la presiono contra la pared de cristal, la ciudad brillando detrás de ella como un altar. —Prueba mi fuego, entonces —gruño, mi voz cargada de hambre.

Nuestros labios chocan, un beso que es puro combate, una danza de deseo y poder. Su boca es cálida, sabe a champagne y a algo más oscuro, como el borde de un secreto. Su lengua se mueve contra la mía, exigente, tomando el control. Mis manos suben por sus caderas, sintiendo la suavidad de su piel bajo la tela, la curva de sus muslos que me tienta a explorar más. Ella gime, un sonido bajo que me golpea como un puñetazo, haciendo que mi erección pulse contra el traje. Sus uñas se clavan en mi nuca, tirando de mi cabello, y el dolor solo aviva mi deseo.

El ascensor se detiene con un timbre suave, pero no nos separamos. Sus manos están en mi cinturón, desabrochándolo con una precisión que me hace jadear. Sus dedos rozan mi bóxer, y un escalofrío me recorre desde la base de la columna. —No tan rápido, Padrino —susurra contra mis labios, retrocediendo justo cuando estoy a punto de perder el control—. Esto apenas empieza.

Las puertas se abren a un penthouse que es un monumento al exceso: paredes de mármol blanco veteado de oro, muebles de cuero negro que exudan poder, ventanales de suelo a techo que muestran la ciudad como una joya conquistada. Una chimenea crepita en un rincón, lanzando sombras que bailan sobre el suelo de obsidiana pulida. El aire huele a cuero, a su perfume, a la promesa de algo prohibido. Victoria me guía adentro, su mano en la mía, sus uñas rozando mi palma como un recordatorio de quién manda.

—Quítate la camisa —dice, sentándose en un sofá de cuero negro, sus piernas cruzadas con una elegancia que me hipnotiza. El vestido se ha subido ligeramente, revelando un muslo bronceado, y mi boca se seca.

No cuestiono. Me deshago de la camisa, los botones cayendo al suelo, y me quedo con el torso desnudo, mis músculos tensos bajo su mirada. Sus ojos recorren mi cuerpo—pectorales definidos, abdominales como una tabla de lavar, la línea de vello que desciende desde mi ombligo—, y siento su aprobación como una caricia. —Impresionante —dice, pero hay un filo en su voz, como si estuviera evaluando un arma antes de decidir cómo usarla.

Se levanta, sus tacones resonando contra el mármol como un tambor de guerra, y se acerca, sus manos tocando mi pecho, sus uñas trazando círculos alrededor de mis pezones, enviando descargas de placer que me hacen apretar los dientes. —Quiero algo de ti, Carlos —dice, su voz baja, casi un ronroneo—. Algo más que músculos y sueños.

—¿Qué quieres? —pregunto, aunque lo siento en su toque, en la hambre de sus ojos, en la forma en que mi cuerpo responde.

—Todo —responde, su mano bajando por mi abdomen, sus uñas rozando la línea de vello que desaparece bajo mi cinturón. Mi erección es evidente, presionando contra la tela, y ella lo nota, su sonrisa afilándose—. Pero primero, un adelanto.

Me empuja hacia el sofá, y caigo sentado, mi respiración entrecortada, mi piel ardiendo bajo su mirada. Se coloca a horcajadas sobre mí, el vestido subiendo por sus muslos, revelando la piel suave que brilla bajo la luz de la chimenea. Sus manos están en mi rostro, sus pulgares rozando mis labios, presionando hasta que abro la boca y chupo su dedo, saboreando la sal de su piel. —Eres mío esta noche —dice, su voz cargada de una autoridad que me enciende como una antorcha.

Sus labios encuentran los míos, un beso más lento, más tortuoso que el del ascensor. Cada roce es una exploración, su lengua trazando la mía, sus dientes mordiendo mi labio inferior hasta que gimo en su boca. Sus manos bajan por mi pecho, sus uñas dejando marcas rojas que arden como brasas. Siento el peso de su cuerpo, la presión de sus caderas contra las mías, su calor filtrándose a través de la tela, y es una agonía exquisita. Mis manos suben por sus muslos, deslizándose bajo el vestido, encontrando el borde de una lencería de encaje negro que me hace gruñir.

—Victoria... —empiezo, mi voz ronca, pero ella pone un dedo en mis labios, silenciándome.

—Sin preguntas. Solo obedece —susurra, y el filo en su voz me hace querer rendirme.

Se desliza hacia abajo, sus manos trabajando en mi cinturón con una destreza que me deja sin aliento. La hebilla cede, la cremallera baja, y sus dedos se deslizan dentro de mi bóxer, rozando mi longitud. Un gemido escapa de mi garganta, mi cabeza cayendo contra el sofá. Sus dedos son fríos contra mi piel caliente, el contraste haciéndome estremecer. —Mírame —ordena, y abro los ojos para encontrar los suyos, verdes e implacables.

Su mano me envuelve, moviéndose con una precisión que me hace jadear, lenta al principio, explorando cada centímetro, sus uñas rozando la piel sensible. —Eres perfecto —murmura, su pulgar trazando círculos que me llevan al borde. Quiero tocarla, arrancarle el vestido, pero ella mantiene el control, sus uñas clavándose en mi pecho, anclándome al sofá. —No te muevas —dice, y la amenaza en su voz me excita aún más.

Se arrodilla entre mis piernas, empujando mis pantalones y bóxer hacia abajo, liberándome. La luz de la chimenea ilumina su rostro, sus ojos brillando con hambre mientras me mira. —Quiero saborearte —dice, y sus labios rozan la punta de mi verga, un contacto que me hace estremecer. Su lengua sigue, trazando un camino húmedo desde la base hasta la cima, y gimo, mis manos apretando el cuero del sofá. Sus labios me envuelven, su lengua girando en círculos, el calor de su boca abrumador. Sus manos están en mis muslos, sus uñas clavándose, y cada movimiento es calculado, llevándome al límite.

—Victoria... —gimo, mi voz rota, pero ella no responde, intensificando el ritmo, su boca más rápida, más profunda, sus gemidos vibrando contra mi piel. Mis caderas se mueven instintivamente, pero ella me detiene, sujetando mis muslos con fuerza. —Soy yo quien decide —dice, su voz amortiguada pero firme.

El placer crece, una ola que me arrastra, mis gemidos llenando el penthouse. Cuando el clímax llega, es un relámpago, mi cuerpo tensándose, un grito arrancándose de mi garganta mientras el placer me atraviesa. Victoria no retrocede, llevándome hasta el final, sus labios prolongando cada oleada hasta que estoy jadeando, mi pecho subiendo y bajando. Se retira lentamente, lamiéndose los labios con una elegancia que me desarma, sus ojos brillando con triunfo.

—Un buen comienzo —dice, levantándose con gracia felina, recogiendo su copa de champagne del suelo—. Pero quiero más, Carlos. Mucho más.

Jadeo, mi piel cubierta de sudor, mi corazón latiendo como un tambor. Ella camina hacia el ventanal, su silueta recortada contra las luces de la ciudad, el encaje de su lencería atrapando la luz. —Desnúdate por completo —ordena, su voz cargada de una nueva intensidad.

Me levanto, quitándome los pantalones y bóxer, el mármol frío bajo mis pies. Estoy desnudo, mi cuerpo expuesto, cada músculo tenso bajo su mirada. Ella se acerca, sus tacones resonando, y sus manos recorren mi pecho, mi abdomen, deteniéndose justo antes de tocarme de nuevo. —Arrodíllate —dice, y aunque una parte de mí quiere resistir, el deseo es más fuerte.

Me arrodillo, el mármol helado contra mis rodillas, y ella se coloca frente a mí, sus muslos a centímetros de mi rostro. Su mano acaricia mi cabello, tirando ligeramente, y siento el calor de su piel, el aroma de su perfume mezclado con algo más íntimo. —Compláceme —ordena, levantando el borde de su lencería.

Mis manos suben por sus muslos, sintiendo la suavidad de su piel, la firmeza de sus músculos. Mis labios rozan el encaje, y ella suspira, un sonido que me enciende. Deslizo la tela a un lado, exponiéndola, y mi lengua la encuentra, cálida y húmeda, un sabor que es puro vicio. Ella gime, sus manos apretando mi cabello, guiándome mientras exploro, mi lengua trazando círculos lentos, luego rápidos, siguiendo el ritmo de sus caderas. —Así, Padrino —jadea, su voz temblando, y saber que la afecto me da una oleada de poder.

Sus gemidos se vuelven más fuertes, sus muslos temblando, y siento el momento en que se acerca al borde, su cuerpo tensándose. Cuando llega su clímax, es una tempestad, sus manos tirando de mi cabello, un grito ahogado escapando de sus labios. La sostengo, mis manos firmes en sus caderas, mientras ella tiembla, su respiración entrecortada.

Se recompone, ajustando su lencería con una calma que contrasta con la tormenta que desatamos. —No está mal —dice, su voz recuperando su autoridad—. Pero esto es solo el principio.

Se aleja hacia el ventanal, apoyándose contra el cristal, la ciudad brillando como su corona. Estoy de rodillas, mi cuerpo vibrando, mi mente atrapada en el sabor de ella, en la forma en que me dominó y me permitió dominarla, aunque solo por un instante. Sé que he cruzado un umbral, que Victoria Montenegro es un imperio, un desafío, un fuego que podría iluminarme o consumirme. Y estoy dispuesto a quemarme.