Prólogo
Los sueños son una necesidad, gracias a ellos el cuerpo y la mente obtienen un mejor descanso, pues sirve para eliminar tensiones y descansar. Sin embargo, ¿qué hacer cuando ni en los sueños se puede conseguir un poco de paz?
Yuji Itadori abre los ojos poco a poco cuando la luz del sol, la cual se filtra por las pequeñas aberturas de las persianas. No quiere levantarse, todavía se siente muy cansado y agotado; quiere dormir solo unos minutos más.
Vuelve a cerrar los ojos y ante aquella oscuridad tras sus parpados, pequeños fragmentos de su sueño le vuelven a atacar.
Una criatura viscosa de múltiples brazos y piernas se arrastra tras suyo creando un ruido asqueroso que le hace tensarse y lo obliga a correr más deprisa, pues es consciente que, si lo alcanza, lo va a matar.
Echa una mirada por sobre el hombro, está demasiado cerca, tanto que puede contar los afilados dientes que se cierran poco a poco para morderlo. Sin embargo, el cuerpo de Yuji es empujado lejos sin ningún cuidado, el dolor que siente al caer se distribuye por todo su cuerpo e incluso le arrebata el aliento. Con dificultad, Itadori logra ponerse de pie y ahora, en vez de ver aquella horrible criatura, lo único que puede ver es una fuerte espalda de anchos hombros marcada desde la nuca hasta la cintura por negros tatuajes.
— ¡¿Hasta qué hora piensas seguir durmiendo?! —el grito más el fuerte ruido que provoca la puerta al ser golpeada, lo hacen enderezarse de golpe y caer de la cama, las sabanas enredadas entre sus piernas— ¿Qué haces ahí abajo? —la pregunta hecha por su abuelo le hace suspirar, ladea un poco el rostro apoyando la mejilla en el suelo y levanta la mirada, encontrándose al único familiar que le queda— ¿Te desvelaste?
— No, no lo hice —responde Yuji, soltando un suspiro.
— Bien, no quiero a un nieto vago —dice el hombre cruzándose de hombros—. Vamos, ya levántate que el desayuno está listo.
— Sí, gracias.
Suspira al ver a su abuelo salir del cuarto sin siquiera cerrar la puerta, ¿realmente era pedir demasiado? Tal vez lo era, ya que él es quien se fue a vivir con el mayor luego de que éste sufriera un pre infarto. Una decisión que no dudo en tomar, puesto que su padre fue el último favor que le pidió antes de que se fuera a Estados Unidos debido al trabajo.
Con dificultad logra incorporarse usando ambos brazos, da media vuelta y con una sola mano se quita la sabana que yace enredada entre sus piernas, al lograr su objetivo se pone de pie y después de levantar todo lo que se cayó de la cama, se estira para destensar los músculos de la espalda.
Respira hondo y suelta un gran bostezo, dándose vuelta para conducirse al baño y poder así tomar una ducha después de orinar. Hoy Yuji tiene que ir a la universidad para que le entreguen su documentación y con ella poder conseguir por fin un trabajo que le paguen adecuadamente, así como a su amigo Junpei, y de esta forma poder atender correctamente los gastos médicos de su abuelo, los cuales no son demasiados, pero sí le quitan un poco de tranquilidad.
Voltea a verse en el espejo de cuerpo completo ubicado a un lado de la regadera, su cabello peculiarmente rosado es lo único que le ha causado problemas y de lo que no se ha podido deshacer, lo aprecia. De ahí en más, todo está bien; su cuerpo atlético, el tono de su piel y el color marrón de sus ojos, Yuji se siente tranquilo consigo mismo.
Realmente aprecia su tranquila vida y resolver los problemas que se le presentan con el fin de poderla mantener, es algo que Yuji está acostumbrado a hacer.
Al terminar de vestirse, observa una vez más su reflejo: pantalón de mezclilla rasgado de las rodillas y ligeramente de los muslos, botas rojas de agujetas negras, suéter negro con dos líneas en ambos antebrazos color rojas y capucha de igual color. Yuji siempre ha sentido que es un color que le va de maravilla, dejando de lado que es su favorito.
Luego de compartir desayuno con su abuelo, pasando una agradable mañana en la cual el miedo nacido del sueño desaparece, sale de la casa, caminando primero en dirección a la casa de su amigo Junpei. Voltea hacia cielo, la soleada mañana sintiéndose agradable con el fresco viento; son esas combinaciones que hacen bien al cuerpo.
Después diez minutos, llega a la casa de Junpei, quien, luego de llamar dos veces a la puerta, abre y le saluda con un choque de puños. Cierra al salir y ambos se encaminan hacia la parada de autobús acompañados de una agradable plática.
— ...entonces resultó ser que la señora sí había abordado con su hija, pero la secuestraron cuando ella durmió y la mantuvieron en la zona de descarga —cuenta Junpei, revisando el celular sin prestar atención al camino, es claro que confía en que Yuji lo detendrá cuando un poste o transeúnte se cruce—. Fue demasiada tensión.
— Hm, suena a que lo es —frunce el ceño, realmente su gusto por las películas comenzó gracias a la amistad con el pelinegro, pero las de suspenso no son su fuerte—, aunque estoy seguro que la actriz hizo un buen trabajo al transmitir la desesperación.
— Y vaya que lo hizo, me puso la piel de gallina.
— Por cierto, ¿terminaste las de “Jeepers Creepers”?
— Lo hice y sentí que perdí tiempo valioso de mi vida.
— Tuve esa sensación cuando vi la película donde Freddy Krueger pelea contra el tipo de la máscara —ambos fingen un escalofrió, pero el desagrado por ese largometraje es real—, aunque no podemos menos preciarla tanto, nos hizo reír muchísimo.
— Y vaya que lo hicimos —ríen juntos, sus risas siendo lo único que suena a tan tempranas horas por aquellas pequeñas calles—. ¿Sabes? Hoy deberíamos ver una serie para celebrar que por fin te van a entregar tu título.
— ¿Dónde firmo? —Junpei voltea a verlo, luciendo una suave sonrisa ante la pregunta tan infantil y mira con atención el perfil de su amigo— Quiero ver la de “squid game” o la trilogía de “la calle del terror” —Yuji se lleva una mano al mentón—, tal vez podamos ver la de “exterminio” o la serie de “Loki”.
— Tenemos toda la tarde para organizarnos, pero lo que no puede faltar son los bocadillos
— Claro —se permite alargar la primera vocal, ondeando la mano como si de la realeza se tratara—, ¿quién podría ver series o películas sin los deliciosos Kikufuku?
— Eres un idiota —Yuji suelta una risa baja, pasándose la mano derecha tras el cuello.
A lo lejos pueden ver la parada de autobús y en ella, el que deben de tomar sí o sí para poder llegar temprano a la universidad. Maldicen al unisonó antes de salir corriendo; tienen una vida tranquila y aburrida, pero agradable.
No tienen nada bueno de qué quejarse.
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Observa desinteresado a su profesor, quien con sonrisa zorruna señala las partes vitales de una quimera, la cual parece estar apareciendo con mayor frecuencia en diferentes partes de Japón y, obviamente, ha causado muchísimos problemas y muertes, aunque lo último él no lo percibe como tal, ¿qué acaso el país no se queja de la sobrepoblación? De cierta forma, cree que deberían estar agradecidos.
Sukuna bosteza cual león, ni si quiera se molesta en ocultar su aburrimiento, pero no hay por qué preocuparse. Sus profesores saben muy bien que él se aburrirá con todo lo que ellos le presenten, pues no es la primera vida que la maldición vive ni mucho menos.
El aburrimiento orilla a muchos a cometer acciones que jamás creyeron realizar, Sukuna por su parte decidió reencarnar en humano después de años de estar en el mundo de los muertos y sí, se arrepintió. Resulta ser que el cerebro humano no es capaz de almacenar toda la información que él por años recolecto, por lo que, al nacer, tuvo que decidir qué no olvidar.
Se decidió por su nombre pues no pensaba permitir que un extraño lo nombrara, tampoco quería olvidar la magia que hay en el mundo y las criaturas que habitan en las altas montañas, en lo profundo de los bosques y en la oscuridad de las mares, el arte del sexo... entre otras cosas. Gracias a que es alguien inteligente y fuerte, cada vez que su cuerpo humano cumplía un año le era más fácil realizar todo lo que en su vida como demonio logro hacer.
Claro que, no puede usar el cien por ciento de su fuerza debido a que su cuerpo humano no lo resistiría ni tampoco puede matar a los demás seres que viven en el mundo, ya que al poseer un corazón se ve atado a los estúpidos sentimientos y el razonamiento moral. Sukuna realmente se arrepintió de no haber prevenido semejante detalle.
Voltea hacia su derecha, observa a su compañera y sonríe de lado, sabe que la de melena anaranjada es consciente de él, pero a pesar de eso ha decidido ignorarlo.
— ¿Y si nos vamos? —pregunta sin modular su voz, hablando con total naturalidad.
— ¿Y si poner atención a la clase por una vez en tu vida? —lo dicho por Nobara le hace poner los ojos en blanco, ella es tan aburrida cuando se lo propone.
— Escuche de un nuevo restaurante de sushi —Nobara, sin quitar los ojos de frente, deja de lado el bolígrafo y se cruza de piernas, ladeando un poco la cabeza hacia él. Tiene su atención—. Yo pago.
— Dile a Fushiguro que vayamos —sí, ya está dentro—, él debe pagar las bebidas.
— Me parece justo —gira un poco su cuerpo para voltear hacia atrás, sin embargo, se ve obligado a retirarse un poco para leer lo que yace escrito en un cuaderno: “jodanse, no voy”—. Tan siquiera deja que te lo proponga, ¿no?
— Sukuna —al ser nombrado, vuelve su atención al frente, pero no sin enderezar su cuerpo—, ¿podrías si quiera fingir que pones atención a lo que digo? —el profesor Geto observa a Sukuna con expresión cansada, es claro que, a pesar de estar acostumbrado al actuar de la maldición, no está para nada feliz con ella— Esto es importante.
— Yo lo sé, por eso decidí no olvidarlo.
— Sí, pero tus compañeros no las conocen y si un día se enfrentan a una de ellas, lo mejor es que estén preparados —el hombre de larga melena negra suspira, dejando de lado la tiza con la que estaba escribiendo en el pizarrón—. En estos dos últimos días se han visto tres de ellas en la ciudad, gracias a Nanami y Gojo no han tenido que enfrentarlas, pero puede que en las misiones que sean enviados próximamente sea con el fin de pelear contra ellas.
— ¿Y eso qué? Sukuna las puede vencer fácilmente, ¿no?
— Nobara, confiar en tus compañeros es bueno, pero apostar todo porque uno de ellos es una maldición, es una estupidez.
— Sí, dejando de lado que, si me haces enojar, seré yo quien te entregue a ellas —la compañera de cobriza melena no duda en golpear el hombro de Sukuna, quien suelta la carcajada ante aquella pequeña rabieta. Eso ni cosquillas le ha hecho, es tan aburrido que le causa gracia—. Hablando de misiones, ¿Cuándo nos darán una? Necesito salir ya de aquí, es tan aburrido sin Panda o Todo, alguien a quien pueda pegar realmente fuerte sin temor a que lo mate o deje en coma.
— Solo fue una semana —murmura Fushiguro, cosa que hace a Sukuna hacer una mueca.
— Sí, bueno, el remordimiento no se va todavía.
— Me asignaron una misión en la mañana —habla Geto en tono suave, encaminándose al escritorio para tomar de este una carpeta color amarilla—, creo que es sobre una categoría cuatro, nada llamativo —Sukuna hace una mueca ante eso, pues aquello iba a ser aburrido—. Sin embargo, sé por Gojo que ahí hay unos bocadillos muy buenos.
— ¿Nos va a mandar por bocadillos? —la pregunta hecha por Fushiguro hacen a Sukuna pasarse la mano derecha tras el cuello, haciendo presión en el área— ¿En serio?
— No, los voy a mandar a cumplir la misión que me encargaron y yo los acompañaré para comprar esos bocadillos —se lleva la mano al mentón, su expresión pensativa y seria llamando la atención de sus tres estudiantes, ¿qué era aquello que su profesor insiste en recordar con tanta perseverancia— ¡Lo tengo! —Geto toma la tiza, se vuelve hacia el pizarrón y en letras grandes escribe lo que tanto le ha emocionado recordar.
— ¡¡¿¿Kikufuku??!! —Gritan al unisonó los alumnos, recibiendo una linda sonrisa por parte de su profesor.
Sukuna se lleva ambas manos al cabello rosado que posee y se deja caer contra la madera de su asiento, chocando con fuerza su frente en esta. Gruñe y cierra los ojos con fuerza, pues será aburrido aquel viaje, ¿verdad?
Sí, no hay duda de que así va a ser.