Trail Of Dead

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Summary

Cuando el mundo se vino abajo, Bryan era solo un joven estudiante de programación en Bogotá, soñando con líneas de código y un futuro tranquilo. Pero el apocalipsis no pidió permiso. En cuestión de días, la ciudad que conocía se transformó en un cementerio viviente, devorada por la muerte y el silencio. A medida que los zombis se apoderaban de las calles, Bryan tuvo que dejar atrás su antigua vida y convertirse en algo más: un sobreviviente. En su camino conoció aliados que se convirtieron en su nueva familia, enemigos que le mostraron la peor cara del ser humano… y sufrió pérdidas que lo marcaron para siempre.

Status
Ongoing
Chapters
53
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 - Ruido en la puerta

El mundo ya había muerto hacía tiempo.

Las ventanas estaban selladas con tablones viejos, y solo la tenue luz que se colaba por las rendijas iluminaba el interior del apartamento. Las paredes estaban cubiertas de moho, y el aire olía a polvo, sudor y desesperación. Un zumbido constante, apenas audible, provenía del exterior: el murmullo grave y hambriento de los muertos.

Bryan estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra una estantería rota, y su dedo índice temblaba sobre el gatillo de una vieja pistola oxidada. Tenía la mirada clavada en la puerta del apartamento, que se sacudía violentamente bajo los golpes insistentes de varios infectados. Las bisagras crujían. La madera ya se había astillado en varios puntos.

—Vamos, vamos —murmuró con una sonrisa amarga—. Ya no hay nadie más, ¿cierto?

Su voz sonaba ronca, desgastada por el polvo y por los años de gritar nombres que nunca recibieron respuesta.

Los gruñidos detrás de la puerta se intensificaron. Uno de los tablones interiores que él mismo había clavado cayó al suelo con un golpe seco. Bryan solo rió. Una carcajada seca, casi burlona, como si su muerte fuera la última broma del universo.

—¿Así termina todo? —dijo en voz alta, dirigiéndose a nadie—. ¿Después de tanto correr, tanto luchar… tanto perder? ¿Voy a morir como una rata, encerrado en esta pocilga?

Sacudió la cabeza, sus ojos vidriosos. Luego, en un movimiento rápido, giró la pistola y se la llevó a la sien.

—Al menos no les daré el gusto —susurró.

Sus dedos apretaron el arma con firmeza. Cerró los ojos.

CLICK

CRASH

Pero justo cuando el gatillo estaba a punto de ceder, una imagen lo golpeó como una ráfaga violenta: una luz blanca. Un ruido familiar. Voces. Risas. El sonido lejano de la ciudad todavía viva.

La escena se disolvió.


Algunos años atrás

El sol brillaba sobre las montañas de Bogotá. El tráfico avanzaba lento en la Séptima, mientras los vendedores ambulantes gritaban sus ofertas en las esquinas. El aire olía a café recién hecho, mezclado con smog y arepas de queso.

Bryan se levantó tarde, como de costumbre. Tenía clase de lógica de programación en la tarde, pero su mente estaba más en la música que sonaba en sus audífonos que en los apuntes abiertos en la mesa.

—Otra vez se va a quedar dormido en clase, —le dijo Santiago, su mejor amigo, mientras revisaba su celular—. ¿Creí que seguiria trabajando en el juego que esta programando?

—Sí, pero sin clases teóricas sería más fácil —respondió Bryan, estirándose con pereza—. Igual, no pasa nada. Hoy solo van a hablar de pseudocódigo otra vez.

Ambos rieron. Era un día normal, casi aburrido.

Hasta que no lo fue.

Primero fueron los helicópteros. Luego, los rumores en redes. Un video viral mostrando a un hombre mordiendo el rostro de una mujer en plena avenida Caracas. El caos no tardó en llegar.

La universidad cerró a media mañana. Estudiantes corrían por los pasillos. Alguien decía que estaban evacuando Chapinero. Otro gritaba que era un ataque terrorista. Bryan solo sintió una cosa: miedo.

Y entonces lo vio por primera vez. Sangre. Una mujer en la entrada del campus. Caminaba lento, su pierna destrozada arrastrándose detrás de ella. Sus ojos eran opacos, sin alma.

Y venía hacia ellos.

—¡¿Qué carajos le pasa a esa señora?! —gritó Santiago.

Pero no hubo tiempo para respuestas. El infierno acababa de empezar.