Academia Varden

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Summary

A los 18 años, cada persona atraviesa la Ceremonia de Desbloqueo, el momento en que su magia despierta y define su destino. Para Eris, este día marcó algo muy diferente: nada ocurrió. Sin poderes, sin respuestas y con la mirada de todos sobre ella, se convierte en un enigma viviente. Decidida a descubrir la verdad, Eris emprende un peligroso viaje más allá de los límites de su reino. En su camino, forjará lazos inquebrantables, descubrirá que la amistad puede ser tan poderosa como la magia... y encontrará el amor en los lugares más inesperados. Entre secretos ancestrales, traiciones que pondrán a prueba su confianza y un destino incierto, Eris deberá enfrentar la verdad sobre sí misma, aunque eso signifique desafiar todo lo que creía posible. Romance, aventura, magia y amistad se entrelazan en una historia donde las respuestas pueden ser más peligrosas que las preguntas.

Genre
Fantasy
Author
Esc
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Eris siempre había esperado el día de su Desbloqueo con una mezcla de ansias y nerviosismo. No era solo un rito de paso o una ceremonia social. Era, para muchos, el momento en que el alma revelaba lo que había callado desde el nacimiento. Y Eris, desde que tenía uso de razón, había soñado con ello. Fantaseaba con el instante en que su sello mágico se rompiera, liberando una energía tan antigua como misteriosa, una que le confirmara, al fin, quién era y qué lugar ocupaba en un mundo donde cada ser sobrenatural tenía un camino trazado. Pensaba que entonces, la senda hacia la Academia Varden se iluminaría frente a ella como un faro inevitable.

Durante diecisiete años llevó una vida sencilla, lejos de los lujos y los linajes pomposos, pero rebosante de magia cotidiana. Vivía en una modesta morada de madera con techos musgosos en las afueras de Ciudad Esmeralda, donde los caminos de tierra eran recorridos por viajeros de túnicas bordadas y criaturas mágicas con ojos sabios. Allí, sus padres, Ivar y Nury, creaban las joyas más codiciadas de la región, no solo por su belleza, sino porque estaban vivas. Eran piezas que respiraban magia elemental, forjadas con amor, paciencia y conjuros secretos.

Eris los observaba desde pequeña, sentada en un taburete alto, con las piernas colgando y el rostro lleno de tierra y fascinación. Creció convencida de que, aunque no compartiera la sangre de los Voima, debía ser una bruja. No había otra posibilidad. Las piedras le hablaban en sueños. Las plantas florecían cuando las tocaba. Tenía que significar algo. Su alma anhelaba pertenecer.

Por eso, la víspera de su cumpleaños dieciocho, no pudo dormir. El sueño era un lujo para los que no cargaban dudas. Se revolvía en su cama de madera oscura, rodeada por estantes cargados de libros antiguos, frascos de vidrio con raíces dormidas, hierbas que susurraban si uno les prestaba atención, y cristales que pendían del techo con hilos de cobre, tintineando como si presintieran lo que se avecinaba. Su habitación era un mapa viviente de su mente: caótica, curiosa, llena de vida. Pero esa noche, ni siquiera el perfume familiar del incienso de lavanda ni los grimorios más reconfortantes lograron calmarla.

Frente al espejo ovalado junto a la ventana, se examinó con la franqueza de quien se busca y no se encuentra. Su cabello rojizo, enmarañado y brillante como el fuego al amanecer, enmarcaba un rostro lleno de pecas, como si las estrellas hubiesen decidido descansar sobre su piel. Tenía los ojos de un verde feroz, tan intensos que parecía que podían romper hechizos con solo mirar. Pero esa noche, sus pupilas reflejaban duda.

“¿Y si no soy lo que creo? ¿Y si todo esto... fue solo una ilusión?“, pensó, tragando saliva. Mordió su labio inferior, una costumbre que solo aparecía cuando el miedo se volvía tangible.

La madrugada se arrastró lenta. Por momentos, creyó escuchar su nombre en el viento. Por otros, deseó correr lejos y evitar lo inevitable.

El amanecer llegó como una caricia dorada, envolviendo a Ciudad Esmeralda en un resplandor de otro mundo. Las calles adoquinadas susurraban historias antiguas al paso de los primeros viandantes. Las fachadas de piedra blanca se cubrían con enredaderas que florecían al ritmo de los sentimientos. Algunas brotaban de alegría, otras de nerviosismo. Las flores mágicas siempre sabían más de lo que contaban.

Y en el horizonte, cruzando el manto tenue de niebla que aún flotaba sobre la ciudad, se alzaban las torres de mármol verde de la Academia Varden. Para Eris, verlas era como contemplar un recuerdo de otro tiempo. Un deseo que llevaba tanto tiempo guardado que ya no sabía si le pertenecía o si se lo había impuesto el mundo.

Ese día, todo parecía latir más rápido. Como si el universo contuviera el aliento.

Los pasos de Eris resonaban suaves sobre los senderos empedrados mientras se dirigía al Templo de la Ascensión, flanqueada por sus dos mejores amigos: Lyria y Kael.

Lyria caminaba erguida, con la elegancia que parecía brotarle de los huesos. Su cabello plateado, largo hasta la cintura, se mecía como una cascada líquida bajo la brisa matinal. Llevaba una túnica de tonos lavanda y azul profundo, bordada con runas que brillaban levemente al contacto con la luz. Su andar era tan seguro, tan en paz consigo misma, que por momentos Eris se preguntaba si su amiga alguna vez había sentido miedo. Lyria pertenecía a un linaje de brujas ancestrales, guardianas del conocimiento arcano, y su lugar en el mundo había sido escrito mucho antes de que naciera.

Kael, por otro lado, parecía haber salido de otro cuento. Sus rizos castaños estaban más rebeldes que de costumbre, y sus botas estaban manchadas de barro seco. Su túnica, a medio abrochar, revelaba una camisa de lino arrugada, como si se hubiese vestido al apuro. Pero su sonrisa, esa sonrisa traviesa que podía arrancarle una risa a un fantasma, estaba presente como siempre. Y en sus ojos ámbar, esa chispa eléctrica, literalmente, nunca desaparecía.

—¿Preparada para brillar? —bromeó Kael, dándole un leve codazo con el codo.

Eris le respondió con una sonrisa tirante, aunque agradeció el intento. El nudo en su estómago se apretaba como una criatura viva.

—No sé si “brillar” es la palabra adecuada... más bien trataré de no desmayarme delante de todos.

Kael soltó una carcajada breve, y Lyria, que caminaba en silencio, le apretó la mano con suavidad.

—Sin importar lo que ocurra —dijo con voz baja, pero firme—, sigues siendo Eris. Y para nosotros eso ya es algo grandioso.

Eris tragó saliva. No sabía qué haría sin ellos.

El Templo de la Ascensión se alzaba al final del camino, tallado directamente sobre la roca de una colina sagrada. Su fachada, de jade pulido y zafiro oscuro, destellaba bajo la luz del sol naciente. Las columnas estaban cubiertas de runas vivientes que se movían como hilos de plata bajo la superficie, y el aire que lo rodeaba tenía una densidad particular, como si estuviese impregnado de siglos de magia concentrada.

Dentro, el ambiente era solemne. Los cánticos de fondo se deslizaban como susurros por las paredes de mármol, y un incienso antiguo flotaba en el aire, trayendo memorias de tiempos que nadie recordaba. Docenas de jóvenes, vestidos con túnicas ceremoniales, ocupaban su lugar en bancos circulares que rodeaban el círculo de invocación, ubicado en el centro de la sala.

La sacerdotisa principal se encontraba de pie junto al círculo. Era una mujer de edad indefinida, con una túnica blanca que parecía tejerse y destejerse a cada movimiento. Su cabello, blanco como la ceniza, flotaba levemente como si el viento le hablara solo a ella. Tenía una presencia que no necesitaba palabras para imponer respeto.

—Bienvenidos, hijos de Esmeralda —dijo, alzando las manos y provocando un silencio casi reverente—. Hoy es el día en que conocerán su verdadera naturaleza. La magia ha estado dormida en ustedes, como una semilla bajo la tierra. Pero ahora, germinará. Y ustedes florecerán.

Eris sintió que el corazón le latía en las sienes. No podía moverse. Su cuerpo vibraba como un instrumento afinado con demasiada tensión.

Uno a uno, los jóvenes fueron llamados.

Lyria fue de las primeras. Caminó hasta el centro con la gracia de una danza. Al entrar al círculo, fue envuelta en una espiral de luz violácea, brillante, que chispeaba como polvo de estrellas. Sus ojos se cerraron un momento, y cuando los abrió, una energía tranquila palpitaba a su alrededor. Sonrió levemente, como si hubiese confirmado lo que ya sabía.

Luego fue el turno de Kael. Eris notó cómo apretaba los puños antes de avanzar. El silencio se hizo más denso cuando se paró en el centro. Pero no hubo luz. No hubo rugido. Solo un suspiro apenas perceptible, como el eco de un trueno a lo lejos. Sin embargo, Kael no se inmutó. Volvió a su lugar con la cabeza en alto. Había algo contenido allí... era poder.

Y entonces, su nombre fue pronunciado.

Eris Voima.

Sintió cómo todo el aire la abandonaba al caminar hacia el círculo. Sus pasos eran livianos, pero sus pensamientos pesaban toneladas.

Cerró los ojos. Inhaló. Extendió las manos. Esperó.

Nada.

Solo un silencio espeso, más cruel que cualquier burla.

Abrió los ojos lentamente. Las palmas estaban vacías. Su cuerpo, sin brillo. La sacerdotisa repitió el conjuro, esta vez con un tono más firme, más urgente. Pero el resultado fue el mismo. Ni una chispa. Ni un susurro de poder.

Los murmullos comenzaron como gotas, luego como lluvia. Eris no escuchaba nada. No sentía su cuerpo. No recordaba cómo había salido del círculo. Solo sabía que estaba afuera, con los ojos llenos de niebla, caminando en automático mientras el mundo se le cerraba como una puerta sin llave.

La luz afuera era más cálida que dentro del templo, pero no por eso más amable.

Eris no recordaba en qué momento dejó atrás a Kael y Lyria. Solo supo que sus piernas la habían guiado hasta la fuente central de la ciudad. Allí, el agua cristalina danzaba sobre un cuenco de piedra encantado, reflejando los rayos del sol como fragmentos de un futuro que no le pertenecía. Se sentó en el borde, sin mirar a nadie, como si el mundo hubiese dejado de incluirla.

¿Qué acababa de pasar?

¿Por qué no ocurrió nada?

¿Estaba rota? ¿Vacía?

¿Era todo una mentira?

El silencio la abrazaba como una tela húmeda. No quería llorar. Pero las lágrimas no pedían permiso.

Le temblaban las manos. Las apretó contra sus rodillas. Su reflejo en el agua parecía más joven, más sola.

“Tal vez no debí venir. Tal vez... no pertenezco a ningún lado.”

Por primera vez en su vida, la palabra nadie tuvo peso. La sacudió por dentro.

Pero mientras observaba a los demás jóvenes pasar a lo lejos, radiantes de magia y futuro, algo dentro de ella se encendió. No era rabia. Era terquedad antigua, la misma que la había hecho aprender a leer con libros que se caían a pedazos, que la había llevado a dominar pociones antes de que su voz cambiara, que la hacía quedarse despierta bajo la luz de una vela, escribiendo conjuros en el margen de los sueños.

No tenía un don. Pero tenía una voluntad furiosa.

Tal vez, pensó, la Academia no sería el lugar donde brille. Pero sí podía ser el lugar donde buscara respuestas. Y ese era un inicio suficiente.

Se puso de pie.

No volvió al templo. No buscó explicaciones. No le debía nada a nadie.

Al día siguiente, muy temprano, empaquetó sus cosas: sus libros, su collar con un cristal opaco que nunca se había encendido, una pluma vieja que le había regalado Lyria, una piedra brillante que Kael le había dicho que “le traía suerte aunque él no supiera por qué“.

Esa misma tarde, como todos los años, la Academia Varden se preparó para su traslado anual.

Cada ciclo lectivo, el castillo entero —muros, torres, aulas, invernaderos— era envuelto en un hechizo ancestral que lo transportaba mágicamente a Jade: un lugar secreto entre montañas cubiertas de niebla y bosques encantados que susurraban en lenguas antiguas. Un santuario académico donde los estudiantes vivían, aprendían y se entrenaban durante todo el año, completamente aislados del mundo exterior.

Eris entró al castillo. Vío pasar las últimas siluetas de Esmeralda por la ventana. El crepúsculo doraba los tejados. Las enredaderas mágicas agitaban sus hojas como si se despidieran.

Y mientras el hechizo de traslación se activaba, cubriendo todo en una luz esmeralda líquida, Eris cerró los ojos y pensó:

Si no tengo magia, la encontraré.

Si no tengo nombre, me lo forjaré.

Y si no tengo un destino, lo inventaré desde cero.

La ciudad desapareció.

El aire cambió.

El viaje había comenzado.