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Llegas tarde, Satoru

Summary

Si el destino se ríe de las almas de los amantes ¿Podrías juzgar a los amantes por intentar reír hasta el final? "Llegas tarde, Satoru." "Lo sé, eso es justamente lo que trato de evitar." [HISTORIA FINALIZADA]

Status
Complete
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo: el sabor del miedo

¿Pueden las emociones ser tangibles? Tener olor, color y textura. Tener sabor.

Si, sí que podían. Lo estaba comprobando en ese instante. Con los ojos vendados y las manos atadas en cruz tras la espalda resultaba lo único en lo que podía concentrarse.

Intentó pararse, correr, algo, para descubrir que también las piernas se encontraban siendo rehenes de esa silla junto a todo lo demás.

Tragaba saliva de forma compulsiva, pensando en el momento exacto en que todo pudo torcerse de tal manera. No tenía ninguna duda al respecto de quién estaba detrás de esto.

—¿Quieres agua?

Si. Tenía razón en sus suposiciones. Satoru sería el único capaz de auspiciar tal nivel de desquiciada locura. La pregunta era por qué.

¿Por qué hacerle esto? ¿Dinero? ¿Poder? Ridículo el pensar que un artista de renombre, el más grande hasta la fecha en el arte moderno, necesitase secuestrar al hijo de un senador para cumplir ¿Qué? ¿Una fantasía erótica no resuelta?

Ya le había parecido extraño el hecho de que demostrase tanto interés en su persona. Un artista ecléctico y extravagante, digno de su propia leyenda persiguiéndolo hasta el cansancio con la premisa de que deseaba que fuese su musa.

No. Que ya era “en efecto” su musa. Sin lugar a dudas o tiempo de reflexión.

Era algo en sus ojos, le dijo, la forma y manera de mirar, el color, su agudeza. El cabello, largo, negro, lacio, siempre bien peinado y en conjunto con su ropa. Trajes de diseño confeccionados a medida.

Todo eso a Suguru le daba exactamente lo mismo. Tenía una familia. Un exitoso y muy feliz matrimonio en curso junto a dos hijas preciosas y maravillosas por quienes daría una mano si así se lo pidieran. No tenía por qué demostrar interés en el artista. Ni en sus locuras creacionistas o complejos de Dios.

Son los colores, Suguru, los colores siempre están ahí. Ellos conforman el increíble vacío infinito. Mezcla dos y tendrás tres.

Azul y rojo dan púrpura. Sin fallar.

Que carajo podía importarle a él la teoría del color y sus derivados. Quizás debió prestarle un poco más de atención. Salir alguna que otra vez a cenar. Aceptar sus absurdos obsequios. Entonces todo habría sido diferente, ¿no?

—¿De verdad no quieres?

—No. No quiero tu estúpida agua. Lo que quiero es irme de aquí.

Puede que dirigirse así a su asesino en potencia no fuese la más brillante de las ideas, pero no podía evitarlo. Sentía demasiada rabia ¿En serio era posible que hiciese esto solo por ser incapaz de aceptar el rechazo?

—Lo siento. No puedo hacer eso. Se agotó el tiempo y es muy difícil volver a empezar.

—¿De qué mierda estás hablando?

—Suguru...

—¡¡No te me acerques, enfermo!!

Que no se atreviera a tocarlo. No lo soportaría. A saber en qué pensaba cada vez que lo hacía. Que sucios deseos querría hacer realidad.

Satoru retiró la mano de su rostro con lentitud. Deteniéndose levemente en una caricia nostálgica. Suguru temblaba bajo su tacto, aunque intentase mostrarse muy valiente. No lo captaba aún. La verdad. La realidad de la situación. De nuevo, todo tendría que volver a empezar.

Eso era exactamente lo que estaba intentando detener.

Le quitó la venda, quizás así entendería. Si viera su recorte de memorias juntos podría recordar. Entender sus razones para actuar como un psicópata.

El resultado no fue el esperado. Si acaso ya tenía miedo ahora estaba directamente aterrorizado.

¿Qué carajos era todo eso?

Pinturas. Cientos de pinturas. Lienzos de todos los tamaños y formas por todas partes. En cada centímetro de la habitación.

Pinturas con un único tema como centro: Suguru.

Un despliegue de sí mismo con peinados y trajes extraños y diferentes ¿Y qué rayos era esa cosa a su alrededor? Un dragón. Parecía un dragón. Siempre supo que era un friki, pero esto...

—Dime que piensas. Esto debe significar algo para ti.

La desesperación en la voz del artista llamó su atención. No sonaba como un perfecto caso de psiquiátrico, sino como alguien muy desesperado. Como alguien que ha perdido todo y aun así se aferra al último resquicio de esperanza con tal de preservar la cordura.

Suspiró, dándose por vencido. Le dio pena, no entendía por qué, le daba lástima y un extraño deseo por mantener viva la llama detrás de esos atormentados ojos azules.

—No lo entiendo.

—Recuerda, Suguru, por favor, haz un esfuerzo. Se nos agota el tiempo, no quiero volver a empezar.

Cayó de rodillas ante él, suplicante, quebrado, roto. Cómo si estuviese corriendo un maratón contra el destino mismo.

Que ridículo pensamiento.

—Satoru...

El artista elevó la cabeza tan rápido que por un momento pensó que podría haberse partido el cuello.

La esperanza en sus ojos también era algo que podría saborear. Le revolvió el estómago, o más allá. Algo profundo y oscuro dentro de si parecía... ¿despertar?

Llegas tarde, Satoru...

—Llegas tarde, Satoru.

¿Por qué había dicho eso?

¿Y por qué parecía que lo había dicho cientos de veces antes? Una y otra vez hasta el hartazgo. Hasta reventar. Hasta que ambos perdiesen la cabeza y el corazón. Una cita predestinada con el destino.

—Si, siempre llego tarde. Siempre. Por eso intento... Intenté no hacerlo esta vez. Esta vez te quedarás conmigo.

—¿Te escuchas cuando hablas? Ya te dije que...

—No me importa. No me importa tu familia ¿No lo entiendes? No es tu jodida familia, o tu casa de vacaciones o lo que sea que estés pensando. Quiero que estés vivo. Quiero que sigas existiendo. Es eso. Simplemente eso.

—¿Quieres que lo haga? Entonces ya sabes lo que debes hacer. Dejarme ir. Dejarme ir para que pueda seguir viviendo mi vida.

Y no aparecer nunca más en ella, eso sería un detalle.

—No es tan sencillo.

—Claro que sí, si tú...

—¡¡NO!! ¡¡NO LO ES!!

Silencio.

—Perdona... No debí gritarte.

Estaba agitado. Ahora sí que parecía un loco.

—¿Sabes que nunca te he visto envejecer?

—¿Qué?

—Envejecer. Nunca has llegado a la vejez. Jamás. Ni una sola vez. Ni siquiera has llegado a la treintena. He intentado pintarte así, como un anciano, ha sido imposible. Ni siquiera soy capaz de imaginarlo ¿Puedes creerlo? Un alma joven. Condenada a la juventud por siempre. Los eternos veintisiete.

—No entiendo una palabra de lo que dices ¿Tiene algo que ver con tu obra?

La obra. La magnífica obra que expondría esa noche. La noche previa a la navidad. Estaban próximos al anochecer, la hora en la que se exhibiría por primera vez.

Tenía que mantenerlo hablando. Cómo sea. Así daría tiempo a su familia de alertar a las autoridades. Estaban en el taller del artista, no sería difícil dar con él.

—Tiene todo y nada que ver a la vez.

—Explícame.

Mantente hablando. Haz tiempo, haz tiempo, haz...

—No. No, no, no, no ¡¡NO!!

Dolía. El sol se ponía tras el ventanal y a él le dolía el pecho y no podía respirar. Se estaba ahogando.

¿Un infarto?

No, Suguru, no, no, no, no, no... Por favor, no...

Sería lo último que escucharía. Lo último que sentiría.

El abrazo de Satoru y su voz en el oído, gritando desesperado mientras su alma se internaba de nuevo en el más allá.

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