La sombra sobre el reino.

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Summary

"En la frontera del reino, entre bosques olvidados y ruinas que murmuran nombres que nadie recuerda, algo despierta." El general conocido como el León de Yersenia regresa de una misión diplomática con un clan élfico... sin palabras sobre el verdadero horror que halló. Empalados en espiral, rostros deformados por el espanto y en el centro, un niño, el único sobreviviente. Nadie sabe su nombre. Nadie entiende por qué vive. Acogido como sirviente en el castillo, el niño crece bajo la sombra del trauma, de sueños rotos y de susurros que no son del todo suyos. A su alrededor, criaturas extrañas comienzan a aparecer. Pueblos son atacados. Y mientras el reino celebra, algo antiguo observa.

Genre
Fantasy
Author
Steiner_0
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

1. Lanzas y sangre

El aire apestaba a sangre y ceniza. En el suelo, un lodazal de barro y vísceras temblaba bajo el paso de varias decenas de hombres de armadura plateada en sus caballos. Seguían una línea uno tras otro entre el campo sembrado de cadáveres; la mayoría empalados entre lanzas que sobresalían de los cuerpos, algunas apuntando hacia el cielo cegado por nubes negras, otras rotas y astilladas. Era como andar entre un bosque de espinas carmesí que buscaban aún carne qué perforar. Uno en el que extrañamente parecían dar vueltas. Volteaban de un lado a otro, buscando indicio de sobrevivientes, tanto posibles aliados como enemigos entre el panorama desolador. Mientras avanzaban más y más hacia el centro escuchando nada más que el ruido de su marcha por los charcos de sangre y mugre, era más común ver sombras moverse de algunos cuerpos todavía retorciéndose incluso sin vida, ya fuese porque las lanzas habían atravesado sus nervios, o por las ráfagas de aire a los que yacían más en lo alto siendo devorados por las aves de rapiña. Todos con expresión de horror y ojos vacíos.

Uno de los hombres se detuvo a ver de cerca el emblema que portaba el escudo de los empalados a su lado para reconocer a qué posible reino, clan o facción pertenecía. Dos lanzas en él, una sobresalía de su pecho en diagonal mientras éste yacía de rodillas. La otra estaba en sus costillas cual cerdo siendo asado, apoyado por los cadáveres de otros que al igual que él habían sufrido un destino igual o peor. Al estar cerca, abrió los ojos y estiró su mano. El caballero sorprendido casi cae hacia atrás por tan repentina acción, alertando al resto momentáneamente. “Quem... los...” murmuraba el empalado antes de terminar de ahogarse en su propia sangre.

—Vaya desastre, esto no es fue una batalla, fue una carnicería. —expresó disgustado uno de ellos, haciendo eco entre su imponente yelmo metálico. Volteó hacia delante dirigiéndose al líder.— No parece que quede alguien a quién salvar o capturar, general.

El hombre delante, cuya armadura robusta y presencia imponía más que el resto, sólo se limitó a seguir hacia adelante en silencio cabalgando. Los demás ante la ausencia de respuesta continuaron su paso tras él. Luego de varios minutos, se escuchaba a lo lejos el sonido de algo impactando. Rápidamente avanzaron en dirección a él. De entre la bruma espesa se empezaba a vislumbrar algo moviéndose, no era otro empalado suplicando, ni mucho menos alguna creatura carroñera, sino una figura un tanto diminuta, hincada. Finalmente, aquella figura que parecía oculta entre pilares de cuerpos, se revelaba ante varios de ellos detenidos al unísono, no por miedo, sino por la singularidad de la escena en cuestión.

Un niño —si acaso de unos nueve o diez años— arrodillado, sobre el cuerpo de lo que fuera un soldado enemigo completamente destrozado. Sus manos estaban hinchadas y sus brazos completamente enrojecidos y heridos; su brazo izquierdo parecía dislocado, colgando sin más del él pero sin prestarle mayor importancia, mientras que con el otro golpeaba el cráneo deshecho del enemigo una y otra vez con el mango restante de lo que podía decirse fue una espada. La cadencia de sus golpes era hipnótica, arriba y abajo hasta impactar en ese conjunto carne y huesos desechos que antes era un cráneo humano. No lloraba. No hablaba. Solo golpeaba. Ajeno al mundo y al dolor. Y cada impacto era sordo, húmedo, resonando en la quietud como una súplica que nadie entendía. Sólo lo veían, en silencio, especialmente el general de aquel escuadrón, su yelmo impedía que vieran su rostro, sin embargo no era necesario, podía decirse ante tal cuadro, que él no veía un enemigo, ni aliado, o siquiera un sobreviviente... sino una víctima. Pero no cualquier víctima: era la más amarga que una guerra puede engendrar. Un niño que, sin ceremonia ni palabra, dejaba atrás su inocencia. Un niño que, entre la sangre y el acero, cruzaba el umbral invisible hacia la crueldad del mundo, convirtiéndose en hombre no por edad, sino por horror.

El general descendió de su caballo, y lentamente a paso firme se acercó a él seguido de un par de hombres. Se inclinó y viéndolo más de cerca pudo apreciar algunos cortes a lo largo de su cuerpo y rostro. Sus ojos estaban vacíos de toda luz. No le prestaba atención a aquél gran hombre por más imponente que fuese. Aquel hombre se llevó las manos aguantas al casco de aspecto felino, lo alzó y reveló su rostro de entre las sombras de aquel metal.

El cabello largo y desordenado cayó en sus hombros cubiertos del pelaje de su larga capa. Pero de entre tantas facciones que su rostro pudiese tener, lo que más llamaría siempre la atención sería la cicatriz en éste: una marca brutal que surcaba el lado izquierdo de su rostro, desde la frente hasta la mejilla. La carne alrededor estaba hinchada y enrojecida, con puntos donde la piel se había desgarrado más que en otras zonas cercanas como lo dejaba ver un poco lo que se asomaba de su cuello, dejando a la vista un dolor que parecía tan profundo como su mirada. Sus ojos, de un verde aceitunado, brillaban con una intensidad que contrastaba con la ruina de su rostro, mientras su mandíbula se tensaba, mostrando una resolución forjada en el crisol de la guerra.

Un par de hombres habiendo rodeado por otro lado el campo de empalados llegó a toda prisa anunciando nuevamente lo que ya sabían. Sin sobreviviente alguno. “Sin embargo, algunos de ellos parecían elfos oscuros general”, tal afirmación llamó su atención. “Y al parecer encontramos esto con ellos, o bueno, lo que quedaba de ellos... “, se acercó al hombre viendo momentáneamente a su paso a aquel niño encontrado para volver a enfocarse y extender unos pergaminos al general. Los tomó, vio el papel ensangrentado y roto, reconociendo el lenguaje élfico escrito, pero le extraño ver que había algunas partes escritas en otro idioma que no podía reconocer. Los enrolló y guardó en uno de sus sacos. Puso su casco a un lado y pronunció en voz profunda a sus hombres “Quemen todo el campo antes de irnos...” Viendo nuevamente al niño, tomó su capa, lo arropó y llevó consigo lejos de aquél lugar, cabalgando hacia el horizonte mientras la mirada del niño aún volvía hacia atrás de manera inerte, observando los cadáveres empalados volverse ceniza y pequeñas sombras sangrantes mientras más se alejaba, no diferenciando amigos de enemigos, sólo muerte entre el humo negro que se alzaba y desprendía de ellos.


El sol de la mañana caía oblicuo sobre las torres del castillo, dorando las almenas y las estatuas de piedra que custodiaban la gran plaza interior. En uno de los patios laterales, se escuchaban los ecos metálicos de espadas cruzándose.

—¡Otra vez! —Se hoyó una niña gritando.

De apenas diez años, su cuerpo aún no estaba hecho para la guerra, pero ya empuñaba el acero como quien reclama un destino heredado. Su melena blanca recogida en una trenza apretada, su gesto concentrado. El maestro de armas sonrió ante su tenacidad. Con cada estocada, parecía que su sangre ardía por demostrar que era digna de su linaje. Entonces, se escuchó el sonido de los cuernos. Graves, antiguos. El llamado que resonaba por las murallas y cruzaba las calles como un rugido contenido. La niña se giró sorprendida, dejando su defensa abierta de un momento a otro.

—¿Padre...?

Una de las sirvientas se apresuró a acercarse, con el rostro encendido por la emoción.

—Señorita, al parecer su padre ha regresado.

El brillo en sus ojos fue inmediato. Dejó caer la espada como cualquier cosa, y salió corriendo hacia la entrada principal, seguida por criados, nobles y soldados que también se habían asomado. La ciudad parecía vibrar bajo los pasos del pueblo. Desde los puestos del mercado hasta los balcones más altos, todos se agolpaban para ver entrar a los héroes. Y al frente, montado en un corcel negro cubierto con una barda de acero, marchaba imponente El León de Yersenia. El general era una figura imponente: armadura completa, la capa ondeando al viento, el yelmo con la melena dorada del león labrada en el acero. Cuando se quitó el casco, su rostro severo y marcado arrancó vítores entre los presentes. Su nombre era sinónimo de victoria. De orden. De poder. Pero fue la pequeña figura detrás de éste la que causó algunos susurros. Atado con suavidad a la silla trasera, un niño dormía, con vendas en los brazos y el cuerpo cubierto por un abrigo militar. Algunos miraron intrigados, pero decidieron no romper la alegría del momento. La bienvenida fue un festín de flores, música y estandartes. Al llegar al castillo, el general desmontó y fue recibido con todos los honores ante los reyes y los consejeros. Su informe fue claro, escueto. Como todo lo que decía. Ordenó entonces a sus hombres que fuesen a dejar sus caballos y descansaran.

—¡Viejo amigo!—Se acercó el rey con una sonrisa y extendiendo sus brazos a él.— Es bueno tenerte de vuelta.

—Victoria. Con algunos detalles inusuales —dijo, sin dar más detalles mientras lo abrazaba de manera fraternal momentáneamente para después apartarse.

—Tantos días y tan pocas palabras me dedicas, nunca cambias. —expresaba aún alegre—. Muy bien, platícame los detalles más tarde, ve y descansa por ahora, esta noche habrá celebración por su regreso.

Sonriendo uno al otro, el general asintió para después girarse, tomar sus bolsos de su gran caballo y retirarse sin más mientras todos lo veían marcharse con emoción.

Después, en la privacidad de sus aposentos, fue recibido por su familia.

—¡Padre! —gritó la niña, corriendo a sus brazos—. He entrenado todos los días. Le gané dos veces al maestro de armas. El general la alzó con una sola mano, como si fuera una pluma, y le besó la frente.

—Muy bien hecho. Quizá pronto me reemplaces.

—No será muy pronto, se lo aseguro. —Respondía el maestro de armas mientras se acercaba para saludar alegre al general—. Un gusto tenerle de vuelta mi señor.

—¿Y tu misión? ¿Fue difícil? —volvía a llamar su atención la niña.

—Inusual... pero interesante.

Metió una mano entre uno de sus bolsos y sacó un pequeño collar hecho de plata negra con un colgante en forma de ave con las alas extendidas mientras sujetaba una flecha entre sus patas.

—Lo encontré en una aldea en ruinas. Me pareció que te gustaría.

Ella lo recibió con una sonrisa tímida, como si acabara de obtener una parte de su leyenda personal.

—Ahora... —dijo él, volviéndose hacia uno de los criados—. Llamen a los médicos. Que atiendan al muchacho que traje conmigo. Cuídenlo bien. Y que nadie lo moleste.

Nadie preguntó quién era. Nadie se atrevió. Sólo asintieron y pusieron pie en marcha a sus ordenes. Afuera, los festejos seguían.