Nada era real

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Summary

¿Sabes qué es el coeficiente de fricción? Lo que mantiene en equilibrio la velocidad y el control. Va de saber cuánto puedes empujar antes de derrapar. Nora es una universitaria en San Francisco con una vida tan estructurada como su rutina: clases, trabajo en una cafetería, y un novio estable desde hace años. Pero todo cambia cuando conoce a Henry, un cliente habitual que parece esconder mucho más de lo que dice. Cuando Henry olvida una libreta en la cafetería, Nora decide llevársela. Y sin quererlo, se convierte en parte de una historia que va más rápido de lo que nadie puede controlar. Una barista con la vida en orden. Un chico que no encaja. Una libreta olvidada que lpofo cambia todo. Mentiras, silencios, carreras. Nada era lo que parecía y todo está a punto de volverse real.

Genre
Romance
Author
Laia
Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
18+

Nada más verte - Parte I

Si conocieras a Nora, sabrías que el problema no era, para nada, que ese tío fuera guapo y por eso le llamara la atención; aunque, eso debería reconocerlo, en alguna ocasión se le hubiera escapado una risita nerviosa cuando lo veía acercarse.

Si la conocieras, sabrías que su problema principal era que el tío ese se pedía un americano largo –la bebida más aburrida del mundo–, se sentaba en el sillón más alejado de la puerta –en el punto exacto dónde ella no podía no verle–, y se pasaba las horas haciendo algo en una maldita libretita, sin que ella tuviera ni la menor idea de qué demonios estaba garabateando allí. Ni la menor idea.

El problema secundario, o igual de importante según el día, era que ese chico no pintaba nada en esa cafetería de la calle Irving, en el barrio de Haight-Ashbury de San Francisco. Llevaba vaqueros demasiado bien planchados (¿Quién se planchaba los vaqueros?), una chaqueta ligera de corte caro y una actitud casi curiosa, como si todo a su alrededor fuera nuevo. Parecía mirar el mundo como un niño que hubiera entrado en una juguetería.Debía tener más o menos su edad, unos veintidós o veintitrés, y seguramente también estudiaba en la Universidad de California. Bueno, eso era una suposición suya, algo que acostumbraba a hacer a menudo: reconstruir vidas ajenas en su cabeza. Por algo se había metido a estudiar medicina forense.

La teoría de Nora era la siguiente: debía tener más o menos la misma edad, unos veintidós o veintitrés, y seguramente también estudiaba en la Universidad de California, como la mayoría de clientes de la cafetería. Acostumbraba a hacer a menudo lo reconstruir vidas ajenas en su cabeza. Por algo se había metido a estudiar medicina forense.

El tercer problema era que, como cada tarde, Nora llevaba demasiado rato observándole desde detrás de la barra, mientras preparabaespressosy servía rollitos de canela.

—Oye, te he pedido el café para hoy, no para dentro de tres años.

Nora volvió a la realidad, se disculpó rápidamente con la clienta y le preparó uncappuccinosin mucha gracia. Hizo una mueca cuando le entregó el café y no recibió ninguna propina a cambio. Genial.

Bufó acalorada. No tenía ni idea de cómo a alguien podía apetecerle un café con ese calor. O meterse en esa cafetería, a ser sinceros: seguro que era la única de la calle que no tenía aire acondicionado. Ni mucho encanto, aunque hubieran intentado decorar las paredes con algunas lucecitas recicladas de la decoración navideña de alguien o algunos posters de películas indie de hacía dos décadas.

El café La Flore solo se salvaba porque les dejaban buena música (que escogían los encargados de cada turno), bollos caseros bastante azucarados y su compañera Ashley, que había conseguido encandilar a muchos clientes con su larga melena rubia y una caída ensayada de ojos que desarmaba hasta a Nora.

Volviendo a sus responsabilidades, Nora fue a recoger mesas y aprovechó para acercarse a la mesilla más alejada de la puerta. No era cotillear, ¿no? Entraba entre sus tareas de barista y no tenía la culpa de que la gente lo dejara todo por ahí tirado.

El chico seguía garabateando en la libreta: a veces texto, a veces dibujo. En general, iba corriendo hojas para arriba y para abajo, como buscando algo; a veces consultaba los libros, como ese día. Lo dejó en la mesa cuando Nora recogió unas tacitas abandonadas en la mesita de al lado.

—Disimulas fatal —le soltó Ashley, jugando con un mechón de pelo rubio, cuando regresó detrás de la barra. Se había recogido la melena en una coleta alta, pero aun así su frente se veía brillante por el sudor.

Nora se encogió de hombros, fingiendo ignorancia. Empezó a meter las tazas recogidas en el lavavajillas.

—Y bien, ¿qué lee el pivón? —siguió Ashley, con curiosidad, apoyándose en la encimera con ese aire de si no lo miras tú, lo miro yo.

Nora se rio. No iba a negar que le parecía muy guapo, ya lo habían comentado varias veces en las últimas semanas. Tenía una mandíbula definida, el pelo castaño casi rizado le caía con gracia, y sus ojos, demasiado oscuros, tenían un aire triste, como si llevara demasiado tiempo fingiendo estar bien. Pero lo mejor era su sonrisa, que mostraba de vez en cuando mientras garabateaba en su libreta. Una sonrisa que se veía demasiado amable, demasiado sincera, demasiado dulce. Quizás, si Nora no hubiera tenido novio, ella misma se habría sentido más interesada.

—Lee algo sobre historia del diseño automovilístico —contestó al final, en un susurro.

Fue como si le invocaran.

Levantó la mirada de su móvil y se encontró con la de Nora.

Ashley le sonrió coquetamente. Nora, azorada, continuó con sus tareas.

Se dirigió al final de la barra, para secar con un trapo las tazas limpias. En breves darían las cinco y llegarían los estudiantes de la UCSF del campus de Parnassus Heights que salían de clase. Pero no conseguía dejar de darle vueltas. Ese título la había confundido más: no parecía la lectura de un artista, ni tenía relación con el campus universitario más cercano, que era el de medicina, donde estudiaba ella.

—Perdona —una voz masculina la llamó—. ¿Me puedes poner un americano, por favor?

Nora se giró lentamente, con las mejillas encendidas y la vergüenza de que se estuviera dirigiendo a ella. Pero se había confundido: el chico de la barra medía como un armario de alto y parecía un jugador de rugby. Tenía el pelo rapado y, la verdad, daba un poco de impresión. Como si fuera un boxeador irlandés a punto de ir a una pelea.

—Claro —contestó ella, aliviada, al ver que no se trataba del causante de su curiosidad—. ¿Algo más?

El boxeador asintió.

—Eh, Henry. ¿Quieres algo?

El desconocido del sillón (recién bautizado como Henry), levantó la cabeza de su libreta. Miró a su amigo, luego fijó sus ojos oscuros en Nora y torció una sonrisa.

—Ella ya sabe lo que pido —contestó sin alzar mucho la voz—. ¿Verdad?

Nora no llegó a responder. Se había quedado estupefacta.

—Ponle otro americano —pidió el boxeador, dejando los ojos en blanco—. Al mío échale dos sobrecitos de azúcar —le pidió con una sonrisita que no le pegaba nada a su aspecto amenazante, antes de ir a sentarse con su amigo.

Ashley se las ingenió para llevarles las bebidas. Antes de que pudiera darse cuenta de cómo, la cafetería fue invadida por los alumnos de la UCSF y, tras recogerse su melena bob en dos coletillas, Nora se pasó los siguientes veinte minutos preparando cafés ardientes sin parar en ese asador sin climatización.

Cuando terminó la vorágine de alumnos, se dio cuenta de que ni Henry ni su amigo seguían allí.

—Mira, mira —Ashley le dio un codazo, señalando algo que estaba fuera, al otro lado la ventana.

Nora no entendía de motos, pero el boxeador y Henry acababan de subirse encima de una bestia de dos ruedas. Se preguntó si podría con el peso del amigo y, como respuesta, el rugido del motor se elevó por encima de todas las conversaciones del local.

Antes de bajar la visera, Henry miró nuevamente hacia el interior de la cafetería, y le sonrió a Nora quien, sin pensárselo mucho, le devolvió el saludo con la mano.

—¿Hola? —exclamó Ashley, sorprendida y divertida, tirando de la camisa de Nora—. ¿Está ligando contigo a través del cristal, verdad?

Nora no sabía qué pensar mientras les observaba alejarse por la calle Irving a través de los cristales de la cafetería.

—Perdonad. —Un cliente les llamó y, por su expresión y tono, ya lo había hecho varias veces—. Nos hemos encontrado esta libreta en la mesilla.

El rostro de Ashley se iluminó cuando la reconoció. Nora, que adivinó sus intenciones, se la arrancó de las manos al cliente.

—La guardaremos, gracias.

Y la encerró bajo llave en su taquilla.

Una cosa era inventarse la vida de la gente. Otra, muy diferente, era meter las narices entre sus pertenencias.

Además, no quería generar más expectativas, ahora que le había visto sonriéndole. No quería que se llevara una opinión equivocada. Al final, Nora no estaba soltera para ir ligando con clientes.

...

💖¡Hola!💖

Antes que nada, gracias por haber llegado hasta aquí.

Esta historia ha sido un flechazo que me vino a la cabeza en un sueño y me devolvió las ganas de escribir. ¿Te ha gustado?☺️

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(Actualizaré semanalmente, quizás dos veces a la semana.)

¡Nos vemos!

L.