Capítulo 1: Encuentros Inesperados
El sonido de los pasos de Elizabeth resonaba en los pasillos vacíos del hospital, el eco de su rutina diaria la acompañaban mientras se dirigía hacia la sala de urgencias. El cansancio acumulado de una jornada interminable pesaba sobre sus hombros, pero su mente estaba entrenada para apartarlo; no era su primera vez enfrentándose a una noche larga, pero parecía que está realmente la había agotado. Su único pensamiento era el siguiente paciente, el siguiente tratamiento. La vida de un enfermero es una secuencia interminable de decisiones pequeñas pero cruciales. Acompañado de un reconocimiento casi nulo.
Elizabeth terminó de revisar el monitor de signos vitales de su último paciente de la jornada. Había sido una noche intensa en la sala de cardiología, donde un hombre de mediana edad había llegado con un infarto silencioso. Tras la intervención del equipo, lograron estabilizarlo, pero el agotamiento pesaba en sus hombros mientras se quitaba el pijama y recogía sus cosas.
Al salir del hospital, la brisa nocturna le refrescó el rostro. Su celular vibró en el bolsillo y, al sacarlo, vio el nombre de Luz en la pantalla. Sonrió antes de contestar.
—¡Luz! Justo pensaba en ti.
Luz era el tipo de persona que se considera en esta época alguien extrovertida, alguien que podía volverse amiga de quien fuera en cuestión de segundos, una Golden retriever. Elizabeth era lo que se considera una persona seria e introvertida. Reservada y con pocos amigos. Eran una pareja a la vista de todos incompatible, pero que traspasaba todas las fronteras.
—Eso es porque me extrañas —respondió su amiga con tono divertido—. ¿Cómo estuvo tu turno?
—Agotador, como siempre. Pero al menos hoy tuvimos un caso interesante en cardiología. Me hace recordar los viejos tiempos. Y tú, ¿qué tal en tu nuevo trabajo? —preguntó mientras caminaba hacia su coche.
Luz había dejado el hospital hacía unos meses para trabajar en primeros auxilios en eventos, conciertos y festivales. Decía que era menos estresante que la sala de emergencias, pero sabía que la adrenalina de los espectáculos multitudinarios también tenía lo suyo.
—Mucho mejor, la verdad. Cero turnos eternos y hasta me da tiempo para tomarme unas vacaciones. De hecho, la próxima semana me voy de viaje —comentó Luz con emoción.
—Tienes que contarme todos los detalles antes de irte. — Elizabeth río suavemente.
—Obvio. Pero primero dime, ¿cuándo nos vemos? Tenemos que ponernos al día.
Antes de que Elizabeth pudiera responder, su mirada se posó en la pantalla de su celular, donde una notificación del hospital interrumpía la conversación. Era un mensaje urgente pidiendo su apoyo. Suspiró.
—Déjame ver cómo organizo mi horario y te aviso, ¿vale?
—Hecho. Pero no te desaparezcas, ¿eh? Te quiero Isis
Elizabeth sonrió, sintiendo un cálido consuelo en la voz de su amiga. Sin embargo, su teléfono vibrando la trajo de vuelta.
Minutos después entró nuevamente al hospital tras leer el mensaje, la primera imagen que vio fue un rostro familiar, uno que nunca habría esperado encontrar entre las camas blancas y las luces frías del hospital. Frente a ella, recostado y con una mirada distante, estaba Diego, su exnovio. El mismo que una vez había sido el centro de su vida y que ahora era solo un recuerdo incómodo del pasado. No había esperado volver a verlo, mucho menos en estas circunstancias. ¿Cómo había terminado él aquí, en una cama de hospital? La curiosidad y la profesionalidad la impulsaron a acercarse, sin saber que este reencuentro removería heridas que creía cerradas.
—¿Diego? —su voz titubeó, aunque trató de mantener la calma.
Él la miró con una mezcla de sorpresa y algo que no supo definir. Un destello de reconocimiento cruzó su rostro, pero no fue más allá.
—Así me llaman —respondió él con una sonrisa ligera, pero la mirada en sus ojos cambio de un momento a otro. Diego cerró los ojos por un instante. Su respiración se volvió irregular, y el sonido agudo de los monitores rompió el silencio de la habitación.
El pitido acelerado alertó a Elizabeth de inmediato.
—¿Diego? —preguntó con firmeza, dando un paso hacia él.
Diego apretó los labios, llevándose una mano al pecho.
—Me... me siento raro... —murmuró antes de que su cuerpo se tensara.
El monitor cardíaco mostró una alteración repentina. Elizabeth reconoció el patrón al instante: una arritmia peligrosa.
—¡Necesito ayuda aquí! —exclamó, girándose hacia la puerta mientras activaba la alarma de emergencia.
Con manos entrenadas, tomó su muñeca para verificar el pulso. Irregular y débil. Su mente procesó la situación en segundos.
—Diego, respira hondo. Mantén la calma —le indicó, pero sus ojos buscaron el carro de reanimación que una enfermera ya traía apresurada. Con destreza Elizabeth se colocó los guantes mientras otro colega entraba a la habitación. —Está entrando en fibrilación auricular —dijo rápidamente mientras ajustaba la infusión de medicación intravenosa.
El cuerpo de Diego se arqueó levemente por el malestar.
—Preparen el desfibrilador, pero esperemos la respuesta a la medicación —ordenó Elizabeth. — ¿Dónde están los doctores?
El silencio tenso fue roto solo por el pitido insistente del monitor. Elizabeth no apartó la vista de Diego, su mente se encontraba dividida entre la urgencia del momento y la súbita conciencia de lo frágil que podía ser la vida.
El monitor seguía emitiendo pitidos irregulares. Diego respiraba con dificultad.
—Diego, mantente conmigo —insistió Elizabeth mientras ajustaba la velocidad de la infusión intravenosa—. Te voy a ayudar, pero necesito que sigas respirando hondo.
La enfermera junto a ella le pasó el gel conductor mientras Elizabeth tomaba los electrodos del desfibrilador y los colocaba sobre el pecho de Diego.
—Está inestable, pero aún consciente —informó con rapidez
El enfermero a su lado le pasó una jeringa con adenosina. Elizabeth tomó aire y la administró con un movimiento preciso en la vía intravenosa de Diego.
—Vas a sentir algo raro, pero es normal —le explicó.
Diego apenas asintió antes de que su cuerpo reaccionara. Por un instante, su pecho se tensó y su respiración se entrecortó. El monitor mostró un patrón caótico... y luego, de repente, el ritmo comenzó a estabilizarse.
Elizabeth mantuvo la vista fija en la pantalla. Aliviada por el sonido uniforme del monitor.
—Está funcionando —dijo el enfermero a su lado con alivio, observando cómo los signos de Diego se estabilizaban poco a poco.
Justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe dejando ver entrar el equipo de médicos de guardia.
—¿Qué tenemos? —preguntó el cardiólogo de turno, acercándose a la cama.
Elizabeth se apartó ligeramente sin soltar aún la muñeca de Diego.
—Fibrilación auricular con respuesta ventricular rápida —explicó—. Administré adenosina y ha respondido bien. El ritmo está volviendo a la normalidad.
El doctor revisó el monitor y luego miró a Elizabeth con sorpresa y aprobación.
—Buena reacción, Enfermera. Si hubiéramos tardado más en intervenir, esto se habría complicado.
—Gracias... —murmuró.
Elizabeth exhaló un suspiro contenido. Sentía el pulso acelerado, pero no por el estrés, sino por la sensación de haber hecho lo correcto en el momento exacto.
—Tienes suerte de que no haya pasado algo mas grave — Comento Carlota, la jefa de enfermeras — siempre tienes que esperar las indicaciones de los médicos, ahora debes hacer el papeleo.
Elizabeth asintió apenada, tratando de mantenerse profesional, había pasado de una alegría al ser elogiada a cuestionarse su comportamiento. El cardiólogo la observo sonriéndole con admiración para darle una palmada en el hombro llamando la atención de los presentes.
—Buen trabajo. Actuaste con rapidez y precisión. No todos reaccionan tan bien bajo presión. Si algún día quiero un enfermero de confianza en mi equipo, sé a quién llamar. — Elizabeth sonrió levemente, ante el cumplido— ¿Cómo supiste que hacer?
—Gracias, doctor. Hace unos años trabajé en el área de cardiología... solo puse en práctica lo que aprendí. Hice lo que tenía que hacer.
El médico la observó por un momento, evaluando más allá de sus palabras.
—¿Has pensado en hacer una especialidad?, Con tu capacidad, podrías destacar en cardiología, emergencias... lo que quisieras.
Elizabeth parpadeó, sorprendida por la pregunta. Había considerado la posibilidad antes, pero entre el trabajo y su vida personal, nunca se había detenido a tomar una decisión.
—Yo... —comenzó a responder, pero Carlota empezó a lanzar comentarios agudos hacia ella, minimizando la situación, en ese instante su celular vibró en su bolsillo.
Sacó el teléfono y vio la pantalla iluminada con un mensaje de su madre:
"¿A qué hora llegas?"
Elizabeth suspiró. La noche había sido más larga de lo que esperaba, y ahora su madre seguramente estaría preocupada.
Guardó el teléfono y miró al cardiólogo con una leve sonrisa.
—Disculpen, mi turno ya termino, debo terminar el papeleo del paciente. Lo pensaré, doctor. Muchas gracias.
El médico asintió con una sonrisa comprensiva.
—Hazlo. Pero no dejes que el tiempo pase sin tomar una decisión. Eres muy buena en esto.
Elizabeth agradeció sus palabras con un asentimiento antes de girarse hacia Diego. Sus ojos la seguían con una mezcla de cansancio.
—Descansa, Diego —le dijo con voz neutra, sin dejar que la emoción se filtrara en sus palabras.
Al salir del hospital, la brisa nocturna la envolvió nuevamente. Caminó hasta su coche, sintiendo que aquella noche había cambiado algo dentro de ella, aunque aún no supiera exactamente qué.
Mientras encendía el motor, su mirada volvió a su teléfono. Su madre esperaba, y por primera vez en mucho tiempo, se preguntó si ella misma estaba esperando algo también.
Puso el auto en marcha y se dirigió a casa, siendo acompañada por su música, y sin querer, pensando en Diego y todo lo que su presencia regresaba a ella, los recuerdos fueron regresando uno a uno, Elizabeth suspiro y limpio la pequeña lagrima que amenazaba con salir, sin saber que el destino aún tenía más sorpresas guardadas para ella.