Lamento
Por fin había llegado. Lo estuvo buscando por tantos años que ya se sentía derrotado. Los intentos fallidos la habían dejado como un tonto.
El lugar era perfecto: un pueblo alejado de la ciudad, donde había conseguido una mansión al borde de un precipicio. Todo era perfecto. Ya no había nada que la detuviera, ni siquiera las cartas de su madre.
Eso se lamentaba. Lamentaba que la próxima noticia que recibiera su madre fuera su muerte. Que ninguno de sus escritos llegara a una editorial. Se lamentaba de no vivir un poco más.
Admitía, en el fondo, que deseaba vivir un poco más.
¿Pero qué sentido tenía? No podía más. No soportaba aquel dolor. Ese dolor profundo y vacío que la acompañaba siempre, sin dejarla dormir.
No podía cambiar su vida, así que se la quitaría.