Capitulo 1 "Cuidando un nido bajo el bosque ..."
Las primeras hojas comenzaron a caer de los árboles. El otoño ya se sentía en el aire, y muy pronto, sin que nadie lo notara del todo, el invierno cubriría el mundo con su manto blanco, como lo hacía cada año. Día tras día, aquella joven recogía nuevas raciones en el bosque para soportar los fuertes temporales, que siempre parecían más crueles que los del año anterior.
Vivía en medio del bosque, en un rincón perdido entre las montañas. Nunca le dio demasiada importancia a la historia de cómo sus antepasados llegaron allí. Solo sabía que, en algún momento, decidieron que ese lugar alejado de los pueblos era mejor para vivir, como si algo los hubiera obligado a esconderse. Su madre solía contarle historias terribles sobre supersticiones, como si hubieran sido perseguidas por alguna razón ancestral. Con los años, confesó que muchas de esas historias solo eran para asustarla… o al menos eso le dijo poco antes de morir.
En aquellos tiempos, morir joven no era extraño. Todo parecía frágil, pasajero. A veces, incluso respirar carecía de sentido. Ella lo vio en su abuela, que cada día repetía las mismas tareas, por costumbre, por inercia. Decía que esas costumbres venían del último pueblo donde vivió. Su madre cuando llegó a aquel lugar, estaba embarazada. A veces, la joven recordaba el vientre tibio de su madre, redondo como la luna. Pero el niño no sobrevivió al primer invierno, y su madre nunca se perdonó por ello. Su mirada se apagó desde entonces, y en ocasiones se perdía entre los árboles, como si esperara a que la misma naturaleza fuera a reclamarla.
En algunas de esas desapariciones, la joven y su abuela avistaban, a lo lejos, campamentos de caballeros relucientes. Portaban armaduras brillantes que reflejaban la luz como espejos. Desde que vio al primero, ella no dejó de soñar con ellos. Su abuela le contaba cuentos donde esos hombres cubiertos de metal salvaban a damiselas en apuros. Ella deseaba cruzar las montañas, conocer ese mundo. Pero su madre la llenaba de temor. Hablaba del “Dios de los Hombres”, que vivía entre las cumbres y destruía todo lo que tocaba.
Creció con esas dos voces dentro de sí: una que soñaba y otra que temía. Y, aun así, nunca quiso perder su inocencia. Sentía que era lo más valioso que tenía. Vivir sin ella sería como estar viva sin alma.
Cuando su madre y su abuela murieron, siguió adelante. Aprendió a sonreír a pesar del dolor. Aprendió a aceptar sus defectos y a cuidar las pocas virtudes que poseía.
En su pequeña aldea vivían dos niñas, Kanau y Omi, a quienes adoraba profundamente. Kanau tenía casi siete inviernos, y Omi iba a cumplir su tercer invierno. Diariamente se dedicaba a cuidarlas. La risa de las pequeñas y su inocencia alimentaban su alma. Juntas se complementaban: las niñas cuidaban de su felicidad, y ella velaba por su crecimiento.
El amor que les tenía era más grande que todo el bosque que las rodeaba. Día tras día, esas niñas le mostraban nuevas formas de mirar la vida. Kanau era increíblemente inteligente, con unos ojos negros como la noche y una determinación que a veces la misma joven envidiaba. Omi, por su parte, irradiaba felicidad y, en ciertas ocasiones, parecía rodeada de una luz casi mística.
Se prometieron estar siempre juntas, sin importar lo que ocurriera. Su diminuta aldea estaba formada solo por ellas tres, pero era suficiente para ser felices.
Y querían ser felices.
Pero algo ocurrió...
Todo comenzó el día en que ella se adentró más de lo habitual en el bosque. Cazaba ciervos; necesitaba uno antes de dos días. Las niñas requerían carne fresca para resistir el invierno. Desde la distancia, las montañas susurraban advertencias.
Vio a un ciervo bebiendo junto al arroyo, más allá de cualquier punto que antes hubiera explorado. Cuando tuvo al animal en la mira, apuntó y disparó. Pero lo que escuchó no fue el chillido de una bestia. Fue un gemido profundo… humano.
Su corazón dio un brinco.
Se acercó lentamente, con el miedo latente de encontrar a uno de esos monstruos de las historias de su madre. Pero no era ningún monstruo. Era un hombre. Un caballero.
Estaba herido. La flecha se había incrustado entre su cadera y su muslo, justo donde la armadura dejaba un pequeño hueco. La herida parecía grave. Tenía un cuerpo fornido, imponente, cubierto de placas relucientes. Su piel era morena, como tostada por el sol. Cuando se quitó el casco, dejó al descubierto su rostro: cabello oscuro, desordenado, cayendo sobre cejas espesas, y unos ojos claros como el agua de los ríos. La miró con una intensidad que ella no supo interpretar.
Su voz temblaba cuando le susurró:
—Tranquilo, todo estará bien.
No sabía cómo ayudarlo, pero no podía dejarlo morir. Nunca había matado a un ser humano. Sentía culpa, miedo… y algo más. Algo que ardía en su pecho: él era hermoso. Terriblemente hermoso. Y ella... ella era quien lo había herido.
Pensó dos verdades al mismo tiempo: que era el ser más bello que jamás había visto… o quizás lo parecía por ser el primer hombre con quien se había topado.
La otra verdad era más devastadora y real: probablemente, ese hombre moriría por su culpa.