Capitulo 1: La asignación.
Cuando la guerra había terminado, Draco sabía que su familia jamás sería libre de las miradas y palabras crueles, porque habían cometido una equivocación y se dieron cuenta demasiado tarde, de que apoyar a Voldemort era un error.
La mansión Malfoy jamás se había sentido como un hogar para él, mucho menos con los horribles recuerdos de gritos y llantos de las víctimas de su tía, Bellatrix Lestrange. Por lo que, dejar atrás aquella casa no fue difícil, no tanto como abandonar el país en el que había crecido.
Su llegada a Estados Unidos había sido dura y fría, no conocía a nadie ahí, no había a quien acudir. Y se encontró con que debía poner mucho esfuerzo, demasiado realmente, sólo para poder obtener un puesto mínimamente digno en el Magicongreso.
Comenzó sirviendo café, lo que jamás imagino hacer, llevando y trayendo papeles a distintas áreas. En algún momento, se le fue concedido un puesto de secretario, que nunca le gustó realmente. Por un breve tiempo se ocupo de cubrir a personas que tomaban días. Y fue gracias a ello que descubrió una pequeña rama del Magicongreso, en donde se encargaban de cuidar a los niños de Aurores que se la pasaban en misiones y no tenían con quién dejarlos.
Draco jamás había tenido una gran adoración por los niños, siendo criado como hijo único, nunca convivió mucho con otros. Pero el trabajo parecía sencillo y era bastante más remunerado que los sueldos promedio en aquel lugar. Por lo que se postulo en cuanto vio la oportunidad.
Lo odio.
Realmente lo odio.
Al menos al principio, de cualquier forma. Cuidar niños resultó ser muchísimo más desgastante de lo que imagino en un principio. No entendía como su madre lo hacía parecer tan fácil, era una pesadilla que jamás terminaba, apenas y podía tomar un respiro cuando se dormían.
Pero con el paso del tiempo, tomándole cariño a los niños que le eran asignados, realmente empezó a disfrutar de su empleo. Mostrándose firme y autoritario al principio, pero enseñándoles su lado más humano y tranquilo cuando finalmente se ganaba a los pequeños.
No paso mucho tiempo cuando ya se había hecho una buena fama como niñero y las asignaciones crecieron a tal grado que su agenda estaba llena. El dinero que le pagaban también aumento, lógicamente.
Los días se convirtieron en semanas, luego en años, hasta que su cumpleaños número 32 llegó a él y trajo consigo una inesperada noticia.
La mañana de un lunes 25 de noviembre, Draco entró a su oficina, encontrándose con Luna Lovegood. Una chica a la que nunca creyó volver a ver.
- Buenos días, señor Malfoy. - Ella saludo con aquella soñadora voz que Draco recordaba haberle escuchado en Hogwarts hace ya tantos años. - Lamento haber entrado, la jefa del departamento de niñeros me dijo que tardarías un poco en llegar, porque anoche tuviste trabajo. Así que decidí pasar y sentarme para esperar.
La joven mujer hablaba de una manera tan tranquila y serena, que Draco vio difícil enojarse, aunque estaba claramente desconcertado. Nadie venía a verle, todos aquellos que requerían sus servicios hablaban directamente con la encargada.
- No pasa nada. - Respondió simplemente, encaminándose hacia la silla de su escritorio, sin poder apartar su mirada de la Ravenclaw. - Pero no es usual encontrarme personas aquí, si requieres un niñero, debes hablar con la encargada. Ella te dirá quienes están disponibles y los costos.
- Oh, se a quien ocupo. - Una sonrisa de extendió por su rostro, mientras dejaba una carpeta en el escritorio. - Es a ti, vine por tus servicios.
Draco supuso que ella se había mudado a Estados Unidos, dado que no había otra explicación para que viniera aquí, pero su agenda estaba llena.
- Lo lamento pero no creo que tenga cupo, pronto será diciembre y el trabajo para los aurores parece crecer radicalmente.
- Se que estás ocupado, entiendo eso. Pero creo que te interesará lo que mi jefe te ofrece. - Ella empujó un poco más la carpeta y Draco se vio obligado a tomarla y abrirla.
Probablemente debió prepararse mejor antes de hacerlo.
Casi se ahogaba con su saliva, viendo el contenido, la gran suma de dinero que se le ofrecía en aquel papel. Necesito respirar hondo, antes de poder decir aunque sea una sola palabra.
- Es demasiado dinero...
- Para mi jefe no es un problema el dinero. - Ella aclaró. - Tiene más que suficiente para pagarle.
- ¿Quién es? - Draco se atrevió a preguntar. - Si tiene tal cantidad, debe ser alguien importante.
- Harry Potter.
Y de nuevo la saliva casi le ahoga.
Por supuesto que era Harry cara rajada Potter, ¿Quién más? Luego de la guerra probablemente había ganado tanto dinero como para derrochar continuamente. Incluso si estuviese en una mala racha, dudaba seriamente que no le ayudasen, después de todo era el chico que los había salvado de un mundo horrendo gobernado por un monstruo.
Totalmente contrario a la situación de la familia Malfoy.
Ya que luego de la guerra y el juicio a Lucius, la fortuna que por generaciones acompaño al apellido, fue disminuyendo rápidamente. No tanto para ser tan pobres como alguna vez fueron los Weasley, pero si para requerir de una vida modesta.
Aunque estaba seguro de que a su madre, Narcissa Malfoy, no le faltaba nada en aquella casa que había adquirido, alejada del mundo en general, estaba consiente de que no tenía los mismos lujos de los que alguna vez gozaron.
Y este dinero sería de bastante ayuda para recobrar un poco de aquella vida.
¿Pero valía realmente la pena?
Aunque la enemistad que había tenido con Potter quedó atrás luego de la guerra, cuando el chico le regreso su varita, no era como si hubiesen hablado después o siquiera sabido del otro.
Lo único de lo que Draco estaba consiente de Potter, era que se había casado con Ginny Weasley, lo que no era una sorpresa. A pesar de las mil preocupaciones que tenía en sexto grado, no era ciego como para no darse cuenta del amor que tenían aquellos dos. Ni mucho menos sordo como para no escuchar a sus compañeros cuchicheando sobre Potter y Weasley escabulléndose a la sala de menesteres.
Y no era un secreto lo que sucedía en ese lugar.
Pero no estaba al tanto de nada más, ni siquiera de cuántos hijos tenía, aunque suponía que eran al menos tres.
- No es como antes. - La mujer atrajo su atención, mirándole con aquellos grandes ojos soñadores. - Harry cambio mucho luego de la guerra. Ahora es tan tranquilo como una suave marea, apenas y se queja de algo, mucho tiempo lo pasa perdido en recuerdos melancólicos. No será un problema para ti, Malfoy.
Se sorprendió de cómo ella sabía lo que estaba pensando. Como si pudiese ver la duda bailando en sus pupilas y su cerebro imaginando miles de escenarios donde su carácter chocaría con el de Potter.
- Si accedo a esto, tendría que dejar Estados Unidos y regresar.
- ¿Y porque no? - Ella se levantó, sonriéndole cálidamente. - Sólo piénsalo, volverías con la cabeza en alto, nadie se atreverá a juzgarte mientras seas quien cuide de los niños del salvador, ¿No?
Draco no pudo evitar dejar escapar una pequeña risa incrédula, en verdad ella era tan extraña, aunque los Ravenclaw en su mayoría siempre lo fueron.
- ¿Cuando me necesita ahí?
[ Lunes 02 de diciembre, campos de Inglaterra, mansión Potter. ]
Resultó que Potter requería de un niñero tan pronto como fuera posible.
Por lo que, Draco se vio obligado a ordenar y notificar a todos que no estaría disponible por algún tiempo, dado que volvería a su país. Algunos de sus clientes se vieron terriblemente enojados por ello. Pero en cuanto se les mencionó el nombre del padre de aquellos niños a los que cuidaría, entendieron porque había aceptado, sería un loco si no lo hacía.
El regreso al lugar donde había crecido fue duro, durante todo el camino se encontró pensando si había tomado la decisión correcta, pero algo en su corazón decía que no estaba equivocado, esto era lo que debía hacer.
Sus pensamientos cambiaron de dirección en cuanto una gran mansión se mostró frente a él, tenía al menos tres pisos y tantas ventanas como para contarlas, un jardín enorme que poseía bellas flores y árboles. Si echaba un buen vistazo, detrás comenzaba el extenso bosque.
Aunque en primera instancia Draco creyó que era sorprendentemente lujosa, una vez delante de ella, se dio cuenta de que era más bien hogareña. Como si fuese la casa soñada en una colina, rodeada de arboles y naturaleza, con pájaros y animales por todo el jardín.
Ginny Weasley se había sacado la lotería con Potter.
Entendiendo que nadie vendría a recibirlo, encontrando eso como una falta de respeto, decidió adentrarse por lo que parecía el camino a la puerta principal.
El sonido del aire moviendo las hojas de los árboles llegaba a sus oídos, mientras admiraba los arbustos y flores. Le parecía extraño que no hubiera ruido de niños, aunque si eran tres y la casa tan grande, no era de sorprenderse.
Al llegar a la entrada, suspiro un poco y se acomodo el traje, estirándose para tocar el timbre y hacer saber que estaba ahí.
Mala idea.
Algo se abrió arriba de él y dejó caer de una cubeta varios litros de lodo, ensuciando su ropa por completo y dejándole brevemente sin poder ver.
- ¡Puaj!
Draco se llevó las manos al rostro, quitándose el lodo de los ojos lo mejor que pudo y escupiendo lo poco que había entrado en su boca, se miro con disgusto y movió los brazos para quitarse el exceso que tenía en la ropa, salpicando alrededor.
- ¿Que mierd-...
No tuvo oportunidad de hablar cuando la puerta fue abierta y dos niños con bolsas de plumas, se las arrojaron encima. Cubriéndole completamente.
Escupió algunas plumas de la boca y vio como los niñatos se reían y corrían lejos de él.
Como un adulto maduro probablemente debió de haberse retirado, quitarse la ropa y lavarse en la comodidad de una habitación de hotel.
No fue así.
Corrió detrás de ellos, entrando a la casa sin importarle manchar el piso, subió las escaleras mientras escuchaba a los mocosos riéndose de él.
No podía alcanzarlos por más que se esforzaba, dado que ellos conocían mejor la casa y sabían por dónde ir, mientras que él chocaba con cada pared y pasillo, incluso derrapando y cayendo por el lodo en sus zapatos.
Finalmente les vio abrir una puerta en el tercer piso y entrar en ella, así que corrió lo mejor que pudo y se adentro igualmente, encontrándose con que esta era una clase de "oficina" personal.
La de Harry Potter.
- ¿Malfoy?
El gryffindor lucia notoriamente joven, a pesar de tener su misma edad, su cabello seguía igual de alborotado que cuando estaban en Hogwarts, sólo que ahora parecía tener más definidos los rizos. Sus ojos resplandecían con el hermoso verde que poseían. Y tenía unos lentes extrañamente cuadrados.
Mierda.
El tiempo le había sentado bastante bien.
- ¿Porque estás lleno de lodo y plumas? - Su atención fue atraída por la pregunta, pero su mirada viajo hacia los niños que se escondían detrás de dos sillones de aquel lugar.
Potter debió haberlo notado, ya que miro a los chiquillos y estos corrieron fuera del despacho, aún riéndose.
- ¡Niños! ¡Vuelvan acá y pídanle perdón al señor Malfoy!
A pesar de su orden, los pequeños traviesos no volvieron, dejando al gryffindor solo con él. Potter no tardo en suspirar y revolverse el cabello, se acerco al escritorio y se quitó los lentes, tallando el puente de su nariz, pareciendo demasiado cansado.
- Perdona por ello, mis hijos están en una fase muy rebelde, pero créeme son buenos niños. - Trato de explicar mientras volvía a ponerse los lentes y se acercaba a un cajón de su escritorio. - Puedes usar el baño que está cruzando el pasillo, tal vez mi ropa no te quede muy bien, pero es mejor que estar lleno de lodo.
Draco permaneció en el mismo sitio, no sabiendo cómo actuar frente a su viejo rival, encontrando extraña la calma con la que el contrario se dirigía a él.
- Creo que esto será suficiente, si no lo es, siéntete libre de hablar con Luna y ella te dará más. - Potter extendió su mano y dejó en la esquina del escritorio un papel. - Pero por favor, no comiences un proceso legal, es muy cansado y no servirá de nada.
Finalmente Draco decidió acercarse al escritorio, observando el papel y leyendo en el una gran suma.
- ¿Que es esto?
- Un cheque, por supuesto. - Potter había dicho como si fuese lo más lógico del mundo. - No tengo esa cantidad de galeones aquí conmigo.
Draco parpadeo.
- ¿Porque me estás dando un cheque ahora?
- Como compensación por la travesura de mis hijos, puedes comprarte un nuevo traje y al menos no habrá venido por nada. - Él le respondió.
- ¿Estoy despedido?
Eso pareció sacar de su lugar al gryffindor, pues parpadeo un par de veces y se levantó, cruzando sus brazos.
- No espero que te quedes aquí después de lo que te hicieron, no podría obligarte. - Potter camino un poco y se recargó levemente en el escritorio, observándole. - La mayoría de las personas que el ministerio asigno para cuidar de mis hijos no duraron más de dos semanas, no hay que avergonzarse por sólo un día o menos de ello, realmente.
Eso definitivamente le había golpeado en el orgullo de los Malfoy.
- No soy como esos tontos del ministerio británico, Potter. - No pudo evitar cruzar sus brazos y mostrarse indignado por aquello. - ¿Crees que no puedo con este trabajo?
Potter le miró, recorriendo su cuerpo con la mirada, de pies a cabeza. Lo que por un momento le hizo sentirse nervioso por alguna razón que no comprendía. Sin embargo eso fue reemplazado por enojo, cuando vio que el gryffindor tenía una pequeña sonrisa en la comisura de su labio, tratando de evitar reírse.
- ¡Era una pregunta retórica! - Grito con total indignación. - Obviamente puedo hacerlo. Y te lo demostraré, Potter.
- Si esa es tu decisión, no puedo detenerte. - El gryffindor le dijo. - Pero ten en cuenta que son ocho niños.
Bueno, eso sí que era una sorpresa.
A Draco le tomo todo su autocontrol mantener la compostura al escuchar el número de hijos que su ex rival había tenido con Ginebra.
Jamás imagino que Potter sería tan... Bueno, no había que ser tan listo para saber que si embarazo tantas veces a su esposa, tenía una gran libido.
- Puedo con ello.
Si, su orgullo Malfoy no le permitiría retractarse y salir huyendo de ahí. Además esos niños no destruirían su reputación de mejor niñero.
- Si eso dices.
Oh, en verdad se lo demostraría.
Iba a quitarle esa sonrisita burlona del rostro.
Definitivamente.








