Alas Rojas y Promesas de Luz - Parte Única -

El apartamento de Keigo tenía ese calor suave de los refugios verdaderos. No era grande, pero cada rincón estaba lleno de vida: fotos en las paredes que contaban historias de risas robadas, batallas superadas, y caricias susurradas en la penumbra. El televisor proyectaba una luz cálida que se reflejaba en los muebles, como si también quisiera abrazar.
Keigo Takami —Hawks—, de veintidós años, estaba sentado en el sofá con el cabello rubio alborotado y los ojos dorados llenos de un brillo que mezclaba el cansancio de la guerra con la dulzura de quien ha decidido amar sin reservas. Sus alas rojas, aunque majestuosas, reposaban ahora inertes. La gran batalla contra AFO lo había dejado sin quirk, y sin embargo, en aquel momento, había en su rostro más paz que tristeza.
A su lado, Hana Todoroki —una flor de invierno con el fuego del verano en la mirada—, de apenas dieciséis años, lo observaba con atención. Su cabello, dividido en rojo y blanco, caía como cascadas de luz sobre sus hombros. Había madurado demasiado pronto, pero no por elección. Las marcas que la vida le había dejado en el alma no se veían a simple vista... salvo en sus ojos: frágiles y fuertes, como una promesa.
El silencio fue roto por un cambio imperceptible en la respiración de Keigo. Un suspiro más profundo. Una tensión nueva en sus músculos. Y una chispa incontrolable en sus ojos.
—Keigo... —susurró Hana, acercándose lentamente—. ¿Estás bien?
Él cerró los ojos con pesar. Su voz, grave y ronca, cargaba una verdad incómoda.
—Hana, es... el celo. Me está afectando más de lo que pensaba.
Ella no retrocedió. Al contrario, se sentó más cerca, tomándole la mano con cuidado.
—Sé que esto es complicado. Yo soy joven. Tú llevas el peso del mundo en los hombros. Lo nuestro es... delicado. Pero hay algo que debes saber.
Él la miró, los ojos llenos de respeto. Era evidente que no deseaba arrastrarla a algo que no pudiera controlar.
—Mi quirk —continuó Hana con voz serena— me impide quedar embarazada. Me lo han dicho los médicos desde pequeña. Si eso puede tranquilizarte... quiero que lo sepas.
Keigo bajó la mirada por un instante, como si se le aligerara el pecho. La acarició con ternura, con una reverencia silenciosa a la confianza que ella le ofrecía.
—Hana... gracias. Confiar en mí así... significa mucho.
Ella asintió, con una sonrisa que contenía decisión, miedo y amor.
—No quiero que esto nos detenga. Quiero vivir este momento contigo. Antes de que el mundo vuelva a reclamarte.
Y Keigo, en ese instante, volvió a verla como la guerrera que era. No solo una adolescente. Una sobreviviente. Una compañera.
—Entonces, florecita —susurró—, dejemos que esta noche sea solo nuestra.
La noche los envolvió con el aroma de las promesas. El roce de sus cuerpos no fue urgente, sino profundo. Las caricias no hablaban de deseo, sino de redención. Se exploraron con cuidado, como si cada parte del otro mereciera ser descubierta con devoción.
—Eres mi flor más preciosa —susurró Keigo mientras la besaba—. Y esta noche... te prometo que nada nos separará.
Ella cerró los ojos, dejando que sus palabras se grabaran en su piel.
—Y yo seré tu refugio, tu fuerza... siempre.
Después de la guerra, Keigo se había convertido en una sombra de su antiguo yo. Las alas que una vez surcaron los cielos ahora eran solo un recuerdo. Mientras el mundo sanaba, la vida siempre impredecible, aún tenía más para ofrecerles.
La habitación olía a desinfectante y silencio. Hana, sentada en la camilla con las manos temblorosas sobre su regazo, intentaba ordenar sus pensamientos. Todo su cuerpo sentía aún el eco de la última batalla, el peso de las decisiones, las pérdidas... y ahora esto.
El médico, de mediana edad y rostro serio pero compasivo, miró el expediente antes de hablar. Su voz fue pausada, buscando no romper del todo la estabilidad emocional de la joven.
—Señorita Todoroki, ¿sabe que puso en riesgo su vida... y la de su bebé al proteger a un héroe sin pensar en las consecuencias?
Hana alzó la mirada, desorientada, los ojos azules empañados de confusión y cansancio.
—¿Qué... bebé? Eso no puede ser —susurró, casi sin aire—. Me dijeron... toda la vida me dijeron que mi quirk hacía imposible... —Su voz se quebró como un cristal golpeado.
El médico se acercó con delicadeza, sosteniendo la carpeta en sus manos.
—Lo sé. Entiendo lo que le dijeron. Pero los resultados son claros, señorita Todoroki. Está de diez semanas. Al parecer, su cuerpo respondió de forma impredecible, quizá por el estrés extremo al que fue sometido durante la guerra contra All For One.
Hana negó con la cabeza, sin poder hablar por unos segundos. Se sentía desbordada. El eco de las explosiones, los gritos, el olor a ceniza y sangre, las noches sin dormir, protegiendo a Keigo... protegiéndose a sí misma... Todo regresó como una avalancha.
—Yo... —jadeó—. No entiendo cómo pasó. Durante la batalla, cuando Keigo cayó, mi quirk... se desató. Era como si no me perteneciera, como si algo más dentro de mí... —tragó saliva con dificultad—... como si algo me empujara a protegerlo a toda costa.
El médico asintió, serio.
—A veces, los cuerpos cambian en momentos de trauma extremo. El estrés, las hormonas, incluso el estado emocional pueden alterar temporalmente la expresión genética de un quirk. Es raro, pero no imposible. Tal vez... ese deseo desesperado de salvar a alguien a quien ama activó algo que no comprendemos del todo.
Hana presionó una mano sobre su vientre, aún sin poder aceptar del todo la noticia. Sus labios temblaban.
—¿Entonces... el bebé...? ¿Está bien?
El médico sonrió suavemente, con un brillo de humanidad en los ojos.
—Está fuerte. Sorprendentemente fuerte. Como usted, señorita Todoroki. Ha sobrevivido al caos... como su madre.
Por primera vez desde la batalla, Hana lloró. No por dolor, no por miedo... sino por algo más grande. Algo nuevo. Algo que palpitaba con vida dentro de ella.
—Gracias... —murmuró con voz temblorosa, mientras las lágrimas rodaban—. No sé cómo, ni por qué... pero lo protegeré. A él. A Keigo. A esta pequeña vida que... que creí imposible.
Con las manos temblorosas, Hana acarició su vientre. Aún no comprendía, pero algo dentro de ella comenzó a despertar.
Cuando entró en la habitación donde Keigo la esperaba, él la recibió con una sonrisa triste, cargada de dolor y ternura.
—Hola, mi rugiente flor... ya no podré llevarte volando a tus lugares favoritos.
Ella se sentó a su lado, tomó su mano, y la llevó a su vientre.
—Ya no importa volar, Keigo. Lo que importa es esto. Lo que somos ahora. Perdóname por no habértelo dicho antes... pero yo tampoco lo sabía.
Keigo la abrazó, como si con su calor pudiera protegerla del caos.
—No tienes que disculparte. Estaremos bien. Los tres.
Hana rompió a llorar.
—Tengo miedo. Miedo de no poder... de fallar como madre.
—Lo harás bien. Porque te importa. Porque luchas. Y porque no estás sola.
El pasillo del hospital parecía respirar con una tensión insoportable. Cada paso retumbaba como un golpe seco contra las paredes, mientras la luz blanca e impersonal revelaba las sombras que anidaban en los rostros de los presentes. La atmósfera estaba cargada de un silencio quebradizo, el tipo de silencio que se quiebra con el más leve susurro o la palabra más hiriente. Los Todoroki y Keigo se miraban con una mezcla de rabia, miedo y dolor, atrapados en una tormenta que ninguno sabía cómo calmar.
Hana, pálida pero con una fuerza inesperada, se levantó con dificultad de la silla en la que había estado recluida. Se apoyó en Keigo, que la sostuvo con delicadeza, como si temiera que cualquier movimiento brusco la rompiera. Con la voz firme, aunque cargada de un miedo que trataba de esconder, pronunció la verdad que lo había cambiado todo.
—Estoy embarazada.
El eco de esas palabras se coló por todo el pasillo, dejando un silencio sepulcral. Enji reaccionó como un volcán que despierta: sus ojos se encendieron, su mandíbula se tensó hasta dolerle y su respiración se volvió errática.
—¿¡Embarazada!? —gritó, su voz quebrando el aire—. ¿Cómo has podido ser tan irresponsable a tus dieciséis años? ¿No entiendes que esto no es un juego, Hana?
Se giró con furia hacia Keigo, clavando en él una mirada que era puro fuego.
—Y tú… —escupió la palabra con desprecio—, ¿qué clase de hombre eres para permitir esto? ¡Aléjate de mi hija!
El peso de sus palabras cayó como un martillo. Enji, con las manos temblorosas, agarró los reposabrazos de la silla mientras luchaba contra un torrente de emociones que no podía controlar. Su orgullo y su dolor se entrelazaban en una batalla interna.
—Esto es un desastre. Una vergüenza para esta familia. No voy a consentirlo.
Rei, desde la distancia, dio un paso adelante con un esfuerzo visible, buscando calmar el incendio que se extendía sin control.
—Enji, por favor, cálmate —pidió con voz suave pero firme—. No vas a arreglar nada con rabia. Hana está sufriendo... y el bebé también.
Pero él no escuchó. Su mirada se clavó en ella con una mezcla de desafío y desesperación.
—¿Sufriendo? —repetía, alzando la voz—. ¿Tú crees que yo no sufro? Toya está muriendo poco a poco… y ahora esto. Un bebé a los dieciséis años. Es demasiado.
Rei tragó saliva, manteniendo la compostura a pesar de la tormenta que la azotaba por dentro. Su mente no podía olvidar el caos reciente, la lucha para detener a Toya, las heridas físicas y emocionales que aún sangraban en todos ellos.
—No es momento para reproches —insistió—. Hana necesita que estemos unidos, que nos apoyemos, no que nos enfrentemos.
Hana, que hasta entonces había permanecido en silencio, finalmente habló. Su voz era un grito contenido, una mezcla de dolor y rabia acumulados durante años.
—¿Una niña? —comenzó, con los ojos brillando de lágrimas contenidas—. Dejé de serlo cuando nos entrenaste a Shoto y a mí como si fuésemos máquinas, sin infancia, sin descanso. Cuando mamá acabó en el hospital psiquiátrico por tu culpa.
Una lágrima resbaló por su mejilla, pero su voz no se quebró.
—¿Recuerdas aquella montaña? La noche que Toya te pidió que fueras a verlo… y terminó en un incendio que se lo llevó. Y tú no hiciste nada para evitarlo. Él también era mi hermano. Se convirtió en lo que fue porque tú fallaste.
El dolor le atravesó el pecho como una daga, pero no cedió. Keigo la sostuvo con cuidado, intentando darle fuerza.
—¡Hana! Por favor, cálmate. Estás haciendo daño al bebé —rogó con voz suave.
Pero ella apartó su mano con firmeza y encaró a su padre con unos ojos llenos de fuego.
—Papá, no voy a dejar que sigas haciéndome daño. Vivo con Keigo desde que supe que estoy embarazada. Si quieres conocer a este bebé, tendrás que ganarte mi confianza, la de mis hermanos y la suya. Hasta entonces, ni se te ocurra acercarte.
Natsuo y Shoto dieron un paso adelante, la tensión en el aire alcanzando un punto crítico. Sus miradas eran cuchillas.
—Si de verdad quieres estar con mi hermana, más te vale demostrarlo —advirtió Shoto con voz grave—. No permitiremos que le hagan daño a ella ni al bebé.
Natsuo frunció el ceño, la voz dura y sin vacilar.
—Te vigilamos, Keigo. Un solo error y no habrá segunda oportunidad.
Antes de que la situación se desbordara, Rei y Fuyumi intervinieron al unísono, sus voces firmes pero cargadas de la autoridad que solo da el amor y la experiencia.
—¡Shoto, Natsuo! —les cortó Rei—. No es momento para amenazas ni enfrentamientos. Somos familia, y más que nunca debemos apoyarnos. Keigo forma parte de esta familia, y necesitamos sanar juntos, no abrir más heridas.
Fuyumi añadió con suavidad, pero sin dejar lugar a dudas.
—Las palabras duras solo alejan. Si queréis ayudar, hacedlo con apoyo, no con amenazas.
Los hermanos bajaron la mirada, conscientes de la verdad en aquellas palabras.
Enji, con la voz rota y las manos temblorosas, susurró con un arrepentimiento que dolía más que su enfado.
—Hana… déjame ayudarte hasta que nazca el bebé. Después, me iré de vuestras vidas, si eso queréis.
Su mirada reflejaba toda la culpa que había acumulado.
Hana, exhausta, se dejó cargar por Keigo, negando con la cabeza.
—Haz lo que quieras. Pero no esperes perdón. Aún no.
Rei se acercó a Enji, con voz tranquila pero firme.
—Mira lo que tu ira ha conseguido. Al menos nuestros hijos están intentando asimilarlo y ayudar.
Fuyumi, Natsuo y Shoto asintieron, aunque los dos últimos no podían ocultar el rencor que sentían.
Shoto añadió con voz grave:
—Lo que le espera en la UA… ya aviso a los demás.
Se alejó junto a sus hermanos, dejando a Rei y Enji solos en aquel frío pasillo. Rei suspiró, mirando a su esposo con tristeza infinita.
—Hana es fuerte, pero todos están heridos. Necesitan tiempo para sanar.
Enji, mirando hacia la puerta por donde se había marchado su hija y el resto, murmuró con amargura.
—Me lo merezco…

El silencio volvió a caer en el pasillo, pero la tensión permanecía, como un filo invisible, recordándoles que las heridas de esta familia apenas comenzaban a cerrar, y que la sombra de Toya / Dabi seguía acechando en sus corazones.
La noticia corrió como un reguero de pólvora por toda la UA. En los pasillos, en las aulas, en los rincones donde se juntaban grupos de estudiantes, no se hablaba de otra cosa. Miradas curiosas, susurros cargados de emoción y un poco de juicio se entremezclaban con sonrisas cómplices y palabras llenas de cariño. Porque, aunque algunos se sorprendían, todos querían que a Hana le fuera bien.
—¡Hana! —exclamó Ochaco con una sonrisa que iluminaba su cara—. Vas a ser increíble, ya lo verás. No tienes nada que temer.
Mina, que no podía contener su entusiasmo, saltó casi de la emoción.
—¡Un bebé Todoroki-Hawks! ¡Eso va a ser la bomba! Ya me imagino las historias que contaremos cuando crezca.
Izuku, siempre más prudente y reflexivo, se acercó con cuidado, mirándola a los ojos para asegurarse de que estaba bien.
—Si él te hace feliz, Hana, eso es lo único que importa —dijo con suavidad—. No dejes que nada ni nadie te quite esa sonrisa.
Katsuki bufó, como era habitual, pero había un matiz diferente en su voz, menos áspero, más preocupado.
—Solo cuídalo. Y cuídate a ti también. No quiero que te pase nada.
Shoto llegó con paso firme, pero se notaba en su expresión que el tema le removía por dentro. Su voz era seria, con un toque de incertidumbre.
—Confío en ti, Hana. Y en él… por ahora —añadió, dejando claro que seguía con la guardia puesta, pero sin perder la esperanza.
Keigo, con la determinación marcada en el rostro, se plantó firme frente a todos.
—Haré todo lo que esté en mi mano para protegerlos —dijo con sinceridad, dejando claro que no iba a fallarles.
Una tarde de sol cálido y tranquilo, en el pequeño departamento que ahora compartían, Keigo había preparado algo especial para Hana. Tenma dormía plácidamente en su cuna, envuelto en una manta suave, y la luz dorada que entraba por la ventana pintaba de magia cada rincón.
Keigo, nervioso pero con el corazón lleno de esperanza, se arrodilló frente a ella, abriendo una caja de terciopelo rojo que contenía un anillo sencillo pero hermoso.
Hana lo miró sorprendida, con los ojos brillantes, un poco incrédula y a la vez llena de emoción.
—Hana Todoroki —comenzó Keigo, con la voz temblorosa pero firme—, desde el día en que te conocí supe que quería protegerte, amarte y caminar a tu lado para siempre. Ahora que tenemos a Tenma, sé que quiero construir un futuro contigo. ¿Quieres casarte conmigo?
Las lágrimas comenzaron a deslizarse lentamente por las mejillas de Hana. Su voz, dulce y entrecortada, respondió:
—Sí, Keigo... quiero pasar mi vida contigo.
El anillo encontró su lugar en el dedo anular de Hana y, en ese instante, se abrazaron fuerte, sellando una promesa con un beso que contenía todo el amor y la esperanza del mundo.

Ocho años después, el sol acariciaba suavemente el cielo despejado y una brisa fresca jugaba con las hojas de los árboles en el parque. Las risas de los niños se mezclaban con la calma del día, creando una atmósfera llena de vida.
Tenma corría adelante, sus pequeñas alas blancas y rojas batiendo con entusiasmo, una mezcla perfecta de la fuerza y ternura de sus padres. Hana lo observaba desde atrás, su sonrisa cálida iluminando todo a su alrededor. Lo levantó en brazos con cuidado, sus ojos bicolor —dorados y azules— reflejaban la esperanza que sentía en su pecho.
Las marcas en el rostro de Tenma, heredadas de Keigo, le daban un aire único, un símbolo vivo de la unión y el amor que lo había traído al mundo.
—Tenma, cielo —dijo Hana suavemente, acariciando su cabello bicolor—, el tío Izuku no se va a mover de ahí. Siempre está listo para contarte historias increíbles.
Keigo sonrió, apoyando una mano en el hombro de Hana mientras sus dedos rozaban el anillo que aún brillaba en su mano.
—Tu madre tiene razón, campeón —dijo con voz firme y cálida—. Y después de eso, vamos a ver a alguien muy especial.
Con los ojos brillantes de emoción, Tenma saltó en los brazos de Hana, su risa contagiosa llenando el aire.
—¡Vamos a ver al abuelo Enji! ¡Y a los tíos! ¡Vamos, rápido! —exclamó, impaciente por continuar la aventura.
Hana y Keigo intercambiaron una mirada cómplice, sintiendo cómo la felicidad de su hijo les colmaba el alma. Caminaban hacia el parque, cada paso lleno de promesas y recuerdos, el testimonio de una familia que había superado tempestades y ahora florecía en paz y amor.
Mientras avanzaban, Hana susurró con una sonrisa leve:
—Nunca imaginé que llegaríamos aquí, pero aquí estamos. Juntos. Fuertes.
Keigo apretó su mano con ternura y le respondió:
—Esto es solo el principio, florecita. Nuestro futuro es tan brillante como los ojos de Tenma.
En el parque, Izuku Midoriya, conocido cariñosamente como “tío Deku”, esperaba con una sonrisa abierta. Tenma no pudo contener la emoción y corrió hacia él.
—¡Tío Deku! ¿Me enseñas a correr rápido? —preguntó, sus ojos iluminados por la ilusión.
Izuku se rió con suavidad, aceptando sin dudar.
Mientras los dos jugaban y corrían, Keigo susurró a Hana:
—Mira cómo se conecta con Tenma. Es un maestro paciente y lleno de cariño.
Hana asintió, emocionada y agradecida de que su hijo creciera rodeado de tanto amor.
El sol comenzó a descender, tiñendo el cielo con tonos rosados y dorados, envolviendo el parque en una luz cálida y suave. La familia se reunió cerca de Izuku, compartiendo momentos de paz y alegría.
—Gracias por venir, Izuku. Siempre es un placer verte —dijo Hana con sinceridad, su voz cargada de gratitud.
Con un último adiós, se dirigieron hacia la casa de Enji Todoroki.

La atmósfera en la casa Todoroki era tranquila, aunque bajo la calma se sentían corrientes de emociones contenidas, recuerdos y esperanzas entrelazados en cada mirada. Tenma jugaba feliz con Shoto y Natsuo, y su risa llenaba el ambiente, aliviando momentáneamente las tensiones.
Hana observaba a su hijo, sintiendo que esas visitas eran el puente necesario para sanar viejas heridas y construir nuevas memorias.
Enji se acercó lentamente en su silla de ruedas hacia Hana, que lo esperaba sentada en el sofá, con una mezcla de amor y cautela en la mirada.
—Hana... —su voz era baja y cargada de sinceridad—. Gracias por dejarme ser parte de la vida de Tenma. Sé que no he sido el padre que merecías, pero quiero ser un buen abuelo para él, alguien en quien pueda confiar.
Hana lo miró, evaluando cada palabra con el corazón en vilo.
—Eso depende de ti, papá —respondió con firmeza y ternura—. Las palabras son fáciles, lo que importa son las acciones. Si quieres estar en la vida de Tenma, tendrás que demostrarlo cada día, no solo cuando te convenga.
Enji asintió, consciente de que la confianza se construye poco a poco. Keigo se acercó, puso una mano cálida en el hombro de Hana y dijo:
—Vamos, florecita. Tenma ya está cansado después de tanto correr. Es hora de irnos para que descanse.
Hana sonrió, agradecida por el apoyo silencioso que Keigo le brindaba. Mientras se levantaban, Rei apareció con una sonrisa serena.
—Me alegra verlos así —comentó—. La familia siempre encuentra la forma de sanar, aunque tome tiempo.
Antes de salir, Hana se volvió hacia ellos, con una mezcla de nostalgia y esperanza.
—Gracias por recibirnos —dijo—. Esto es solo el comienzo. Quiero que aprendamos a apoyarnos, por Tenma y por nosotros.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, sembrando una semilla de reconciliación, frágil pero llena de vida.

La noche cubría la ciudad con su manto estrellado. En el balcón de su departamento, Hana y Keigo estaban envueltos en una manta, compartiendo el silencio cálido del momento.
Keigo tomó la mano de Hana con ternura, sus dedos entrelazados en un gesto que no necesitaba palabras.
—¿Sabes? —dijo con una sonrisa suave—. Cuando te conocí, nunca imaginé que construiríamos una familia así. Pero ahora, aquí estamos, y no quiero que nada nos separe.
Hana apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos por un instante.
—Yo tampoco lo esperaba. Ha sido duro, pero contigo todo es posible.
Él giró para mirarla, sus ojos iluminados por la luna.
—Prometo ser tu refugio, tu apoyo... y el padre que nuestro hijo merece. Pase lo que pase, estaremos juntos.
Ella sonrió, sintiendo una mezcla de fuerza y paz.
—Y yo prometo amarte, luchar y proteger a esta familia. Porque contigo, Keigo, soy invencible.
Se acercaron en un beso suave, cargado de significado, un pacto silencioso de amor y esperanza.
La ciudad dormía, testigo de una promesa más fuerte que cualquier tormenta. Allí, en la calma de la noche, la familia Todoroki-Takami descansaba, lista para volar siempre con sus alas rojas y promesas de luz.

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Hasta nuevo aviso serán OneShots o partes únicas debido que al estar preparando oposiciones y apenas tengo tiempo y aunque lo tenga organizado aún así el tiempo que tengo es limitado