Entre Sombras y Tinta
Bastián era el tipo de hombre que pasaba desapercibido en las plazas, pero inolvidable en las bibliotecas. Llevaba la camisa arrugada como quien ha dormido poco y soñado demasiado. Su trabajo de escritor y novelista le llevó a ganar grandes cantidades de dinero, que invertía en arreglos para su propio hogar..
No era triste, ni siquiera solitario. Pero su alma parecía hecha de lluvia lenta y otoños que no terminan de irse. En sus ojos —castaños, inquietos— habitaba una pregunta constante, como si buscara algo que no sabía nombrar, pero que solo la literatura podría ofrecerle. Una fantasía amorosa.
En un día como cualquier otro, estaba escribiendo, como solía hacer. Su taza de café, llena de amargura, estaba helada... Ya no sabía que más podía escribir.
– Maldita sea, no he dormido nada ... De nuevo.– Musitó, mientras se pasaba las manos por su buen cuidado pero somnoliento rostro. – Necesito tomar algo de aire ... Me duele la cabeza.– Pensó, mientras se recargaba en su mesa de escritorio y se levantaba del asiento acolchonado, para ir a dar un paseo y dejar su oscuro hogar durante un rato.
Era consciente de ser un autor reconocido por las bibliotecas Chilenas, aunque muy poco conocido por las calles fuera de su oficio literario. Lo que no sabía, era que sus textos habían llegado a las magníficas manos de una farmacéutica inmigrante... Isabella, una chica apasionada por las ciencias medicinales.
Isabella solía vivir por las zonas nortes de Colombia, aunque no pudo desempeñar mucho de su trabajo en su país natal porque decían que era "algo absurdo". Lidió con las críticas durante años, hasta que se mudó a Chile para encontrar vida mejor. En uno de sus paseos, accidentalmente chocó con aquel escritor. Él reaccionó de inmediato y decidió ayudar a la pelinegra con la cual tropezó.
– ¡Lo siento mucho! ¿Estás bien? – Exclamó Bastián, extendiendo la mano para ayudar a la joven a levantarse.
– Sí ... Eso creo, perdóname – Tomó la mano de aquel chico, y se levantó ... Tardó momentos en reconocerlo, y cambió su rostro a uno de distintiva sorpresa. – Siento mucho oírme algo entrometida, pero ... ¿Tú eres Bastián, el autor de Besos y Guerras? –
El chico se quedó perplejo, casi Incrédulo. Nunca nadie había mencionado algún libro de él fuera de las bibliotecas, ni siquiera conversaciones sobre alguno. – Sí ... Estás en lo correcto.. – Musitó, todavía con un rastro de perplejidad en su rostro y habla.
– Me llamo Isabella, soy farmacéutica e inmigrante desde el norte de Colombia. He oído bastante de tus libros – Declaró, con una sonrisa llena de gozo. – Tus libros tal vez no sean tan famosos por aquí, pero en Colombia hablan sin parar de tus mayores éxitos. –
Bastián se quedó impresionado con la información que le propinó la chica, y apareció un rubor tenue. Provocado por aquel reconocimiento fuera de su país natal, que, técnicamente, no conocía. – Vaya ... Así que también llegaron a llanuras Colombianas, me impresiona – Declaró, mientras pasaba una suave brisa tocando desde los talones hasta el más mínimo cabello de ambos. Una sensación agradable, ya que era primavera. Los árboles cerezo floreciendo en los alrededores complementaban un espacio escénico y, de alguna forma, literario.
– Este espacio es agradable, tal como lo describiste en el capítulo 5 de tu primer libro de romance ... "Las cálidas brisas llegaban hacia Alex como una caricia reconfortante, acompañada de miles de hojas de un cerezo con su característico color rosado cayendo alrededor de él" –
El chico quedó todavía más sorprendido por lo tan perfecto que enunció aquel tan corto párrafo ... Tomando las manos de la mujer, tan dulcemente como acariciando un cuerpo gatuno, le sonrió con pureza y calor.
– Para ser una chica normal, pareces muy seguidora de mis escritos ... –
– Y lo soy ... Una de las razones de mi inmigración, fue el querer conocerte en persona y hablar contigo de tus mayores éxitos, Bastián ...–
El elogio le acarició el orgullo con la suavidad de algo inesperado, pero su rostro permaneció sereno. Aunque sus palabras le alegraron más de lo que habría querido admitir, el mayor ocultó su sonrisa con la discreción de quien había aprendido a golpes a no mostrar demasiado. No todos los días tenía frente a sí a alguien que valorara su obra con tanta sinceridad, y por eso, más que nunca, eligió el silencio elegante de la formalidad. Era su forma de mantener el control, de no dejar que la emoción lo traicionara ante una admiradora.
– Nunca pensé que terminaría conociéndote así… tan de repente, sin una firma de libros de por medio. – Le dijo Isabella, dándole una sonrisa cálida y repleta de admiración.
Bastián, con una expresión halagada, respondió sin mucho esfuerzo. – No hay mayor elogio que ese. Que una historia logre eso… lo vale todo. – Recitó, con una sonrisa que transmitía más de lo que él decía. – Si esta fuera una de mis novelas… diría que es el primer capítulo de algo. –
Isabella respondió, riendo suavemente. Como una caricia indirecta para el escritor que tenía frente suya. – Y como toda buena historia… ¿Qué tal que empiece con una conversación? –
Fin.