Prólogo
Ocho años antes
El cielo no ardía. Gritaba.
Las estrellas desaparecieron tras el humo antes de que Amelia, una niña de 10 años, pudiera pedirle un deseo. La noche, que había comenzado tranquila, se rompió de pronto con un estruendo imposible, tan fuerte que hacía temblar la tierra, el aire y hasta el alma. No eran truenos, no era posible, ningún trueno podria retumbar a tal calibre. No eran soldados, ni un millón de soldados sería capaz de tal fragor.
Eran alas, tan prominentes que parecían desafiar la gravedad.
Gigantescas... Antiguas... Furiosas...
—¡Amelia, tenemos que irnos! —gritó su hermano Kael, un niño de 14 años, tirando de su brazo mientras el mundo se encendía a su alrededor pero Amelia se resistía a seguirlo—.¡no podemos hacer nada por ellos, si nos quedamos, moriremos también! —Amelia asintió agarrando con fuerza su muñeca de trapo mientras dejo de resistirse—
Los dos corrían entre campos que ya no eran verdes, sino brasas. A lo lejos, su casa se partía en dos bajo un rugido que no parecía de este mundo. Su madre había desaparecido entre las llamas. Su padre, entre gritos y escombros.
No hubo tiempo para volver... Si lo hacían, los dos habrían muerto también y ambos lo sabían.
Kael la empujo hacia el antiguo refugio de piedra detrás del granero. Un hueco bajo tierra que usaban para guardar herramientas, nunca para esconderse de monstruos alados, era tan pequeño que debían abrazarse para caber en su interior. Cerraron la trampilla... Contuvieron el aliento....
Y escucharon...
Un rugido sacudió la tierra, tan potente como un terremoto. El calor hizo crujir la madera sobre sus cabezas, haciendo que ambos empezaran a sudar un poco por el calor que les llegaba. Algo —una sombra, una criatura, un dios caído—pasó volando tan bajo que sintieron su aliento.
Entonces, el silencio...
Y luego... nada.
Horas después, salieron entre cenizas, Kael cargando a Amelia, ya que se quedó dormida de tanto llorar y por el shock. El mundo ya no era el mismo y los dos lo sabían.
No quedaba nada del pueblo. Ni de sus padres, ni de su hogar... Solo ruinas humeantes, el olor a muerte, y un cielo opaco.
Pero ambos estaban vivos, sus padres lo habrían querido así...
Lo que nadie supo, fue que una criatura los había visto.
Y había elegido no matarlos.