Living in the Background | Steddie

Summary

Lo que comienza con confusión e incredulidad se convierte en una creciente curiosidad para Eddie, especialmente cuando Steve le pide ser su compañero de clase. Detrás de la fachada del (¿ex?) "Rey de Hawkins", Eddie comienza a vislumbrar a alguien más complejo.

Genre
Romance
Author
zess
Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Bueno, voy a romper todas las reglas

Eddie Munson

Durante los pocos años que había vivido en Hawkins, nunca le sucedió nada extraordinario o fuera de lo común. De hecho, Eddie estaba convencido de que su vida era lo suficientemente normal para alguien como él. Incluso su pequeño negocio era, a su manera, algo habitual para alguien en su situación —estereotipos, suposiciones, unas que otras generalizaciones, blah blah blah—, y aunque no era algo de lo que se sintiera orgulloso, el dinero siempre venía bien.

Sí, tal vez su niñez no fue exactamente lo que todo niño soñaba.

¿Una madre con falla hepática y un padre que era todo menos decente? Muy divertido.

Entonces, cuando las cosas se pusieron realmente malas, fue Wayne Munson quien llegó para rescatar a su pobre yo de once años; lo acogió en su casa a pesar de que no tenía por qué hacerlo, le brindó alimentos y se encargó de enviarlo a la escuela; por ello Eddie era capaz de afirmar con toda certeza que su vida era tan normal como él mismo y su situación le permitían serlo.

Y podía acudir a Corroded Coffin y a Hellfire cuando quería olvidarse del mundo que lo rodeaba y ser él más que nunca.

¿Pero esto? ¿Qué era? ¿En qué parte de su agenda de cosas de Eddie Munson esto tenía sentido?

Simplemente no era normal.

Lo que sus cínicos ojos contemplaban tenía que ser una mentira. Quizás era un sueño, sí, por supuesto, tenía que ser un sueño. Uno de esos en los que de repente estás desnudo frente a miles de personas, pero eso era imposible porque esa mañana había despertado con un dolor punzante en la punta de sus dedos —resultado de la ardua práctica con su amada guitarra— y el dolor seguía ahí, como un recuerdo latente de que no estaba soñando y lo que veía ahí no era una ilusión ni nada parecido.

Recapitulando.

Eddie salió de la escuela temprano, hizo un par de ventas con algunos deportistas abusivos y fue directo al parque de casas rodantes, fumó un cigarrillo durante el camino en compañía del álbum más reciente de W.A.S.P y pensó en nuevas ideas para la campaña en la que estaba trabajando.

Era un día más en su rutina, lo que en teoría era normal en la vida de Eddie Munson.

Pero cuando se estacionó y su carcacha dejó de hacer ese sonido monstruoso y viejo, se extrañó al percatarse de un BMW que se dejaba ver justo frente a su remolque, muy costoso como para pertenecer a alguien en ese lugar.

Empezó a tener menos sentido cuando se dio cuenta que, en definitiva, conocía ese auto, y lo que era peor, conocía a quién le pertenecía.

Mientras avanzaba, su cuerpo comenzó a temblar, y fue en ese momento cuando notó la camioneta de Wayne. Tenía el capó abierto y alguien trabajaba en ella. Entonces, lo vio claramente: el cabello esponjoso que conocía tan bien. Eddie se detuvo en seco al reconocer el rostro de Steve Harrington, perlado de sudor, vistiendo ese ridículo —aunque encantador— suéter de niño bueno.

Y en medio de esa enorme confusión, no notó cuando Steve se sobresaltó por el susto y sus grandes ojos avellana se posaron en él con un asombro que resultaba inesperado.

—Munson —escuchó el tono suave y lleno de sorpresa en su voz—. ¿Qué haces aquí?

¿Pero qué diablos?

¡Esa debería ser su línea!

—Yo vivo aquí —murmuró, aún en estado de shock.

Ni siquiera dejó que el pecoso Steve Harrington dijera algo de nuevo porque salió corriendo hacia el remolque.

El escándalo que hizo al abrir la puerta y sus fuertes pisadas por el lugar fueron lo justo y necesario para que Wayne Munson quitara la mirada del periódico que leía con tanto interés, y antes de que pronunciara cualquier cosa, Eddie lo interrumpió.

—¿Qué hace Steve Harrington aquí?

Fue lo primero que preguntó a su tío después de luchar contra la conmoción inicial porque no podía ser real lo que había visto, ¡y no fumó ni un poquito de hierba esa tarde!

Steve Harrington. En Forest Hills. En el remolque de los Munson.

—Hola a ti también muchacho.

Eddie tomó una respiración larga y no se inmutó por el sarcasmo que le daba la bienvenida.

Wayne dobló el periódico y se cruzó de brazos.

—Está reparando mi camioneta.

—¿Está haciendo qué cosa?

¿Escuchó bien? ¿Dijo que Steve Harrington estaba arreglando su camioneta?

, Eddie continuará diciendo su nombre completo como si estuviera pronunciando La Gran Muralla China porque seguía escéptico ante la situación.

—La camioneta dejó de funcionar a unos metros del parque, él estaba pasando y ofreció darme una mano —explicó sin muchos detalles—, es un muchacho amable.

Lo que le faltaba, la cereza del pastel.

—¿Se conocen? ¿Son amigos de la escuela? —preguntó.

No, esa era la verdadera cereza del pastel.

Un par de golpecitos se escucharon en la puerta y una sonrisa incómoda y tímida se pintó en el rostro de Steve cuando los miró.

Harrington. Steeeve Harrington.

Eddie se alejó como si hubiera visto a un fantasma en cuanto lo vio entrar al reducido espacio.

—Uhm, perdón por interrumpir, pero… —su timidez era evidente—. Señor Munson, ya terminé de revisar su camioneta.

Eddie aún no quitaba su mirada de él y quizás fue demasiado porque la postura de Steve (Harrington) empezó a verse rígida y más incómoda que al principio, pero perdónenlo, era tan irreal que, si realmente tuviera el permiso, se acercaría para tocarlo y ver si no se desvanecía como el humo.

—Cuéntame muchacho, ¿qué fue lo que encontraste? —preguntó.

Harrington miró a Eddie por un pequeño segundo antes de dirigir su atención a Wayne.

—Uh, sí, el alternador... hay que revisar las piezas por separado para limpiarlas —explicó con lentitud—. La suciedad puede causar que haya un corte en el suministro de electricidad, lo noté porque el motor perdía potencia cuando lo encendí nuevamente.

—¿Debo llevarlo al mecánico?

Él asintió con una sonrisa de labios cerrados—. Debe llevarlo al mecánico.

Wayne le dio una sonrisa satisfecha.

—Eddie —dijo mientras se paraba y lo veía con ese cansancio digno de un trabajo de turnos larguísimos.

—¿Mmh? —sacó de su boca el mechón de cabello que había llevado ahí sin darse cuenta, una costumbre que hacía al estar concentrado en algo... o en alguien.

No puede ser, estaba idiotizado.

—Llévala con Berny —le pidió—, él seguramente sabrá qué hacer.

No era que Eddie sintiera algún tipo de rechazo hacia Steve Harrington, jamás se dirigieron la palabra realmente. Y tenía muy claro —porque era testigo principal de los hechos— que no estaba rodeado de buenas personas, actuaba como un patán por la monstruosa influencia que tenía Tommy Hagan sobre él, aunque ahora no los ha visto merodeando como un par de tontos aparentando ser los dueños del lugar.

Y si reflexionaba más sobre todo esto, recordaba haberlo visto almorzando solo en la cafetería, solo en clase sin nadie a su alrededor, solo en los pasillos y solo de camino a casa.

Tan solo.

Sí, el Rey Steve no era el favorito en las encuestas estos días.

Pero tenía la ligera sospecha del por qué, y sin embargo... seguía teniendo sus reservas para con él.

—No sabía que vivías aquí —escuchó su voz seguirlo al salir del remolque.

Llevaría la camioneta con Berny como su tío le pidió, era el mecánico de confianza y un buen amigo de Wayne.

—Sí, bueno.. .—se giró hacia ese rostro perfecto y se encogió de hombros—. ¿Cómo podrías saberlo si no somos amigos?

Eso pareció incomodar a Steve porque desvió la mirada y retrocedió un par de pasos, Eddie arrugó la frente ante la reacción, sintiendo que no le gustaba para nada lo que vio.

Y tal vez —sin el tal vez— en el fondo se sintió como un idiota.

—Uhm, sí, tienes razón —fue su escueta respuesta.

Qué imbécil.

¡Él sólo estaba siendo amable!

El verdadero misterio aquí era por qué de pronto se sentía como la mierda al ver ese rostro lleno de tristeza.

¿Amable? ¿Por qué estaba siendo amable?

Eddie tragó duro tratando de formar palabras.

—¿Y tú qué? —preguntó, buscando de nuevo su mirada.

—¿Yo?

Eddie sonrió ante el —bonito— desconcierto en su rostro.

Era inevitable.

—Sí, tú, Harrington —había un tono burlón ahí, también inevitable—. ¿Qué haces tú en un lugar como este?

Remarcó «tú» y «este» más de lo que pretendía.

Steve miró hacia a todos lados menos a sus ojos, como si estuviera temeroso de confesar algo, pero luego esa duda pareció esfumarse cuando suspiró casi con reproche.

—Traje a Max de la escuela —dijo, señalando con la cabeza el remolque de enfrente.

—¿Qué? —era una reacción completamente válida, pero Eddie prefirió molestarlo un poco—. ¿El rey Steve se ha convertido en niñera, eh?

Eddie estaba listo para recibir algún comentario mordaz y uno que otro insulto, lo que no esperaba era esa reacción tan repentina en cuanto lo escuchó reír.

Increíble.

Poniendo los ojos en blanco, Steve Harrington dejó caer el peso de su cuerpo en una sola pierna y colocó cómodamente las manos en su cadera mientras resoplaba a través de una sonrisa nerviosa.

Era tan natural que por un momento se cuestionó si realmente Harrington estaba ahí parado frente a él.

—Lo sabrías —murmuró—, si fuéramos amigos.

Touché.

Eddie llevó una mano a su corazón y la fingida tristeza recorrió su rostro.

Ouch, ya entendí, me lo merezco.

Steve sonrió.

Oh.

Ni en sus más locos sueños imaginó que las estupideces que salían de su boca fueran la causa de esa sonrisa, no una vez, sino dos veces.

Y gracias a eso sus miradas volvieron a encontrarse, otra felicitación para él mismo. Aunque no duró mucho porque Steve se puso tímido otra vez, Eddie sonrió con extrañeza y mostró la palma de su mano, pidiendo algo.

Harrington observó el gesto con el ceño fruncido, confundido miró a Eddie nuevamente.

—Las llaves de Wayne —explicó rápido.

—Oh —murmuró buscando algo en los bolsillos de su pantalón—. Aquí tienes —las depositó sobre su palma.

Eddie jugó con ellas por un segundo pasándolas de una mano a la otra y miró a Steve un rato más, sin saber con exactitud por qué robaba tanto su atención.

—Gracias por ayudar a mi tío —dijo, y eso pareció sorprender a Steve—. Ya... me tengo que ir.

—Uh, sí, sí, yo también... Adiós, Munson—Steve lo miró unos segundos más y luego salió volando a su auto.

Eddie no pudo evitar mirar otra vez con extrañeza cómo la costosa máquina del niño lindo y popular —bueno, no tan popular ahora— se iba alejando de Forest Hills. Sacudió la cabeza y se obligó a sí mismo a no importarle por mucho que quisiera, después de todo, seguía siendo Steve Harrington y él no lo conocía, sobre todo porque esta era la parte normal en la vida de Eddie.

Cuando las personas ya no necesitaban de sus servicios la curiosidad era saciada, y cada encuentro terminaba con un “no le cuentes de esto a nadie” o “si dices algo de lo que pasó te mato”, y nunca más volvía a saber de esas personas, al menos que requirieran del servicio una vez más, claro está.

Aunque Steve Harrington no pronunció las palabras mágicas, Eddie estaba lo bastante cuerdo como para comprender que no tenía permitido acercarse a él en horario escolar. Así que iba a respetar esos deseos no pronunciados.

¡Y contra todo pronóstico!

Algo incluso más extraordinario ocurrió al día siguiente en la escuela. Eddie seguía una rutina muy específica cada día, por lo que nunca estaba a la espera de que algo emocionante le pasara, a excepción de tocar con su banda en bares de mala muerte y jugar a ser héroe en Calabozos y Dragones... y quizás ponerse en riesgo al ser atormentado por basquetbolistas rabiosos cuando se enfrentaba a ellos, o el asunto de las drogas.

¡Bueno, el punto!

El punto es que nunca tuvo que preocuparse por nada que no fuera su pequeño mundo. Y lo normal en Eddie’s Village era estar solo y hacer todo por su cuenta, porque era obvio que estas personas no querían juntarse con el friki de Eddie Munson.

—¿Puedo trabajar contigo?

Pero ahí estaba Steve Harrington, con esos ojitos color avellana tan suplicantes y temerosos del rechazo.

Lo que era súper gracioso para Eddie considerando que el rechazado por excelencia no era este lindo atleta.

—¿Qué? —fue lo único que pudo decir.

Otra reacción válida, claro, ¿por qué Steve (¡Harrington!) estaba pidiéndole que fueran compañeros de equipo?

Él rascó su cuello, incómodo.

—Pregunté si puedo hacer el trabajo contigo —repitió otra vez—, por favor—añadió, como el educado y obediente niño que era.

Increíble. Esta era la segunda vez que su mente exclamaba esa palabra para describir a Steve.

Estaba confundido, extrañado, perplejo, anonadado y todos los sinónimos que existían para este sentimiento en específico.

—Sólo si tú quieres —respondió, aún sin salir de su sorpresa.

Steve se sentó a su lado sin decir palabra, podía sentir que sus brazos se tocaban ligeramente y Eddie no sabía qué hacer: ¿debía alejarse más para no incomodarlo, o quedarse así, fingiendo que la situación no le ponía los pelos de punta?

Porque en serio, en serio, era imposible que Steve Harrington no se diera cuenta de las miradas poco sutiles que ambos estaban recibiendo por esa inocente y pequeña acción.

Y esto era enfermizo.

No por culpa de Steve, por supuesto.

Sino por lo ridículo que esto se sentía, era el drama adolescente que siempre estaba evitando día con día. Podía soportar las miradas de disgusto y los susurros maliciosos por el sólo hecho de ser él, después de todo, estaba acostumbrado. Sin embargo, con lo que no podía lidiar era con saber que todas esas miradas y susurros eran para hacer sentir mal a la persona que se sentaba a su lado.

Eddie no lo soportaba, sin importar quién fuera el receptor del acoso, él lo odiaba.

—Pensé que estarías con Carol y sus amigas —murmuró Eddie, tan suave que era imperceptible para cualquier oído entrometido.

Carol Perkins también estaba en el mismo curso, la pregunta era tan genuina y sin ninguna intención de sonar mezquina o burlona. No sólo porque Steve estaba a su lado ahora mismo, sino porque al menos durante el primer trimestre siempre eran Steve y Carol, o Steve y cualquier chica linda que entrara en los estándares de Su Majestad.

Nunca Steve y Eddie.

Él se quedó callado unos segundos, y Eddie decidió darle el tiempo que quisiera para responder.

El silencio sólo le confirmaba que ese declive en la popularidad del Rey Steve no era una simple mala racha, o alguna otra estupidez de adolescentes ricos.

El debate interno del castaño duró tanto como la intro de For Whom The Bell Tolls.

No estaba bien, incluso para alguien normal como Steve Harrington.

—Ya no somos amigos.

Dos minutos y seis segundos.

¿Qué hay sobre Hagan? ¿Tú y él tampoco son amigos ahora?

Eddie se preguntó si estaba cruzando la línea porque bueno, Steve y él sí que no eran amigos.

Negó un par de veces antes de contestar.

—Es un idiota.

Eddie asintió con vehemencia.

—En eso podemos estar de acuerdo los dos —hizo un pequeña pausa y continuó después—, pero lo siento por eso.

—¿Por qué? —el tono de Steve era curioso.

—Perdiste a alguien a quien considerabas un amigo —se encogió de hombros—. Es doloroso por muy idiota que sea.

Se giró a verlo después de un tiempo de mantener la mirada hacia adelante, apreciando su rostro tan de cerca que no podía creer que estaba ahí a su lado, sus lunares y pecas resaltan incluso más que la última vez que se vieron... o tal vez era la pequeña distancia que los separaba.

De repente Eddie quiso escabullirse para fumar un cigarrillo.

Steve también se volteó a verlo—. Está bien —sonrió a pesar de la tristeza con la que lo decía, pero él no pudo sostener su intensa mirada por mucho tiempo, el ahora impopular niño se giró demasiado pronto. Nervioso.

Necesitaba el maldito cigarrillo.

Eddie apretó los labios con la intención de esconder una sonrisa, no sabía por qué sonreía, pero a este punto ya nada tenía sentido. El pequeño ejercicio en clase no duró más de lo que se suponía, incluso tuvo el tiempo necesario para notar varias cosas.

A Steve le resultaba difícil concentrarse en la lectura. Pasó cinco minutos intentándolo —sí, incluso se tomó el tiempo de contar mientras lo observaba luchar en silencio—. Su frente se fruncía con frustración y entrecerraba los ojos, como si las palabras se le escaparan. En ocasiones se inclinaba más hacia adelante, intentando mejorar su enfoque, pero eso tampoco parecía funcionar. Finalmente, lo oyó suspirar agotado mientras se frotaba los ojos y cambiaba de postura una y otra vez, buscando una manera de concentrarse.

Era fácil notar si fruncía el ceño porque no entendía o porque tenía que volver a empezar el párrafo desde el comienzo, o cuando movía sus dedos al compás de un ritmo inexistente sobre el escritorio. O a veces cuando parecía que se quedaba estático y rígido, cuya razón podría haber sido porque Eddie no dejaba de verlo.

Eran muchas cosas.

Pero la parte que más le asustó fue darse cuenta de lo consciente que estaba de Steve Harrington.

Sin embargo, decidió no darle importancia a ese hecho y dejárselo al Eddie del futuro para que se preocupara más tarde.

—¿Por qué no me dejas eso? —preguntó Eddie, satisfecho de la vista que tenía frente a él.

Steve levantó la mirada de la hoja de trabajo que les había pasado el profesor.

—¿Hay algo que esté haciendo mal? —dijo desanimado.

—Lo estás haciendo muy bien —aseguró.

Y Steve pareció inquieto ante su respuesta.

Ese tipo de inquietud que obligó a Eddie a reposar la mejilla sobre la mano e inclinar la cabeza con curiosidad. Los dedos de Steve estaban pálidos debido a la fuerza con la que sujetaban el lápiz.

No sabía si era su imaginación haciendo de las suyas porque por un segundo pensó que Steve saldría huyendo, pero sólo se encogió más en su lugar, tratando de hacerse pequeño.

Quería tanto meterse en él, escudriñar su mente y saber qué pasaba por ahí.

Eddie otra vez escondió una sonrisa.

—No pasa nada —murmuró Eddie, quitándole el lápiz con delicadeza y deslizando la hoja hacia su lugar—. Déjame ver lo que llevas.

Eddie leyó con cuidado las respuestas y la sorpresa se plasmó en su rostro en una alegre sonrisa.

—Vaya Steve —murmuró—, hiciste un buen trabajo aquí, eres muy inteligente.

Comenzó a llenarlo de elogios sin siquiera detenerse a considerar si lo que hacía era correcto, aunque tampoco es que estuviera diciendo algo falso.

—Ya terminé mi parte —dijo Eddie sin darse cuenta—, déjame ayudarte con lo que resta.

—No tienes por qué hacerlo —negó un par de veces, ansioso—. Igual ya casi termino.

Steve intentó agarrar la hoja, pero Eddie fue más rápido y la levantó, impidiendo que Steve se la quitara.

—No seas terco, Harrington —murmuró—, trato de evitarte un dolor de cabeza.

Y eso pareció funcionar porque no intentó pedírsela de nuevo.

El resto de la clase fue silenciosa y pasó más rápido de lo que estaba acostumbrado en otras ocasiones, le dedicó una mirada a Steve como despedida antes de salir del aula. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos para hacer caso omiso, Eddie no podía ignorar los pasos chillones que hacían los Nike costosos de Steve en el suelo encerado del pasillo. Siguiéndolo como fantasma, escondido detrás de su espalda como si fuera su escudo o algo así.

Eddie no estaba seguro a qué venía este comportamiento. Dejó de caminar y el cabizbajo Steve chocó con su espalda, se dio la vuelta y lo primero que le dijo fue un lo siento mientras retrocedía a trompicones.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Eddie con la frente arrugada.

—Uh... yo… —se quedó pensando, viendo a todos lados buscando algo—. ¿Voy al sanitario?

Eddie inclinó la cabeza.

—¿Vas al sanitario? —repitió las palabras de Steve—. ¿Me lo estás preguntando o me lo estás diciendo?

—Voy al sanitario —dijo más firme, quitando el nerviosismo que antes usó.

Eddie asintió con paciencia y rascó su sien pensativo.

Cariño, el sanitario está del otro lado.

Ignoró su desliz con el apodo cariñoso, porque ahora estaba muy ocupado tratando de no entrar en pánico cuando notó el tierno color rojo en las orejas de Steve.

—Sí, seguro, ya… —caminó hacia atrás—, ya lo sabía.

Steve se dio la vuelta y caminó con todas sus fuerzas hasta desaparecer entre los demás.

Eddie dejó caer sus hombros, y una sonrisa se formó en su rostro. Se dio la vuelta para seguir su camino, pero el rostro de Gareth apareció frente a él, sus brazos cruzados y la mueca curiosa lo acompañaban. Eddie se tambaleó hacia atrás por el susto.

—¿¡Qué mierda, Gareth!? —puso una mano sobre su pecho como si eso fuera a calmar su corazón—. Me vas a matar de un susto.

—¿Qué diablos fue eso? —ignoró completamente su regaño.

—¿Qué cosa? —Eddie pasó a su lado y ahora ambos caminaban por el corredor.

—Eso —hizo un gesto con su mano como si aquello estuviera ahí.

Gareth suspiró profundamente al ver que no sacaba ninguna respuesta de él.

—Steve Harrington —murmuró.

Steve era eso.

—Nada, no fue nada.

—¿Acaso ustedes dos son amigos? —murmuró con sorpresa—. Porque eso sería...

—¡No somos amigos! —exclamó antes de que terminara de hablar, y quizá lo dijo muy alto porque ganó la atención de algunas miradas—. Sólo fue porque trabajamos juntos en clase.

—¿Qué? —Gareth pestañeó incrédulo—. ¿Que tú y Harrington qué?

—Sí, lo que escuchaste —murmuró—. Él no tenía con quién trabajar, y me lo preguntó a mí.

Dios santo, pensó, sonaba surrealista si lo explicaba de esa forma.

Podía escuchar los pensamientos de Gareth exasperantes y revoltosos, aunque no escuchara ni una mierda en realidad, pero eran amigos desde hace mucho tiempo y si Eddie Munson decía que podía escucharlo pensar, era porque jodidamente lo hacía... y de aquí hasta el otro lado del continente si se lo propusiera.

—Tú parecías muy contento.

Estúpido Gareth.

Eddie resopló con burla y una risa nasal salió de él.

—No. Absolutamente no.

—La sonrisa en tu cara decía otra cosa, amigo —recriminó.

Aunque luego se impuso un tono pícaro cuando dijo:

—Yo sé lo que vi, Munson, no me puedes engañar.

—¡Te estoy diciendo la verdad!

Decidió contarle todo a Gareth, desde el incidente con la camioneta de Wayne hasta el pequeño momento en la clase; todo mientras hacían un pequeño viaje hasta el club de teatro, cuya función era para rendir sus campañas de DND o también cuando querían saltarse los últimos períodos de clase, y la segunda opción era exactamente la razón por la que iban hacia ahí.

—Entonces —dijo Gareth, poniendo la puesta en escena en su mente—. Harrington reparó la camioneta de tu tío y después te pidió que hicieran equipo en clase.

Eddie se encogió de hombros.

—Básicamente —respondió.

Omitió algunos detalles.

Como la curiosidad disparándose cuando lo tenía cerca o la zozobra al verlo triste.

Eran sólo detalles.

—Mmh… —sonaba pensativo.

¿Mmh qué? —preguntó—, ¿qué significa «mmh»?

—¿No te parece raro?

—Es jodidamente raro.

Gareth y Eddie suspiraron al unísono.

—No creo que a estas alturas esté tratando de hacer algo malo —dijo Gareth, sorprendiéndose a sí mismo por decir algo así.

—¿A estas alturas? —Eddie despegó la mirada del techo para ver a su amigo.

Ambos tirados en el suelo del escenario, entre la utilería de cartón y el polvo.

—No es de extrañar que él y Byers discutieran por Nancy Wheeler o lo que sea —explicó—. ¿Pero que después de eso ni siquiera volvió a hablar con Tommy Hagan y Carol Perkins?

Ya no somos amigos.

Las palabras de Steve hicieron eco en su mente.

—Es un idiota —dijo Eddie.

—¿Qué?

—Hagan —respondió, centrándose otra vez en el techo lleno de reflectores de dudosa calidad—. Eso fue lo que dijo Harrington.

Gareth bufó y cruzó las manos detrás de su cabeza.

—Así que por eso está tan solo ahora —dijo pensativo—. Nadie quiere acercarse a él después de que Hagan y su novia esparcieron el rumor sobre cómo había quedado como un completo perdedor frente a Jonathan Byers.

Una estupidez.

Eddie sabía que no era así como había pasado todo, o que al menos esa no era la razón principal.

—Mmh… —fue el turno de Eddie.

Su pequeño «mmh» significaba un sin fin de cosas revoloteando en su mente, tanto que era difícil concentrarse en sólo una, y culpó a la insaciable curiosidad que cada vez era más grande, muy parecido al creciente dolor en la punta de sus dedos después de un día entero de práctica con la banda.

De cualquier forma, esto no iba a pasar otra vez.

Y tenía razón.

Durante los días siguientes, Eddie no se cruzó con Steve Harrington, al menos no porque algo interviniera para reunirlos. Si esto hubiera ocurrido en otro tiempo, Eddie habría ignorado todo lo relacionado con la realeza de Hawkins. En esa otra época, probablemente ni se habría molestado en pensar si Steve estaba bien.

Porque claramente era Steve Harrington, ¿por qué alguien como él no estaría bien?

Pero no era esa otra época y estaba casi seguro —en realidad estaba muy seguro— de que no quería irse sin antes confirmar la mala sensación que la escena le estaba provocando.

Steve estaba en el suelo, apoyado en su BMW con el rostro escondido entre sus manos, parecía que estaba tratando de ocultarse del mundo como un niño pequeño y asustado, aunque no tenía sentido porque más de la mitad de autos desaparecieron del estacionamiento escolar. La llave de cruz y los tornillos fueron el indicador principal para asumir rápidamente lo que estaba pasando.

—¿Harrington? —pronunció con suavidad, sin querer asustarlo.

Y sin dar resultados exitosos.

Él se sobresaltó al escucharlo pronunciar su apellido, se levantó rápido del asfalto cuando lo vio y sacudió su pantalón de mezclilla con torpeza.

—Hola, Munson —dijo nervioso, con un tono de voz cansado—. ¿Qué haces aquí... aún?

Eddie se atrevió a acercarse un par de pasos e inclinó la cabeza como de costumbre cuando algo le provocaba mucha curiosidad.

—¿Estás bien? —preguntó con una amabilidad que no sabía que tenía reservada para específicamente él—. ¿Necesitas ayuda con eso? —asintió hacia el BMW y las herramientas desparramadas en el suelo.

Pero algo se desgarró en Eddie cuando Steve levantó el rostro; porque podía verse reflejado en él, a su yo de hace años temeroso de quienes lo rodeaban. Y luego estaba esta opresión en su pecho que no sabía de dónde venía, la estúpida necesidad de consolarlo lo golpeó nuevamente. Steve Harrington lucía completamente desolado, tan perdido y tan solo, como si no supiera en qué lugar estaba, el castaño observó todo a su alrededor no queriendo verlo a los ojos como muchas otras veces hizo para evitarlo.

—Sólo estaba cambiando el neumático —murmuró.

Eddie soltó una pequeña risa, nervioso.

—Sí, eso ya lo sé, Harrington —hizo una pequeña pausa para observarlo—. Los dos sabemos que eso no fue lo que pregunté.

Steve miró a sus espaldas nuevamente, y se encogió de hombros, restando importancia a lo que pasaba.

—Es la cuarta vez en la semana —respondió con una sonrisa que no llegaba más allá que a una mueca de cansancio e ironía—. Ellos van a matarme.

—¿Quiénes?

—Mis padres.

Lo escuchó quejarse, viéndolo recoger sus cosas y guardándolo todo, el golpe seco al cerrar el maletero lastimó sus oídos.

—Ya no tengo más neumáticos, Eddie —declaró como si fuera el fin del mundo—. No puedo seguir haciendo esto.

Y no podía creer que había escuchado su nombre venir de Steve Harrington con tanta angustia, no quería que lo dijera de esa forma.

Eddie acortó más la distancia que los separaba, conteniendo la negativa y rencorosa emoción en su voz, obligándose a sí mismo a no apartar ese mechón rebelde del rostro del pobre Steve Harrington que parecía querer romperse ahí mismo.

—¿Quién lo hizo? —preguntó con un tono más grave de lo usual, con el ceño fruncido y su puño fuertemente doblado en el agarre de su mochila.

Steve negó un par de veces.

—No importa.

—¡Claro que importa!

Steve arrugó la frente y se cruzó de brazos.

Estaba molesto. Steve Harrington estaba frente a él, molesto.

Dijiste que no somos amigos —murmuró—, ¿por qué te importa ahora?

Eddie exhaló con brusquedad, sintiendo la imperiosa necesidad de salir huyendo y dejarlo ahí, pero no podía, sentía que era incorrecto; Eddie le dio la espalda a Steve pensando con cuidado sus palabras.

Sí, sí, sí...

Él sabía lo que había dicho, estaba siendo un imbécil.

—Has cambiado —Eddie dijo por fin.

—¿Qué?

—Sé lo que la gente dice sobre ti, Steve —se giró con lentitud, saboreó su nombre entre sus labios y la suavidad se impregnó en su voz—. Y no creo ni una sola mierda de lo que sale de sus bocas.

Steve retrocedió sin decir algo, muy conmocionado para hablar y muy confundido como para seguir enojado.

—Inicia con los rumores, te aíslan de cualquier cosa, se burlan de ti a tus espaldas, ni siquiera les importa si estás ahí escuchando todo o no —suspiró al notar otra vez aquella tristeza—. Y después... los empujones por el pasillo, tus cosas desaparecen mágicamente, destruyen aquello que te importa y luego vienen los golpes.

—Eddie...

—Sé cómo empieza todo, Steve, claro que me importa.

El silencio perduró unos segundos más.

Eddie se quedó ahí, sin esperar ninguna respuesta a cambio. Si Steve quería decir algo, él lo escucharía; si quería irse, él lo dejaría; si sólo quería quedarse ahí parado en silencio, él lo acompañaría. No era ajeno a este tipo de situaciones, conocía muy bien el modus operandi de esos bastardos que se metían con los más débiles, y ahora Steve Harrington había sido degradado hasta la parte más baja de la pirámide imaginaria que sucumbía a una preparatoria cualquiera en un pueblito de mierda en Indiana.

Se recostó suavemente en el BMW de Steve, sacó de su chaleco un cigarrillo y se lo llevó a los labios sin pensar más, le tomó sólo segundos encenderlo y el escozor nocivo empezó a llenar sus pulmones relajándolo de inmediato.

—Lo siento —dijo Steve después de un tiempo.

Eddie expulsó el humo con lentitud.

—¿Por qué te disculpas?

Steve se acercó a él, también recostando su espalda en su auto.

—He sido una mala persona —confesó rápidamente—. Lamento mucho si alguna vez yo... te hice algo...

El silencio de Steve era reflexivo, lo sabía porque podía ver esa pequeña arruga en su frente intensificarse con preocupación.

—¿Te hice daño, Eddie?

Steve Harrington era un sobre pensador.

Él negó un par de veces, nadando en el miedo hipnotizante de los ojos de Steve.

Estaba tan asustado.

—No hablábamos mucho antes de, ya sabes... cuando ayudaste a Wayne con su camioneta —susurró—. Sólo existía para ti cuando Tommy te enviaba por suministros para sus fiestas.

Steve masajeó el puente de su nariz tratando de calmar la inquietud que lo invadía.

—Esto es mi culpa —murmuró—, todo esto es mi culpa.

Eddie observó el perfil del castaño con detenimiento.

—¿Crees que mereces lo que te está pasando? —inquirió, dando una calada al cigarrillo.

Tuvo cuidado de no exhalar el humo frente al preocupado rostro de su lado.

Steve no contestó de inmediato, pero la respuesta era inminente. Él pensaba así, sentía que esto debía ser así.

Y Eddie lo odiaba por eso.

—¿Harrington?

Pero él no dijo nada, se quedó mudo. Tal vez hundiéndose en lo más oscuro de sus pensamientos, y no quería eso.

Le dio una última calada y tiró el trocito de nicotina al suelo pisándolo con más dureza de la normal.

—Steve —llamó, buscando su mirada.

Pero no funcionó. Eddie se atravesó frente a él y la tentación le golpeó más fuerte que nunca, pero se sintió demasiado cobarde como para obedecer esos deseos.

Su mano titubeó en el aire, y en lugar de llevarla a su rostro, el cual moría por tocar, la colocó sobre su hombro.

—Steve, mírame —pidió una vez más, como si estuviera tratando de calmar a un cachorrito asustado.

Esos ojos llenos de pesadumbre por fin acudieron a su petición, Eddie sintió que sus dedos picaban, casi tanto como cuando le invadía la necesidad de tocar un solo de guitarra que apenas había escuchado una vez, quería acariciar la mejilla pecosa de Steve y reconfortarlo con palabras bonitas.

Alejó su mano, temiendo que la más mínima cercanía con Steve Harrington pudiera desaparecerlo, apretó la mandíbula guardándose aquello que hasta ese momento no sabía que quería.

—No eres una mala persona, Steve —afirmó con total franqueza.

—Pero yo...

Eddie sonrió en son de advertencia, eso fue suficiente para que Steve se tragara sus quejas.

—Sí, fuiste un completo idiota antes —admitió—, ¿pero mala persona? Permíteme dudar de eso.

—Me comporté como una mierda con más de la mitad de esta escuela.

Él era jodidamente testarudo.

Eddie inclinó la cabeza y resguardó sus manos en los bolsillos de su chaqueta.

—Estoy de acuerdo, fuiste una pequeña mierda.

Steve dejó caer sus hombros, más abatido que antes.

—Pero mírate, estás aquí, todo deprimido y sintiéndote culpable por eso —entrecerró los ojos, decidiendo si continuar o no—. Y, además, lo que pasó frente al teatro, eso fue... increíble de tu parte...

Su voz bajó gradualmente, inseguro de que él quisiera hablar sobre eso, pero tenía un punto que demostrar.

Steve aclaró su garganta un par de veces, poniendo la espalda firme.

—Eso... no, yo... ¿Viste todo?

Pobrecito. Ahora estaba apenado.

—Todo.

Después de un corto y vergonzoso silencio de su parte él habló.

—Fue una estupidez.

—Confrontaste a Tommy porque sabías que estuvo mal lo que hicieron —murmuró—. Y como consecuencia ahora paseas niños en tu auto y vagas por la escuela como un fantasma.

Eddie relajó su postura, aún sin quitar sus ojos sobre Steve.

—¿De verdad crees que una mala persona haría eso? Eres tú el que está aquí sintiéndose como una mierda, no Tommy o Carol.

Y Eddie no podía creer que estaba tratando de animar a este encantador, rico, mujeriego y popular (cierto, ya no tan popular) atleta. Si los chicos de Hellfire se enteraran de esto no lo dejarían en paz nunca, esto acabaría con su reputación. Y en serio, qué mierda.

¿Qué estaba pasando con él?

¿Cuántas veces Steve Harrington le haría querer salir corriendo por un cigarrillo para recomponerse? ¿Cuántas veces tendría que lidiar con la incontrolable e insalubre necesidad de consolarlo?

—Gracias —dijo, viéndolo por fin a los ojos—. De verdad.

No, los ojos de cachorrito no.

—Es un placer.

Y también estaba mal. Muy mal.

Steve sonrió.

Oh, no. No, no, no, estaba completamente perdido.

—¿Puedes llevarme a casa? —preguntó de repente—. ¿Por favor?

¿Qué?

Y qué bueno que no estaba fumando, porque habría quedado como estúpido si se hubiera ahogado al escucharlo decir eso.

—¿Qué? —repitió esta vez en voz alta, consciente de que olvidó cómo hablar hace unos segundos.

Pronto tendría que buscar más sinónimos de ‘qué’ para enfrentarse a ese inesperado comportamiento. Estaba volviéndolo loco.

—No tengo más neumáticos... Quiero decir, todavía tengo uno en casa, pero ahora...

Eddie respiró profundo y exhaló lentamente mirando al cielo, como si estuviera reclamándole a ese Dios con el que casi nunca tenía una conversación, regañándolo por permitirle tener el honor de pasar más tiempo con Steve Harrington.

—Seguro, sí... no hay ningún problema —miró a Steve otra vez, se sentía cada vez más imposible querer apartar la mirada de él—. ¿Quiere que le muestre el camino, Su Majestad?

El cómico acento inglés y la leve reverencia hicieron resoplar a Steve, que contuvo una carcajada y puso los ojos en blanco.

Eddie sonrió.

—¿Podrías dejar eso del rey Steve? —preguntó—. Siempre me hizo sentir algo raro.

Eddie los guió hasta su vieja van.

—Raro —pronunció la palabra con delicadeza, analizándola—. ¿Qué prefieres entonces?

Eddie abrió la puerta para él.

—¿Príncipe Steve?

La frente del aludido se arrugó con disgusto.

—¿No? A ver… —Eddie entrecerró los ojos—. ¿Qué tal princesa?

El silencio habría sido un buen indicador de que estaba arruinando todo, pero esos lindos y enormes ojos atravesaron varias etapas en cuestión de segundos.

Steve era capaz de poner esa mirada entonces.

Ni hablar del leve sonrojo en la punta de sus orejas, y perdónenlo, pero según sus cálculos, Eddie estaba seguro de que no estaban en invierno.

—¿Quiere la princesa subir a su carruaje? —murmuró con mesura, casi burlón.

Steve parpadeó y pareció reaccionar.

—Cierra la boca, Munson —fue lo único que dijo antes de entrar a la camioneta.

Eddie cerró la puerta con una sonrisa, una sonrisa que duró el corto trayecto hasta el asiento del conductor.

El motor de la furgoneta rugió con toda su fuerza y las bocinas casi estallaron por el dañino nivel de volumen al que su dueño estaba acostumbrado, lo que hizo que Steve diera un respingo sobre su asiento por el susto.

—Mierda, lo siento amigo —se disculpó y rápidamente bajó el volumen—. Es obvio que aún no estás listo para Anthrax.

—Jesús —exclamó—. ¿Qué diablos es un Anthrax? ¿Es eso siquiera música?

Estaba muy ocupado tratando de salir del estacionamiento como para tener tiempo de sentirse ofendido por lo que escuchaba.

—¿Acaso sabes qué acabas de decir?

—¿No?

Se giró hacia Steve, estupefacto.

Pasmado, desconcertado, atónito, boquiabierto.

¡Eddie amaba los sinónimos!

—Oh, por di- ¡Steve!

Ni siquiera terminó la frase entera.

Y cabe mencionar, que le parecía irreal la forma tan natural con la que decía su nombre.

Steve.

Sólo Steve.

Cool.

—¿Y qué se supone que escuchas tú, melómano?

Steve se encogió de hombros—. Ah, no lo sé, ¿Cindy Lauper?

—Cindy Lauper.

Asintió.

—¡Oh! —de repente se acordó de algo importante—. Duran Duran y Toto.

Duran Duran y Toto.

—Tenemos un largo camino que recorrer, cariño.

Eddie se mordió la lengua.

Pero Steve no dijo nada.

Aun así, Eddie detuvo la cinta que se escuchaba y la ruidosa percusión de Charlie Benante fue sustituida por la dulce voz pop de Madonna.

Sin importar qué tan grande era el sacrilegio que estaba cometiendo o las carcajadas burlonas de todo Hellfire, Eddie Munson estaba poniendo Los 40 Principales para Steve The Hair Harrington.

Pero podía lidiar con eso si a su lado tenía a Steve moviendo la cabeza al compás de Like a Virgin.

De pronto comenzó a hacer una línea del tiempo imaginaria en su mente, tratando de encontrar su efecto mariposa, ¿qué hacía Eddie Munson y cómo llegó hasta aquí?: escuchando a Madonna con Steve en su furgoneta, y lo que era peor, por qué esto se sentía tan agradable. Sí, un agradable que se transformaba poco a poco en victorioso, como cuando por fin lograba encontrar los acordes para completar ese riff que llevaba practicando. Un sentimiento que traicionaba por completo toda su cosmovisión, todo aquello que aprendió y por supuesto, todo lo que sabía sobre Steve Harrington.

Y el todo comenzó a volverse desconocido y lo desconocido era aterrador.

—¿Qué harás mañana? —Eddie no dejó de ver el camino.

Y no, no era porque se considerase un conductor responsable. Era porque tenía miedo de ver a Steve y lo que su corazón señalaba tan terco, aquello que su obstinada mente quería olvidar y eso que sus cínicos ojos pretendían ignorar.

No estaba preparado mentalmente para verlo de frente.

Aunque claramente era algo que ya sabía.

O, mejor dicho, algo que acababa de descubrir unos dos segundos antes de abrir irresponsablemente la boca sin pensar en cómo preguntar cosas que sonaban a otras cosas, pero que él quería que sonaran exactamente como a esas cosas.

—¿Mañana? —murmuró—, ¿por qué?

—Quiero decir... tu auto se quedó en la escuela y debes cambiar el neumático, ¿cómo llegarás mañana? —tragó duro, esperando que eso aliviara el nudo de su garganta y lo que sea que estaba sintiendo en el estómago—. ¿Quieres... tú quieres que pase por ti mañana?

Boom.

Lo dijo.

Oh.

Oh.

¿Oh?

¿Qué significa ‘oh’ en jerga Harrington?

¿Era algo como un «no te preocupes amigo, no tienes por qué hacer eso», o algo más como «déjame en paz friki de mierda»?

—¿En serio? —Steve se encogió en su asiento.

—¿Por qué no lo diría en serio?

Ahora sí que tuvo que apartar la mirada del camino y ver el rostro de Steve llenándose de pánico en milisegundos.

—No, es que... yo sólo... es un poco inesperado.

Un poco inesperado —repitió sus palabras, como si hacerlo le hiciera entender el significado detrás—. ¿Debo tomar eso como un no?

—¡No quise decir eso!

De acuerdo, nada estaba ocurriendo como él había planeado.

—Steve, no entien-

—Está bien.

—¿Está bien?

Eddie se sentía estúpido, tan estúpido como en la clase de O’Donnell.

—Sí, está bien.

Steve rascó su cuello, algo que empezó a notar con frecuencia y Eddie sabía que era la forma secreta en la que Harrington decía que estaba nervioso.

—Agradecería si pudieras hacer eso.

Y, sin embargo, se encontraba maravillado.

—Tú, Steve Harrington, eres la cosita más rara que he conocido —murmuró divertido—. Y te lo digo yo, el fenómeno del pueblo.