Salve Victoria (Ucronía Perú)

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Summary

El 4 de marzo de 1932, en la tranquila iglesia de Miraflores, ocurre un atentado contra el entonces presidente Luis Miguel Sánchez Cerro. Este suceso marca un punto de quiebre en la historia de la república peruana. Lo que sigue no es el Perú que conocemos, sino una nación que, desde ese día sangriento, toma un rumbo radical y transformador que la convertirá en una potencia continental bajo una ideología totalitaria. Basado en los videos "¿Y si el fascismo tenía éxito en Perú?" del El Sureño Errante Advertencia: Esta obra es una ficción especulativa creada con fines narrativos y de entretenimiento. No busca promover ni justificar ideologías extremistas o totalitarias. Además, todas las frases atribuidas a personajes y libros son inventadas, y las caracterizaciones no deben interpretarse como reflejo fiel de sus verdaderas personalidades, pensamientos o acciones.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1 (Un asesinato frustado)

“Ese día marcó el inicio del fin de la democracia y el comienzo de lo que sería un nuevo capítulo en la construcción de un gran Perú.”

Extracto de Historia del Perú Contemporáneo de Marcos Contreras y César Cueto sobre la Masacre de Miraflores


6 de marzo de 1932, Iglesia Virgen Milagrosa, Miraflores, Lima

-¡Que tengan un muy buen domingo y un feliz día!- Dijo el parroco

-¡Igualmente, Padre!- Dijeron todos.

Entre los presentes destacaba un hombre cuya relevancia para la nación era indiscutible. Se trataba de un mestizo de ascendencia afroperuana, de baja estatura y complexión delgada, cuya piel oscura enmarcaba unos ojos negros llenos de vida y destellos de astucia. Su porte enérgico y su notable don de mando le conferían una presencia imponente. Con una vasta experiencia militar adquirida en la Legión Extranjera Española en Marruecos y el ejército italiano, dos años atrás lideró el movimiento que derrocó a Augusto B. Leguía, estableciendo una Junta de Gobierno. Posteriormente, al ganar las elecciones, asumió el cargo de 41° presidente de la República. Ese hombre era el piurano José Luis Sánchez Cerro.

Mientras terminaba la misa él reflexionaba sobre la delicada situación del país, su mente se sumergía en los profundos desafíos que enfrentaba la nación. En el ámbito industrial, el desarrollo era prácticamente inexistente, obligando al Perú a depender de una gran cantidad de productos extranjeros. Esta dependencia había convertido al país en una economía sostenida principalmente por la exportación de materias primas.La llegada de la Gran Depresión exacerbó esta vulnerabilidad, causando estragos en una economía ya frágil y dependiente de los mercados internacionales. A esto se sumaba el legado del gobierno de Leguía, marcado por numerosos préstamos que incrementaron alarmantemente la deuda externa. Esta deuda absorbía una parte significativa del presupuesto nacional, limitando los recursos disponibles para atender las necesidades internas. Como resultado, la pobreza y el desempleo se dispararon, dejando a la población en una situación de creciente precariedad y al país sumido en una crisis económica y social de gran magnitud.

Simultáneamente, el APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana) se había convertido en un desafío constante para el país, generando tensiones políticas y sociales. Tras las últimas elecciones generales, el partido rechazó los resultados, citando acusaciones de fraude. Este descontento dio lugar a una serie de protestas que, lejos de disminuir, se intensificaban con el paso del tiempo, alimentando un clima de creciente inestabilidad. Sánchez Cerro sabía que era cuestión de tiempo para que una sublevación aprista se materializara. La amenaza era inminente, pero carecía de pruebas concretas para justificar la detención de su líder, Víctor Raúl Haya de la Torre, y la ilegalización del partido. La necesidad de actuar era urgente, pero también lo era encontrar una justificación perfecta que le permitiera tomar medidas drásticas sin enfrentar cuestionamientos legales o políticos. La tensión crecía, y con ella, la búsqueda de una estrategia que pudiera contener el avance del aprismo.

Por último, el tema de Leticia se alzaba como un espinoso desafío para la nación. Sánchez Cerro no lograba concebir cómo Leguía había firmado un tratado tan impopular, el Tratado Salomón-Lozano, que significó para Perú la pérdida de aproximadamente 100,000 kilómetros cuadrados de territorio nacional. Estas tierras, además de su valor geopolítico, albergaban asentamientos de peruanos desplazados tras la Guerra del Pacífico, quienes habían llegado desde las regiones de Arica y Tarapacá buscando un nuevo hogar. El malestar en estas comunidades era palpable; los habitantes rechazaban rotundamente la legitimidad del acuerdo y se mostraban dispuestos a resistir cualquier intento por consolidar el dominio colombiano. Ante este panorama, Sánchez Cerro se enfrentaba a una realidad cada vez más inquietante: la posibilidad de una guerra parecía inminente. Sin embargo, la incertidumbre sobre la capacidad del ejército peruano para enfrentar un conflicto de tal magnitud se sumaba a todas sus preocupaciones, dejando al país en un estado de tensas expectativas y fragilidad.

Mientras pensaba todo estos, alguien lo llamó

-¿Está bien, señor?- Dijo uno de sus guardias

“Sí... solo estaba pensando.” Murmuro con un deje de cansancio en la voz, mientras se ponía de pie con cierta pesadez. “Pero no hay nada de qué preocuparse. Vamosn...”

PUMMM...PUMMM...PUM

De pronto, una serie de disparos resonó desde el exterior, sacudiendo la tranquilidad dentro de la iglesia. La gente, sobresaltada, intercambiaba miradas llenas de incertidumbre, sin comprender lo que ocurría. En medio de la confusión, uno de los guardias apostados en la entrada irrumpió apresuradamente, con el rostro tenso y la respiración agitada. Se acercó al presidente y, sin perder un segundo, le dijo.

—¡Señor! Unos hombres armados están atacando la iglesia. Tenemos que sacarlo de aquí —dijo el guardia, con la respiración entrecortada y el rostro pálido por la urgencia.

Sánchez Cerro se giró con rapidez, dejando a medio terminar la frase que acababa de comenzar con uno de sus asesores. El eco de los disparos, cada vez más cercanos, rebotaba entre los muros de piedra como un oscuro presagio.

—Está bien —murmuró con voz grave, antes de alzar la mirada y hablar con firmeza—. Procura proteger a todos los civiles y evacuar de inmediato.

Con un movimiento fugaz y decidido, el guardia asintió y salió corriendo a impartir órdenes mientras las explosiones exteriores se intensificaban en una creciente cacofonía. A su lado, el otro guardia—que lo había acompañado desde un inicio—se apresuró a evacuarlo, trasladándolo con cautela en medio de la creciente confusión.

El caos se expandía sin tregua: mientras unos guardias intentaban apaciguar los nervios de los civiles y evacuarlos, los disparos retumbaban con fuerza cada vez mayor. Al llegar a la puerta y salir, se encontró con una escena escalofriante: otros guardias se enfrentaban a un grupo de individuos que, ocultando sus rostros tras intensos pañuelos rojos, desafiaban la situación con una presencia enigmática y peligrosa.

Sánchez Cerro contempló la escena: en las calles, algunos civiles mostraban desgarradoras heridas, agujeros que hablaban sin palabras de la violencia implacable que había estallado. Con una amargura silenciosa, maldijo en su interior la brutalidad de cada imagen. Mientras lo conducían a bordo de un coche de escape, su mirada, impregnada de angustia, captó el detalle inquietante: los insurgentes, enfocados en abrir una brecha en la iglesia, parecían ajenos al hecho de que él ya se desvanecía del inminente del peligro.

En ese instante, uno de los insurgentes se abrió paso entre el caos y lanzó una bomba al interior de la iglesia. El estrepitoso estruendo se propagó con tal intensidad que se percibió incluso desde el coche que huía raudamente del lugar. Mientras tanto, el presidente, aún sumido en la angustia, consiguió hallar un breve lapso de calma.

Con la urgencia vibrando en el ambiente, el guardia que acompañaba al presidente en el coche anunció con voz firme:

—Señor, las fuerzas del Ejército llegarán en un momento al lugar.

Mientras se alejaban a toda prisa, Sánchez Cerro, imbuido de una determinación implacable, ordenó sin vacilación:

El presidente, con la mirada fija en el vacío, asintió. Luego, con voz firme, ordenó:

—Publíquenlo.

—¿Qué cosa, señor? —preguntó el guardia, confundido.

Una sonrisa leve, helada, se dibujó en su rostro. Finalmente tenía lo que necesitaba: una razón, una excusa, una causa justa ante los ojos del pueblo para aplastar a sus enemigos.

Con un tono furioso y melódico de rabia contenida, el presidente continuó:

—Quiero que todos los periódicos y radios hablen de esto. Que lo amplifiquen. Que lo muestren como un ataque salvaje contra la fe y la patria. Que acusen al APRA. Si es necesario, que obliguen a los medios. Quiero que el país entero lo sepa.

Una sonrisa leve, helada, se dibujó en su rostro. Finalmente tenía lo que necesitaba: una razón, una excusa, una causa justa ante los ojos del pueblo para aplastar a sus enemigos. Conocía bien a la población, profundamente católica, y sabía que el ataque a una iglesia despertaría su indignación, exigiendo medidas severas contra los responsables

Lo que sus opositores no sabían era que aquella bomba no solo había estremecido una iglesia. Había detonado la maquinaria que acabaría con sus principales líderes, destruiría su partido y pondría al país entero bajo el puño implacable de José Luis Sánchez Cerro.