Prólogo
Tiempo atrás, antes de que el oscuro reinado de Draxion envolviera al mundo en sombras, existió una era dorada bajo el liderazgo del gran rey Arvain de Velkari. Arvain no solo era un soberano justo, sino también un guerrero imbatible, amado por su pueblo y temido por sus enemigos.
Durante una guerra lejana, Arvain y sus tropas descubrieron un reino oculto: Velrath. Aislado entre montañas y niebla, Velrath era un paraíso de magos, dragones y secretos ancestrales. Allí, Arvain conoció a los sabios reyes Kelvorn y Thirna, quienes, tras ver la nobleza en su corazón, le ofrecieron su amistad.
Antes de partir, sellaron un pacto: cuando la guerra terminase, Velrath emergería de su anonimato para unirse a Velkari. La señal sería enviada a través de la naturaleza misma.
La señal llegó una mañana de final de verano. Arvain y su esposa Lirieth navegaron durante tres días y tres noches. Al llegar, un guardia de armadura azulada los recibió con un saludo en una lengua desconocida: “Min frue, min herre, din majestet venter på deg.”
Fueron guiados hasta un castillo cristalino, tan brillante que parecía capturar las estrellas. Al cruzar sus puertas, Kelvorn y Thirna los esperaban en sus tronos de plata. Así nació la alianza entre Velkari y Velrath, tejida por lazos más fuertes que el acero.
El destino quiso bendecir esta unión: en un mismo invierno, nacieron los herederos. En la primera nevada, Kaelthar Draelis abrió sus ojos al mundo. Y en la última noche de aquel invierno, Zaireth Raëlia Drayen iluminó el reino con su risa.
Desde pequeños, los niños fueron inseparables. Kaelthar, intrépido y curioso, siempre tomaba la mano de Zaireth para llevarla a sus aventuras: exploraban los jardines flotantes de Velrath, jugaban a esconderse entre dragones dormidos, e inventaban reinos imaginarios en los bosques susurrantes.
Una tarde, mientras los soles gemelos se ocultaban tras las montañas, ambos niños hicieron un pacto. Con un trozo de tela azul atado entre sus muñecas, juraron que jamás se separarían, que su destino sería compartido, pase lo que pase.
Los dragones más antiguos los bendijeron en silencio, sabiendo que aquel vínculo sellaría el futuro de ambos reinos.
Sin embargo, no todos miraban con buenos ojos su unión. Draxion, el hermano olvidado de Arvain, carcomido por los celos y la amargura, observaba en las sombras. Su corazón, que una vez buscó amor, solo halló vacío.
El día que los niños fueron presentados oficialmente como prometidos ante sus pueblos, una tormenta extraña rugió en el horizonte: un presagio que muchos ignoraron.
Años después, cuando Kaelthar y Zaireth apenas tenían cinco años, la tragedia golpeó como un rayo. Draxion, en un acto de traición abominable, asesinó a la reina Thirna y a Lirieth, rompiendo la paz forjada durante generaciones.
Velrath ardió, Velkari sangró, y Arvain cayó luchando hasta su último aliento, intentando proteger a su familia. Su espada, la legendaria Drakmor, desapareció junto a su hijo Kaelthar, y el Reino Oculto se desvaneció entre las brumas.
Zaireth, rescatada por cuatro dragones leales, fue llevada en secreto a tierras lejanas. A sus cinco años, la niña que una vez jugaba entre flores y canciones, fue coronada líder de su pueblo disperso.
-Abuelo, ¿los herederos volverán algún día? – preguntó la pequeña de ojos grandes, sentada junto al fuego.
- Sí, pequeña… Cuando Fafnir y sus hermanos dancen en el cielo, cuando la Drakmor vuelva a brillar bajo la luna, entonces Kaelthar y Zaireth restaurarán lo que fue arrebatado.
Aunque Zaireth busca incansablemente a Kaelthar, su paradero sigue siendo un misterio. Algunos dicen que duerme bajo la protección de los Zhyrk, los antiguos dragones del abismo. Otros creen que vaga sin memoria, esperando el día en que el lazo atado en la infancia vuelva a guiarlo a su verdadero hogar.
El destino ha escrito sus nombres en las estrellas. Y cuando llegue la hora, no habrá sombra capaz de apagar su luz.