Akihito entre dos tiempos

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Summary

Akihito, un talentoso ilustrador de manga, se encuentra con un misterioso cuadro en una tienda de antigüedades en Kioto. Al tocarlo, es transportado al período Edo, donde despierta como un pintor promesa de la prestigiosa escuela Rinpa. Sin darse cuenta, Akihito ha tomado el lugar de este artista y es obligado a pintar el retrato de un temido daimyō, conocido por su honor, riquezas y frialdad. ¿Cómo hará Akihito para sobrevivir en una época, en donde puedes ser castigado o asesinado solamente por negarte?

Status
Complete
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135
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5.0 3 reviews
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18+

El salto en el tiempo

No sabía dónde estaba. El mundo a mi alrededor se desvanecía en una bruma espesa, cálida y envolvente. No había paredes, no había cielo ni suelo, solo una inmensidad dorada que vibraba con una energía indescriptible. Me sentía flotando, perdido en un espacio sin tiempo, sin principio ni final.

Y entonces, sentí su toque. Un roce en mi muñeca, ligero como una pluma, pero tan real como mi propia respiración.

Me giré con el corazón latiendo desbocado, buscando el origen de esa presencia. Pero no había nadie… solo la sensación ardiente de unos dedos invisibles deslizándose por mi piel, dejando un rastro de fuego en su camino.

Mi cuerpo tembló de algo más profundo, algo primitivo que no entendía.

—Eres mío… —una voz grave y envolvente susurró en mi oído, tan cerca que pude sentir su aliento caliente contra mi cuello.

Un escalofrío me recorrió entero. Intenté moverme, dar un paso atrás, pero un par de manos firmes se cerraron alrededor de mi cintura, impidiéndomelo. No había fuerza en mi resistencia, porque en el fondo… no quería escapar.

—¿Quién eres? —mi voz sonó quebrada, atrapada entre el anhelo y la incertidumbre.

Él no respondió, en su lugar, me atrajo más hacia su cuerpo, un muro cálido y fuerte que se moldeó perfectamente al mío. Su respiración era profunda, tranquila, como si estuviera esperando algo… como si llevara una eternidad haciéndolo.

No podía ver su rostro, pero, podía sentirlo… podía olerlo, percibir la calidez de su piel, la firmeza de sus brazos rodeándome. Pero cuando intentaba levantar la mirada para encontrar sus ojos, la bruma lo cubría todo, ocultándolo de mí.

Me estremecí cuando sus labios rozaron mi sien en un roce apenas perceptible, como una promesa, como una advertencia.

—He buscado por tanto tiempo… —susurró con voz ronca, casi con desesperación—. No me hagas buscarte más... Akihito.

Quise preguntar qué significaba eso, por qué su voz se sentía como un eco dentro de mi alma, por qué su toque despertaba un anhelo en lo más profundo de mí, uno que no tenía nombre ni razón, pero entonces, el mundo a mi alrededor comenzó a resquebrajarse.

La bruma se disolvió en sombras, el calor que me envolvía se desvaneció y la presión de su cuerpo contra el mío desapareció como arena entre los dedos.

—¡Espera! —grité, extendiendo la mano en la oscuridad.

Mis dedos solo encontraron el vacío. Y en el último segundo, justo antes de que todo se rompiera, sentí su aliento contra mi oído una vez más.

—Nos volveremos a encontrar.

La oscuridad me tragó por completo…. y desperté. Fue un sueño, uno muy real que me ha dejado un problema entre las piernas.


Suspiré y apagué mi celular. No es que odie Flores y mariposas del gran maestro Sōtatsu; es que es tan perfecto que me da un poco de envidia no haber vivido en ese tiempo y haber aprendido de él o de Kōetsu. En lugar de eso, tengo un maestro que... prefiero no decirlo.

Siempre me ha gustado el arte y no solo dibujar manga, sino el arte en general. Desde pequeño me fascinaban las pinturas tradicionales japonesas, esos paisajes detallados, los retratos con expresiones intensas, los colores difuminados con pinceladas exactas.

A veces me imaginaba a mí mismo pintando así, pero nunca fui muy bueno. Dibujar con lápiz y tableta gráfica era una cosa, pero manejar tinta y pincel... eso era otra historia. Aun así, nunca dejé de intentarlo. De hecho, todavía cargaba conmigo un pequeño kit de pintura que me compré hace años. No lo usaba mucho, pero me gustaba tenerlo cerca, porque, en algún momento, podría pintar algún paisaje. Y gracias a mi “memoria fotografica”, logré pinturas buenas.

Ese día, de hecho, lo llevaba conmigo. Había salido de casa con la idea de que la academia de arte me dijera que al fin fui elegido como el mejor estudiante después de tres años de estudio. No era que me sintiera con mucho ánimo —después de todo, mi vida no iba del todo bien—, pero tenía la esperanza de que tal vez estudiar pintura podría ayudarme a salir de mi estancamiento.

Desde que mi exnovio, Kenta, me había engañado, todo me parecía un poco gris. Estuvimos juntos tres años y yo realmente pensaba que lo nuestro iba en serio. Pero un día, lo encontré con otro tipo en la entrada de mi propio departamento. Y sí, dijo la típica frase de No es lo que parece, pero... vamos, ¿cuántas veces he dibujado esa escena en mis mangas? Sabía perfectamente lo que significaba. Me largué de allí y no volvió a buscarme.

Desde entonces, me había refugiado en el trabajo, la pintura y en los medicamentos. Era asistente de un mangaka famoso, pero lo único que hacía eran fondos, tramas y detalles que nadie notaba. Mi propio manga estaba atascado porque el editor decía que “no era lo suficientemente impactante”. Y para colmo, algunos amigos también se alejaron cuando salí del clóset, como si ser gay fuera una enfermedad contagiosa.

Aquello solo empeoró mi estado de salud, haciendo que siempre tuviese que cargar mis medicinas, incluso, antibióticos por si algún día lo necesito; sin embargo, supongo que hoy será el último día, porque ya no pretendo llevar conmigo esta mochila del infierno. Misma que me regaló Kenta en nuestro último aniversario… pero es que es el último grito de la moda entre los jóvenes. No hay estudiante que no lleve esta mochila, como si fuéramos niños; sin embargo, es bastante útil y fácil de llevar.

Suspiré mientras caminaba por las calles de Kioto, sin muchas ganas de ir a la academia de arte y descubrir que como siempre, eligieron presentar la pintura de Aren. Y es que el desgraciado siempre pinta como si fuera un prodigio. Aunque he tratado de igualarlo, siempre termino haciendo todo mal.

Fue entonces cuando, sin darme cuenta, mis pasos me llevaron a un pequeño callejón. Y ahí estaba: una vieja tienda de antigüedades de nombre: Kuroda.

Había pasado por allí cientos de veces, pero nunca me había detenido. Sin embargo, ese día, el aire tenía algo distinto. Se sentía pesado, como si el tiempo se hubiera detenido en la entrada.

¿Será porque hoy es el eclipse? Casi todo el mundo está preparándose con sus lentes especiales. Yo solo los esquivé, ya que no me interesa.

Y entonces, entré.

—¡Bienvenido! Al fin llegas, Akihito.

Contemplé asustado a hombre. Había dicho mi nombre, pero, de pronto noté como señaló mi gafete de la empresa en mi pecho y suspiré. Por un momento creí que adivinó mi nombre, ya que jamás dejó de mirarme a los ojos.

—Ha pasado un tiempo, ¿no? Pensé que jamás llegarías —dijo el señor—. Y llegas justo cuando es el eclipse. ¡Date prisa, es en pocos minutos!

—¿De qué está hablando?

—Quizás no me recuerdes, pero yo a ti sí. Me habías pedido algo para el día del eclipse y finalmente lo tengo listo.

Válgame. Seguramente fue aquel día que caminaba borracho hasta los pelos y seguramente me metí aquí a encargar cosas a lo bruto. Ese idiota de Kenta me las pagará.

Si yo hubiese venido en todos mis sentidos, recordaría un lugar así de esplendido. Es maravilloso. Tiene demasiadas pinturas realistas y otras del estilo antiguo.

Primero, me detuve ante la imagen de un hombre de rasgos occidentales. La textura de su abrigo y la intensidad en su mirada me resultaban inquietantemente cercanas. Luego, mi vista se deslizó hacia una princesa de refinados ropajes, su postura elegante, pero sus ojos reflejaban una tristeza velada. A su lado, su padre, el daimyō, con un gesto solemne, como si la historia que contaban esas pinturas aún estuviera viva en cada fibra del lienzo.

Entonces, contemplé algo increíble.

Una mujer asiática de belleza inusual. Su vestido de la época victoriana, resaltaba sus facciones delicadas, pero lo que más llamaba la atención era su cabello corto. En un tiempo donde la feminidad se medía en la longitud del cabello, ella desafiaba la norma. Debió ser una guerrera.

Y finalmente, la imagen que hizo que mi cuerpo reaccionara como nunca antes lo hizo: una pintura antigua, oculta tras un cristal polvoriento. Retrataba a un hombre de mirada intensa, vestido con una armadura negra decorada con detalles dorados. Sus ojos oscuros parecían atravesar los siglos, clavándose directamente en mí.

Entonces leí el nombre del gran hombre: Masanori.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, y entonces, el dueño de la tienda apareció detrás de mí, sonriendo con complicidad.

—Has encontrado algo interesante, ¿verdad?

Pero, mi atención estaba toda en aquel daimyō, pues parecía que me incitaba a tocarlo. Y así lo hice, el momento en que mis dedos rozaron el marco de madera antigua, sentí un cosquilleo recorrerme la piel. Fue como si una descarga eléctrica se propagara desde mis yemas hasta cada fibra de mi ser.

Por un instante, el aire a mi alrededor pareció espesarse, el ruido del exterior se volvió un murmullo lejano, y el cielo se oscureció. Era como si el tiempo se detuviera justo ahora.

De repente, una fuerza invisible me arrancó de la realidad. La tienda, la pintura, el anciano que me había hablado... todo se desvaneció en un remolino de colores y sombras. Me sentía caer, pero sin moverme. Y entonces, sensación de vértigo me invadió cuando mi cuerpo entero pareció ser tragado por un abismo sin fin.

Luego, una luz cegadora, y de pronto, el suelo bajo mis pies cambió.

El olor a madera quemada, incienso y algo aún más penetrante llenó mis pulmones. Una mezcla de sudor, tierra y el leve perfume del arroz cocido. Abrí los ojos, pero tardé varios segundos en procesar lo que estaba viendo.

Ya no estaba en la tienda de antigüedades. Frente a mí, un camino de tierra polvoriento se extendía entre edificios de madera, tiendas con telas ondeando en la entrada y faroles de papel colgados de los aleros.

—¡Muévete! —una voz grave me sacó de mi estupor. Me giré justo a tiempo para ver a un hombre con una vara de bambú empujar a un anciano que había osado quedarse en medio del paso. Vestía una túnica azul oscuro, un cinturón grueso de tela atado a la cintura y la cabeza rapada con una cola atrás... Un samurái. Uno fiel a la historia, no como los cosplay de hoy en día.

No. No podía ser real.

Mis piernas temblaron y un mareo me hizo tambalear. Por alguna razón estaba mojado de pies a cabeza y, helado como una paleta de esas que venden en el konbini, pero por suerte, mi mochila está intacta, menos mal la cubierta es anti-agua.

Miré a mi alrededor con desesperación, tratando de encontrar un rastro de modernidad, un poste de luz, un letrero de neón. Pero lo único que había eran personas vestidas con kimonos, algunas cargando canastos de bambú, otras inclinándose ante figuras imponentes con espadas al cinto.

—No puede ser... —susurré, sintiendo que el pánico me subía por la garganta.

Camine, dando vueltas, buscando el final de este set de grabación y al director de esta película que será muy famosa por lo que veo; sin embargo, no hay nadie que no vista así, bueno, excepto yo.

Di tantas vueltas que incluso mi ropa estaba seca y volví al mismo sitio de donde vine: el puente… creo haberlo visto antes, pero, no recuerdo nada; no obstante, un grupo de samuráis, pasó junto a mí. Sus miradas eran duras, llenas de autoridad. Solamente me contemplaron como si yo fuera un borracho.

Intenté respirar hondo, pero el aire se sentía denso, impregnado de humo y tierra. Caminé con cautela, sintiéndome un intruso en una escena sacada de un sueño. Nadie parecía prestarme demasiada atención, pero sabía que mi ropa moderna no pasaba desapercibida. Llevaba jeans, zapatillas deportivas y una camiseta. En comparación con los kimonos de seda y las hakamas tradicionales, parecía un espectro fuera de lugar.

El sonido del metal chocando me hizo girar rápidamente. En un patio abierto, rodeado por una cerca de madera, dos hombres entrenaban con espadas de bambú. Sus movimientos eran rápidos y certeros, un baile letal en el que cada golpe resonaba con una precisión aterradora. Observé de cerca con fascinación y temor. Aquello no era un simple entrenamiento; era el reflejo de una vida entera dedicada a la guerra.

—¡Vended arroz y miso! ¡Pescado fresco de la bahía! —las voces de los comerciantes me rodeaban. Una mujer mayor, con un rostro arrugado por el tiempo, me miró con suspicacia antes de volver a sus asuntos.

Seguí avanzando, intentando entender dónde estaba exactamente. Y entonces lo vi.

A lo lejos, elevándose sobre la ciudad como un centinela imponente, estaba un castillo de múltiples pisos, con techos curvados y detalles dorados brillando bajo el sol. Mis pies se clavaron en el suelo. Si esto era lo que parecía ser... ¡Estaba en la era Edo!

El impacto de la revelación me dejó paralizado. Quise negar lo obvio, pero cada detalle lo confirmaba. Aquí no había autos, ni edificios modernos, ni tecnología. Solo calles de tierra, casas de madera y guerreros con espadas al cinto.

Y lo peor de todo, no tenía ni la menor idea de cómo regresar, pero antes de que pudiera seguir procesando mi situación, un grupo de soldados armados se detuvo a unos metros de mí. El líder, un hombre alto de facciones duras, me observó con sorpresa y algo de felicidad.

—Tú. ¡Detente!

El tiempo pareció detenerse una vez más. Sentí un escalofrío recorrerme la espina dorsal.

¿Qué haría ahora?

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