El Eco de la Cordillera

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Summary

Obligada a ser una ofrenda de paz, Leone, segunda hija del archiduque más poderoso de Ílios, cruza la Cordillera del Eco —una herida abierta en la tierra que ha desangrado a dos reinos durante doscientos años— para llegar a Lunhae, un reino extranjero y frío, donde la esperanza parece un lujo imposible. Su llegada despierta sombras que creía dormidas y su anhelo de libertad se vuelve el hilo que desatará una tragedia inevitable. Enredada en secretos y promesas rotas, Leone se convierte en el último suspiro antes del silencio, y en la ruina de Hyaker, el príncipe cuyo destino está tan marcado como el suyo. Esta es la historia de aquellos que aman en tiempos de guerra, donde cada latido puede ser la sentencia final. ¿Qué queda cuando el hogar es solo un eco perdido en la cordillera?

Genre
Romance
Author
Shu
Status
Ongoing
Chapters
59
Rating
4.7 7 reviews
Age Rating
18+

Prólogo

La prueba estaba ahí.

Bajo la tela negra y mojada, sobresalía apenas la mano de la cual el anillo perfecto había sido arrancado.

—¡También se llevó el dolor que le ocasionaste con ella! —los gritos salían como alaridos desde la garganta del heredero del archiducado—. ¿No vas a decir nada? ¿Ni siquiera eres capaz de excusarte?

El segundo hijo del rey ignoró todo sonido como si fuese sordo, caminó en silencio y se arrodilló frente al mar. El retumbar de las olas le bañó el rostro de agua salada; no, eran sus propias lágrimas, fugitivas de la templanza.

Una vez más la muerte sin rostro le arrancaba la vida del pecho.


—Tengo que hacerlo —abrió la puerta del carruaje en movimiento y se quitó el vestido, quedando sobre su cuerpo el corsé y el fustán.

—¡Excelencia, por favor, no lo haga! ¡Piense en su vida! Morirá si cae desde esta altura.

—¡Cállate, Marco, ¡si no colaboras mandaré a matar a tu esposa!

—¡Pero, excelencia! El rey matará a toda mi familia si algo le pasa por mi culpa.

—¡Nada va a pasarte!

Estaba esperando el momento adecuado para saltar. Atravesaban un camino montañoso cercano a la gran cordillera; en el próximo giro había un risco que culminaba en un río más o menos profundo. Si calculaba lo suficientemente bien, descendería hacia el agua sin morir en el intento.

—¡Por favor, excelencia, se lo ruego, no haga esto! ¡Es una locura!

—¡No me importa, Marco, ¡prefiero morir por mis propios medios! —se sostuvo con fuerza del techo del carruaje y asomó la cabeza; la altura era considerable, pero ya no importaba, era saltar o nada—. ¡NI SE TE OCURRA DETENER EL CARRUAJE! —respiró profundo—. ¡RECUERDA, DICES QUE TE HERÍ, ¡SALTÉ Y LA CORRIENTE ME LLEVÓ!

—¡PERO, EXCELENCIA!

El pobre cochero casi lloraba de la desesperación. La chica se sostuvo con ambas manos al exterior del carruaje; solo unos metros más, este giraría y ella saltaría hacia el agua. A medida que el momento se aproximaba, los segundos se sintieron eternos y el miedo se hizo presente, pero sin lugar a dudas la adrenalina era más fuerte.

—¡MARCO, NO OLVIDES LANZAR LA DAGA!

El carruaje giró y la respiración se cortó de golpe.

—Ahora.

—¡LEONE! ¿¡QUÉ CREES QUE HACES!? ¡MARCO, DETÉN EL CARRUAJE!

Un caballo se acercaba a toda velocidad. El vehículo se detuvo en seco, provocando que Leone cayera hacia el interior, golpeando su espalda con la puerta opuesta.

—¡Don Liam! Qué bueno que llega... Yo, yo... Discúlpeme, casi no pude detener a la señorita. Ella solo, y yo...

—Tranquilo, Marco, no es tu culpa.

Liam se acercó; siguió el carruaje todo el camino sin que Leone se hubiera dado cuenta, de hecho, ella creyó que su escolta llegaría hasta que pasaran por la ciudad de Cartalia, recogiendo a Kyun y el resto de su equipaje.

El joven bajó del caballo y se asomó al interior del vehículo.

—¿Estás loca? —se mordió el labio inferior para contener la ira—. ¿Acaso querías matarte?

La chica guardó silencio.

—¡RESPONDE! ¿QUÉ CREES QUE HACES CON ESA VIDA TUYA, QUE LA TRATAS COMO CUALQUIER BASURA?

—Sí —lo vio desde abajo con una sonrisa sardónica—. ¿No es evidente?

—Estás realmente mal —sus ojos se debatían entre rabia y tristeza—. Vístete, casi llegamos a Cartalia.

—¿Por qué me seguías?

—Porque mi madre temía que hicieras algo como esto.

Cerró la puerta con un golpe estruendoso e indicó a Marco que continuara la marcha.

Luego de una hora, arribaron a Cartalia. El carruaje del equipaje estaba justo en el camino para evitar los contratiempos y dirigirse hacia la frontera de inmediato. Se detuvieron solo un momento para que Kyun se estableciera en el carruaje junto a ella.

—¿Qué pasó? —preguntó Kyun asomándose por la ventana.

Leone rodó los ojos sin responder; se limitó a acomodarse el sombrero. Todo su atuendo lucía intacto; si no lo mencionaba, nadie se enteraría de que estuvo semidesnuda tratando de saltar a un acantilado.

Liam asomó la cabeza por la ventanilla y buscó la mirada de la joven; ella la esquivó bufando.

—Adiós, Leone.

No recibió respuesta alguna.

—Nos vemos, Kyun, te encargo a esta estúpida.

—Adiós, Liam, cuide de todos en casa.

Liam sonrió a Kyun y golpeó el techo instando a Marco a iniciar el recorrido. A pesar de que Leone estaba furiosa con él sacó la cabeza por la ventana y, con los ojos humedecidos, le dirigió una última mirada. A lo lejos ya casi invisible por la distancia Liam alzó el brazo en un último gesto de despedida y articuló con sus labios la frase “Te amo”. Leone aguantó la respiración y, aunque todavía ardía en rabia en su corazón, también estaba el dolor. Cuando la figura de su hermano se desvaneció del alcance de su visión, respondió en un susurro: “Te amo”.

—¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Por qué Liam estaba tan molesto?

Leone entró la cabeza e ignoró la pregunta.

—Bien, entonces practicaremos un poco el idioma —sacó un libro del pequeño baúl que viajaba a su lado; mientras se abanicaba, lo abrió—. ¿Cómo saludarías en idioma Lunhae?

Leone se quedó muda y, luego de una larga pausa, respiró profundo, tomó su propio abanico y aleteó el país con violencia.

—¿Sabes qué ocurrió? ¡QUE LA MALDITA CORDILLERA COLAPSÓ, QUE SE ABRIÓ UNA BRECHA, UN CAMINO, UN ACCESO, ¡ESO PASÓ! Que tengo que casarme para cumplirle al desgraciado de Bastien el plazo de veinticinco años desde el último matrimonio de “Paz” —recalcó en esto último con un gesto de ironía.

—Sí, Leone, pero eso no es lo que te pregunté. Te pregunté cómo se saluda en idioma Lunhae.

—No sé, Kyun, no quiero recordar, lo único que tengo en mente justo ahora es que estoy siendo conducida a mi ruina y no he podido pensar en nada para evitarlo —dijo recostándose de modo que su cuerpo parecía que iba a desarmarse.

—Lunhae no es tan malo —suspiró Kyun—, solo es cuestión de que te acostumbres.

—¿Acostumbrarme a qué? —la miró con dureza—. Ni siquiera sé qué va a pasar conmigo. No tengo un matrimonio concretado, simplemente me enviaron como la vaca que pagará sus deudas.

Kyun no pudo evitar soltar una carcajada ante aquello mencionado.

—No eres una vaca.

—A las vacas también se les da precio. Y estoy muy segura de que una vaca enferma y fea vale más que yo ante el rey y Helena —dijo mientras apoyaba su mentón sobre su mano derecha—. Todavía no entiendo por qué me odian tanto, sobre todo Helena, y, créeme, podría pasar por alto cada una de sus acciones menos el que haya cortado mi cabello.

El resentimiento por el “accidente” en el que su prima cortó su cabello no dejaba de florecer como margaritas en primavera. Su melena azabache llena de bucles largos y pesados tuvo que ser recortada a la mitad de su espalda desequilibrando la poca aceptación que durante años había tratado de construir.

Los días enteros encerrada en la torre abandonada del palacio regresaron como relámpago mudo.

—Leone no es como que tú seas un ángel, siempre has cobrado cada una de las cosas que Helena te ha hecho, o ¿vas a negar que dejaste esto como si nada?

Una sonrisa maliciosa se instaló en los labios rojos y ligeramente delgados de la hija del archiduque.

—Por supuesto que no —alzó una ceja—, y espero que Arcadia le haya dado un bonito susto.

—Los guardias y doncellas deben estar muy ciegos para no considerar extraño que la serpiente rescatada por uno de TUS sirvientes —recalcó—, haya aparecido en los aposentos de su alteza Helena.

—No la vieron.

Kyun la miró confundida.

—¿Qué?

Kyun no cambió su expresión y Leone terminó de convencerla acerca de la única explicación lógica.

—Entré a sus aposentos por la ventana.

—En el tercer piso —juzgó ceñuda. Incluso ella, siendo un año y medio menor, se comportaba más responsablemente que Leone, segunda hija del archiduque de Cartalia y la anterior duquesa de Montefiore.

—¿En serio no te imaginas el motivo del porqué Helena te odia tanto?

Leone negó, moviendo su cabeza de un lado a otro con los ojos desinteresados.

—Te tiene miedo.

—¿Por qué alguien que lo tiene todo temería de alguien que no tiene nada?

—Teme que algún día le quites su lugar.

—Me tiene “miedo” la mujer más bella del continente, la preciada hermana del rey, el modelo a seguir de todas las mujeres en Ílios, la princesa con el mayor número de propuestas de matrimonio en todo occidente —alzó la ceja viendo a Kyun con obviedad grosera—. ¿Debo continuar?

—Si Helena no te considerara una amenaza no habría hecho lo posible por aislarte de la alta sociedad en múltiples ocasiones.

—Quieres un aumento por halagarme ¿verdad?

—Deja de bromear, el aumento me lo gané desde que decidí abandonar Ílios para venir contigo a Lunhae; sin mí no sobrevivirías.

—¿En serio crees eso? —preguntó Leone en idioma Lunhae claro y preciso.

—Entonces sí puedes recordar.

—Claro, que esté obligada a irme de mi casa a vivir quién sabe qué clase de penurias a un reino que odia el mío no era impedimento para aprender un nuevo idioma.

—Aunque durante mis lecciones no recordabas nada.

Leone parpadeó exhalando. El idioma lo aprendió de su tía Suhee cuando era una niña como parte de su programa académico, pero, en un intento por frenar ser enviada a Lunhae negó plenamente conocimiento alguno sobre el idioma.

Se recostó en el borde de la ventanilla y miró hacia el horizonte, a lo lejos las montañas de Cartalia iniciaban a desvanecerse, y en el horizonte se mostraba magnífica la enorme cordillera de Eco. Casi llegaban a la frontera; luego de atravesarla, las oportunidades de alejarse de ese desafortunado destino serían todavía menos.


Un par de horas después, el carruaje se detuvo en el enorme campamento del ejército Ílios, sitio que se había convertido en la residencia del archiduque de Cartalia desde hacía casi una década.

Uno de los guardias tocó la puerta del carruaje para informarles que era seguro bajar; Leone se negó tajante. Momentos después, la puerta fue tocada nuevamente para informar sobre la presencia del archiduque; fue entonces que vislumbró el rostro de su padre luego de meses sin saber casi nada de él.

—Leone, Kyun, es un gusto verlas nuevamente.

Leone se mantuvo en silencio mientras detenía su abanico e iniciaba a juguetear con sus guantes.

—Kyun, ¿podrías dejarnos solos por un momento?

—Por supuesto, su excelencia.

Kyun abandonó el carruaje y el archiduque se sentó en el sitio que esta ocupaba anteriormente. Un silencio incómodo se instaló en el claustrofóbico espacio del vehículo. La cercanía entre ambos era extraña, anómala.

Leone estaba a punto de salir del carruaje cuando su padre habló:

—Sé que me odias —sus ojos verdes denotaban languidez—. No te pediré que me perdones, pero debes saber que yo tampoco deseo que te vayas y que pagues por los pecados de otras personas.

El silencio seguía presente en Leone.

—El deber me obligó a hacerlo.

El silencio antes incómodo se volvió tenso, como mineral cortado con una espada de papel.

—Sé que todo es por deber —dijo al fin—, pero esperé... No, pensé que talvez en esta ocasión las cosas serían diferentes —decepción, ese era el único sentimiento que Leone podía expresar hacia su padre.

«Ni siquiera intentó evitarlo» escuchó decir entre lágrimas a su madre enferma mientras conversaba con su tía Suhee días antes de que le fuese ordenado que debía partir. Que no hubiese tratado de hacer lo más mínimo por ella se sentía igual a caminar descalza en una hoguera de piedras hirviendo.

—Si estás aquí ahora es porque Dios y el rey así lo han decidido —dijo con voz ambigua, casi raspada y sin emoción alguna.

Dirigió su vista hacia su hija buscando alguna emoción en ella, pero insólitamente, Leone solo sonrió tenue, aceptando que entre ella y su padre, no había nada qué conversar.

Con esas palabras el archiduque salió del carruaje, sin una disculpa, sin insistir y sin despedirse.

«Ni siquiera intentó evitarlo».

Le rasgaba la espalda la indiferencia que su propio padre mostraba ante su desgracia. Se sentía ahogada en lodo mientras trataba de respirar con el nudo en su garganta.

Kyun entró en el carruaje nuevamente y observó cómo los ojos de Leone se habían cristalizado, sin embargo, ni una sola lágrima fue derramada, no cuando el archiduque todavía estaba cerca.

El carruaje siguió su marcha y, unos momentos después, se encontraron atravesando la enorme ruptura de Eco. Desde arriba seguramente se veía como un abismo, y es que lo era, un abismo de amargura, plagado de la asquerosa y tenebrosa matanza de doscientos años.

Leone ni siquiera podía observar por la ventana, le asqueaba esa maldita historia; las consecuencias habían llegado hasta ella doscientos años después.

Mientras más avanzaban, el sofoque llegó a su cuerpo. A sus sentidos no llegaban la luz ni el oxígeno; su agonía estaba dando un sonoro prólogo a su muerte, una que ni siquiera había podido elegir.