Capitulo 1:Con tinta negra.
《Aria Velmont》
La biblioteca olía a papel antiguo, como si los libros susurraran secretos entre ellos cuando nadie los escuchaba. Era mi lugar favorito del colegio. No porque me gustara especialmente leer —aunque a veces lo hacía—, sino porque nadie iba allí.
Nadie, excepto yo.
Me senté en el mismo rincón de siempre, junto a la ventana polvorienta que daba al patio trasero. Desde ahí podía ver los árboles altos balancearse con el viento, y a veces, si me concentraba lo suficiente, el murmullo de las hojas me hacía olvidar que existía el resto del mundo.
Saqué mi cuaderno del bolsillo interno de la chaqueta del uniforme. Estaba doblado, arrugado en las esquinas y tenía manchas de tinta que se habían corrido con el tiempo. En la portada, escrito en mayúsculas torcidas, decía: Cartas que no pienso enviar.
Mentira.
Siempre las enviaba. Solo que no como la gente lo imagina.
Saqué mi bolígrafo negro, ese que no prestaba a nadie y que escribía con una suavidad casi adictiva. Me quedé un segundo observando la punta brillante, tratando de ordenar lo que sentía. Después, comencé a escribir.
> Querido Nadie:
Hoy me senté sola en la cafetería, como siempre. Los de mi curso hablaban de cosas que no me importan y fingían que no existía, lo cual se los agradezco. En clase de arte hicimos autorretratos, pero no me dibujé la cara. Dibujé una jaula.
¿Es raro que me guste estar sola? A veces siento que estoy hecha para el silencio, que si hablo mucho voy a romperme.
P.D. El chico del último casillero huele a vainilla. Eso fue raro. Ignora eso.
Me reí sola. Siempre terminaba escribiendo tonterías al final. Era mi forma de recordarme que todavía tenía sentido del humor, aunque fuera solo en i cabeza.
Cerré el cuaderno con cuidado y arranqué la hoja con precisión. Las esquinas quedaron limpias. Luego me levanté, caminé entre los estantes, hasta llegar al pasillo de literatura contemporánea. Nadie iba allí. Todos preferían los libros de texto o los de historia que la profesora exigía.
Me agaché frente al tercer estante, conté los libros hasta el décimo y saqué uno grueso de tapa dura: Cumbres Borrascosas. Nadie lo leía, ni siquiera yo. Lo abrí por la página 197 —mi escondite oficial— y deslicé la carta doblada con cuidado.
Ahí quedó, enterrada entre palabras ajenas. Una carta para nadie. O para mí.
Suspiré y me levanté, sacudiéndome el polvo de las rodillas. Iba saliendo de la biblioteca cuando lo vi pasar.
Eliah Velmont.
Alto, desordenado, con esa manera de caminar como si todo le importara un carajo. Lo seguían dos chicos de su curso, pero él parecía no escucharlos. Sus audífonos colgaban de su cuello y su chaqueta estaba abierta, revelando una camiseta negra que no hacía parte del uniforme.
Me crucé con su mirada por accidente.
Y por un instante, solo uno, sentí que había leído algo en mí.
Pero él siguió de largo.
Como todos.
✨️☀️S☀️✨️