El eco del pecado

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Summary

Entre la devoción y el deseo ¿cuál redime y cuál condena? Cuando los secretos se filtran entre las paredes del internado, y los ojos de Dios parecen observar desde todos los rincones, Helena y Samael deberán enfrentarse no solo al juicio de los demás, sino al suyo propio. ¿Es el amor un pecado cuando es lo único que logra salvarte?

Genre
Romance
Author
Lina
Status
Complete
Chapters
29
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo uno

Samael

Me incliné sobre la tierra húmeda, la manguera en mis manos dejando caer una fina lluvia sobre los tulipanes. Me encanta este momento de tranquilidad, de completa paz. El jardín trasero de la iglesia siempre ha sido mi refugio personal, el lugar donde puedo escapar del ruido y la tensión que se respiran en el convento y el colegio. Hoy el sol brilla tímidamente, un sol débil que apenas calienta el aire. La estación está cambiando, y los tulipanes florecen como un recordatorio silencioso de lo que es la belleza en la simplicidad.

Me quedé mirando cómo los pétalos de los tulipanes se abrían lentamente, como si despertaran de un largo sueño. Siempre he sentido que las flores tienen algo en común con las personas. Todos crecen, cada uno de su propia forma, a su propio ritmo, pero todos con un propósito.

Una vez más, dejé que mis pensamientos vagaran, pero no por mucho tiempo. El sonido de dos golpes firmes en la puerta de la cerca trasera me arrancó de mi meditación. La manguera se quedó colgando en mis manos mientras me giraba, esperando a ver quién era.

La figura que apareció en la entrada no era otra que la madre superiora, una mujer con la que comparto una relación amistosa, más allá de la jerarquía que nos separa. La veía como una especie de hermana mayor, aunque su autoridad nunca dejaba de ser evidente.

—Padre Samael —saludó con una sonrisa cálida—. Espero no interrumpir.

—No es interrupción alguna, Madre —respondí, sonriendo mientras me ponía de pie. Los tulipanes podrían esperar un poco más.

Nos saludamos con un leve gesto de cabeza y una mirada cordial. Ella se veía tan serena como siempre, su rostro enmarcado por el velo, que, aunque transmitía autoridad, también irradiaba una bondad tranquila.

—Me alegra verte tan ocupado con el jardín —comentó, mirando a su alrededor, satisfecha por el cuidado que el lugar recibía bajo mi atención. La Madre Superiora siempre ha sido de esas personas que ven la belleza en lo sencillo.

—Las flores me ayudan a pensar —respondí, mirando nuevamente los tulipanes que seguían floreciendo bajo mi mirada.

Hubo una pequeña pausa, un momento de silencio. A veces los momentos en los que no se dice nada son los más cómodos.

Sin embargo, no pasaron muchos segundos antes de que ella cambiara de tema. No venía solo a saludarme, lo sabía desde el momento en que la vi acercarse.

—Vengo a hablarte de algo —dijo ella, con la misma calma que siempre la caracterizó—. Esta tarde, a las tres, llegará al convento una nueva monja. Es alguien muy querida por mí, y quiero que estés disponible para recibirla.

Al escuchar esas palabras, mi mente dejó de vagar, y me concentré en ella. No es que no me importaran las nuevas incorporaciones al convento, pero las monjas siempre llegaban y se iban. Algunas permanecían, otras se iban pronto. En ese sentido, el convento se sentía como una rueda que nunca dejaba de girar.

—Claro, madre. ¿Viene de lejos? —pregunté por cortesía, sin darle mayor importancia al asunto.

—Sí, acaba de terminar el noviciado. Está empezando su camino como monja. Ella es joven, apenas tiene 25 años. Te pido que la recibas de forma cordial, Samael. Es importante para mí.

La madre superiora se detuvo un momento, como si quisiera decir algo más, pero al final se limitó a asentir y sonrió, como si todo estuviera dicho.

—Entendido, Madre. Estaré allí a las tres —respondí, asintiendo mientras volvía a tomar la manguera y me agachaba nuevamente para seguir con mi tarea. No podía evitar que mi mente volviera a los tulipanes, a las flores, a la calma que tanto me atraía.

—Gracias, Samael. Hasta luego —dijo ella, su tono amable pero también cargado de cierta solemnidad.

La vi alejarse, perdiéndose entre los jardines, y un suspiro salió involuntariamente de mis labios. El día continuaba como cualquier otro, o eso pensaba. No le di mucha importancia al hecho de que una nueva monja llegaría. Después de todo, las caras nuevas eran algo común en este lugar, y cada uno tenía su propia historia que contar, aunque algunas historias se quedaran guardadas en los rincones más oscuros del convento.

Más tarde, en la iglesia, me acerqué al altar para verificar si quedaban hostias. No recuerdo si envié al encargado a comprar más. Me agaché para revisar en la mesa del altar, el lugar donde solemos poner los elementos para la misa.

—Padre Samael, ¿en qué puedo ayudarle? —la voz suave, casi susurrante, me sacó de mis pensamientos.

Me volví, y ahí estaba Camille, una de las profesoras de la escuela. Desde que llegó a este lugar, he sabido que ve más en mí de lo que simplemente indicaba su presencia. Lo notaba. No era ciego, ni tampoco necio.

—Solo estoy revisando unas cosas para la misa de las seis, Camille. —respondí de manera cortante, pero sin ser rudo. Es importante mantener los límites claros.

Ella se acercó un poco más, sin apartar la mirada de mí.

—Si necesita algo más... estoy aquí para ayudar, padre —dijo, con una sonrisa que no dejaba mucho a la interpretación.

Suspiré, sabiendo que mi respuesta tendría que ser diplomática.

—Gracias, Camille, pero ahora solo me ocupo de estas tareas.

El sonido del reloj marcando la hora nos interrumpió, como si el tiempo quisiera recordarnos que no hay lugar para desvíos.

—Parece que tengo una clase —sonrió Camille una vez más, pero esta vez era menos intensa, más resignada—. Buenas tardes, padre.

—Buenas tardes, Camille —respondí, mientras la veía alejarse.

Suspiré, finalmente solo en la iglesia, organizado y en paz.


Eran casi las tres de la tarde cuando me dirigí al colegio para recibir a la nueva hermana. Tenía que apurarme, ya que, además de recibirla, debía preparar la misa de las seis.

Al llegar a las oficinas administrativas del primer piso, me encontré con la madre superiora, quien parecía preocupada.

—Padre Samael, ¿la ha recibido usted? —me preguntó, visiblemente algo inquieta.

—¿A la nueva hermana? —respondí, algo confundido.

—Sí, llegó antes de lo esperado —respondió, casi apurada—. El cuidador la dejó pasar. Dijo que se encontró con la profesora Margot, pero no sabe dónde están.

En ese momento, Margot apareció en la entrada, casi corriendo.

—¡Madre, padre! La nueva hermana... la dejé con unos pequeños en el patio. Estaba ayudando a unos niños, ¿está bien? —dijo ella, sin apenas tomar aliento.

La madre superiora la miró con una mezcla de exasperación y cariño.

—Deberías haberla acompañado directamente, Margot —dijo, aunque su tono fue más suave de lo habitual.

Fue entonces cuando, desde la entrada del patio, la vi.

Fue en ese preciso instante cuando la madre superiora, con un tono de regaño suave pero claro, rompió el silencio.

—Hermana—dijo con voz fuerte, visiblemente molesta. Sus ojos se fijaron en la mujer que se acercaba, como si no pudiera entender cómo alguien tan... distraído podía hacer algo tan… desordenado.

Esa mujer se estaba acercando junto a los niños, su rostro lleno de pintura y su hábito manchado, con una sonrisa que parecía iluminar todo el patio, haciendo que incluso el ambiente serio del convento pareciera más vivo.

Su cabello negro rizado revoloteaba por los aires gracias al fuerte viento, está sin velo, aquí, dentro del convento. La mujer parecía divertida, sin mostrar ninguna vergüenza por su estado. Rió suavemente con los niños, que también estaban cubiertos de colores.

—Mis disculpas, madre —respondió la mujer al llegar, mirando a la madre superiora con una expresión de ligera sorpresa, como si no hubiera esperado que la regañaran.

La madre superiora suspiró profundamente, con una ligera sonrisa en los labios que trataba de esconder, sabiendo que la situación ya pasó a otro nivel.

—No se preocupe, padre Samael —dijo, mirando hacia mí mientras la mujer intentaba organizarse un poco—. Esta es la hermana nueva que esperaba.

Ella me miró con una ligera incomodidad, como si estuviera disculpándose por algo fuera de su control. Aún, no dejaba de observar a la mujer. La cual no tardó en dirigirse a mí.

—Padre Samael —dijo la madre, finalmente rompiendo la pausa incómoda—, permítame presentarle a Sor Helena.

La mujer levantó la mano para saludar, su rostro tan iluminado por la risa que, por un momento, olvidé el ambiente solemne del lugar. Pero, en cuanto vi su mano llena de pintura, algo en mí se detuvo, como si quisiera hacerle saber que yo había notado su torpeza. Ella sonrió, como si hubiera percibido la situación.

—Oh, perdón —se apresuró a quitar la mano..

Antes de que pudiera apartarla, la tomé suavemente, sin pensarlo demasiado. Quizá fue el gesto espontáneo, algo tan simple como eso, lo que hizo que todo pareciera un poco más... humano, y menos rígido.

—Padre Samael —me presentó ella, su tono cordial, como si no estuviera tan preocupada por la pintura—. Un placer.

La vi sonreír, una sonrisa tan genuina que hizo que mi pecho se apretara, aunque no pude evitar notar las manchas de pintura que cubrían sus dedos. A pesar de eso, sentí una extraña calidez en su toque, como si la pintura no fuera más que un recordatorio de que todo, incluso el convento, podría ser algo diferente.

Me separé ligeramente de ella, sin dejar de mirarla.

—Un placer, Sor... —dije, sin poder evitar mi tono inquisitivo mientras observaba su rostro, tratando de captar más detalles.

—Helena —respondió ella, sin ningún reparo, aún con una sonrisa amplia que parecía brillar más que las mismas manchas de pintura.

La madre superiora nos observó, un poco sorprendida por la calma con la que intercambiamos palabras, pero también contenta de que, por fin, todo estuviera en marcha.

—Helena, vamos, antes de que las otras hermanas te vean. —dijo la madre superiora, intentando poner en orden la situación. —Y ustedes, a ducharse también. —fue entonces cuando los niños que la acompañaban, con sus risas contagiosas, se despidieron de ella junto a la profe Margot.

Aunque mi mente seguía enfocada en el nombre de esa mujer, Helena, no podía dejar de notar la extraña mezcla de elegancia y desorden que emanaba de ella. De alguna manera, eso me desconcertaba y, a la vez, me intrigaba.



Me paré frente a los presentes, la iglesia casi vacía, con unos pocos estudiantes y profesores que se habían acercado por su propia voluntad. La luz cálida de la tarde se colaba por los vitrales, bañando todo en tonos dorados, como siempre. Aunque la iglesia estuvo menos llena que en otras ocasiones, el ambiente seguía siendo solemne, tranquilo, como si el espacio guardara una paz sagrada.

Mi mente, sin embargo, no podía centrarse completamente en la ceremonia. El pensamiento de la monja nueva seguía dando vueltas en mi cabeza. Helena, la mujer que había llegado sin el velo, algo inaceptable en este convento. ¿Cómo podía una monja ser tan... descuidada? Y lo que más me desconcertaba era que la madre superiora, normalmente tan firme, no solo no la regañó, sino que hasta se rió un poco de su error.

Sacudí la cabeza para despejarme. No podía quedarme pensando en eso. La misa debía continuar, y yo debía concentrarme.

—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén —dije con voz firme, y los asistentes respondieron al unísono, como siempre.

—La paz esté con ustedes —continué, mirando a cada uno de ellos.

—Y con su espíritu —respondieron al unísono.

La oración llegó, y como siempre, pedí que todos se inclinaran. Mis ojos recorrieron la iglesia y, en ese instante, la vi. Helena. Estaba allí, en la primera fila, junto a la madre superiora. Su cabeza gacha como todos, pero su presencia parecía diferente, como si no encajara del todo.

Fue en ese momento cuando terminé la oración y levanté la cabeza, y nuestros ojos se cruzaron. La vi por un momento más de lo que debí, y rápidamente aparté la vista, volviendo al ritual con un poco de torpeza.

Cuando llegó el momento de la hostia, señalé a los asistentes para que se acercaran. Uno a uno, se fueron acercando al altar. Cuando llegó su turno, Helena se adelantó, y por alguna razón, mi pulso se aceleró. Cuando le ofrecí la hostia, sentí un ligero temblor en mis manos, algo tan fuera de lugar para mí.

—El cuerpo de cristo.

—Amén.

Su sonrisa inocente, tan cálida, me desconcertó aún más. Ella se inclinó ante mí, respetuosa, y luego se retiró hacia su asiento con esa misma calma.


Helena

La habitación se sentía extrañamente vacía. El silencio era profundo, salvo por el suave sonido de mis manos deshaciendo lo que había organizado con tanto esfuerzo en la maleta. Las paredes, blancas y simples, apenas tenían algún toque decorativo. Solo algunas flores secas en un jarrón y una cruz de madera al lado de la cama, que me recordaba constantemente en qué lugar me encontraba.

Tiré mi ropa sobre la cama sin cuidado, la ansiedad de ese primer día se reflejaba en mi comportamiento. Estaba agotada, pero mi mente no se detenía. ¿Cómo pude ser tan torpe? Pensé mientras miraba la pequeña montaña de objetos esparcidos por mi habitación. Los pequeños… esos niños tan traviesos y tan desolados al mismo tiempo. ¿Cómo había terminado jugando con ellos y acabando toda llena de pintura? Cuando mi vista se posó en las manchas de color en mi hábito sobre la silla, la vergüenza me invadió una vez más.

No podía dejar de reprocharme ¿Cómo pude dar esa primera impresión? La madre superiora me había dejado claro a través de la carta que había recibido lo importante que era dar una buena impresión, sobre todo ante el Padre Samael. Él era una figura clave aquí, y yo, evidentemente, había fallado. Había hecho un ridículo. ¡Qué vergüenza! Él, con esa expresión tan seria, habiéndome tomado la mano llena de pintura… no podía dejar de sonrojarme solo de pensarlo.

Pero lo más extraño fue que a él no parecía importarle en absoluto. Apenas había intercambiado algunas palabras conmigo. Yo estaba demasiado avergonzada como para decir algo inteligente. Pero, incluso con esa sensación, una parte de mí no pudo evitar notar lo apuesto que era. ¡Oh Dios! ¿Por qué estoy pensando en eso ahora? Pensé, riéndome internamente de mí misma. No podía ser tan desubicada.

Me tumbé en la cama un momento, cerrando los ojos. La misa, aquella ceremonia solemne… Yo lo había observado mientras hablaba con una voz tan firme y segura. No pude evitar admirarlo un poco en secreto.

Mis pensamientos fueron interrumpidos por la puerta que se abrió suavemente. Era la entrada de mis compañeras de cuarto. Dos monjas, que se presentaron de forma tan tranquila que casi me olvidé de mis pensamientos vergonzosos.

—Hola, Sor Helena —saludó la monja de mayor edad, Sor Agatha. Su voz era suave, pero tenía una firmeza tranquila, como si su presencia fuera suficiente para imponerse en cualquier espacio.

—Buenas noches, Sor Helena —dijo la otra monja, Sor Teresa, con una sonrisa amable. Era mucho más joven, de tez clara y cabello moreno. Su energía me resultaba reconfortante, como una brisa fresca en medio de un día caluroso.

Ambas entraron a la habitación, observando las cosas desordenadas.

—¿Todo bien? —preguntó Sor Teresa mientras se acercaba a mi maleta y me tendía una mano para ayudarme a ordenar las cosas.

—Sí, todo bien, solo un poco… desordenada —respondí, sintiéndome un poco más tranquila. Sor Teresa comenzó a ordenar algunas de mis cosas, y aunque no lo decía, me dio la sensación de que quería darme la bienvenida de una manera más activa.

Sor Agatha no dijo nada. Ella se dirigió a una pequeña mesa en la esquina de la habitación y comenzó a arreglar sus cosas también, como si estuviera acostumbrada a las tareas cotidianas del convento.

Me senté en la cama, con una mezcla de sentimientos en mi pecho. Agradecía la ayuda silenciosa, pero también sentía una creciente incomodidad por el hecho de haber causado tanto revuelo en mi primer día.

—No te preocupes, Sor Helena —dijo Sor Teresa, como si pudiera leer mis pensamientos—. A todos nos pasa al principio. Los niños son impredecibles. ¿Y el Padre Samael? Me parece que es alguien bastante serio, ¿verdad?

Asentí lentamente, sin saber muy bien qué decir. Sí, bastante serio pensé, pero no me atreví a verbalizar.

—¿Cómo te fue en la misa? —preguntó Sor Agatha de forma casual, aunque sus ojos me observaban con atención.

—Bien… Quiero decir, fue un poco extraño —respondí, avergonzada nuevamente—. Pero estuve nerviosa por la situación. No quería hacer más tonterías.

Sor Agatha me miró con una leve sonrisa y me asintió.

—Eso es normal. Solo recuerda que estamos aquí para apoyarte. —y, con esa simple frase, me hizo sentir un poco más relajada.

Sor Teresa sonrió y se acercó a la ventana para mirar el paisaje nocturno. Parecía ser una persona que apreciaba los pequeños momentos de calma, como yo.

—Será bueno que conozcas mejor el lugar mañana —dijo Sor Teresa—. Te acostumbrarás a este ritmo. El Padre Samael es estricto, pero en el fondo es comprensivo. Lo entenderás con el tiempo.

Asentí nuevamente, agradecida por la forma en que me estaban haciendo sentir bienvenida.

Me recosté un poco más, ya sin tanta vergüenza en el rostro, y miré a las dos monjas mientras ellas se adentraban en sus cosas. Sabía que mis días aquí serían difíciles, pero al menos no estaba sola. Y aunque la vergüenza por mi primera impresión aún me rondaba, era un consuelo tenerlas a ellas para que me guiara en este nuevo comienzo.


El viernes comenzó demasiado temprano. Sor Teresa me despertó con una amabilidad que no lograba mitigar el cansancio que me embargaba. Mientras me explicaba la rutina mañanera, yo asentía casi de forma automática, rezando en silencio para que Dios me diera fuerzas para salir de la cama. Nunca he sido una persona madrugadora, y ahora que no es opcional, parece más difícil todavía.

—Como serás profesora en el colegio, te eximen de ciertas tareas —dijo Sor Teresa, ajustándose el velo.

—Sí, debo reunirme con el rector a las siete. ¿Qué hora es? —murmuré desde debajo de la cobija, aferrándome a ella como si fuese mi último refugio.

—Las seis y treinta y cinco —respondió Sor Agatha, saliendo del baño con el rostro fresco tras lavarse.

Me levanté de un salto, tambaleándome un poco por el frío de la habitación. Tomé mis cosas rápidamente y me metí al baño compartido, intentando no tropezar con el borde de mi bata. La ducha fue un desafío; el agua casi helada me golpeaba como pequeñas agujas, arrancándome jadeos que luché por no convertir en improperios. Dios me perdone, pero es un pecado bañarse con agua tan fría en este lugar santo.

Después de vestirme, me miré en el espejo mientras ajustaba el cinturón blanco alrededor del hábito burdeos. Opté por una trenza sencilla que encaja cómodamente debajo del velo largo, aunque dejé que algunas puntas de mi cabello oscuro se asomaran. Siempre me dijeron que debería cortarlo, que sería más práctico, pero nunca me atreví. No quiero desprenderme de algo que siento tan mío.

Las medias de lana rozaron mi piel helada, provocándome un escalofrío, y supe en ese momento que jamás me acostumbraría al frío de este lugar. ¿Cómo pueden vivir aquí con esta temperatura? me pregunté mientras buscaba mi abrigo.

—Te acompaño, Helena. Es fácil perderse aquí si no conoces los pasillos —dijo Sor Teresa, poniéndose su capa negra antes de abrir la puerta.

El convento era más grande de lo que había imaginado. Caminamos por los largos corredores en silencio, solo roto por el eco de nuestros pasos. Me detuve un instante, atrapada por la vista de los jardines exteriores. La luz temprana del sol acariciaba las hojas de los árboles perfectamente cuidados, y la arquitectura de los edificios me pareció sacada de una pintura renacentista. Este lugar tiene una belleza casi irreal.

—Es hora de la misa de las siete, pero tú tienes otros deberes —comentó Teresa, señalando con la mirada hacia la capilla. Desde allí llegaba el murmullo de las oraciones matutinas.

Al llegar al área administrativa, Sor Teresa se detuvo frente a la puerta de una oficina amplia. Me sonrió con calidez antes de apresurarse para no perderse la misa. Respiré profundo y toqué la puerta.

Antoine Devereaux, el rector de la institución, era un hombre de semblante amable, con ojos que parecían examinar cada detalle sin perder la cortesía.

—Adelante, hermana, tome asiento —me dijo, extendiendo una mano hacia la silla frente a su escritorio.

—Muchas gracias —respondí, sentándome con cuidado, sintiéndome un poco fuera de lugar.

—Escuché que su llegada causó cierto revuelo ayer —comentó con una ligera sonrisa mientras se acomodaba tras el escritorio.

—Fue un malentendido, señor —respondí rápidamente, deseando que no indague más.

—No se preocupe, la madre superiora me explicó lo sucedido —respondió, calmado, antes de cambiar de tema con profesionalismo. —Ahora, quiero mostrarle su horario de clases y las actividades extracurriculares que tendrá a cargo.

Tomé la hoja que me extendió y la leí rápidamente. Tres cursos primarios, tres secundarios. Hasta ahí, todo parecía manejable, pero mi mente se detuvo en una palabra que no esperaba: jardinería.

—También tendrá la actividad extracurricular de jardinería —añadió él, como si no hubiese notado mi sobresalto. —Ayudará al padre Samael en esa tarea. Es una de las actividades favoritas de los estudiantes, pero últimamente no ha podido atenderla solo. ¿Tiene experiencia en jardinería?

—Sí, claro —mentí sin pensarlo. Dios, perdóname, otra vez.

El rector pareció satisfecho con mi respuesta, y agradecí que no hiciera más preguntas. Me explicó que mi horario había sido coordinado con la madre superiora y que tendría tiempo suficiente para cumplir con mis deberes religiosos.

—Bienvenida a la institución, Sor Helena —dijo finalmente, extendiéndome la mano.

—Muchas gracias —respondí, inclinando la cabeza con respeto mientras salía de la oficina. Afuera, respiré profundamente, agradeciendo que la reunión no hubiese sido tan complicada como esperaba.

Por la travesura de ayer, ya sabía dónde estaba el salón de artes. Los estudiantes estaban en la misa obligatoria de la mañana, lo que me dejaba algo de tiempo para preparar lo que haría en mi primera clase. Hoy tenía hora con los chicos mayores, y tenía claro que debía intentar algo diferente. Si ya de por sí ser monja podría dificultar que me tomaran en serio, era crucial conectar con ellos mostrando una faceta más… normal.

La campana sonó, marcando el inicio de las clases. Sentí un nudo en el estómago; los adolescentes siempre son un reto, y no me preocupaba tanto su rebeldía como mi habilidad para ganarlos. En pocos minutos, los pasillos se llenaron de risas, murmullos y pasos apresurados. Los estudiantes se dirigían a sus aulas, y pronto, el salón de arte comenzó a llenarse. Miraba con atención las caras nuevas, grabándose en mi memoria.

Era raro que un colegio católico fuese mixto, pero, como dijo el rector, los tiempos cambian. Aunque eso no significa que sean menos estrictos: un chico en el área de chicas o viceversa y la escuela se convertía en el campo de batalla de Troya.

—Hola, chicos, bienvenidos. Soy la hermana Helena D’Orsay. Seré su nueva maestra de artes este semestre.

—Buenos días, Sor Helena. —todos se levantaron para saludarme, un gesto al que respondí con una sonrisa cálida.

—No se sienten. Tomen un lienzo, los utensilios necesarios y formen una fila.

Aunque intercambiaron miradas de sorpresa, obedecieron. Ya en orden, los guíe hacia uno de los jardines, lejos de los edificios principales. Allí, les pedí que se esparcieran por el lugar, formando una ronda. El sol, tímido pero presente, aportaba un toque cálido al día, suficiente para que la actividad al aire libre no pareciera una locura.

—¿Qué quiere que pintemos, hermana? —preguntó una chica alzando la mano.

—Algo que los represente. Quiero conocer sus habilidades y ver cómo se defienden con un lienzo y pincel.

—¿Lo que queramos? —inquirió un chico, escéptico.

—Sí, tienen total libertad. Al final de la clase, entreguenme sus obras con sus nombres. Diviértanse.

Los estudiantes se pusieron manos a la obra mientras yo paseaba entre ellos, observando sus avances. Algunos aún tenían el lienzo en blanco, otros ya estaban muy adelantados. Respondí preguntas, ofreciendo ánimo donde era necesario. Eventualmente, me senté en el césped, dejando que el sol acariciara mi rostro, una búsqueda de calor que sabía inútil pero reconfortante.

Entonces, el murmullo creciente de una discusión llamó mi atención.

—¡Arruinaste mi trabajo!

—¡Fue un accidente!

—¡Claro que no!

Me levanté de inmediato, acercándome. Una chica estaba al borde del llanto, mientras un chico gesticulaba defensivamente.

—¿Qué sucede aquí? —intervine, colocándome entre ellos.

—¡Tiró agua sobre mi pintura! ¡Adrede! —se quejó la chica.

—¡No fue intencional! ¿Eres tonta o qué? ¿Por qué quisiera dañar tu estúpido cuadro? —replicó el chico, alzando las manos.

—No es necesario insultar, joven…

—Francisco, hermana.

Respiré hondo, manteniendo la calma.

—Francisco, ¿te parece correcto hablarle así a tu compañera?

—No, hermana. Pero no lo hice a propósito.

Intenté calmar la situación, asegurando que todo tenía solución. Justo en ese momento, un Border Collie apareció corriendo entre nosotros, distrayendo a todos. Aprovechando el caos, la chica tomó un vaso de agua e intentó lanzarlo hacia Francisco. Pero la detuve, sujetando su brazo y arrebatándole el vaso, que terminé lanzando sin mirar detrás de mí.

Las risas y jadeos de los estudiantes me pusieron en alerta. Me giré rápidamente, encontrándome frente al padre Samael. Su rostro estaba salpicado, y su camisa empapada. El perro, se sentó obediente a su lado, moviendo la cola.

—¡Padre! Lo lamento mucho, nunca fue mi intención. De verdad, lo siento muchísimo. —mis palabras salieron atropelladas mientras intentaba inútilmente secar su camisa con mis manos torpes.

—Hermana… —dijo en un tono bajo, pero seguí interrumpiéndolo.

—Quería evitar un problema, y ahora he causado uno peor. Por favor, discúlpeme.

—Hermana.

—Los chicos tenían…

—¡Hermana! —está vez alzó la voz un poco para que me callara.

Sus manos se cerraron sobre mis muñecas, deteniendo mi intento absurdo de reparar el daño. Sentí el calor subir a mis mejillas mientras sus ojos, oscuros y serios, no se apartaban de los míos.

—No diga una palabra más, Sor… —dudó un instante.

—Helena, padre.

—Le dije que no hablara más.

Solté un suspiro, asintiendo en silencio.

—Vamos, Luca. —ordenó al perro, que lo siguió de inmediato mientras él se alejaba con pasos firmes.

Me quedé inmóvil, observando hasta que desapareció de mi vista. Al voltear hacia los estudiantes, sus expresiones eran una mezcla de vergüenza y diversión. La chica intentó disculparse, pero con un gesto de mi mano le pedí que no hablara.

Suspiré profundamente mientras me recostaba contra el gran roble que nos daba sombra. Tendría que prepararme para el regaño monumental que seguramente me esperaba.