Capítulo 1
Soonyoung despertó como siempre, al primer rayo de sol que se filtraba entre las cortinas. La alarma del teléfono sonó suavemente, sin prisas. Se levantó, se duchó y, tras un desayuno ligero, se preparó para el día. Su rutina diaria era una coreografía precisa: vestirse con ropa impecable, tomar su mochila, y salir a su carnicería, que estaba justo en el centro de la ciudad. Un pequeño negocio familiar, pero de los más conocidos en el vecindario.
La carnicería de Soonyoung era modesta pero famosa por la calidad de su carne. Nadie sospechaba que, detrás de esa fachada, se ocultaba un secreto. No había clientes regulares, solo aquellos que volvían por la carne especial que solo Soonyoung sabía ofrecer. Lo que nadie sabía era que esa carne era única porque no existía en ningún otro lugar.
Su única compañera de trabajo era Jiyeon, una cajera de mediana edad con una sonrisa que atraía la mirada de cualquier hombre que pasara por la tienda. Ella era atractiva, pero no demasiado joven, lo que hacía que fuera confiable y respetable a los ojos de los clientes. Era amable, simpática, y hablaba con todos como si fueran viejos amigos, lo que hacía que la carnicería fuera aún más acogedora. Soonyoung la conocía bien; ella era su compañera en la fachada.
Durante el día, todo era normal. Jiyeon atendía el mostrador con destreza, conversaba con los clientes mientras Soonyoung se encargaba de los cortes de carne. Nadie sospechaba que ese ambiente tan tranquilo y común estaba en realidad lleno de oscuras intenciones.
— ¿Vas a entregar los pedidos de la tarde? —preguntó Jiyeon mientras sacaba el dinero de la caja registradora.
— Sí, solo unos cuantos cortes más y me encargaré de eso —respondió Soonyoung con su habitual tono suave y educado. No había nada en su comportamiento que pudiera levantar una sospecha.
El resto del día transcurría entre charlas amables con los clientes y la monotonía del trabajo. Jiyeon no sospechaba nada. Ella confiaba en Soonyoung como un compañero de trabajo confiable, pero él nunca le hablaba demasiado de sí mismo. Era un hombre reservado que se centraba en su trabajo, y ella no pensaba más allá de eso.
A lo largo del día, Soonyoung era el ciudadano perfecto: educado, amable, siempre dispuesto a hacer una pequeña charla y ayudar a sus clientes. No había nada en su comportamiento que indicara lo que hacía después de cerrar la carnicería. Nadie sospechaba nada, ni Jiyeon, ni los clientes que salían satisfechos de su tienda.
Pero cuando el sol comenzaba a ponerse y las luces de la ciudad se encendían, algo dentro de él cambiaba. Soonyoung dejaba atrás su personalidad de ciudadano ejemplar y se transformaba en una sombra, acechando las calles con una única idea en mente.
Esa noche, al igual que las demás, no sería diferente. Soonyoung ya había seleccionado a su próxima víctima: un joven de unos 25 años llamado Kang Seok, que vivía en un distrito diferente, algo alejado del centro. Seok era una persona que solía frecuentar las tiendas de aquel distrito más tranquilo, buscando productos gourmet y otros especiales para la preparación de postres. Aunque Soonyoung nunca había hablado directamente con él, lo había observado durante semanas, notando sus hábitos y su rutina.
La elección de Seok no había sido por azar; Soonyoung lo había estado vigilando cuidadosamente. Sabía que el joven era una figura solitaria, no tenía muchos amigos y era de los pocos que no se dejaban ver en las redes sociales. Ese aislamiento le había hecho más fácil seguirlo sin que se diera cuenta.
La carnicería cerró a las 7:00 de la tarde, y Jiyeon se despidió de él como siempre, con su sonrisa afable.
— Nos vemos mañana, Soonyoung. ¡Cuídate mucho!
— Igualmente, Jiyeon. —respondió Soonyoung, mirando su reloj. Sabía que el tiempo estaba corriendo.
Esperó unos minutos después de que Jiyeon se fuera, observando la calle desde la ventana de la tienda. Luego, apagó las luces y cerró la puerta con llave. Estaba listo para lo que venía.
Se dirigió rápidamente al distrito donde Seok solía estar. Durante el camino, pasó por calles oscuras y desoladas, con la mente centrada únicamente en la misión. A medida que se acercaba, su respiración se volvía más lenta, casi como si pudiera oír el latido de su propia mente. La presa estaba cerca.
Finalmente, vio a Seok. Estaba en una pequeña tienda, mirando productos en una vitrina. Soonyoung se acercó en silencio, ocultándose entre las sombras, hasta quedar a su lado sin que el joven se diera cuenta. Seok no parecía estar consciente de que alguien lo estaba observando con tanta atención. Soonyoung, con una sonrisa fría, lo siguió discretamente mientras este se dirigía hacia un camino menos transitado.
En el momento en que Seok dobló la esquina, Soonyoung lo alcanzó y lo guió hacia un callejón oscuro. La presa ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar cuando Soonyoung lo inmovilizó con una precisión implacable.
Todo estaba listo. La noche sería suya.
🎃
El sol apenas comenzaba a filtrarse entre los edificios del centro, tiñendo la ciudad con un tono dorado y suave. La carnicería de Soonyoung ya estaba abierta, envuelta en ese silencio matutino que precede a la llegada de los primeros clientes. El zumbido tenue del refrigerador, el roce metálico de los cuchillos y el sonido sordo de los cortes sobre la tabla eran los únicos sonidos en el lugar.
Soonyoung estaba inclinado frente a la vitrina, organizando con esmero los nuevos cortes. Cada pedazo de carne era colocado con precisión quirúrgica: los bordes limpios, el color perfecto, como si fueran piezas de una galería más que de una carnicería. Vestía su delantal blanco, impecable, y sus manos se movían con una naturalidad casi artística.
El silencio fue interrumpido por el tintinear de la campanita en la puerta.
—Buenos días —dijo Jiyeon al entrar, abrigada aún por el aire fresco de la mañana. Se sacudió ligeramente el cabello, húmedo por la niebla, y colgó su bolso tras el mostrador—. Qué frío hace hoy. Pero aquí adentro... mmm, huele potente.
Se acercó lentamente a la vitrina, mientras Soonyoung seguía trabajando sin mirarla, concentrado en acomodar un trozo de carne de un rojo intenso en el centro de la bandeja.
—Oye... —dijo ella después de unos segundos, entrecerrando los ojos con curiosidad—. Ese corte no lo vi anoche. ¿Te llegó después que me fui?
Soonyoung se detuvo apenas, como si estuviera esperando esa pregunta. Levantó la cabeza con lentitud, y una pequeña sonrisa curvó sus labios. Había algo en ella que no era del todo amable. No del todo inocente.
—Sí —respondió con voz baja, casi musical—. Llegó anoche...
Jiyeon frunció los labios, impresionada por la textura de la carne.
—Qué hermoso corte... casi parece de concurso. ¿De dónde salió? —preguntó, inclinándose un poco más, sus dedos casi rozando el cristal empañado de la vitrina.
Soonyoung se encogió de hombros con una naturalidad estudiada, y volvió a mirar su obra.
—Un proveedor nuevo... algo muy especial. No llega siempre. Solo en ciertas noches.
Jiyeon lo miró de reojo, con una ceja ligeramente alzada, como si no estuviera segura de si estaba bromeando o hablando en serio.
—Vaya misterio el tuyo —comentó entre risas, mientras se dirigía a preparar la caja registradora—. Pero bueno, si sigue llegando así de fresco... tus secretos están a salvo conmigo.
Soonyoung no respondió. Solo se quedó allí, en silencio, admirando el corte que acababa de colocar. Por dentro, algo vibraba en su pecho, una satisfacción sorda que solo él entendía. Su rostro volvía a su expresión serena, casi dócil, mientras el monstruo en su interior se replegaba... hasta que volviera a tener hambre.
La puerta de la carnicería se abrió con su característico tintineo metálico, arrastrando consigo una bocanada de aire fresco. Soonyoung levantó la vista mientras secaba sus manos con un paño blanco, dejando que la campanilla colgante vibrara hasta acallarse.
Una pareja mayor entró saludando con una familiaridad reconfortante, envueltos en una conversación tranquila. Jiyeon los reconoció de inmediato y fue a atenderlos con una sonrisa que le iluminó todo el rostro.
—Ah, buenos días. ¿Lo de siempre?
—Por supuesto, querida —respondió la mujer mientras su esposo le echaba un vistazo a los jamones en el escaparate—. Nos hace falta algo bueno para el almuerzo de mañana. Hay visita.
Soonyoung regresó al mostrador con calma, su expresión neutral como una máscara bien puesta. Se inclinó para tomar un costillar fresco del refrigerador y lo colocó con cuidado sobre la balanza.
—¿Con hueso o sin hueso hoy? —preguntó sin alzar demasiado la voz.
Mientras el anciano decidía, la campanilla volvió a sonar. Su tono agudo, aunque familiar, tuvo un eco distinto esta vez.
Soonyoung levantó la vista.
Y lo vio.
Un joven cruzaba el umbral de la carnicería con pasos tranquilos, como si no quisiera interrumpir. Llevaba una chaqueta negra de mezclilla con los bordes deshilachados, un gorro de lana gris claro y una bufanda oscura enrollada al cuello. El flequillo le caía un poco sobre los ojos, pero no lo suficiente para ocultar el leve brillo de curiosidad en su mirada.
Era guapo. No de una forma explosiva o imponente, sino de esa belleza silenciosa que se asoma de a poco y, sin que uno lo note, se queda en la cabeza.
Soonyoung lo escaneó en segundos, desde la punta de sus zapatos hasta el modo en que fruncía ligeramente el ceño mientras observaba los cortes en exhibición. Había algo en su lenguaje corporal... esa mezcla de duda y observación, de incomodidad nueva.
Y justo ahí, en medio del aroma a carne fresca y el leve murmullo de los otros clientes, Soonyoung sintió que su atención se afilaba.
Había algo especial en ese chico.
No solo era guapo. Era... perfecto.
—Deme un segundo —dijo en voz baja, dejando el costillar ya envuelto sobre la mesa junto a Jiyeon—. Yo me encargo de él.
Se acercó con una sonrisa cuidadosamente armada, una que empezaba suave pero subía por la comisura de sus labios como una pregunta sin respuesta.
—¿Primera vez por aquí? —preguntó, apoyando los antebrazos sobre el mostrador, inclinándose ligeramente hacia adelante.
El chico alzó la vista, sorprendido por la atención directa, y asintió. Tenía una voz tranquila, levemente rasposa, como si hubiera estado hablando poco ese día.
—Sí. Me recomendaron este lugar. Una amiga del trabajo.
—¿Ah, sí? —Soonyoung levantó una ceja, con una sonrisa casi pícara—. Entonces tu amiga tiene buen gusto.
El chico sonrió, algo tímido, pero no retrocedió.
—Eso espero. Me dijo que aquí vendían la mejor carne del barrio.
—¿Solo del barrio? —Soonyoung ladeó la cabeza, y bajó un poco la voz—. Le faltó decir que es la mejor de toda la ciudad.
El otro rió por lo bajo, algo incómodo, aunque no por desagrado.
—Puede ser. Recién me mudé, así que aún no conozco mucho.
—Oh... —Soonyoung dejó que la palabra flotara, como si acabara de descubrir un secreto—. Entonces eres nuevo.
Le recorrió el cuerpo con la mirada, sin ocultarlo del todo, aunque fue lo suficientemente rápido para que pareciera accidental.
—¿Ya probaste algo más de la zona? —preguntó, con una intención cuidadosamente escondida.
—Todavía no. Apenas estoy ubicándome. Trabajo cerca.
—Ya veo. Entonces vine justo a tiempo —dijo Soonyoung, inclinándose para tomar un par de filetes de un corte más tierno y mostrándolos envueltos en papel—. Estos son perfectos para alguien que recién llega. Sencillos, fáciles de cocinar... suaves.
Dejó que la palabrasuavesresonara un segundo más de lo necesario.
—¿Suaves, ah? —Jihoon repitió, divertido—. Me convenciste. Me los llevo.
—¿Nombre para la boleta? —preguntó Soonyoung, ya sabiendo que no era necesario, pero buscando excusa para alargar la conversación.
—Lee Jihoon.
Soonyoung lo escribió en una etiqueta con su letra redonda, luego la pegó al paquete. Antes de entregárselo, levantó el papel y lo sostuvo un poco más de la cuenta.
—Lee Jihoon. —Repitió el nombre como si lo estuviera probando en su lengua, con una sonrisa lenta—. Me gusta cómo suena.
Jihoon pareció reírse en silencio, tomando el paquete mientras sacaba el dinero.
—Gracias.
—Gracias a ti. —Soonyoung se inclinó un poco más, bajando la voz hasta convertirla en un susurro casi privado—. Y si necesitas algo más... lo que sea... ya sabes dónde encontrarme.
El chico asintió, dándole una última mirada antes de girar hacia la puerta. Soonyoung lo siguió con los ojos, con una calma contenida que no reflejaba la excitación creciente en su pecho.
Y cuando la campanilla sonó por última vez, marcando su salida, él se relamió los labios con un gesto apenas perceptible.
—Lee Jihoon —repitió en voz baja, como una promesa escondida en la carne cruda del día—.
Definitivamente...
Mi próximo plato.