El péndulo escarlata

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Summary

Nel, una joven brillante de 18 años, es perseguida por una extraña presencial paranormal tras la muerte de Elian, un joven misterioso de quien se enamora. Ahora deberá descubrir los misterios tras las trágicas y extrañas muertes que la rodean antes de que sea su hora.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

Recorría las calles de Elindel con paso aletargado, aunque muy dentro de mí tenía urgencia por ir rápido.

Me sentía agotada por las numerosas noches en las que no había podido conciliar el sueño. Esas noches en donde la luna no es suficiente para iluminar la enorme penumbra que cubre lúgubremente mi entorno; donde el ruido de las ramas movidas por el viento, rasgan las ventanas que mantengo cerradas, como si eso sirviera de algo; y donde el perturbador silencio que inunda mi habitación, amenazante, siendo complice de aquello que sea que me aceche desde las sombras. Esperando el momento en que baje la guardia.

Es precisamente eso lo que me hacía perder la cordura durante el día, momento en el que al menos tenía la compañía de la gente a la que conozco y en la que confío. Pero incluso ellos me llegaron a mirar con cierta extrañeza.

Las calles de la ciudad estaban iluminadas, con gente transitando por encima de las aceras; iban en parejas, en grupos de amigos; madres con sus hijos. De vez en cuando había un vagabundo que pedía unas cuantas monedas. Los vehículos recorrían con velocidad las carreteras, deteniéndose solo por las luces rojas.

Yo me sentía un poco angustiada. Miraba de un lado a otro, esperando encontrarme con algo extraño en algún rincón o recoveco que guardara aunque fuera un puñado de sombras. La gente a veces me dirigía una mirada de desconcierto, frunciendo el ceño. Muchos pensarían que soy paranoica, pero lo cierto es que me gusta decir que soy cuidadosa.

Apresuré el paso, haciendo caso al fin a mi urgencia. Sujeté mi suéter por el cuello y deslicé el gorro hasta cubrir mi cabello cobrizo. Llegué al pie de un callejón, oscuro para mi desgracia. Una luz amarilla se asomaba desde una puerta abierta al fondo.

Di un suspiro y escruté mis flancos una vez más, para asegurarme de que fui muy cuidadosa. Fue en ese momento en que un hombre alto y de piel bronceada salió de entre las sombras. Me miró con calculadores ojos caoba. Tenía una cicatriz que le surcaba desde su cien izquierda hasta la mejilla.

Me estremecí, pero me mantuve fuerte. El hombre me asintió y me pidió moviendo levemente la cabeza que lo siguiera por el callejón. Lo seguí sin pensarlo. Aunque aquel sujeto me causaba cierta inseguridad, era mejor adentrarme en la oscuridad sabiendo que estaba acompañada, sin importar de que clase de compañía se tratara.

Llegué hasta la luz y, para mi fortuna, nada extraño sucedió, pero de todas formas volví la mirada hacia atrás, observando las sombras y pude jurar que algo se arremolinaba en la penumbra. Me recorrió un escalofrío que fue abruptamente interrumpido cuando mi guía, el hombre de la cicatriz, tiró de mi por el antebrazo y me introdujo en el interior del lugar.

Adentro estaba inusualmente cálido. Varios candelabros de luz adornaban el techo, el piso estaba cubierto de una alfombra roja en su totalidad. Había estantes con toda clase de objetos extraños, no pude identificar para que pudiera utilizarse ninguno de ellos. Nunca en mi vida había estado en un sitio donde me sintiera más que extraña. Era ajena al aura que se dejaba caer sobre mí como un pesado aliento que amenazaba con sacar todo el aire de mis pulmones.

—Sígame —me ordenó el sujeto abriendo una de las dos puertas que había en una pared cercana a los estantes.

La puerta se abrió con un rechinido, el hombre entró y se quedó de pie, observándome, esperando a que decidiera entrar. Lo hice, aunque a regañadientes, de todas formas, no demostré mi inseguridad.

Del otro lado encontré una habitación con mucha menos luz, solo iluminada por un par de velas que descansaban sobre una mesa. Cuando entré, el hombre de ma cicatriz salió y cerró la puerta con cuidado detrás de mí.

Esta vez, aunque no supe si fue por miedo, por instinto, o por la mujer que estaba sentada detrás de la mesa, con su cabello negro como la noche, decidí no estudiar lo que había a mi alrededor. Era una mujer mayor, tal vez de unos sesenta años. Vestía de blanco y llevaba en sus dedos arrugados, más anillos de los que quizá una mano humana pudiese cargar.

Sentí otro escalofrío, pero le mantuve la mirada lo mejor que pude, ya que, ella era la razón de haber caminado diez manzanas en una noche fría de otoño.

La Omnisabia, le llamaban. Decían que era la persona a la que debías acudir cuando querías entender cosas que escapaban a la lógica humana; conocer los secretos más deslumbrantes y desconcertantes; revelar cualquier misterio, por muy imposible que pudiera ser.

No era sencillo conactar con ella, por supuesto. De hecho, se decía que era ella quien te encontraba, cuando había algo en tí que le atrayera o llamara su atención. Se decía que una vez había llegado a la casa de una familia adinerada, advirtiéndoles sobre cierto peligro. Ellos, claro, no le creyeron y la tomaron como una timadora que solo quería dinero. Sin embargo, dos meses después, la familia quedó en la ruina absoluta y, pasados unos días, cada miembro murió en circunstancias misteriosas. La policía no encontró nada que la inculpara. Eso no hizo falta de todos modos, pues la omnisabia desapareció sin dejar rastro.

Nadie podía encontrarla, ni saber cómo era, no a menos que ella así lo quisiera.

Observé a la mujer, todavía con miedo porque, aunque pareciera una persona normal, tenía los ojos completamente blancos

—Ah, querida niña —musitó la mujer con una voz ronca.

Aunque parecía no haber vida en los ojos de la omnisabia, sentía que mi observaban con curiosidad.

—Anda, siéntate —dijo señalándome una silla de madera con un largo respaldo acolchonado. Su mano tintineó al moverla por los abundantes anillos que había en sus dedos.

Sin dejar de mirarla, me senté. Hubo unos segundos de silencio antes de que ella se aclarara la garganta y dijera:

—Sí, ya veo, estas asustada —frunció el ceño—, pero no de mí. Hay algo más que te perturba, algo que te acecha por las noches y que camina contigo durante el día.

Yo abrí mucho los ojos al escuchar sus palabras y me sentí abrumada. No sabía si era por la horripilante confirmación que rodeaba mi vida o por la sorprendente habilidad de la omnisabia.

Pensé en no responder de nuevo, pero después de todo lo que había pasado, necesitaba respuestas y podía obtenerlas justo ahora.

—Sí —dije inclinándome un poco hacia enfrente, demostrando por fin la desesperación que me envolvía con brazos deformes.

La omnisabia se recargó en su asiento (una silla mucho más ostentosa que la mía), sin dejar de mirarme con sus ojos blancos y sin vida.

—Estás tan llena de incertidumbre, querida niña.

—¡Necesito ayuda! —grité exasperada. Había abandonado mi fase de paciencia—. ¡Vine hasta aquí porque dijeron que podía ayudarme!

Pero la mujer, con una serenidad impresionante, negó con la cabeza. Entonces dijo:

—No, niña, yo no ayudo a nadie, yo proporciono respuestas. Información —sonrió, mostrando dos hileras de dientes chuecos—. Aunque puedo ayudarte por un precio.

No pude hacer nada más que mirarla, pero, a pesar de todo, estaba preparada, así que le respondí:

—¿De cuánto estamos hablando?

Ella negó con un dedo lleno de anillos.

—No se trata de dinero —Me la quedé mirando, esperando que continuara, lo hizo—: Tiempo —dijo sin más.

Mi ceja se arqueó, sin saber a qué se refería.

—Te ayudaré —dijo— sí, logras sobrevivir a lo que el destino te tiene preparado, vivirás tu vida, una vida normal. Y cuando sea el momento, durante tus últimos años, nos volveremos a ver, entonces sabrás que deberás pagar tu deuda conmigo.

Seguía sin entenderlo, pero me hacía una idea. De todas maneras, había dicho: ¿una vida normal? Ya no recordaba lo que era aquello, ni cuando fue la última vez que tuve vida, así que, sin pensarlo dos veces, asentí.

—Sí —dije solo para confirmarlo. Mis manos hacían trémula.

La anciana sonrió y me entregó uno de sus anillos. Era plateado y con detalles poco extravagantes.

—Póntelo —Me pidió la omnisabia, casi como una exigencia.

Obedecí. El anillo curiosamente me quedaba a la perfección. Después cerró los ojos y una ráfaga me golpeó, pero no era de viento. Había sido más una sensación de escalofrío que me estremeció. Suspiré e inhalé y una nube de vaho salió despedida de mi boca.

La mujer abrió los ojos, aun blancos del todo, y, seguidamente, abrió un cajón de la mesa y extrajo un objeto que pude reconocer (el primero de todos que realmente sabía lo que era). Se trataba de una clase de péndulo. Era rojo escarlata, con una forma parecida a la de un gran diamante, y tenía una cadena de plata.

La omnisabia abrió la boca y dejó escapar también una nube de vaho directamente al péndulo. Este resplandeció un poco y luego se apagó.

—Toma —me extendió el objeto.

Pero antes de que pudiera tomarlo en mis manos, y antes de que siquiera pudiera decirme alguna palabra, las luces de las velas se apagaron, y la habitación comenzó a temblar.

La puerta por la que había entrado antes, se abrió de golpe y el hombre de la cicatriz entró.

—Omnisabia —dijo, mientras encendía las luces de la habitación.

El hombre abrió los ojos como platos y yo, al verlo, me volví hacia la omnisabia solo para ver una escena de pesadilla: la mujer se retorcía en su asiento y, aunque no podía ver expresión en sus ojos blancos, sabía que estaba sufriendo.

Se escuchó un chasquido y el cuello de la mujer se torció de manera antinatural. Cayó muerta sobre la mesa, con los ojos abiertos.

Yo me puse de pie de un salto, tomando el péndulo por instinto. El hombre a mis espaldas, corrió hacia la anciana muerta, desgarrándose la garganta en un grito.

Tuve miedo en ese momento, así que salí corriendo de la habitación, llegué a la estancia principal, atravesé el umbral de la puerta y me interné en la oscuridad, olvidando mi miedo por completo, únicamente sintiendo la adrenalina que impulsaba a mi cuerpo a seguir corriendo.

Abandone el callejón y llegué a la calle, que para mi fortuna, continuaba transitada por unas cuentas personas, a pesar de que ya era tarde. Solo me detuve unos segundos para tomar aire antes de seguir corriendo, todavía con el péndulo en una mano y el extraño anillo plateado en mi dedo.

Me abrí camino entre la gente, ignorando sus miradas, y seguí corriendo bajo la fría noche.