Capítulo 1: Las Cuatro Diosas de la Casa HóngHuā
Su belleza era desbordante, e impregnaba la estancia cada vez que atravesaba aquella gran puerta de la sala reservada. Durante todo el camino aquel piso, había atraído las miradas de los hombres y de las cortesanas de medio y bajo estatus que había coincidido con ella y que soñaban algún día alcanzar tal belleza y talento. La mayoría de ellas se conformaban con lograr algún día tan solo una de la dos, mientras que otras solo creían poder parecerse mínimamente a una de Cuatro Diosas de la Casa HóngHuā en sus propios sueños. Y no era extraño que así los creyeran. Su falda larga, de seda púrpura y hermosos bordados, se movía al son de cada paso que daba por sus pronunciadas caderas, con una calma, una elegancia y un encanto que rozaba lo divino. Este, sin embargo, no era el único motivo que hacía que todas las miradas se voltearan pues, a pesar de que lasCuatro Diosasdestacaban en las distintas artes, poseían una belleza única y una inteligencia envidiables, tan solo Lǐ Měi y ella misma, poseían unos centímetros que la mayoría no podían conseguir por mucho que se esforzaran. Por supuesto, yo me incluía en aquella larga lista, aunque tenía mis motivos.
— Sī Měi, date prisa. Tu cliente te está esperando—le recuerda Lǐ Měi sentada frente al tocador pintando sus gruesos labios en un tono firme, pero que deja entrever el cariño con el que se lo dice.
Esta sonríe calmadamente. Su personalidad tranquila e inalterable — rara de ver en un lugar tan animado como aquel—siempre me sacaba una sonrisa, porque era evidente solo con mirarla que no le importaba lo más mínimo, que estaba muy segura de sí misma, y de cuanto estaría dispuesto su cliente a esperar por ella.
—¿Pero qué prisa hay? — recoge su chal de seda de un tono más oscuro que su falda y blusa, cuyo corte recto de este último no podía mantener oculto su gran tamaño. Lo coloca sobre sus antebrazos, ya que tampoco tenía intenciones de disimularlos—. Lo bueno siempre se hace esperar.
—¡Y lo dice así, con la fortuna que cuesta un rato con una de nosotras! —se burla inmediatamente Xiào Měi, la más joven de todas.
Su risa suave y alta resuena en mis oídos, contagiando a cada una de nosotras. Cabe decir, que se trataba precisamente de uno de sus grandes atractivos y que la representaba incluso en los caracteres que formaban su nombre como cortesana. Los clientes que pasaban un rato con ella tomando el té se contagiaban fácilmente de la alegría que transmitía. Los que podían llegar a pagarlo, claro.
—No digas eso en voz alta, tonta. ¿Qué harás si alguien te escucha? —le regaño yo, riéndome con ella, mientras tiro suavemente de su mejilla sonrojada por el leve colorete de su maquillaje y que estaba dispuesto a intensificar.
Infló los mofletes enseguida cuando la solté, pero no perdió su sonrisa.
—No hagas eso Xuě Měi. Para ser justos, se trataba de un maquillaje bastante simple y escaso, puesto que ninguna de las Cuatro Diosas necesitaba tapar su cara en exceso con polvos, pero sí utilizaban sombras de colores, delineaban sus ojos y pintaban sus labios para resaltar su atractivo. De hecho, esta la razón principal por las que fueron nombradas como las Cuatro Diosas de la Casa HóngHuā; no necesitaban de todo aquello para resultar de una belleza exquisita y natural. De hecho, nuestros nombres en aquel lugar fueron elegidos en base a esto; Sī Měi, Lǐ Měi, Xiào Měi y yo misma, Xuě Měi. Todas contenían el carácter de “belleza” que nos representaba entre aquellas paredes. Las cortesanas más bellas de toda la ciudad en el que más prostíbulos, cantinas, tiendas, teatros y salones de té podías encontrar. El lujo rodeaba las calles principales con llamativos colores, mientras hombres de alto y medio estatus se paseaban por ellas acompañados de mujeres cuyo respectivo estatus podían pagar. Excepto la nuestra. Las chicas de HóngHuā no salía de allí con clientes, y las cortesanas de alto nivel como nosotras, solo éramos alcanzables para muy pocos.
—Vas a seguir siendo hermosa, no te preocupes—le sonrío suavemente y me levanto de su lado para sentarme de nuevo en el tocador, puesto que Lǐ Měi había acabado ya el suyo. Y como siempre, se veía espectacular, con un cabello largo y negro que caía suavemente sobre sus hombros, recogido con una ornamentación fina y lujosa.
—Dejad ya de perder el tiempo—nos regaña más seria—. Ven aquí Xuě Měi, voy a terminar tu cabello. Y vosotras—las mira mientras zarandea el peine en dirección a la salida—, a trabajar. Como venga la dueña y nos vea holgazaneando nos mata.
Todas reímos pensando en ello, pero ninguna quería aguantar los sermones de aquella mujer quejica y gruñona que las había enseñado cada gesto, cada mirada y cada palabra que hacía a tantos hombres suspirar por nosotras.
Sin más demoras, las dos se fueron enseguida y nos dejaron a solas para que termináramos.
— Xuě Měi—la miro reflejada en el espejo. Su mirada estaba llena de preocupación—. Tu cliente de hoy es el señor Liàng...
«Tenía que ser él» pienso, pues no me apetecía mucho en aquel momento.
—No te preocupes, jugaré con él como hago siempre —la tranquilizo, pero esas palabras no tenían el mismo efecto para mí.
Esto se debía a que el señor Liàng era un tipo extraño que siempre me solicitaba para jugar a juegos que requerían una gran capacidad estratégica. No le interesaba otro tipo de entretenimiento, ni charlar ni beber. Además, no era un hombre extremadamente rico, por lo que siempre venía cada varios meses y pasaba algunas escasas horas en mi habitación, entreteniéndolo de aquella forma. Sin embargo, y a pesar de su interés por el reto que suponía para él jugar contra mí, la mirada que me lanzaba en cada ocasión estaba cada vez más cargada de lujuria e impaciencia que la anterior, lo que había hecho que en los últimos meses se aproximara más de lo debido.
—Ten cuidado, por favor—me pide una vez más angustiada cuando termina de recoger mi largo y claro cabello castaño, que contrastaba enormemente con las del resto. — Y no dejes que te descubra.
Asiento suavemente con la cabeza, ya que se encuentra colocando mi ornamentación sobre ella. Una vez acabado, me levanto despacio y remato mis labios con el tinte de labios rojo que acompañaba la sombra de ojos. No me demoro mucho y me dirijo por el mismo pasillo por el que salieron las demás. Están tan llenos cada uno de pasillos colindantes que es inevitable que los demás me vean.
—¡Es Xuě Měi! —grita con asombro una de las niñas aprendices que acompaña a otra cortesana—. Es tan hermosa...
Su tono rebosa tanto cariño y admiración que le lanzo una sonrisa directamente a ella, y que la hace sonrojarse de inmediato de emoción. ¡La gran Xuě Měi le había regalado una sonrisa!
—Algún día conseguiré pasar un rato contigo...—le oigo decir así mismo a uno de los clientes de otra cortesana que se disponía entrar a la habitación con ella.
Esta vez no siento lo mismo, y como es un hombre y un cliente, me dispongo a hacer lo mismo de siempre; una sonrisa y un suave giro de mi cabeza hacia arriba que le hace entender lo muy por debajo que está de mí, pero sin llegar a ser sumamente arrogante. Un gesto que, a pesar del rechazo, le causa mayor deseo por llegar si quiera a compartir un simple té conmigo.
—Hoy hay mucha más gente de lo que pensaba—le digo a la niña que me acompaña en mis horas de trabajo antes y después de cada cliente, aunque nunca la dejaba hacerlo en los cambios de vestuario.
Asiente animada.
—Al ser días festivos en honor al Emperador, esto está llenísimo—afirma dulcemente—. Es de las pocas épocas del año en las que veo mucha gente en el tercer piso.
—Tienes razón—le digo acariciando su cabeza. No era nada habitual usarlo para otros clientes y con otras cortesanas, porque aquel era el lugar reservado para las de más alto nivel. Allá por donde se miraba, el lujo era notablemente mayor, acorde a los ingresos que generábamos entre las cuatro, e iba disminuyendo en cada uno de los pisos. Solo había tres plantas además de la baja donde se disponía de un jardín y un lugar para beber y disfrutar de la música si solo se buscaba pasar el rato. Pero era casi inevitable pisar esta casa y no caer en el encanto de las cortesanas y las prostitutas.
«La vieja deHóngHuāsiempre buscando de donde sacar más dinero» pienso mientras sonrío para mis adentro.
Mi paseo no es muy largo, pero noto cómo la cantidad de miradas clavadas en mí ya han analizado cada minucia de la vestimenta, movimientos y gesticulación que hago hasta llegar a la habitación.
—No olvides traer una copa dentro de media hora. Y por supuesto, avisa antes de entrar—le repito un día más con una caricia en la mejilla antes de entrar en la habitación.
Al entrar, lo veo ya sentado en la mesa, con el tablero y las fichas listas para empezar. Pero le saludo correctamente antes de avanzar, juntando el puño de una con la palma de la otra mano —aunque estas no se logran ver por las anchas mangas—, e inclinando levemente mi cabeza.
Noto enseguida como el peso de la peina frontal de la parte recogida, y las horquillas laterales de jade y perlas que cuelgan de esta se tambalean a mi alrededor. Nunca me acostumbro del todo, dado que siempre procuramos llevar unas diferentes para demostrar nuestra riqueza, aunque realmente solo es la de la dueña.
Cuando me ve, agranda su sonrisa.
—Oh, mi preciosa Xuě Měi, hace tanto tiempo que no te veo y sigues igual de hermosa—lo piensa un poco—. No, incluso más.
Su halago me aburre, pero le muestro una sonrisa segura que oculto enseguida con la manga para esconder un falso rubor.
—Sois tan adulador señor Liàng—Me siento—. Me alegra saber que sigue igual. Supongo que en el juego también seguirá siendo igual de bueno.
Coqueteo con mi tono, a la vez que redirijo la conversación a lo que se supone que hacemos normalmente. Mi intención era provocarlo levemente, pero se sienta de inmediato impaciente.
—Por supuesto—reafirma colocando las fichas—. Esta vez, no perderé contra ti.
Las dice con amabilidad, pero en mi cabeza resuenan tan desagradables que casi pierdo la sonrisa que embozan mis labios y la mirada fría y seductora que trasmiten mis ojos cuando interpreto mi papel.
Enseguida empezamos y, en cada ficha que coloca, espera mi turno y cuela algún comentario, pero en principio, no me queda claro con qué propósito.
—Hoy llevas un vestido precioso. El rojo y el blanco son sin duda tu color.
Respondo a su jugada y coloca otra rápidamente. Me desconcierta su movimiento tan errado y de principiante que acababa de hacer, y que solo podría ser corregido en su siguiente turno.
—Los vestidos con solapas cruzadas que no muestran nada no son muy comunes por aquí—me informa innecesariamente—. Pero se ajusta tan bien a ti que no te hace falta. Te da un aire tan...
No encuentra la palabra, pero le toca mover y se equivoca nuevamente. Esta vez me ofendo internamente.
— Señor Liàng— lo llamo y lo interrumpo, apoyando la barbilla sobre mi mano—. Si sigue jugando así, jamás podrá conmigo.
La mirada que transmito vuelve a ser la misma; seductora y juguetona que derrite a cada uno de mis clientes cada vez que la uso, pero tan majestuosa que marca una clara distancia con el resto y que me hizo ser conocida como la “Diosa inalcanzable”. Jamás usaba escotes, los tejidos, aunque de lujo, siempre eran más gruesos o tenían más capas de lo habitual, que me daban un toque sofisticado, no era muy común en aquel tipo de lugar y época. Por no hablar del escaso contacto físico que podían tener conmigo, tan limitado que se reducía a toques en manos, rostro y brazos.
La suya se cambia de repente, tan extraña que no sé cómo interpretarla correctamente.
—Sí, esa es—dice, como si me hubiera leído el pensamiento—. Inalcanzable. Siempre me miras así, como si estuvieras por encima de mí en todo momento. No puedo negar que me encanta, hace que hierva en deseos de poseerte y al final, solo consigo acumular una rabia que no puedo retener del todo. —Dejamos de jugar porque sus palabras se mezclan entre la hostilidad y la lujuria. Me asustan, pero procuro que no se me note—. ¿Sabes por qué? Porque estás tan fuera de mi alcance, tan por encima, que hace que ni aun ahorrando toda mi vida, ni aun vendiendo todo lo que poseo, podría comprarte y hacerte solo mía.
Acaricia mi rostro suavemente, pero un escalofrío recorre mi cuerpo y por reflejo, me alejo antes de que intente agarrarme con fuerza. Me caigo para atrás, pero al no poder levantarme inmediatamente por el peso del vestido, consigue apretar mi brazo con fuerza y me empuja sobre la cómoda detrás nuestra de forma violenta. Me inmoviliza con fuerza sobre ella, lo que le permite palpar mi trasero e impacientarse por buscar con ellas por debajo de la tela mi “otra zona”, aunque el grosor de estas se lo dificultan.
—¡Detente! ¡Qué estás haciendo! —grito desesperado.
—¡Tu pureza es lo que determina tu valor, lo que te hace ser vista como una diosa intocable! ¡Sin ella no serías más que una prostituta y podrías ser solo mía! —me deja claras sus intenciones lleno de esa rabia y lujuria que decía no poder contener más.
Forcejeo insistentemente. Intento librarme desesperadamente de su agarre, pero no consigo deshacerme de él en aquella postura. Me preocupo aún más cuando noto lo cerca que está de tocarlo, por lo que dejo a un lado mi papel de cortesana delicada, cojo fuerzas y le asiento como puedo una patada que lo lanza al otro lado de la sala, llevándose consigo la mesa y el tablero.
No podía dejar que conociera mi secreto.
El estruendo alerta a Mian Mian, que me esperaba con la copa que le pedí para que entregara cuando fuera el momento, y entra entendiendo enseguida la escena.
—¡La dueña, avisad rápido a la dueña! —corrió por los pasillos en busca de ayuda, que no tardó nada en llegar.
Entró con furia por la puerta antes de que el señor Liàng pudiera recuperarse del golpe en su estómago y el choque con la mesa.
—¡Quién demonios se ha atrevido a intentar forzar a una de mis chicas! — preguntó, pero no esperó respuesta, tan solo lo agarró del cabello para levantarlo con fuerza—. ¡Quién te has creído, malnacido! ¡Venir a mi negocio y faltarles al respeto!
Era una vieja malhumorada y una avariciosa, pero nunca permitía que ninguna de sus chicas fuera forzada o golpeada por ninguno de sus clientes.
— Xuě Měi, ¿está bien? —entra preguntando Lǐ Měi que había dejado a su cliente, alertada por los gritos.
Me ayuda a levantarme mientras coloca correctamente las solapas del cuello que se había abierto por la fuerza y me saca de allí detrás de la dueña, quien llevaba a rastras al hombre entre chillidos para sacarlo a la calle.
Intento calmar mi respiración agitada, pero mi mente aún se encuentra estancada en el susto.
— Sī Měi—se dirige a ella cuando la divisa entrando por la puerta de la sala privada donde nos reunimos anteriormente, y a la que me había llevado de vuelta.
—¿Qué ha pasado? —quiere saber preocupada.
—Trae algo para calmarlo, está muy alterado aún—le pide y acto seguido, me ayuda a desmaquillar mi rostro y a soltar mi cabello de todo aquel peso innecesario.
Allí, además de nosotras y la dueña, no estaba permitido el paso de nadie más, por lo que no se preocupa de nada más que de mí.
—¿Estás bien? —Las lágrimas casi le estropean la pintura de sus ojos perfilados.
Aún me encuentro un poco conmocionado, pero asiento.
—Creo que no me ha descubierto.
—¿Eres idiota? —se enfada golpeándome con un dedo la frente, antes de abrazar mi cabeza entre su pecho—. Eso ahora es lo de menos.
Miro de reojo el vestido que aún llevo puesto en el espejo en el que me reflejo. Mi pecho liso y torso suavemente masculino que se asoma por el cuello desordenado se encuentra ahora un poco más en consonancia con mi rostro limpio, y recuerdo las palabras que las tres siempre me dicen cuando lo ven: «Incluso sin los polvos, la sombras y los delineados, tu rostro como hombre sigue siendo malditamente hermoso»
[1] De los caracteres Rojo y flor, haciendo referencia al color que se relaciona con la pasión.