Aquel brillo en el cielo (COMPLETO)

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Summary

Mikail siempre fue un niño distinto, sensible al mundo y a sus heridas. En medio de sus dudas existenciales y sentimentales, encontró un inesperado respiro en la amistad de Yordy, un chico marginado con el alma repleta de sueños y corazón dispuesto a amar. Juntos construyeron Villa Fortuna, un rincon secreto donde podían ser ellos mismos, sin miedo. A traves del duelo, el amor y la memoria, Aquel brillo en el cielo narra una historia profundamente humana sobre crecer, sanar, amar sin condiciones... y aprender que algunos vinculos jamas se apagan, incluso cuando las personas ya no están.

Status
Complete
Chapters
26
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1 "Aquel menospreciado"

Eran ya las 7:30 y Mikail aún no terminaba de colocarse el uniforme. Tenía 13 años, y a esa edad, las preocupaciones solían ser pequeñas pero urgentes: llegar tarde a la escuela, no abrocharse bien los zapatos o no poder peinar su rebelde cabello pelirrojo. Aunque esas inquietudes parecieran insignificantes, para él eran verdaderos obstáculos matutinos. En esos últimos meses de curso, sin saberlo aún, empezaría a comprender que había otro tipo de pensamientos más complejos que aprendería a descifrar con el tiempo.


—¡Mikail! ¡Tu desayuno ya está listo! —gritó su mamá desde la cocina.

—Sí, mamá —respondió con voz distraída, lanzándose una última mirada al espejo. Observó el brote de acné que le había salido en la barbilla y chasqueó la lengua con fastidio. Aquel pequeño detalle se sentía como una injusticia más del cuerpo en transformación.

En la cocina, se sentó sin decir palabra y comenzó a devorar grandes bocanadas de su desayuno.

—Oye, oye, más despacio, te vas a atragantar —le advirtió su madre, dándole suaves palmadas en la espalda cuando empezó a toser.

Antes de salir, se despidió con un rápido gesto y corrió a tomar su bicicleta. El aire fresco de la mañana le golpeó el rostro mientras pedaleaba por el vecindario, tarareando una melodía que había escuchado en la radio. Sin embargo, su ritmo se detuvo ligeramente al ver que otro ciclista se incorporaba más adelante en la ciclovía.

Era Yordy.

Disminuyó la velocidad y se rezagó con la esperanza de no coincidir. Se trataba del chico menospreciado del salón. No era popular; de hecho, muchos lo evitaban deliberadamente. Siempre estaba rodeado de unas pocas niñas que también estaban al margen del grupo. Las burlas hacia él eran constantes y crueles: esconderle la mochila, ponerle el pie, insultarlo por su estatura o por su ropa arrugada y tres tallas más grande. Mikail sabía, como todos, que Yordy vivía solo con su padre, un alcohólico, y que su situación familiar no solo no despertaba compasión, sino que se sumaba a la lista de motivos para ridiculizarlo.

Llevaba siempre sudaderas y bufandas, incluso en días calurosos, como si intentara ocultarse del mundo. A Mikail le llamaba la atención la torpeza de su vestimenta: pantalones holgados, overoles que se inflaban cuando se sentaba, y esa bufanda siempre presente, como una extensión incómoda de su propio cuerpo.

Pero lo que más lo diferenciaba era algo que todos notaban al primer vistazo: las manchas en su rostro. Una de color marrón oscuro le cubría parte del ojo izquierdo y se extendía por su pómulo, mientras que un conjunto de manchas claras, casi blancas, recorrían su mejilla hasta rozar la comisura de sus labios. Su piel era extremadamente delgada y su cabello, manchado de mechones blancos, parecía una rareza más. En contraste con su desaliño, siempre tenía restos de pintura o brillantina en el pelo, como si acabara de salir de una clase de arte infantil.

Mikail no se unía a las burlas, pero tampoco hablaba con él. Evitaba cualquier contacto, temeroso de que, si alguien lo veía interactuar con Yordy, se convirtiera en el siguiente blanco de humillaciones. Y sin embargo, desde su asiento al fondo del salón, no podía evitar observarlo. Había algo hipnótico en ese niño extraño. Su mirada se detenía en su cabello, en sus cejas blancas de un solo lado, en la forma despreocupada en que se movía. No sabía que aquello que lo hacía tan distinto se llamaba poliosis y también algo de vitíligo, pero lo recordaría años después, cuando buscara una explicación lógica para lo que sentía al mirarlo.

Ese día llegó temprano a la escuela, diez minutos antes del timbre. Se sintió aliviado. Le gustaban esos pequeños triunfos silenciosos.

Mikail no era especialmente sociable ni participativo, pero era aceptado por sus compañeros. Lo consideraban amable, y eso bastaba para ser incluido en los juegos del recreo o en las actividades grupales.


—¿Qué harás en vacaciones, Mikail? —le preguntó un compañero.

—Dormir. Descansar. Nada en especial —respondía con la naturalidad de quien no busca impresionar.


Las charlas en el recreo siempre eran triviales. Sin embargo, algo en él empezaba a cambiar. Sin darse cuenta, había adoptado una costumbre: observar a Yordy. Lo buscaba con la mirada, como si necesitara saber qué hacía. Se decía a sí mismo que era para evitar parecerse a él, como un recordatorio constante de lo que no quería ser. Pero, en el fondo, había una curiosidad más profunda, una mezcla de incomodidad y atracción hacia ese universo que Yordy parecía habitar en solitario.

A veces lo veía jugando solo con una pelota desinflada o girando en círculos con los brazos abiertos, como si volara. En esas escenas, a Mikail le parecía patético, pero también libre. Y eso lo confundía.


—Es un niño amadamado —refunfuñó un compañero.

—¿Yordy? —Mikail frunció el ceño.

—Míralo. Por eso sus papás se separaron y su papá es un borracho.


Mikail no respondió. No veía eso en Yordy. Solo veía a un niño solitario, quizás roto, pero inexplicablemente alegre. No parecía importarle lo que dijeran de él. Lo insultaban en su cara, y él simplemente los ignoraba. Nunca lloraba. Nunca se enojaba.

¿Cómo puede seguir sonriendo así?, pensaba Mikail.

Una tarde, de regreso a casa, lo volvió a ver en la ciclovía. Como siempre, se atrasó para dejarle espacio. Pero, al llegar a un pequeño puente que cruzaba un arroyo, algo pasó. La tela de la ropa de Yordy se atoró en la cadena de su bicicleta, y en un segundo perdió el equilibrio, cayendo con todo su peso por el borde del puente, directo al arroyo que pasaba por debajo.

Mikail frenó en seco. El corazón se le encogió.

Se mató, pensó por un instante. Pero luego escuchó la voz de su compañero, ahogada por el agua:


—¡Ayuda... por favor... ayúdame!


Mikail miró a los lados, pero no había nadie en la calle. No lo dudó. Tiró su bicicleta a un lado y corrió hacia el borde del puente. Vio que la baranda estaba rota, probablemente por algún accidente anterior.

Yordy forcejeaba en el agua, intentando sujetarse de las piedras. El miedo se apoderó de Mikail. No sabía nadar.


—¡Nada a la orilla! ¡Agarra las piedras! —gritó, con la voz temblorosa.

—Ayúdame, Mikail... por favor... —suplicó el niño, cada vez con menos fuerza.


Y en ese momento, Mikail supo que tenía que decidir entre el miedo… y la humanidad.