Capitulo 0: Cuando ellos atacan
Respiró pronfundamente, la mano de su amada madre se apretó en su boca para evitar que el aliento gélido saliera de sus labios y no provocase el vapor tan llamativo por las bajas temperaturas. Apenas entendía nada de la situación en la que ahora se encontraban, escondidos en el hueco debajo de las escaleras de su humilde casa, ocultos por la oscuridad del hueco mismo. Su padre había desaparecido no supo cuando, lo vio un momento cuando su madre lo sacó de la cama antes de desaparecer por las escaleras, dejándolos solos.
El silencio de la casa era casi aterrador y antinatural, apenas podía ver nada que no fuese iluminado sutilmente por la tenue luz de la luna que se asomaba por las pequeñas rendijas de las ventanas de madera. Se acomodó en el regazo de su madre, su cabeza descansando el pecho de ella. Podía escuchar sus latios acelerados, su aliento en su coronilla era tembloroso y desigual. Sus manos sudaban pero se mantenían firmes en las bocas de ambos, uno de sus brazos rodeaba su minúsculo cuerpo para mantenerlo lo más cerca posible, casi como si quisiera fusionarlos en un solo ser. El niño jadeó en silencio, quería toser pero su la mano de su progenitora no se lo permitió, se aguantó y apretó en puños el largo vestido oscuro de su madre el cual lo rodeaba como si fuera una gran capa cálida.
Cerró sus ojos, agotado. Los últimos días, la enfermedad lo mantuvo en cama, casi todo el día durmiendo y siendo cuidado por su amorosa madre. Solo quería dormir, se sentía cómodo y seguro, podía dejar que su progenitora tuviera el control de la situación. Dejó su mente volar, el sueño lo vencía otra vez.
Pero lo escuchó. Un sonido.
Thud, thud, thud.
Pasos secos y duros, como si la persona que caminase pesara toneladas.
Sintió a su madre tensarse, un jadeo salió de sus labios entreabiertos. Lo abrazó más fuerte, tanto que le hizo doler. Se removió en su lugar, haciendo un pequeño sonido de disgusto.
Thud, thud, thud.
Esos pasos siguieron por todo la sala de estar, lentos y precisos, como si conociera cuales maderas harían ruido al pisarlas y cuales no. Escuchó a su madre rezar en bajo, aunque apenas podía escucharla, sentía sus labios moverse en su cabeza y calentar su cuero cabelludo con su aliento. A medida que los pasos se escuchaban más y más cerca, ella se tensaba y rezaba con más desesperación, su abrazó se volvía incómodo y doloroso para su pequeño cuerpo infantil.
Thud, thud, thud.
Los pasos siguieron y subieron las escaleras, perdiéndose en el piso de arriba. Su madre suspiró, dejando su cuerpo relajado.
—Mamá... —susurró cuando la mano de la mayor dejó su boca.
—Shh. —lo calló—. Vamos, salgamos de aquí. —susurró en su oído.
Poco a poco, salieron de su escondite, no podía verla bien por la oscuridad pero la mano de su madre agarró la suya y la apretó. Caminaron por la casa, todo daba vueltas a su alrededor pero dejó que ella lo guiara. Pararon por un momento, se apoyó en una pared cercana mientras escuchaba a su mamá moverse lejos en busca de algo. Pronto, una capa rodeó sus hombros y su cuerpo para mantenerlo cálido del aire frío del exterior.
—Mamá... Me duele la cabeza... —susurró, las sienes estaban a punto de estallarle, el mareo lo incomodaba.
—Ahora lo solucionaremos, cielo. —lo tranquilizó con voz suave—. Pero tenemos que irnos, tenemos que buscar a tu papá, Robert. —le contestó.
Asintió en silencio, dio un paso pero tropezó con sus propios pies cuando sintió su cuerpo débil por el exceso repentino de calor. Cayó al suelo con un golpe fuerte, su cabeza rebotó contra el suelo de madera, gritó del dolor empeorando su estado ya de por sí perjudicado. Escuchó a su madre gritar también, escuchó pasos rápidos en el piso de arriba y las fuertes y delicadas manos de su madre lo levantaron del suelo, abrió la puerta trasera de la cocina y ambos salieron al enorme prado donde apenas unas horas antes pastorearon a su ganado y cultivaron sus alimentos, todo iluminado por la fuerte luz blanca de la luna.
Él apenas dio un par de pasos antes de mirar atrás para ver si su madre lo seguía, la vio en la entrada trasera de pie, sus ojos azules lo miraron con miedo, su cabello rubio atado en un moño se desató por una enorme mano que sujetaba su cabello desde la oscuridad de la casa, una cara se asomó detrás de ella, una cara de un hombre viejo y feo, con una arruga en la nariz, tenía los ojos rojos y sus colmillos brillaron antes de enterrarse en el cuello pálido de ella. Fue arrastrada hacia el interior de la casa con un último grito agudo y aterrador, luego el silencio mortal volvió. Se quedó mirando la oscuridad de la casa, el mareo y el dolor de cabeza pasaron a segundo plano, dio un par de pasos atrás y antes de comenzar a correr hacia el granero donde guardaban a los animales. Jadeando, llegó a las puertas de madera donde vio un cuerpo en el suelo; al acercarse, vio que era su propio padre, en su rostro se reflejaba el mayor miedo y la más pura desesperación, los ojos fijos en la nada, dos huecos en su cuello demostraban cuál había sido la causa de su muerte.
Llevó las manos a su boca, evitando el grito que quería escaparse de su garganta. Miró atrás, a su antigua casa pero no pudo ver nada más que a aquel ser de pie en las penumbras de lo que fue su hogar lleno de amor. Parpadeó por unos instantes para quitar las lágrimas que empañaban su visión cuando, al volver a abrirlos, lo vio parada justo delante suyo. Su rostro seguía siendo horrible pero ahora lo era doblemente, todo cubierto de sangre con una mueca asesina, retrocedió con miedo per acabo tropezando con el cadáver de su padre moribundo.
No supo que decir o hacer, apenas podía pensar. El dolor del golpe y el constante mareo de la fiebre que poco a poco comenzaba a nublar sus pensamientos lo mantenían de pie como una estatua.
En su pequeña mente de un niño de ocho años, un solo pensamiento se mantenía alejado del miedo.
Sobrevivir.
Sin embargo, no pudo dar más que dos pasos antes de ser envuelto en la misma oscuridad junto a sus padres.
Solo un pequeño grito se pudo oír en esa pequeña granja.
—Y... ¡Corte! ¡Está ha sido buena, chicos, gran trabajo! ¡Es todo por hoy, tengan una buena noche! —una risita se dejó oír de fondo—. Menos a los del decorado, os espera un noche guapa, chicos.
Un gran suspiro se escuchó a mis espaldas, todos pertenecientes a mis compañeros de profesión.
Sería una noche larga.








