Capítulo Único
Sus labios atacaron su desprevenida y suave boca, en un lento vaivén, estático y rudo, sus manos pasaban por todo el cuerpo del chico frente a él, quien perdido, seguía el beso torpemente, sin saber que estaba pasando exactamente, su cabeza se volvía un lío de nueva cuenta, su cuerpo reaccionaba a los besos que el tipo le daba por sí solo, como si no tuviera consciencia propia sobre su cuerpo, como si el control se lo arrebatara con esos gruesos labios, esas traviesas manos, y su hipnotizantes ojos amielados, no le molestaba que el castaño se quedara inmóvil, tan rígido como una piedra, se podría decir que le encantaba, tan moldeable y sumiso, tan suyo, su larga legua bífida comenzó a degustar el sabor de los labios ajenos, pidiendo permiso para poder entrar en su cavidad bucal, queriendo sentir el sabor de cada rincón de su boca, hacerlo delirar, los labio del niño se abrieron, dando paso a un beso francés cargado de lujuria, de deseo y maldad, él sonrió en medio del beso, sintiendo como aquel que le volvía loco pasaba tímidamente las manos por su cuello, suspirando entre el salvaje beso que le daba, temiendo romperse y caer en el pecado, temiendo caer en las garras del afrodisiaco que le estaba sacando de su razonamiento...
...Porque Bill Cipher era sin duda alguna un afrodisiaco que le podía volver adicto y eso le asustaba.
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INSTITUTO ST. JUDE, CALIFORNIA.
10:30 HRS
Los birretes caen con elegancia y en desorden a las manos de los recién graduados, el salón de eventos del colegio se llena de regocijo, y las hermanas agradecen y rezan a dios, por aquellos chicos que ahora vuelan de sus manos, que se internan a un mundo lleno de maldad y pecados, de codicia y sufrimiento, las felicitaciones llegan y las celebraciones comienzan, las familias se aglomeran y los chicos se despiden entre lágrimas de felicidad de sus amigos y de aquellos con los que convivieron desde el primer grado, de la familia que formaron con el pasar de los años, sintiéndose aliviados y dolidos, deseando a los demás el éxito que ellos también desean tener, oran a dios, y dan por terminada la misa, sintiéndose libres y agradecidos.
Afuera de todo el tumulto de gente, sentado en las escalinatas que dan al salón de eventos y las canchas multiusos, viendo hacía el pasillo que lleva al corredor principal, con la mirada perdida y apagada, un castaño espera con birrete y toga en mano, a sus padres, quienes les habían prometido asistir, ...cómo en sus último seis eventos, jugueteaba con el cordón del birrete, su mueca se deformaba a una de tristeza con el pasar del tiempo, y el transcurso de la misma misa a la cual se había negado rotundamente asistir, un suspiro salió de sus labios y bajó la cabeza cuando el padre los despidió bajo un “Pueden ir en paz”, el desearía tener esa paz faltante que las personas ciegamente creían que la religión les daba, no tardaría mucho para que su hermana saliese de la capilla, con la sonrisa de siempre, tan alegre, tan emotiva y feliz, tan brillantes y única como una estrella fugaz en la noche más oscura, como aquellas a las que con el corazón en la mano les podías pedir un deseo sincero.
Él nunca les deseo nada, Mabel si, y he ahí la diferencia que los separaba, ella era tan única y especial que resaltaba de forma positiva o negativa a donde fuera, él en cambio era uno más del motón, un nerd, como su melliza le llamaba, de la tanta bola de nerds que existen en el mundo, tan paranoico, reservado e introvertido, sin nada en que destacar, un pino de hojas que se marchitan, plantado en medio de un bosque de pinos, donde nunca destacará por lo que es y quien es.
El mundo se llevó sus sueños, pero nunca dejará morir los de su cosa más valiosa en el mundo, su hermana.
- ¡Hey, Dipdop! – Su hermana fue la primera en salir como un bólido hasta donde él, con la sonrisa más feliz en su cara, el compuso una igual, sincera y preciosa - ¿Sabes que eres el mejor hermano del mun-?
- Mabel, no doy, no tengo, no presto -Le interrumpió con cariño parándose para quedar frente a su hermana quien, agitada, trataba de recuperar aire, correr con tacones no era fácil – Dicho eso ¿Qué pasa?
Mabel hizo un puchero y zapateó, para aquellos que veían la escena, se les hacía lo más bonito, siempre tan acostumbrados a esos mellizos tan ocurrentes y felices, apoyándose en todo, siempre viendo como el menor -por cinco minutos- hacía lo posible por ver la sonrisa de la castaña en su cara, viéndolo dar todo por ella sin recibir nada a cambio, viéndolo sacrificarse por ella, viéndolo ser fuerte por ella, sin intervenir, al ver que ella no hace lo mismo, que sus ojos se apagan cada día más, que Dipper había dejado de ser el niño que era a los 12 años, solo están ahí como espectadores de la ruptura interna del niño, creyendo es lo normal y que es lo más bonito que puede pasar en el mundo.
... Porque en su mundo, los mellizos que siguen juntos, como ellos dos, son muy extraños. Y a pesar de todo, Mabel no lo hacía por mal, ella no se daba cuenta de eso, viviendo en su mundo de caramelo, donde nada malo pasa, deseando por momentos, regresar a la fantasía que una burbuja una vez le entregó.
La misma burbuja de la que él la salvó, la burbuja que él también se encargó de reconstruir, protegiéndola de todo, porque ella lo convenció de que se quedara, de que solo era más débil, de que su felicidad dependía de ella.
Ella depende de él para ser alguien, y él no quiere abrir los ojos a la realidad, siendo lo que ella quería que él fuera, el Dippy -no tan- feliz que una vez alguien le regaló.
Frunció su ceño y jalo a su hermano del antebrazo, casi arrastrándolo por todo el lugar, hasta dar con la salida, sin despedirse de alguien siquiera; él no tenía amigos, ella en cambio, ya había hablado con sus amigas. Dipper trataba de seguirle el paso a su hermana, preguntándose y tratando de descifrar como su hermana se podía mover tan rápido con tacones y vestido, casi corriendo, pero su atención fue desviada de repente cuando a la salida, en el estacionamiento, los esperaban, Candy, Grenda y Pacífica, frente a un Audi R S 5 plata, con los brazos cruzados y unas miradas cómplices que mandaron un cosquilleo nervioso por toda su espalda, algo de eso le daba mala espina, muy mala espina.
- Bro-bro, te tengo una sorpresa – Susurró en un tono demasiado bajo su hermana a su lado, cuando se detuvieron a pocos metros de ellas.
Eso solo terminó por erizarle la piel, presentía que algo malo pasaría, y en eso nunca se había equivocado, y más si su hermana le preparaba una sorpresa.
Cuando su hermana le sorprendía con cosas, Dipper solía terminar intoxicado, asustado, perturbado, aplastado, perseguido por gnomos, por la policía, castigado y al borde de la muerte en varias ocasiones, que por un momento le hicieron replantearse la confianza inquebrantable que le otorgaba y tenía a su hermana melliza.
RESIDENCIA CIPHER, NEW YORK
10:30 HRS
En el cuarto a oscuras, donde la luz es interceptada y denegada por las gruesas cortinas que adornan la estancia, algo le perturba su sueño, un peso extra del lado izquierdo de la cama, sintiendo como el suave y esponjoso colchón se hunde, sin ser él el causante, una presión en su pecho, acompañado de respiraciones lentas y clamas, una mata de pelo que le hace cosquillas en la nariz, su entrecejo se frunce, no, no es un algo, es un alguien y lo siente claramente, sus ojos miel se abren de manera abrupta, su nariz pica, y el sueño se le ha espantado, sus orbes se posan en aquello que le molesta, y lo primero que ve es un mechón de cabello azul, con las raíces cafés algo descuidado, rueda los ojos y felicita a quien sea que sea, el perfecto inicio de día que tiene, de manera sarcástica, sintiendo los leves movimientos de quien ahora es su almohada, el chico que descansa sobre de él se despierta, y sus ojitos adormilados se encuentran los feroces que parecen querer matarlo.
- B.... Buenos días – Saludó con una sonrisita, demostrando lo dulce y puro que puede llegar a ser, con su carita de ángel, y sus orbes azules, tan azules como el cielo mismo brillando por las lágrimas que se le han acumulado al bostezar.
- ¿Qué haces aquí, William? – Su contrario, por su parte, lo miraba aburrido e irritado, justo en ese día que podía dormir más, a su hermano se le ocurría la maravillosa idea de dormir con él
- Pues... tuve una pesadilla – Murmuró jugando con los botones de la pijama negra de su menor, bajando su mirada, con pena y algo de miedo.
- ¿Por qué no fuiste con Phill? – Le volvió a preguntar, y aunque estuviera irritado, no se podía negar a la dulzura que su hermano mayor podía llegar a ser a veces, “Maldito manipulador” pensaba.
Will se sentó en la cama, sobre sus rodillas, acomodando su pijama y tallando sus ojos – Sí fui – Le respondió – Pero estaba rompiendo la cama con una chica... – La cara del ojimiel se deformó en una mueca, definitivamente esa era información que no quería saber.
- Ugh... ¡William por Lucifer! – Exclamó asqueado sentándose en la orilla de su cama, junto a su hermano quien le sacaba dos cabezas de altura - ¿Cómo puedes decir eso, tan... tan así? – Volvió a preguntar, casi gritando, escuchando la risita de su hermano, quien se bajó de la cama y caminaba hacia el baño desvistiéndose.
- Tu preguntaste
- Si, pero no era para – ¿Oye qué haces?
- Pienso tomar un baño, te recomiendo lo mismo, apestas Bill
- Ipistis Bill – Le imitó con voz chillona, y actitud infantil – Vete a la mierda, Will – Y con ese comentario dio por zanjada su mañana en el dormitorio – Por cierto... ¿Tienes algún plan para hoy? – Le gritó saliendo ya cambiado del cuarto.
Will en el baño sonrío macabramente – Obvio que sí, hermanito.
“XOLOTL” MEXICAN FOOD AND BAR, NEW YORK CITY
20:44 HRS
- Mabel no, estás loca si crees que voy a acceder a esta cosa, me niego – Un castaño rezongaba enfrente de un restaurante, donde a la entrada un cartel reposaba con la frase que lograba molestarle, “Citas Rápidas, esta noche 9pm”, oh si, su hermana lo había llevado para que “conociera chicas lindas” en sus palabras, Dipper estaba hastiado, y abrumado, no, se negaba a participar en una estupidez como esa.
- ¡Oh vamos! Bro-bro, será entretenido, y podrás tal vez, encontrar a esa chica especial – Le codeo Mabel, tratando de convencerlo, subiendo y bajando sus cejas de forma sugerente – A parte~ - Canturreo – Ya no hay vuelta atrás, ya te inscribí ¡Pow! – Le pegó de forma infantil una etiqueta con su apodo en el pecho, justo del lado donde se encuentra el corazón, sacándole la lengua ante la cara roja de su hermano que comenzaba a hervir en ira, y vergüenza - ¡¿Sorpresa?! – Expresó con miedo, no recuerda la última vez que su hermano se había enojado con ella, pero sabía que era momento de huir de ahí, y con toda su fuerza de voluntad tirada por la borda, salió a por patas del lugar corriendo a donde le esperaban sus amigas - ¡Suerte! – Le gritó, Dipper vio el auto desaparecer, quedándose solo en una gran ciudad que a duras penas conocía por las veces que sus padres les habían llevado, enfrente de un restaurante de comida que le irritaba el estómago, y una mala, pero muy mala sensación creciendo en la boca de sus estómago, como un nudo de nerviosismo, de pánico y alerta, un nudo que no entendía su razón de ser, sus manos comenzaron y a sudar y sin más prefirió entrar, siendo recibido por el manager, quien le guío al área designada, donde ya habían varias personas, y unos ojos miel que lo enfocaron al instante.
Se sentó en una de las mesas algo alejadas de los demás, siempre se le había hecho incómodo el estar junto a personas extrañas a las que nunca les dirigiría la palabra, o se negaba a conocer, no era la primera vez que asistía a un “evento” como ese, su melliza solía ser un tanto efusiva y abrumante cuando de conseguirle pareja se decía, Dipper no recuerda con claridad cuando fue la última vez que su corazón se aceleró, y brincó, tratando de salirse de su pecho por una persona, latiendo desenfrenadamente como un caballo desbocado solo por la mera presencia de alguien, su hermana, metida en la burbuja en la que él la solía cuidar, le solía contar como se sentía, como si fuera un sueño, la escuchaba tan embobada, y ella le hacía creer que era algo demasiado hermoso que valía pena sufrir por ello.
Vaya mentira, el amor es solo un monstruo, alimentado de las esperanzas vanas de las personas, cegado por la lujuria y el deseo, falso e irreal, en un mundo perdido, el amor es una fantasía anhelada, el amor humano crea, destruye, fortalece y destroza, el amor humano no es lo que se plantea que es...
El amor humano es caos, luz y oscuridad mezclado, el amor humano es incomprendido, el amor humano, es la perdición de aquel que lo encuentra, por más bello y feliz que le parezca.
Pasados unos diez minutos, donde varias personas más llegaron, la iluminación quedó a media luz, llamando la atención del castaño, el mismo manager, de pelo azul tintado, se hizo presente en la tarima de eventos, con una sonrisa gatuna en su cara, y los ojos brillando en emoción. – ¡Bienvenidos sean! – Extendió los brazos, llevándose unos cuantos aplausos animados, para Dipper ese tipo era extraño por decir menos, su mirada viajo por todo el lugar encontrando un ambiente mexicano tan característico de aquellos restaurantes, ¿Por qué mierda el manager tenía un acento ruso marcado?, se preguntaba – Damas y Caballeros, a este noveno juego de ¡“CITAS RÁPIDAS”! - ¿Noveno? ¿Desde cuándo?, murmuro – Ya conocen las reglas, así que solo queda decir ¡diviértanse! y ¡Hagan citas! – Exclamó con diversión y la misma estúpida mirada que Mabel le tiraba cuando hablaba con cualquier tipa o cuando alguna de sus amigas veía y se tiraba a hablar con algún chico “lindo”, simplemente le disgustaba demasiado, él ni siquiera tenía ni el mínimo interés en estar en ese elegante y absurdo lugar.
La chicas sentadas en la barra, con sus vestidos de noche, se fueron parando de una en una y caminaron hacia cualquier mesa, hasta que todas se llenaron, el manager veía la escena con diversión, sobre a todo a su hermano que trataba de matarlo con la mirada y solo bufaba, la campanilla sonó, el reloj de arena se volteó y las citas empezaron, la diversión y pláticas se abrieron paso, todas y cada una de ellas tan superficiales como aquellas que las armaban.
¡Cambio! Se escuchaba a cada rato y cita que pasaba, cada vez que el reloj de arena llegaba a su fin, una y otra vez, mujer tras mujer, pláticas vacías, una tras otra, miradas coquetas, indecencia, palabras vulgares, gestos obscenos, no se buscaban citas, se buscaban cosas de una noche, tan ambiguas, tan aburridas, tan físicas y huecas, tan moldeables, tan horripilantes a cada minuto, a cada rato, ¿Cuándo dos horas se les habían hecho tan largas?, tan abstractas y aburridas, porque uno dejó de verlas, tan perdido en la extraña sensación que recorría todo su joven ser, con una alerta de peligro, como una alarma encendida a la que tenía que hacer caso, y que le pedía salir a por pies de ahí.
El otro se recordaba porque matar estaba mal, moviendo su tenedor en la mesa con todo el desinterés del mundo, coqueteando de vez en vez con alguna señorita, interesadas, bobas e ingenuas, el estrés del día lo mataba, el cansancio de seis años viviendo como vive le frustra y a veces, solo a veces desea no haber conocido a ese par de mellizos, tan odiosos, tan escandalosos, tan... moldeables y fáciles de corromper, de destruir y forzar, tan estúpida, tan inteligente, tan desastrosa, tan meticuloso, tan desquiciante, tan empalagoso.
La campanilla sonó, retumbando por sus oídos, dando la alerta que todo a terminado, dando señal de que por fin es libre, tiene hambre y sueño, está aburrido, y la chica que tiene enfrente de aparentemente unos años mayor que él, no deja de hablar de aquel artista salido de una banda de jóvenes ingleses que cantaban juntos cuando el apenas tenía catorce, y la escucha suspirar como idiota por alguien a quien obviamente nunca conocerá de frente, y ni siquiera sabe de su maldita presencia, la gente se levanta, las parejitas formadas salen, la discusión ha acabado, decide ir a comer, a tomar un respiro, y sube a la terraza vacía, donde solo yace una sombra que fuma, exhala todo el aire que sus pulmones retenían y se sienta en la mesa junto a la baranda, que no le permite caer, admirando la ciudad alumbrada, con la gente disfrutando de su verano, preguntándose lo que su hermana estará haciendo es esos momentos, el olor a cigarro llega a él, pero no le molesta, el mesero se acerca, pide una piñada y lee el menú, buscando algo que le llame la atención y no le irrite el estómago, se decide por un queso fundido de champiñones cuando el mesero regresa con su bebida, la sombra no le deja de ver, y él, no se ha enterado de eso.
Lo analiza con detenimiento, lo notó cuando subía las escaleras, con ese pelo castaño, y esos ojos chocolate, que brillan apagados, y con una pizca de curiosos, sus frágiles y cuidadosos movimientos, llamativos a su parecer, lo sigue viendo, notando como se sienta, como se comporta tan dulce y educado con el camarero, y lo reconoce, esa marca que oculta bajo su fleco, ese miedo que abraza su cuerpo, en la manera en la que el viento frío le crispa la piel, como cuando se apareció enfrente de su ser, queriendo quitarle la computadora, sus ojos amielados se afilan, se enfrían y demuestran sus más temibles deseos, aplasta entre sus dedos el cigarro, como si fuera aquel chico, tan moldeable, tan especial.
Decide acercársele, con cuidado, el cuerpo del chico se alerta, se crispa y le pide salir de ahí, pero no entiende lo que pasa, sigue viendo a la ciudad, pero su mirada decide recorrer el lugar, y lo observa, su cabello rubio, y unos ojos miel brillando con ferocidad, su comida aparece enfrente de él, agradece y cuando voltea ya está sentado frente a él, pidiendo una margarita, su ceja se arquea, el tipo sonríe – Hola – Su sonrisa afilada le manda escalofríos.
- ¿Hola? – Contesta dubitativo - ¿Te conozco? – Le pregunta curioso, la sonrisa se le afila más, y sus ojos brillan en malicia, el chico teme por un segundo, si no es por el camarero que llega, pero con la misma se va, nota su miedo hacía el que está sentado frente a él, ¿Quién es ese tipo?
- Tal vez sí, tal vez no... – Se inclinó sobre la mesa, jugando con su copa, posando su cabeza sobre la palma de su mano, ronroneando las palabras – ... Puede ser, la realidad es una ilusión, Pino.
Se paró con velocidad, su cuerpo se crispo y el aliento abandonó su ser, no era posible, quería creer que era una broma, que él no estaba ahí frente a él realmente, se paralizó, el mundo se tornó negro, y sus inseguridades salieron a flote nuevamente, buscaba y buscaba una explicación lógica a eso, su cerebro se desconectó, y quedó estático ante el demonio, quien admiraba a su presa sumirse en pánico ante su sola existencia, deleitándose con el miedo ajeno, tan disfrutable como cuando era lo que fue, un ser sin piedad, con un alma corrompida, con deseos más allá del entendimiento humano, tan sediento de poder, pero tan poderoso, donde quería más de lo que ya tenía, el silencio se volvió espeso, y las rápidas respiraciones del chico solo deleitaba al que un día fue un gran ser lleno de maldad y locura.
- Cómo--¿Cómo es posible? – Tartamudeó, con el corazón en la boca y el miedo en sus pupilas, viendo al demonio personificado acercarse a él, con elegancia, con calma, con tormento.
- Bueno, nada es imposible niño – Le contesta divertido y sarcástico, parado frente al joven que tiembla imperceptible, con el corazón acelerado, se agacha a la altura de su cara, apretando sus cachetes, el chico suelta el primer sollozo, que se ha estado aguantando – Y por tu reacción, adivino que no he perdido el toque, dulzura.
El chico, mudo y paralizado niega, el demonio se llena de regocijo, algo en él se remueve, inquieto, y satisfactorio, el placer le recorre por el cuerpo, al ver aquel que lo derrotó, aquel que se creía superior por acabar con su existencia, aquel que osó por enfrentarlo y salió victorioso, y al final, regresó a él, en bandeja de plata, tan vulnerable.
Un placer desmedido que le hace lamerse los labios con peligrosidad, le revuelve sus entrañas, le hace querer sentir más de ese placer que las emociones y expresiones del chico le hacen sentir, lo ve tan moldeable, y por un momento se pregunta si es tan posible el poder destruir, destrozar a aquel chico que años atrás lo derrotó, se pregunta si puede romperlo más de lo que él lo hizo, moldearlo a su gusto y quitarle algo dentro de él dejarlo vacío y suplicante, porque pare, por piedad, por misericordia, así que lo deja comer en paz, tratando de disfrutar más del regocijo en su interior, sintiendo como algo, una bestia, dentro de él, se despierta, tan feroz, tan voraz, y maldice a su cuerpo humano, por ser tan frágil... frágil.
Qué divertido es jugar con objetos frágiles y él tiene un cervatillo de cristal en sus manos...
Lo sienta encima de él en la silla que el chico solía utilizar antes de que se acercara, sintiéndolo temblar, escuchando con una alegría macabra su silencioso llanto, disfrutando cada vez más, ¿Cómo era posible que aquel que tanto frente le hizo se encontrara llorando de la impotencia y el miedo sobre sus piernas?, le agarró los cachetes, abriéndole la boca con una mano, mientras con la otra maniobraba elegantemente el tenedor y la tortilla de harina, haciendo un “taco” y criándolo, sintiendo la resistencia de Dipper, sintiendo su valor desbordarse, desde el primer momento en que su presencia lo derrotó, sintiéndose endemoniadamente bien con toda la situación, sintiéndose como nunca antes se había sentido, que irónico le resultaba todo, ¡Y él creyendo que aquel chico le daría más pelea!.
- Vamos Pino, come – Le susurró al oído, con ese tono demandante y burlesco que le erizó toda la piel, mandando corrientes eléctricas por toda su espalda y parte baja de su cuerpo, obligándolo a obedecer, como un cachorrito entrenado, revolviéndose incómodo encima del demonio personificado, quien se deleitaba de una manera extraña con aquellos movimientos inconscientes del niño – Pino... compórtate – Le gruñó en el oído, ronco y excitado, aquello se le salía de las manos, las emociones humanas comenzaban a nublar su juicio y no le desagradaba para nada.
El chico sólo tembló en su lugar, removiéndose aún más, sin ser consciente que debajo de él, el rubio perdía todo autocontrol, y no fue hasta muy tarde que sintió lo que sus movimientos verdaderamente habían causado, cuando el demonio le gimió al oído, grave y grueso, pasó saliva, nunca en sus años de vida, había estado en una situación así, ni menos con un hombre, se volvió a paralizar cuando aquel sobre quien estaba lo giró de manera brusca sobre su regazo, con los ojos inyectados, y afilados, tan finos como los de un gato - ¿Qué?, ¿Qué haces? – Pregunto casi horrorizado, con sus manos posadas en el abdomen ajeno, sintiendo su bien marcado cuerpo, volvió a pasar saliva, y un chillido salió de su boca cuando algo duro y grande debajo de las prendas se rozó con su trasero.
- Te dije que te comportaras, Pino – Murmuró acercando su rostro peligrosamente al ajeno, pasando su mano por las no tan anchas caderas del chico, quien buscaba desesperadamente huir de ahí, o de girar su cara, y por cada movimiento en su intento frustrado de huir, recibía un gruñido cargado de placer, lo estaba terminando de cagar y no lo notaba, como no notaba muchas cosas en esos momentos, como que el bar ya cerró, como que nadie está donde ellos, que solo son ellos y sus almas, que sólo son ellos y la luna, que el tiempo se detenía, cuando sus ojos se conectaban, café con miel, una combinación exquisita – Vamos no te resistas – sus labios se rozaban, los alientos se mezclaban, uno se desesperaba, el otro se deleitaba con aquella deliciosa sensación que inundaba su ser. Cerró el espacio que los separaba en un rápido movimiento, sus labios atacaron su desprevenida y suave boca, en un lento vaivén, estático y rudo, sus manos pasaban de sus caderas al pecho del chico frente a él, quien perdido y asombrado por tan repentino acto, seguía el beso torpemente, sin saber que estaba pasando exactamente, sin saber que hacer o como reaccionar, su cabeza se volvía un lío de nueva cuenta, su cuerpo reaccionaba a los besos que el tipo le daba por sí solo, como si no tuviera consciencia propia sobre su cuerpo, como si el control se lo arrebatara con esos gruesos labios, esas traviesas manos, y su hipnotizantes ojos amielados que lo veían fijamente con lujuria y deleite, ¿Cómo era posible que se dejara hacer por aquel ser que los quiso matar cuando tenían trece?, por su parte a él no le molestaba que el castaño se quedara inmóvil, tan rígido como una piedra, se podría decir que le encantaba, tan moldeable y sumiso, tan suyo, su larga legua bífida comenzó a degustar el sabor de los labios ajenos, pidiendo permiso para poder entrar en su cavidad bucal, queriendo sentir el sabor de cada rincón de su boca, hacerlo delirar, los labio del niño se abrieron, dando paso a un beso francés cargado de lujuria, de deseo y maldad, el rubio sonrió en medio del beso, sintiendo como aquel que le volvía loco por tanto que le hacía sentir apartaba sus manos de su abdomen y las cruzaba por su cuello, torpe y débilmente, como si temiera romperlo, pero lo que realmente temía era caer en la lujuria y el afrodisiaco que Bill Cipher estaba siendo para él, buscando más cercanía de la que ya tenía, frotándose en el bulto del demonio de forma inconsciente, suspirando de placer, cayendo en las redes de aquel ser.
Las manos del demonio se metieron debajo de la camisa del chico, recorriendo su suave y tersa piel, tan blanca como la leche, tan pura que le dan ganas de corromperla, tan pálida que se pregunta cómo sería dejarla totalmente marcada, como un lienzo de tonos morados y azules, dando a entender que es de su propiedad, suyo, suspira ante la macabra idea cuando se separan por falta de aire, su sonrisa se ensancha y la mala sensación vuelve a recorrer todo el cuerpo del castaño, pero todo aquel sentimiento se desvanece cuando el rubio comienza a besar su cuello, con pasión y deleite, succionando y marcándolo, saboreándolo, los suspiros se abrieron paso por su boca, siendo un lugar sensible para él, las manos del demonio subieron a sus pezones, un escalofrío se presentó en el menor, los suspiros subieron de tono, y de repente se sintió caliente, sus manos no sabían dónde posarse y comenzaron a desabotonar la camisa negra del rubio, inquietas, temblando, sus piernas se cerraron cuando otro roce paso por su culo, y gimió, tan fino y adictivo, tan lujurioso, tan llamativo, que el demonio quiso escuchar más, y claro que haría al menor darle esa dulce melodía esa noche.
Le abrió la camisa, con algo de desesperación siendo sumido por el demonio nuevamente en un lujurioso beso, sin razonamiento alguno, acariciando el pecho y abdomen del de tez acaramelada, pasando sus yemas de los dedos, disfrutando de la sensación que aquel bien formado cuerpo le mandaba a través de su tacto, y el demonio no se quedó atrás, devorando la boca del castaño, jugando con una mano con sus pezones erectos y gustosos de la atención que reciben, bajando la otra mano tortuosamente por la espalda del niño, hasta el inicio de su pantalón, donde juega maliciosamente con el elástico, acariciando la espalda baja en círculos, tratando de adentrarse por debajo de sus prendas, el aire los separo, y sus miradas volvieron a chocar, reflejando lujuria y deseo, Dipper se sentía completamente caliente, siendo quemado por cada toque que el demonio le brindaba, siendo drogado con cada beso que le estampaba, como si lo hechizara, y el ser, quien pretendía tomar su cuerpo en esos momentos, no hacía nada de magia, hacía mucho tiempo que había perdido la mayoría de sus poderes.
Sus manos traviesas viajaron por su fornida espalda, acariciándola en desesperación, Bill lo observaba divertido y caliente, movió su cadera hacia adelante, embistiendo el cubierto culo de Dipper, sus gemidos no tardaron en volver a oírse, y un nudo en la boca de su estómago se presentó, emocionado y excitado, ¿Cómo se sentiría tenerlo encima de él?, ¿Cabalgando sobre su miembro, viendo su expresión de placer?, ¿Qué el curioso chico de ojos apagados le pida por más?, que le ruegue destruirlo, de una manera muy diferente a como el castaño lo hizo con él, con solo imaginarlo su autocontrol se iba a la mierda, y sus movimientos se aumentaron con frenesí, sintiendo el dolor en su miembro al ser apretado por la ropa, Dipper al sentir aquellos movimientos enredó sus piernas alrededor de la cintura y del respaldo de metal de la silla, en la que seguían sentados, elevando su trasero, para quedar su cubierta entrada sobre el latente pene del demonio que busca ser liberado.
- Mgh... Bill – Gimió sin pudor, siendo ahora él el que se restregaba contra el otro, dejando todo rastro de razonamiento del demonio colgando en un hilo demasiado fino, demasiado corto, desgarrándose para dejarlo caer el en deseo carnal, no podía ni quería contenerse más, aquel Pines le estaba tentando, y era una verdadera tentación, cuando lo vio comenzar a quitarse su propia camisa, luego de haber casi arrancado la del demonio y tirarla sobre la mesa, sabía que no había vuelta atrás, y eso, eso a él le encantaba. Lo ayudó a quitarse sus prendas quedando solo en boxers, deleitándose con la vista de aquel cuerpo de un ángel, ángel que se aseguraría de arrastrar al infierno.
Y tomándolo por sorpresa, sin ser claro de sus acciones, sumido en el pecado del que tanto las hermas le quisieron alejar en aquel colegio del que horas atrás acababa de salir, se arrodillo, sentándose sobre sus talones, quedando un poco más abajo de la cintura del rubio, subiendo su mano hasta el cierre del pantalón de este, todo por su mera voluntad, el demonio no podía estar más impresionado, más fascinado por aquella faceta que el castaño le mostraba, su mano seguía jugando con el cierre, mirando directamente a los ojos del tipo, retándolo, desesperándolo, siendo él el que mandaba y eso Bill Cipher no lo iba a permitir. Con una sonrisa casi maniática quitó la mano del menor, desabrochando su pantalón, quitándoselo junto a la prenda interior bajo la atenta mirada de Dipper, quien por unos momentos se atragantó con su propia saliva al ver el expuesto pene de Bill, tan grande, tan grueso, tan imponente.
- Vamos Pino... Lámelo – Ordenó, y algo dentro de Dipper se removió en placer y regocijo. Se paró en sus rodillas, dirigiendo sus manos a aquel falo, más grande y grueso que el promedio, sintiéndolo, tan duro y gordo, palpitando entre sus manos, sintiéndola ensancharse aún más, una risa ronca lo ruborizó, y comenzó a bombearlo, pasando su mano por todo el largo de este, siendo incapaz de cubrirlo todo, jugando previamente con él. Arriba y abajo, jugando con él, y despertándolo aún más de lo que ya estaba, con su boca haciéndose agua, preguntándose que tan rico sabrá, preguntándose si ese monstruo cabría en su boca, si no le lastimaría, su lengua humedeció sus labios, y se tiró a lamerlo, besando primero la punta, sin dejar de bombear de la mitad a la base, succionándolo un poco, escuchando los suspiros graves encima de él, se detuvo, dejando la punta en su boca, sintiendo su sabor salado por el sudor, lamiéndolo solo un poco, con su lengua enrollándose de manera inexperta por aquel pene, y se lo metió por completo hasta donde pudo, abriendo su boca, un poco más de lo normal para no ahogarse con tan inmenso pene, que omitiendo el sudor, le sabía a gloria, y para Bill la boquita del castaño podía ser el verdadero paraíso, tan caliente y húmeda, sintiendo como su lengua lo envuelve y con la otra sigue bombeando porque no logra llegar ni a la mitad de su polla. Y sigue así, hasta que un sabor dulzón se combina con el salado, siendo el pre-semen del demonio que comienza a salir, y decide aumentar su ritmo, succionando más rápido, moviendo su cabeza de arriba hasta abajo, casi llegando al final de la punta, donde siente más el sabor, y adicto a él, no deja de saborearlo, los gemidos roncos del demonio llegan a sus oídos, sus suspiros entrecortados, algunos diciendo su apodo, y le prende, se siente tan malditamente bien dándole una mamada al rubio que no quiere, parar, y es cuando su boca es penetrada hasta el fondo, por un movimiento rápido del demonio, que siente que este ha llegado a su clímax, enterrándose en lo más profundo que puede de su garganta, tocando su campanilla, llenando su boca de un espeso líquido que no deja de salir a chorros, chorreando por barbilla, y la comisura de sus labios, tan espumoso, tan caliente, tan rico y adictivo. El demonio sale de su boca, admirando aquello que ha logrado, y quiere más, aquella vista le excita y no puede evitarlo.
Cuando el chico termina de tragar todo lo posible, abriendo su boca para que el demonio observe que no ha quedado casi nada, es cuando el rubio lo levanta sin ninguna dificultad, pegándolo a su cuerpo, mordiendo y besando sus pezones erectos y rojos, como unas pequeñas cerezas, tan sensibles que con un solo roce le hace estremecer al castaño, baja sus manos al boxer que aleja al chico de la desnudez, jugando con el elástico, poniéndolo nervioso, y deseoso por más, metiendo su mano derecha por la parte de atrás, jugando con la pequeña y estrecha entrada del niño, pasando sus dedos medio y anular por aquel aro que le llamaba a entrar, acariciando con la izquierda el despierto y con pre-semen miembro del niño que ahora gime bajo por las atenciones que su cuerpo está recibiendo.
De un tirón le baja aquella prenda, y le da la vuelta, pegando el pecho del chico a la mesa, recostándolo sobre esta, recorriendo con sus manos todo su cuerpo, todas su curvas, aquella pálida piel que le invita a morderla y marcarla, que despierta un hambre sexual tan grande en él que es imposible no fantasear con todo lo que le puede hacer a ese chico, dejó de juguetear con el cuerpo frente a él, para pasar a bombear su propio miembro, mientras que con la otra mano jugaba con el ano del castaño, quien se tensaba al sentir como un intruso se abría paso por su estrecha entrada, gimiendo de dolor, con los ojos empezando a cristalizarse por lo que le hacía sentir, una abrumante combinación entre el dolor y placer, al sentir el segundo dedo introducirse, jugando y estirando su interior, sus gemidos cambiaban un poco de tono, siendo finos y adictivos al oído del demonio.
Se desespera y se contiene, quiere tenerlo encima de él, con su miembro dentro de su ser, tan húmedo y caliente como su boca, su entrada comienza a absorber los dedos que mantiene dentro, y lo tira para atrás sentándolo casi encima de él, rozando su miembro con su trasero, y Dipper decide tomar la iniciativa, sin creer que el mismo por su propia voluntad se encuentra empalándose contra un grueso miembro, palpitando mientras se adentra por su aro, que se va ensanchando con su tamaño, sintiendo como es capaz de correrse con solo tenerlo dentro, y eso que apenas va por la punta, sintiendo el dolor punzante de la zona al ser estira con exageración, pensado con algo de miedo que aquel ser lo va a partir en dos mitades, y es que Bill se siente tan jodidamente bien que posa sus manos en la cadera del castaño, sentándolo de un golpe, escuchando un grito que tapa con la palma de su mano, y aunque la calle este vacía y la acera desierta, prefiere no correr el riesgo, porque al final de cuentas, lo que hace es ilegal. Siente la contracción del cuerpo de Dipper, y sus temblores, escucha sus jadeos ahogados por su mano, y se da cuenta que el chico se ha corrido con solo penetrarlo por completo.
- ¿Tan rápido, pino? – Se burla, con su tono cargado en malicia, el chico niega avergonzado, con las mejillas pintadas de rojo - ¿No? Bueno... si tú dices – Le mordió el lóbulo de su oreja escuchando un chillido, alejando su mano de su boca, y bajándola hasta el miembro semi erecto del niño, quien jadeaba por todas esas sensaciones, comenzando a bombearlo con lentitud, su cadera comenzó un movimiento errático de arriba hacia afuera, sentándose por completo en la silla, como cuando lo crío, sus movimientos se vieron copiados por Dipper, quien comenzaba a auto penetrarse, dando saltitos con notoria vergüenza, subiendo el tono de sus gemidos, Bill le mordía la espalda y el cuello, marcándolo, un beso por ahí, un beso por allá, besando y succionado con deleite, saboreándolo, con el constante sube y baja de Dipper sobre su pene, quien deliraba de una manera impresionante al ser golpeado en su próstata con casi todo ese enorme falo que le revolvía las entrañas y le hacía llegar al cielo.
Su juego se extendió por varias horas y rondas más, en posiciones que a Dipper le hacían perder la razón, donde solo se escuchaban sus gemidos callados por su mano y sus suplicas pidiéndole más al demonio que sentía la gloria misma, el estar rebajando a aquel niño que un día lo venció, queriendo quedarse dentro de él por más tiempo, correrse por séptima vez dentro de su ya no tan estrecho interior, hacerlo perder la locura y que llegue arrastrándose por más, y tal vez, no era una mala idea.
Seis días después
RESIDENCIA PINES, NEW YORK CITY
14:06 HRS
- Lo siento señorita – El oficial se quito la gorra con notable pesar – No hemos podido encontrarlo, y no hay rastro alguno de él por ningún lado – Prosiguió, asentando su mano en el hombro de la chica como muestra de consuelo, ella bajó los brazos rendida, y destrozada, habían pasado seis días y su hermano había desaparecido de la faz de la tierra y sabía que ya era tarde para que él regresara. El oficial abandonó la residencia, donde la chica se dejó caer en el sillón llorando, siendo consolada por sus amigas.
- ¿Dónde estás Dipper? – Se preguntó
Tal vez, no debió obligarlo a ir aquel lugar de citas rápidas como otras veces, y así, tal vez, no hubiera escuchado el último ¡Cambio! de su vida.