Blanco Cruzado | Kookmin

Summary

Él fue entrenado para no fallar. El otro, para no confiar. El francotirador Jeon Jungkook es una sombra letal, contratado para eliminar a un joven político carismático: Jimin, una figura que está ganando demasiado poder y que, según sus clientes, es una amenaza para el equilibrio mundial. Pero algo no encaja. Infiltrado en su entorno bajo una identidad falsa, Jungkook comienza a seguirlo de cerca. Esperaba encontrar un corrupto disfrazado de héroe, pero descubre a un hombre genuino, decidido a cambiar el sistema desde adentro. Y con cada día que pasa, Jimin lo desconcierta más: su seguridad, su carisma... y la atracción magnética entre ambos que crece como una amenaza silenciosa. El problema es que Jimin también oculta secretos. Sabe que alguien lo vigila. Sabe que alguien quiere matarlo. Y decide acercarse peligrosamente a su cazador sin saber quién es... pero deseándolo más de lo que debería. Entre disparos, mentiras y cuerpos que caen, los dos comienzan un juego mortal donde el blanco cambia, y el corazón se vuelve el verdadero objetivo. ¿Podrá Jungkook apretar el gatillo cuando descubra que su misión y su deseo se han convertido en la misma persona? • Prohibida su copia y/o adaptación • Portada hecha por @Kassgraphics de wattpad • Historia completamente de mi autoría

Genre
Romance
Author
An. ♡
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

01

El disparo atravesó el cristal a más de 800 metros de distancia. Silencioso. Preciso. Letal. El hombre cayó con la frente abierta en dos, su expresión de sorpresa congelada antes de que su cuerpo se desplomara sobre la mesa de conferencias. Nadie en la habitación tuvo tiempo de gritar.

Jungkook no sonrió. Ni parpadeó. Retiró su dedo del gatillo como si simplemente hubiera apagado una luz.

En su mundo, quitar vidas era tan rutinario como respirar.

Se recostó en el techo del edificio contiguo, el fusil aún tibio entre sus manos enguantadas. La noche era húmeda, densa, como si el aire supiera que alguien acababa de morir. El viento agitaba su chaqueta negra mientras observaba a través de la mira cómo el caos estallaba en la oficina acristalada. Guardias entrando. Luces de emergencia parpadeando. Gritos.

No le importaba. Él ya no estaba allí.

Diecisiete minutos más tarde, entraba a un club subterráneo en Praga, disfrazado con una chaqueta de cuero y gafas oscuras. Era parte de su rutina postmisión: ocultarse entre la decadencia, desaparecer entre cuerpos sudorosos, luces rojas y alcohol. No por placer. Por inercia. Las emociones, para él, eran un lujo prescindible.

Las luces estroboscópicas reflejaban los tatuajes de su cuello, sus labios entreabiertos sujetando un palillo de menta. Nada de cigarrillos. Nada que deje rastros.

Las cámaras de seguridad de ese lugar eran una broma. Él las había manipulado semanas antes. Lo sabía todo del terreno. Cada salida. Cada rincón ciego. Incluso la clave de la caja fuerte del dueño.

Se sentó en el reservado del fondo, donde la música apenas era un zumbido. Un camarero se acercó. Jungkook pidió vodka sin mirar. No era su bebida favorita. Solo era fuerte.

—Lo mismo de siempre, señor Jeon —murmuró el camarero, sin notar que hoy su mirada era más vacía que de costumbre.

La información llegó a él de forma indirecta, como siempre. Un sobre lacrado con un emblema negro lo esperaba bajo la servilleta. Nadie vio cómo lo tomó. Ni cómo lo abrió. Ni cómo el gesto en sus ojos cambió levemente. Casi imperceptible.

Adentro, una hoja doblada. En el centro, una frase escrita a mano:

"Siguiente blanco: Park Jimin."

Pago: Triple.

Contacto habitual. Confirmar al amanecer.

Jungkook ladeó la cabeza y tragó el vodka. El nombre no le decía mucho... aún. Pero si pagaban el triple, algo debía valer. No preguntó motivos. Él nunca lo hacía. ¿Gobiernos? ¿Carteles? ¿Empresarios? Daba igual. Él vendía precisión. No opiniones.

Guardó el papel en su chaqueta y se levantó. Sabía que tendría que prepararse. Cualquier objetivo que pagara eso, no era un blanco fácil.


En su apartamento de seguridad —una suite de lujo encubierta en la planta 32 de un hotel discreto— Jungkook desmanteló su rifle pieza por pieza. El espacio era clínico, metálico, carente de vida. Su cama estaba hecha al milímetro. Sus armas limpias. Sus relojes alineados. Las ventanas selladas.

En la pantalla frente a él, cientos de archivos se desplegaron en segundos: Imágenes de Park Jimin. Conferencias. Ruedas de prensa. Cenas diplomáticas. El rostro del hombre apareció una y otra vez: joven, atractivo, sonrisa carismática. Impecable en cada aparición.

Un político en ascenso. Corea del Sur. Líder de una nueva coalición reformista. Voz influyente en tratados antiarmamento. Fuerte presencia internacional. Un enemigo natural para cualquier cliente del mercado negro.

Jungkook se apoyó en el respaldo y encendió un cigarro que no fumó. Solo lo dejó arder mientras leía. Estudiaba cada gesto de Jimin como quien descifra un mapa. Postura. Rutinas. Escoltas. Debilidades.

—Demasiado limpio —murmuró, casi para sí.

Su voz era baja, sin matices. Como si apenas recordara cómo era sonar humano.

De pronto, un sonido vibró en su celular. Críptico. Codificado.

Mensaje de voz.

—Confirmación pendiente. Tiempo límite: 48 horas. Tu contacto te espera en Berlín. Detalles cara a cara. No se aceptan rechazos.

Jungkook no respondió. Solo observó el reflejo de sí mismo en el vidrio negro de la pantalla. Ojos oscuros, rostro afilado, expresión inalterable. Un reflejo hueco.

No era lealtad lo que lo mantenía en este mundo. Era el vacío. El hábito de matar lo había moldeado, vaciado, convertido en un instrumento. Las razones habían muerto hace años, pero el dinero… El dinero era útil. Y el triple pago por eliminar a Park Jimin le permitiría desaparecer de nuevo, financiar otro año en las sombras, lejos de toda mierda humana.

Horas después, abordaba un vuelo privado hacia Berlín. Nadie supo que estaba ahí. Ni siquiera el piloto. Jungkook tenía sus propias formas de ingresar en cualquier parte del mundo sin dejar huella.

Durante el trayecto, revisó las grabaciones de Jimin interactuando con miembros del Parlamento Europeo. Observó cómo el joven político respondía con calma incluso a las preguntas más incisivas. Tenía carisma. Era peligroso para quienes vivían del caos. Y eso lo hacía un blanco perfecto.

Pero había algo más.

Cada archivo que revisaba hacía que algo en su interior se crispara. No por emoción. No por culpa. Era otra cosa. Una incomodidad.

—¿Por qué tú? —murmuró, viendo una imagen donde Jimin sostenía un discurso entre banderas, con el rostro iluminado por los flashes de la prensa.

Pero no hubo respuesta.

La noche cayó sobre Berlín con un cielo gris plomizo cuando Jungkook llegó al punto de encuentro: una galería abandonada reconvertida en salón de arte moderno. Instalaciones retorcidas. Luces cálidas. Un evento privado al que solo se accedía por lista. Él no estaba en la lista. No necesitaba estarlo.

Pasó entre la multitud, invisible. Su presencia no causaba sospecha. Vestía como un empresario, hablaba como un inversionista. Nadie imaginaba que podía desmontar un rifle en 27 segundos y eliminar a un objetivo sin dejar rastros.

En la sala del fondo, un hombre esperaba con una copa de vino. Nadie se acercaba a él. No había nombre. No había saludo. Solo una frase:

—El encargo es personal.

Jungkook alzó una ceja.

—¿Personal?

—Jimin destruyó algo que no debió tocar. Pero no nos interesa por qué. Solo que desaparezca.

El asesino no respondió. El hombre continuó:

—No es un blanco cualquiera. Está rodeado de vigilancia. Lo han intentado antes, han fallado. Pero tú no fallas.

Jungkook asintió con desinterés. Con esa indiferencia casi animal que lo definía.

El contacto dejó una carpeta sobre la mesa.

—Acceso a su círculo más cercano. Agenda de eventos. Debes acercarte. Ganarte su confianza. Esta vez, no será un tiro a la distancia. Quieren verlo caer... desde dentro.

Eso sí lo hizo fruncir apenas el ceño. Él no hacía infiltraciones. No mantenía conversaciones con sus blancos. No los tocaba. No les hablaba.

Pero el triple pago seguía siendo triple.

Y si algo definía a Jungkook, era que no tenía principios. Solo eficiencia.

—Acepto —dijo, sin emoción.

La carpeta se cerró. La galería siguió su curso. Nadie notó cómo la sombra desaparecía en medio del arte y el vino.

Esa noche, en el hotel, abrió el expediente.

Primera página:

Park Jimin, 32 años. Soltero. Carismático. Altamente protegido.

Segunda página:

agenda. Lugares. Rostros.

Tercera página:

una foto. No de prensa. No pública. Una instantánea privada, capturada desde lejos. Jimin en una terraza, de noche, solo. Sonriendo a alguien fuera del encuadre. Vulnerable. Humano.

Jungkook observó la imagen por más tiempo del que debía. Frunció el ceño.

No por culpa.

Sino porque por primera vez en años… algo se movió dentro.

Y no le gustó.


El murmullo de la sala cesó en cuanto Park Jimin atravesó las puertas dobles de vidrio esmerilado. Todos se pusieron de pie. Algunos por respeto. Otros por cálculo político. Y unos pocos —los que aún creían en el sistema— por verdadera admiración.

Jimin caminó con elegancia medida, su traje azul oscuro impecablemente ajustado, el nudo de su corbata afilado como su mirada. Su rostro sereno ocultaba las 48 horas de insomnio acumulado, los cientos de reuniones, y el peso de representar a un país que ardía entre cambios.

—Ministro Park —lo saludó un embajador francés con una inclinación de cabeza—. Es un placer tenerlo de nuevo en Bruselas.

—El placer es mío, embajador Duret. Espero que esta vez no intenten servirme vino blanco con sushi —respondió con una sonrisa diplomática.

Algunos rieron. Otros tomaron nota mental del comentario. Jimin no dejaba detalles al azar. Cada palabra suya podía ser arma o escudo.

La cumbre se realizaba en un salón de techos altos, columnas neoclásicas y cristalería reluciente. Una veintena de representantes de distintos países debatían sobre seguridad internacional, reducción de armas, y la nueva propuesta de tratados humanitarios. Jimin era una de las voces centrales, y también, una de las más incómodas.

No porque hablara demasiado, sino porque decía lo que los demás evitaban.

—No podemos pretender promover la paz mientras invertimos millones en industrias armamentistas —declaró en un momento, su voz clara, sin necesidad de micrófonos.

Un silencio espeso siguió a su afirmación.

Un ministro estadounidense frunció el ceño. Una diplomática rusa anotó algo en su libreta. El embajador británico le lanzó una mirada entre curiosa y molesta.

—¿Y qué propone, ministro Park? ¿Que desmantelemos nuestros arsenales por fe ciega en la diplomacia? —espetó alguien al fondo.

Jimin alzó el mentón, sin perder la compostura.

—Propongo coherencia. La paz no es un discurso. Es una práctica.

Lo dijo con calma, sin arrogancia, pero el golpe fue tan certero como si hubiera usado una daga.

En otra mesa, su asesora personal, Han Mira, lo observaba con la tensión de quien camina sobre vidrio. Sabía que Jimin jugaba en una liga peligrosa. Demasiado visible. Demasiado idealista. Y, últimamente, demasiado solo.

Horas después, de regreso en la sede diplomática temporal, Jimin se desabrochó los gemelos con movimientos lentos. Afuera llovía, el sonido repiqueteaba en los cristales como un recordatorio persistente de que el mundo seguía en caos.

—¿No crees que te estás exponiendo demasiado? —preguntó Mira mientras revisaba su tablet—. El embajador de Turquía canceló su reunión contigo. Y el de Estados Unidos puso en duda tu lealtad a los intereses de seguridad global.

Jimin se sirvió un vaso de agua. Fría. Siempre fría.

—No me pagan por ser simpático.

—No te pagan, Jimin. Te eligen.

—Peor aún —murmuró, y se dejó caer en el sofá—. ¿Cuánto falta para el foro de medios?

—Treinta minutos. Pero… hay algo más.

Ella dudó. Él lo notó.

—¿Qué pasa?

Mira se acercó, bajando la voz.

—Nuestro equipo de seguridad interceptó una alerta. Un intento de vulneración al sistema de vigilancia del hotel donde te alojaste en París la semana pasada. Nada concluyente, pero...

—¿Pero?

—Alguien está escarbando demasiado.

Jimin asintió. Su expresión no cambió. Pero sus dedos se tensaron ligeramente sobre el vaso.

—Averigua si fue prensa o algo más. Y cancela la sesión de fotos para el próximo evento. Quiero reducir el tiempo expuesto.

Mira lo miró con más preocupación que profesionalismo.

—Tal vez deberías tomar un descanso. Has estado en cuatro países en menos de dos semanas. Duermes mal. Comes peor. Y tienes a medio continente buscándote aliados… o excusas para eliminarte.

Jimin sonrió, cansado.

—Los cambios no ocurren por accidente, Mira. A veces hay que empujar hasta que algo se rompe.

—Solo asegúrate de no ser tú el que se rompa.



La noche lo encontró en una terraza privada, con vista al río Spree. Las luces de Berlín parpadeaban a lo lejos como luciérnagas modernas. Jimin se recostó contra la baranda, la camisa abierta hasta el cuello, el aire frío acariciándole la garganta.

Allí, por fin, se permitió estar solo. No como político. No como símbolo. Solo como un hombre, desde el interior llegaba la música lejana de una fiesta diplomática. Él había escapado hace minutos, con la excusa de una llamada. Nadie lo detuvo.

La soledad le era familiar. Demasiado. Había aprendido a convivir con el hecho de que la mayoría de personas a su alrededor veían su imagen, no a él. Incluso sus amigos más cercanos dudaban a veces de sus motivos.

En el bolsillo interior de su chaqueta, llevaba una carta sin abrir. Sin remitente. Entregada en mano por un funcionario de la Unión Europea. Algo sobre “asuntos urgentes”. Pero aún no la leía. No quería que la noche terminara con otra bomba política.

Suspiró, y apoyó los codos en la baranda. A lo lejos, creyó ver una sombra en la azotea del edificio opuesto. Pero al parpadear, ya no estaba.

No le dio importancia.

Al menos no aún.

En la recepción de la embajada surcoreana al día siguiente, Jimin conversaba con la directora cultural alemana y un traductor húngaro. La reunión era informal, pero cada palabra podía convertirse en cable diplomático. Así funcionaba su mundo: uno donde las frases eran más letales que balas.

—¿Cómo mantiene esa energía? —le preguntó la directora, curiosa—. Parece no descansar nunca.

—Dormir está sobrevalorado —respondió él, aunque su sonrisa no le llegó a los ojos.

De pronto, su celular vibró.

Mensaje cifrado. Canal seguro.

Jimin se excusó y se retiró al salón contiguo. Al abrir el mensaje, reconoció el código del Servicio de Inteligencia Nacional.

"Park, movimientos extraños en torno a tus rutas habituales. Vigilancia recomendada. Podrías estar en la mira. Nivel de amenaza: reservado."

Jimin se quedó en silencio. No por miedo. Sino por una confirmación que había sentido desde hace días.

Era observado

Horas después, frente a un grupo de jóvenes en una universidad berlinesa, Jimin habló sobre liderazgo y compromiso social. Vestía camisa clara, mangas remangadas, sin corbata. Más cercano. Más humano.

—El verdadero poder no está en controlar. Está en inspirar. En convertir convicciones en acciones —dijo, mientras los flashes de las cámaras lo rodeaban.

Uno de los asistentes levantó la mano.

—¿Alguna vez ha sentido miedo, ministro Park?

Jimin se tomó unos segundos antes de responder.

—Todo el tiempo. Pero el miedo, si se canaliza bien… también es una brújula.

Esa noche, se encerró en su suite. Cerró todas las cortinas. Apagó el celular. Y finalmente, abrió la carta sin remitente.

Adentro, una sola frase escrita a mano, sin firma:

“Sonríes demasiado en los lugares equivocados.”.

No había amenazas explícitas. No había contexto.

Solo una certeza fría que le recorrió la espalda.

Alguien lo observaba. Desde muy cerca.

Y no era prensa.

No pudo dormir, por más que lo evitara, el rostro del hombre del edificio de anoche le vino a la mente. No lo había visto con claridad. Solo un perfil, tal vez una figura. Pero había algo… algo que no encajaba.

Cerró los ojos.

El sueño no llegó.

Solo una pregunta persistente:

¿Quién está esperándome… al otro lado de la mira?