EL SILENCIO DE TEOTIHUACÁN
Rubén había muerto la noche anterior. Habría que prepararse para su velorio lo antes posible. Afuera llovía con estruendos y relámpagos.
Estaba duchándome cuando, de pronto, se fue la luz. Era de esperarse: la lluvia se volvía cada vez más intensa. Al salir del baño, me di cuenta de que estaba completamente solo. Camila y Julieta habrían salido, pero ¿por qué lo harían si la lluvia no permitía ni llegar al estacionamiento? Algo no cuadraba.
El reloj marcaba las cinco y cuarto. Era hora de partir a la capilla. Antes de marcharme, un sentimiento me detuvo: “Saúl, no vayas”, susurró algo en mi mente. Un frío me recorrió el cuerpo de forma repentina. Estaba a punto de girar la perilla cuando sonó el teléfono.
—¿Hola? —contesté.
—Hola, Saúl. Oye, ¿crees tardar en llegar? —preguntó Óscar, notoriamente nervioso.
—Estoy saliendo. ¿Por qué? ¿Sucede algo?
—No, todo está bien. Solo que alguien está preguntando por ti. Se ve rara esta mujer. No quise ni preguntar su nombre. Es mejor que la veas.
«¿De qué carajos está hablando Óscar? ¿Cómo alguien me va a conocer si solo asistirán familiares de Rubén? ¿Mujer dice?», pensé mientras él hablaba.
—Qué raro... Mejor la veo cuando llegue. Por cierto, ¿ya llegaron Camila y Julieta?
—No. ¿No iban a venir los tres juntos?
—Sí, se suponía. Pero no están conmigo desde hace horas. Me duché y cuando salí ya no estaban. Sus cosas siguen aquí, sus teléfonos, pero ellas no —confesé.
—Seguro fueron a un café. Espero que no les haya pasado nada. Apúrate, Saúl. Esta tipa da miedo —dijo Óscar.
Colgué y me fui al velorio. Al llegar, Óscar estaba afuera fumando un cigarrillo, claramente ansioso. Me dijo que la mujer que me buscaba vestía un abrigo negro aterciopelado y usaba gafas.
Entré a la sala y ahí estaba ella, tal cual la describió Óscar. Pero no entendía su ansiedad: no se veía rara. Era una mujer hermosa, de ojos verdes. Me cautivó al instante.
Me presenté. Ella dijo llamarse Abigail, y afirmó haber sido una gran amiga de Rubén. Me buscaba porque él le había hablado maravillas de mí. Comenzamos a charlar, y lo que decía parecía real. Conocía a Rubén, y también a mí…
Charlamos por horas mientras tomábamos café. En un momento, sentí ganas de fumar. La invité, pero se negó. Aún llovía, aunque más suave. Me fui a una esquina para fumar, y al poco rato se me unió el padre de Rubén, quien me pidió un cigarrillo.
—Oiga, ¿por qué Rubén nunca nos habló de Abigail? —pregunté mientras exhalaba el humo.
—Hijo, ni a nosotros nos había contado. Pero parece que se conocían desde hace años. Platiqué unos minutos con ella, pero me dio una vibra extraña y me alejé —respondió.
—¿Vibras raras, eh? Óscar también me lo mencionó. Pero no sé... Estuve hablando con ella y es muy agradable —dije.
—Gracias por el cigarro, hijo —y volvió a la sala.
Entré nuevamente, buscando a Camila y Julieta, pero no había rastro de ellas. Tampoco de Abigail. Entré a ver el cuerpo de Rubén, y ahí estaba Óscar, observando el féretro. Me uní a él. El cuerpo de Rubén estaba azulado, lo cual me inquietó mucho. No murió ahogado, y su rostro no reflejaba paz. Me causó terror. Supuse que el trabajo funerario fue malo. Le di unas palmadas a Óscar y traté de salir, pero mucha gente entraba a verlo.
Fui por café y me senté en la cafetería, analizando todo. No tenía sentido que el cuerpo estuviera azulado. Los cuerpos suelen palidecer, pero ¿azularse?
De pronto, un olor embriagador me rodeó. «¿Quién se pone perfume para un velorio?», pensé. Giré la cabeza: era Abigail, con un libro en las manos. Sin decir palabra, me lo dio y se marchó.
Intrigado, lo abrí. En la hoja principal, escrita a mano, decía: “¿Está azulado, cierto?” Continuaba: “¿Quieres saber cómo murió? Yo te ayudo a descubrirlo. Solo tienes que leer conforme al tablero de abajo.”
Capítulo XV, páginas 4 y 5.Capítulo XX, página 8.Capítulo I, página 1.Prólogo.
No parecía mucho, así que comencé. En la página 4 había símbolos extraños. La 5 decía: “Si en verdad fuiste su amigo, ¿por qué no sabes cómo murió?” Escrito en tinta roja, cursiva.
Pensé que era una broma, pero seguí. Capítulo XX, página 8: sangre en la hoja. El texto: “Calma. Sé que estás tenso. Eso no es sangre. Ve al siguiente capítulo.” Me inquieté: parecía que el libro sabía cómo reaccionaría.
Capítulo I, página 1: “¿Viste que su padre está muy serio? Observa a tu alrededor y disimula hasta encontrar a una vieja con cara de amargada.” Lo hice. Al fondo, una mujer mayor, sola, mirando el féretro. «¿Y esta señora qué tiene que ver?», me pregunté.
Por último, el prólogo: “Esa mujer es la respuesta. No te lo puedo decir aquí porque se armaría un caos. Ven al estacionamiento cuando termines de leer.”
Ya no llovía. Tenía frío. Busqué a Abigail. Estaba en su coche, escuchando música. Me acerqué.
—Explícamelo de una vez, por favor —dije, molesto.
—Calma, Saúl. Te lo diré, pero primero relájate. Sube al auto. Demos una vuelta por la ciudad —respondió con voz suave.
Subí. Era noche cerrada. No había gente. El aroma de Abigail y la música me relajaban. Llegamos a una casa grande y hermosa.
—Es mi casa. Pasa, tomemos algo —dijo.
Dentro, tomamos café. Volví al tema que me inquietaba.
—Gracias por la invitación, me hacía falta. Pero cuéntame, ¿qué le pasó a Rubén? ¿Y qué tiene que ver esa anciana?
—¿Por qué no crees, Saúl? —preguntó.
—No creo en el destino, ni en lo paranormal. Nada está escrito —respondí.
—Bueno… Rubén venía a casa. Llovía. Cayó en un bache. Se le poncharon dos llantas. La casa más cercana era la mía. Me pidió usar el teléfono. Nadie le respondió. Me pidió quedarse hasta que pasara la lluvia. Accedí. Lo dejé en la sala. Yo subí a mi habitación. Una hora después bajé. Dormía. Aproveché para hacer un ritual —confesó.
—¿Qué? ¿Ritual de qué? —pregunté, alarmado.
—Sí, Saúl. Un ritual. Verás…
Tocaron la puerta. Eran Camila y Julieta. Llevaban velas y un libro de piel.
—¿Qué hacen aquí? ¿Cómo saben que estoy aquí? —grité.
—Le quitamos el alma a Rubén por tonto —respondió Abigail, burlándose.
—No temas, Saúl. Esto ya estaba escrito —dijo Camila.
—Mira el lado bueno: volverás a reunirte con él —agregó Julieta.
—¿Qué me harán? —pregunté, aterrado.
—Nada. Solo te vamos a quitar el alma —dijo Abigail.
La lluvia arreció. Apareció humo en la casa. Retrocedí. Las vi transformarse en horrendas brujas. Ya no eran ellas. Corrí a la entrada trasera. Antes de llegar, apareció Camila, con su forma humana.
—Saúl, estás soñando. Mira, puedo volar —dijo.
Dudé. Me pidió abrazarla. Lo hice, creyendo que todo era un sueño. Entonces, me jalaron el cabello y caí al suelo. La casa era una choza abandonada. Frente a mí, Abigail sonreía siniestra.
—Qué mal, Saúl. Deberías haberle hecho caso a Óscar. Lástima que ya está con Rubén. Pronto tú también —dijo.
Intenté levantarme. Inútil. Camila me había atado. No podía mover mis manos. Me arrastré como pude, desesperado. Comencé a levitar. Estaban robándome el alma. Camila me elevaba. Abigail la extraía. Julieta recitaba en un idioma incomprensible.
Era mi fin. Sabía que no debía salir de casa ese día.
Y entonces, lo peor ocurrió: morí.
Ahora estoy narrando esto desde el libro que te pedirán que leas.
Buena suerte, muchacho. Que Dios se apiade de ti.