Capítulo 1: El Banquete de los Condenados
Las luces cálidas de los candelabros dorados colgaban pesadas sobre el salón principal del palacio, fundiéndose con el aroma a especies dulces, vino caliente y flores recién cortadas. El salón rebosaba de risas diplomáticas, tintineo de copas de cristal y palabras llenas de doble filo. Era una noche llena de motivos para sonreír.
Aeryn avanzaba con paso firme, aunque su interior tuviera una mezcla de orgullo, resignación y sospecha. Su vestido de seda resplandecía bajo la luz, ajustado a su cuerpo y abierto de la espalda, delicado y majestuoso. Las joyas no eran muchas, pero cada pieza hablaba de estatus. Su melena caía en ondas controladas, como todo en su vida hasta este matrimonio.
A su derecha, los nobles se apartaban con respeto. A su izquierda, algunos bajaban la mirada o cuchicheaban. El murmullo era constante, pero nadie se atrevía a hablar en voz alta. No frente a ella. No frente a la reina.
Y entonces lo vio.
De pie junto al trono, vestido con negro y detalles en rojo escarlata, Kieran, el rey de Emberfall. Alto, de mirada afilada y postura segura. Se veía imponente... y frío. Como si llevara el invierno en los huesos.
Ella se detuvo a unos pasos de él.
—Te ves... —dijo Kieran, su voz baja y tensa, apenas audible por encima del murmullo de la corte—. Hermosa.
Aeryn alzó apenas una ceja. No era una declaración de afecto, pero era lo más cercano que había salido de sus labios en semanas. Desde la boda, para ser exactos.
—Gracias, majestad —respondió con una reverencia ligera, sutil, elegante. No había dulzura, pero sí orgullo. Siempre mantenía el orgullo.
Kieran desvió la mirada por un instante, sus dedos jugando con el anillo de su dedo índice. Ese gesto. Ella ya lo conocía. Duda. Conflicto. ¿Había considerado traer a su amante esta noche? ¿Había dudado?
La música comenzó a sonar. Una melodía de cuerda y flauta llenó el aire. Los primeros nobles comenzaron a bailar.
Kieran se inclinó levemente hacia ella.
—Vendrás conmigo al centro. La corte espera ver a su rey con su reina.
—¿La corte? —repitió ella, la voz suave—. ¿Y tu amante?
Él entrecerró los ojos, como si esas palabras fueran un golpe suave pero seguro.
—Esta noche es tuya —murmuró él finalmente—. Solo tuya.
Aeryn respiró hondo. No era amor. Pero era algo.
Y con eso, aceptó su mano, y juntos avanzaron hacia la pista de baile, bajo los ojos hambrientos de la aristocracia.