Un contrato con mi enemigo

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Summary

Valeria del Ángel es comprometida con Aldo del Castillo al mismo tiempo que sus padres mueren en un trágico accidente, Esteban del Castillo padre de Aldo, se encarga de que la boda se lleve a cabo, para que Valeria no se arrepienta una vez fallecido su padre. Durante su matrimonio enfrentarán varias adversidades, empezando por que Valeria ocultará su verdadera profesión a su esposo y él los verdaderos negocios de las empresas mas poderosas del grupo del Castillo. Ambos entre el amor y la guerra que no saben que libran como enemigos, aunque se casaron sin conocerse se enamorarán perdidamente y deberán tomar decisiones dolorosas, por su bien, por el de su familia y por el de su país. ¿Logrará su amor triunfar o los separará la codicia y la guerra que se avecina?

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Fin y principio

La lluvia comenzaba a cesar, aún resonaban algunos truenos a lo lejos, como si la tormenta no quisiera retirarse del todo, el funeral había terminado, pero yo seguía allí, de pie junto a la tumba de mis padres, con los brazos cruzados sobre el pecho como si pudiera proteger mi corazón del frío, del dolor…

Las voces de los asistentes se diluían poco a poco mientras abandonaban el panteón, y fue entonces cuando lo vi, Esteban Del Castillo caminaba hacia mí con su paso lento y firme.

—Señorita Valeria —dijo con su tono grave y pulido, inclinando levemente la cabeza—. Quisiera ofrecerle mis más sinceras condolencias, sus padres fueron personas excepcionales.

Me limité a asentir, incapaz de pronunciar palabra, aún no podía llorar, el shock era demasiado grande.

Esteban se mantuvo en silencio un instante, luego, se colocó a mi lado, su voz bajó un tono, ahora más privada e incisiva.

—Hay algo que debo informarte, y prefería hacerlo sin testigos —comenzó —. Tu padre y yo teníamos un acuerdo, uno que él valoraba mucho y espero que sigas al pie.

Parpadeé, girándome ligeramente hacia él.

—¿Un acuerdo?

—Sí. —Sacó un sobre del interior de su abrigo y lo extendió hacia mí—. Un contrato de compromiso matrimonial entre nuestros hijos: tú… y mi hijo Aldo.

Lo miré, sin tocar aún el sobre, sentía que el aire me abandonaba.

—Es una broma… ¿verdad?

—Nada más lejos, este acuerdo fue sellado con la convicción de ambos, tus padres buscaban consolidar la unión y ahora tú, eres la responsable de honrar su decisión.

—Yo… —mi voz se quebró—. Esto no tiene sentido, mis padres jamás me lo mencionaron.

—Porque no era necesario, iba a ser revelado en el momento oportuno, y este… lamentablemente, tuvo que ser este momento.

Intenté procesarlo, pero mi cabeza giraba. ¿Casarme con Aldo Del Castillo? ¿En este momento? Ni siquiera lo conozco.

—Señor Esteban, acabo de enterrar a mis padres, no estoy en condiciones de hablar de esto —murmuré, dando un paso atrás.

Esteban dio un paso al frente.

—Lo sé, Valeria, lo sé. Pero entiéndelo: no es solo un capricho, este compromiso garantiza la estabilidad de tus empresas, el respeto al legado de tus padres y la protección de tu nombre, el consejo directivo podría volverse en tu contra si no ven continuidad… firmeza.

—¿Protección? —Mi voz temblaba, más de rabia que de miedo—. ¿Está diciendo que si no me caso con su hijo, podrían despojarme de todo?

—No lo digo yo —repuso con voz tersa—. Lo dice el mundo en el que vivimos, sé que es mucho, que es repentino, pero tú eres fuerte, Valeria, eres una Del Ángel, tu padre confiaba en que sabrías tomar las decisiones que el apellido merece.

Miré el sobre, finalmente lo tomé con manos temblorosas, lo apreté contra mi pecho. Esteban suavizó su tono y colocó una mano en mi hombro.

—No espero una respuesta ahora, pero piensa en lo que está en juego, no estás sola, nosotros… ahora seremos tu nueva familia.

Me sentí atrapada ¿Apoyarme? ¿O encerrarme bajo una promesa que no había hecho? Quise gritar, correr, llorar… pero no lo hice, me quedé de pie, en silencio.

—Confío en que harás lo correcto —murmuró antes de perderse entre las lápidas.

Me quedé allí, con ese sobre como si pudiera devolverle algo de sentido al caos, no tenía respuestas, solo un mar de emociones revueltas, una promesa ajena impuesta en mi… y el nombre de Aldo flotando entre el dolor y el desconcierto.

Sabía que mi padre bien podría haber hecho ese acuerdo, ya que en varias ocasiones me había insistido en que debía contraer matrimonio, siempre me mencionaba que ya tenía 23 años y que los hombres pronto dejarían de interesarse en mi. Lo único que logré pensar es que a pesar que siempre tuve libertad de ser y hacer, al final de su vida mi padre me impuso un modo de vida, el modo de vida de los nobles... Un matrimonio por conveniencia...

Al llegar a casa, los documentos ya se encontraban sobre la mesa.

— Esto fue velocidad — Pensé... efectivamente, eran los contratos prenupciales firmados por mis padres, aunque ya no estaban, respetaría esa decisión en su memoria, realmente no tenía interés en algún hombre en especial, terminé de hojear el contrato y ví otro sobre algo diferente junto con las demás cosas, más clausulas que revisar parecía, pero no... era el expediente completo de Aldo... sonreí para mi misma, esto debió ser obra de mi madre, a esa señora le gustaba saber santo y seña de cada persona a su alrededor y su futuro yerno no sería la excepción.

Aldo del Castillo, de 26 años, administrador de varias de las empresas del Grupo Castillo, al parecer goza de una impecable reputación. A temprana edad obtuvo sus títulos académicos, lo que lo convertía en un hombre de altas capacidades y al final una fotografía del susodicho, bueno al menos era joven y bien parecido, recordé como unos años atrás cuando apenas cumplí la mayoría de edad varios hombres de familias adineradas, pidieron a mis padres "unir" a las familias, un hombre más viejo o feo que el otro, eso sí con mucho dinero... Afortunadamente las empresas del Ángel eran un imperio bien forjado, y no necesitaban de esas alianzas.

Cuando por fin terminé de revisar todo, acomodé cada cosa en su lugar. Por un momento, estuve a punto de deshacerme del expediente de Aldo, pero mi mano se detuvo sobre la tapa.

—No... aún no —murmuré en voz baja, apretando los labios con cierta frustración.

Lo guardé en el fondo del cajón, cerrándolo con fuerza, como si pudiera encerrar también los pensamientos que provocaba. Subí a mi habitación en una casa vacía y sola, le había dado la tarde libre a los empleados, necesitaba silencio… y control, no quería sentirme vulnerable ante nadie.

—Que no vean mis lágrimas —susurré para mí misma, quitándome los zapatos—. Porque si las ven... las usarán.

Sabía que más de uno trataría de aprovecharse, creyendo que no podría mantener a flote todo lo que ahora era mi imperio, cerré la puerta con llave, me senté en el pequeño sofá allí y dejé caer un suspiro de agotamiento.

—¿Y si él también tiene uno…? —pensé, mientras giraba lentamente la mirada hacia la ventana.

La duda me caló de golpe: ¿Aldo tendría un expediente mío?, ¿sabría quién soy en realidad?, ¿mi profesión?, ¿mi formación militar?

—¿Lo sabrá…? ¿Y si lo sabe, por qué aceptó casarse conmigo?

Me dejé caer lentamente sobre la almohada, con los ojos fijos en el techo.

—¿Qué es todo esto?

Quise cerrar los ojos, pero las preguntas seguían ahí, latiendo con fuerza en cada rincón de mi mente. El dolor y el cansancio se adueñaron de mi hasta que por fin sin darme cuenta me quede dormida.

A la mañana siguiente llamé a mis abogados, les pedí que llevaran a cabo las últimas revisiones del contrato, como era de esperarse de mi padre, todo estaba en perfecto orden no había nada fuera de lugar, ninguna cláusula ambigua, ningún documento sin firmar… hasta ese día.

—Solo falta tu rúbrica, Valeria —me dijo el abogado al otro lado de la línea—. Con eso, todo quedará cerrado legalmente.

—De acuerdo, envíe al mensajero, las firmo de inmediato para que quede cerrado hoy mismo.

Colgué y tomé la pluma sin decir nada, la tinta se deslizaba con una fluidez que contrastaba con el nudo en mi estómago, firmé uno a uno los documentos, respirando hondo entre cada página, cuando terminé, añadí una nota de mi puño y letra:

“Autorizo a la familia Del Castillo a fijar la fecha, el lugar y todos los preparativos para la boda, adjunto el presupuesto correspondiente por parte de la familia Del Ángel, dada la reciente muerte de mis padres, no estoy en condiciones de encargarme personalmente de esos detalles.”

Doblé el papel y lo dejé sobre el paquete, me recosté por un momento en el respaldo de la silla, dejando caer los brazos.

—No quiero hacerlo —murmuré, aunque ya estaba hecho.

Me levanté, caminé hasta la ventana y observé los árboles inmóviles en el jardín, todo parecía congelado, como si el tiempo se hubiera detenido para contemplar el absurdo que estaba por cometer.

—No soy como las demás novias —me dije, con voz seca—. No me emociona el vestido, ni la ceremonia… ni el novio.

Solté una risa amarga, ni siquiera había visto a Aldo en persona. ¿Cómo podía casarme con alguien a quien no conocía? ¿Cómo podía siquiera escribir esas líneas y fingir que no me importaba?

—Entre menos me involucre, mejor —me respondí, como si pudiera convencerme—. No es más que otra misión: se delegan actividades, se cumplen tiempos, se presenta el resultado.

Era absurdo, sí, pero era la única forma que tenía de procesarlo.

—No me caso por amor, me caso por lealtad, por mandato, por lo que mi padre dejó escrito y yo debo cumplir.

Cuando el mensajero llegó para recoger los documentos, le entregué el sobre en silencio, no necesitaba palabras.

Me quedé de pie en la entrada mientras él se alejaba, cerré la puerta lentamente, sintiendo cómo todo mi cuerpo pesaba cada vez más.

—Una Del Ángel no huye —me recordé—. Una Del Ángel se levanta y sigue adelante.

Esteban del Castillo recibió con agrado la respuesta, creyó que ya que siempre había vivido en el extranjero desconocía a las personas adecuadas para la preparación de la boda, además, consideraba que no sabría con certeza quiénes serían los invitados apropiados. Así, para evitar que me fuera nuevamente, decidió adelantar la fecha y encomendó a su esposa que organizara todo lo necesario para la boda, sentía que la fortuna de los del Ángel ahora le pertenecía, ya que no tenía más familiares que pudieran protegerme.

—¡Edmundo! —. llamó fuerte el señor del Castillo, de inmediato apareció un hombre de mediana edad.

—Dígame, señor —. Era el asistente personal de Esteban, quien también actuaba como su confidente y mano derecha.

—Por favor, llama a mi hijo, lo recibiré hoy a las 5 de la tarde en mi despacho—.

—Como usted ordene —. Edmundo salió de la oficina, mientras Esteban permanecía pensativo, buscando las palabras adecuadas para informarle a su hijo que en unos días deberían celebrar su boda.

Mientras tanto, a pesar del luto que pesaba sobre mí, decidí no quedarme en casa lamentándome, no soy de esas personas que encuentran consuelo entre sábanas y cortinas cerradas, yo funciono en marcha, así que al tercer día, me puse el uniforme, recogí el cabello, y me dirigí al cuartel.

En cuanto entré al edificio de mando, los saludos fueron escuetos y cargados de respeto, nadie se atrevía a decir una palabra más de la cuenta, pero todos sabían lo que había ocurrido.

Toqué la puerta del despacho principal.

—Adelante —respondió la voz grave que conocía tan bien.

El General Vladimir Ovalle estaba revisando unos informes, cuando me vio, dejó todo a un lado y caminó hacia mí con el rostro endurecido, aunque sus ojos traicionaban.

—Comandante Del Ángel… —dijo con tono formal, pero apenas se detuvo frente a mí, bajó la voz—. Valeria… lo lamento, tu padre era como un hermano para mí.

Me cuadré, instintivamente.

—Gracias, señor, aprecio sus palabras.

Él soltó un suspiro, mirándome como solo un viejo soldado podría mirar a la hija de su mejor amigo caído.

—Tu padre estaría orgulloso de ti.

No respondí. Solo mantuve la postura.

—No he venido por reconocimiento, señor, he venido a solicitar mi reincorporación temporal, necesito mantener la mente ocupada.

El general me observó un largo momento, como evaluando cada rasgo de mi rostro.

—Sabes que este cuartel siempre será tu casa, Valeria... Pero no te lo voy a permitir, al menos no aún.

—¿Perdón? — respondí con ligera confusión.

—Tu padre me pidió, poco antes de su muerte, que velara por ti si algo llegaba a pasarle, y pienso honrar su última voluntad, no quiero verte encerrada entre estos muros mientras aún llevas el peso de la pérdida. —Se acercó con lentitud—. Además… sé lo del contrato.

Mi mandíbula se tensó.

—¿Entonces también sabía él…?

—Tu padre me lo contó, creyó que era la única forma de protegerte… de proteger lo que juntos ellos construyeron. —Bajó la voz—. No voy a cuestionar sus decisiones, pero tampoco voy a permitir que todo esto te consuma.

—No necesito protección —repliqué con suavidad, pero firme—. Necesito acción.

—Lo sé. Y volverás a tenerla, pero por ahora, tómate un respiro, arregla lo que tengas que arreglar… y cuando estés lista para regresar, estaré aquí.

Tragué saliva, queriendo discutir, pero no lo hice.

—Entendido, señor.

Él me miró con orgullo y tristeza, como si viera en mí a la niña que una vez entrenó con mirada feroz y puños apretados.

—Y Valeria… no olvides quién eres, ni siquiera cuando el mundo intente hacerte creer que eres solo una esposa decorativa, eres mucho más que eso.

—Lo recordaré —. Asentí.

Salí del cuartel con pasos firmes, no quería ser protegida, pero agradecía en silencio que alguien me mirara aún como lo que soy…

Días más tarde, creí que era momento de dar un vistazo a los preparativos de la boda, pero no lograba encontrar la disposición mental para hacerlo, todo en mí seguía atrapado en los últimos días de mis padres.

No podía dejar de pensar en el accidente, según el reporte forense, una falla en el sistema de frenos del automóvil había provocado el desastre. Una falla... algo que se pudo haber evitado con un simple mantenimiento, pero mi padre, Gerardo del Ángel, jamás habría pasado algo así por alto, el era un hombre meticuloso hasta el exceso.

—¿Una omisión tan básica? —murmuré sola en el estudio, pasando una vez más la vista sobre la copia del informe forense—. No tiene sentido, papá… tú no dejarías pasar eso.

Me froté las sienes con los dedos, mientras una punzada de duda se clavaba más profundo en mi pecho, no podía demostrar nada, pero algo en mi interior gritaba que no fue un accidente.

Y entonces, mi mente volvió sin quererlo a aquella tarde, unas semanas antes de la tragedia, estábamos en la biblioteca de casa, papá sostenía una copa de coñac, mamá miraba por la ventana con una sonrisa apacible, yo hojeaba un libro sin prestar demasiada atención, hasta que su voz me sacó de mis pensamientos.

—Valeria… —dijo papá, dejando el vaso sobre la mesa—. ¿Has pensado en la posibilidad de un matrimonio pactado?

Al principio creí que bromeaba, medio cerré el libro lentamente, alzando una ceja con una sonrisa pícara.

—¿Tan desesperados están por casarme?

Él no sonrió... Tampoco mamá.

—Hablo en serio —insistió papá, cruzando los brazos—. Es posible que se presente una situación donde debas considerar un compromiso… por el bien de la familia.

Miré a mi madre, que me observaba con ternura, pero sin intervenir, volví la mirada a mi padre, jamás hablaba sin tener un plan claro detrás.

—Bueno… si es por el bien de la familia —dije finalmente, encogiéndome de hombros con aire burlón—, solo asegúrense de que al menos sea joven… y guapo.

Intenté aligerar el ambiente, pero papá no cambió de expresión. Su mirada se endureció, clavándose en mí con una seriedad que rara vez mostraba en temas personales.

—Valeria, necesito saber si estás dispuesta, hablo de un compromiso real... Irrevocable.

Guardé silencio unos segundos, luego cerré el libro por completo y lo dejé sobre la mesa, mi voz salió más firme de lo que esperaba.

—Sí, papá, si crees que es necesario… lo aceptaré, pero quiero tu palabra de que lo haces por una causa justa.

Papá asintió lentamente.

—Siempre haré lo que considero justo, hija.

Y ahora, con él muerto y el contrato firmado en su ausencia, me preguntaba si eso realmente fue así… ¿O si todo aquello ya estaba planeado para proteger algo mucho más grande de lo que yo comprendía? y aunque nunca me lo confirmó... si me advirtió.

Tantos pensamientos me invadían que, decidí enfocarme en algo útil, había un proyecto pendiente que había dejado en pausa me senté en el escritorio de mi estudio y comencé a trabajar.

—Concéntrate, Valeria… trabajo, solo trabajo —me dije en voz baja mientras empezaba a ordenar los papeles.

Extendí planos sobre la superficie, saqué mis notas, y comencé a revisar con disciplina, como me habían enseñado, la familiaridad del proceso me brindó algo de calma, aunque fuera momentánea.

Pero entonces, mientras ordenaba las carpetas, mi mirada se desvió hacia un portafolio de cuero oscuro, el expediente de Aldo del Castillo, algo dentro de mí me empujó a volver a abrirlo.

—¿Qué más puedes esconderme… futuro esposo?

Leí nuevamente los informes: formación en comercio internacional, manejo de idiomas, administrador de varias empresas del grupo del Castillo, viajes constantes a las sedes en el extranjero, participación en juntas del consejo directivo desde muy joven, todo era impecable... Demasiado.

—Demasiado perfecto… —murmuré mientras pasaba la yema de los dedos por las hojas pulcramente escritas.

Al final, entre los documentos, encontré un sobre con fotografías, saqué una a una las imágenes, y luego, una en particular me llamó la atención, estaba de pie junto a un automóvil negro, luciendo un traje oscuro perfectamente entallado, con una expresión serena pero impenetrable.

—Vaya… —dije, entre sorprendida e incrédula—. Al menos no me voy a casar con un ogro.

Sin pensarlo, tomé la foto y la dejé a un costado de mi mesa, la observé un momento más.

—¿Cómo es que un hombre joven, atractivo y de buena familia… aún no está casado ni comprometido?

Fruncí el ceño, cruzando los brazos.

—¿Y por qué recurrir a un matrimonio por contrato con alguien a quien ni siquiera conoces?

Miles de preguntas cruzaron mi mente.

—¿El señor Del Castillo busca algo más de mí? —susurré, pensando en voz alta—. Estoy segura de que no me investigaron a fondo, nadie en su sano juicio buscaría tener a una militar de alto rango escarbando en sus asuntos… por muy limpios que parezcan.

Me recargué en el respaldo del sillón, suspirando con frustración.

—¿O será que tú, Aldo… tienes algo que esconder?