Cenizas en el viento
Hay silencios que solo existen justo antes de que el mundo se rompa.
Drelia siempre fue nuestro refugio. Oculta entre colinas envueltas en bruma, rodeada por un bosque espeso y antiguo que parecía más un guardián que una amenaza. Las raíces de los árboles eran gruesas como serpientes dormidas, y sus copas tejían sombras sobre las cabañas de madera, construidas con manos gastadas y paciencia heredada.
Nuestra gente vivía con sencillez, pero con fuerza. Nadie tenía lujos, pero todos tenían historias. Los niños aprendían a usar hondas antes que a leer, las mujeres tejían con ramas bendecidas y los hombres mantenían la empalizada alzada con más fe que clavos. Nos protegíamos del exterior no con tecnología, sino con rituales, señales, símbolos y vigilancia constante.
Éramos pocos, pero unidos.
Yo vivía con mis padres y mis dos hermanas. Lira, la más pequeña, tenía apenas once y una risa que podía espantar cualquier sombra. Le gustaba dormir abrazada a un muñeco relleno de paja, aunque nunca lo admitiría. En cambio, mi hermana mayor, Rhya, era todo lo que yo no: disciplinada, silenciosa, con mirada firme y un brazo fuerte para el arco. Papá siempre decía que ella era su orgullo… y que yo era su misterio.
Porque mientras Rhya entrenaba, yo leía.
Mientras ella practicaba con cuchillos, yo escribía en hojas secas.
Y a veces, mi padre me miraba como si quisiera entenderme… y no pudiera.
Y me gustaba volar.
No de la forma en que lo hacían las grandes criaturas del bosque, claro. Pero cuando Aeralis abría sus alas y planeaba apenas unos segundos sobre el pasto, y yo corría tras ella riendo como si el mundo no doliera, sentía que volábamos juntas.
Aeralis era demasiado pequeña para llevarme… pero me alzaba por dentro.
Nadie sabía que la tenía.
Aeralis era mi secreto.
Mi esperanza.
—¿Otra vez ahí arriba? — Mi padre me gritó esa tarde, desde el suelo, mientras yo estaba sentada sobre el molino viejo, observando el horizonte. Aeralis estaba acurrucada sobre mis piernas —.Elara, el cielo no te va a salvar cuando lleguen.
—¿Lleguen quiénes?
—Los que viven en el exterior. ¿O crees que van a pedirte una historia en lugar de cortarte el cuello?
—Tal vez si escucharan una historia, dejarían de atacar.
—Tal vez si aprendieras a pelear, dejarías de soñar con estupideces.
Su voz no era cruel, pero sí dura. Como siempre. Como el metal que carga en la espalda.
Me limité a levantarme, tomar el libro que estaba a un costado y mirar hacia el bosque. Aeralis, enroscada cerca de mis pies, levantó las orejas.
—No necesito una espada para ser fuerte —murmuré. Pero no estaba segura si hablaba para él o para mí misma.
Bajé del molino cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de las colinas, tiñendo el cielo de un naranja profundo, como si el día se desangrara en silencio. Aeralis se deslizó tras de mí con sigilo, trepando con gracia hasta una rama alta para vigilar desde lejos. Su presencia me reconfortaba, incluso cuando no la podía tocar.
Al cruzar la empalizada de regreso al pueblo, sentí cómo el aire cambiaba. Más denso. Más… inquieto.
Al entrar a casa, el olor a hierbas hervidas me golpeó de inmediato. Un aroma amargo, insistente. Mamá estaba junto al fuego, removiendo un tazón con expresión preocupada. Lira dormía en el camastro, envuelta en mantas hasta la barbilla, con el rostro pálido y los labios agrietados. Tenía las mejillas encendidas, pero sudaba frío.
Rhya estaba de pie junto a ella, con los brazos cruzados. Su postura firme de siempre, pero con los ojos puestos en un punto fijo, como si todo lo demás dejara de importar. Papá ni siquiera notó que había entrado. Se pasó una mano por la barba rala, luego le hizo una seña a Rhya para que lo siguiera al otro lado de la casa. Murmullos, pasos, una puerta que se cierra con disimulo.
Yo me quedé quieta, mirando a mi hermana menor. Había algo en su respiración que me inquietaba. Algo que no reconocía. Como si su cuerpo estuviera peleando una guerra desde dentro.
Y fue entonces cuando lo supe.
Como era de costumbre, nos habíamos quedado sin plantas medicinales.
Pasaba más seguido de lo que nos gustaría admitir. En Drelia, sobrevivir dependía de muchas cosas: la tierra, la lluvia, la suerte… y las manos dispuestas a adentrarse en el bosque cuando las reservas se vaciaban. Esta vez, no era solo por costumbre ni por previsión. Era por Lira.
Mi hermana menor había despertado con fiebre esa mañana, la piel ardiendo y los labios resecos. Mamá intentó mantener la calma, preparando infusiones con lo poco que quedaba, pero todos sabíamos que no iba a ser suficiente. La tos de Lira no era como otras veces. Había algo más profundo, más pesado en su aliento. Algo que no quería nombrar.
Mientras mi madre humedecía sus labios con un paño, papá llamó a Rhya aparte, al rincón de la casa donde las paredes de madera eran más gruesas. No pude escuchar qué le dijo, pero vi su mano sobre el hombro de mi hermana, firme, temblorosa. Rhya asintió una sola vez, con la mandíbula apretada. No me miró al salir. Como si al hacerlo, algo dentro de ella fuera a romperse.
Minutos después, ya estábamos listas.
A mí no me gustaba ir tan lejos. No porque temiera al bosque, sino porque sentía que él nos observaba, más de lo que nosotros lo observábamos a él. Pero esta vez, no había opción. Lira nos necesitaba.
El bosque nos tragó sin esfuerzo.
A medida que nos adentrábamos, los árboles crecían más altos, sus ramas tan entrelazadas que la luz apenas pasaba. Todo estaba cubierto de una niebla ligera que flotaba a ras del suelo, como si el bosque no quisiera que viéramos dónde pisábamos. Las hojas no crujían al andar; el silencio era casi sobrenatural, como si los sonidos se ahogaran apenas nacían.
Vi hongos de colores imposibles en los troncos: azul eléctrico, púrpura oscuro, algunos palpitando como si respiraran. Las raíces sobresalían como venas gigantescas, cubiertas de musgo brillante que dejaba una estela luminosa al tocarlas. Entre los arbustos, juraría que se escondían ojos. No hostiles. Solo… atentos.
No hablábamos. No por miedo, sino por respeto.
Tras lo que pareció una hora, llegamos.
La cabaña estaba allí, en medio de un claro que no se abría por casualidad. Parecía que el bosque entero se doblaba hacia atrás para darle espacio. Era más alta de lo esperado, con un techo inclinado cubierto de líquenes rojizos que goteaban lentamente hacia el suelo. Las paredes estaban hechas de troncos viejos, pero con símbolos tallados que no conocía: espirales, ojos, ramas cruzadas, letras que cambiaban si uno las miraba demasiado.
—No pareces sorprendida —dije al fin, bajito.
Ella no respondió de inmediato. Solo se quedó mirando la puerta, como si ya supiera lo que había dentro… o lo que vendría después.
—No lo estoy —murmuró—. He estado aquí antes.
La miré con los ojos muy abiertos, el corazón saltándome en el pecho.
—¿Cuándo?
—Hace dos inviernos. Cuando mamá enfermó. No te dijeron… porque eras pequeña.
—No era tan pequeña.
—Eras más inocente.
Sentí una punzada en el estómago, una mezcla de celos y rabia. No por lo que dijo. Por lo que no dijo.
—¿Qué te dijeron allá adentro?
Rhya me miró por fin. Y por un instante, no era mi hermana la fuerte, la firme, la de los silencios sólidos como piedra. Era solo una muchacha con demasiado peso sobre los hombros.
—No importa lo que me dijeron. Solo importa lo que estamos dispuestas a dar.
—¿Y tú? —pregunté, tragando saliva—. ¿Qué estás dispuesta a dar por Lira?
Rhya bajó la mirada. Por un segundo, sus dedos dudaron sobre la cuerda. Luego la tomó con firmeza.
—Lo que haga falta.
La puerta no tenía picaporte. Solo una cuerda trenzada colgando del marco. Rhya la tiró sin dudar.
La puerta se abrió sola.
Y entonces, una voz sin forma nos habló desde dentro: “Entren… si están dispuestas.”








