Atracción enfermiza

All Rights Reserved ©

Summary

Alexander lleva una vida tranquila y estructurada, hasta que un encuentro inesperado con Sebastián, un joven misterioso que parece cargar con muchos problemas, comienza a desdibujar los límites de su rutina. Lo que comienza como una curiosidad silenciosa se transforma en una atracción enfermiza, cargada de silencios, preguntas sin respuestas y una obsesión que desafía lo racional. ¿Qué hará Alexander cuando descubra la verdad? ¿Podrá Sebastián luchar contra lo que lo empuja a hacer todo esto?

Status
Complete
Chapters
48
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Él siempre está ahí

Esa noche, la ansiedad no me dejó dormir. Cada crujido de la madera, cada murmullo del viento, se sentía como una amenaza. Pero cuando abrí los ojos en plena madrugada, supe que esta vez no era mi imaginación. Había alguien en la habitación.

Mi cuerpo se tensó antes de que pudiera siquiera ver la silueta. Entonces, lo vi, de pie, al pie de mi cama, su rostro tan cerca del mío que, incluso, podía sentir su aliento.

—¿Sebastián? ¿Qué demonios estás haciendo aquí? —exclamé, incorporándome de golpe.

Mi mente iba demasiado rápido, tratando de procesar lo imposible. ¿Cómo había entrado? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? El terror se convirtió en una oleada de adrenalina pura.

—No te asustes —dijo él, poniendo sus manos en mis hombros—. No quiero hacerte daño.

Me incorporé, sintiendo mi corazón martillar contra el pecho. Él apretó aún más sus manos en mis hombros, intentando mantenerme acostado.

—¿No quieres hacerme daño? ¡Estás en mi casa, en mitad de la noche! ¡Sal de aquí ahora mismo!

—Solo quiero hablar, Alexander. Necesito que entiendas…

Aproveché su distracción para empujarlo y levantarme. Di un paso atrás, buscando una salida, mi espalda chocando con la pared.

—¿Entender qué? —grité—. ¿Qué me estás acosando? ¿Qué has estado invadiendo mi vida durante semanas?

Su rostro se tensó, pero no retrocedió.

—No es así. Yo… yo te amo, Alexander.


Días antes.

Desde siempre, mi mundo había sido tranquilo. Todo tenía su ritmo, su orden, su espacio. Me gustaba observar las cosas desde lejos, analizar sin involucrarme demasiado. Había algo reconfortante en esa distancia, como si así nada pudiera afectarme demasiado.

Ese día, el aire olía a tierra mojada y las hojas de los árboles se movían con el viento, haciendo un ruido que siempre me había parecido relajante. Me senté en un banco del parque con un libro en las manos. Leer siempre había sido mi escape favorito. Me ayudaba a desconectarme del ruido del mundo, a perderme en historias donde todo tenía sentido.

Pero esta vez, algo llamó mi atención.

Levanté la vista y lo vi. Estaba ahí, no muy lejos, con la mirada fija en ningún punto en particular. Su postura era rígida, como si no quisiera estar donde estaba, como si estuviera atrapado en su propia cabeza. Había algo en él que desentonaba con el resto del parque, con la gente paseando, con los niños corriendo. Era como si el mundo entero le pesara sobre los hombros.

No sé por qué, pero quise acercarme. Tal vez fue curiosidad, tal vez otra cosa que no supe nombrar. Así que me levanté y caminé hacia él, sintiendo el peso de cada paso.

—Hola. ¿Puedo sentarme aquí? —pregunté con una sonrisa, sin querer parecer invasivo.

Él tardó un momento en responder, como si le costara aterrizar en la conversación.

—Eh… sí, claro —dijo, su voz baja, algo áspera.

—Gracias. Me llamo Alexander Saenz —me presenté, sentándome a su lado con calma.

Pareció dudar un segundo antes de responder.

—Sebastián Mori —murmuró.

Asentí, repitiendo su nombre en mi cabeza.

—Es un gusto conocerte, Sebastián —dije con sinceridad.

No esperaba que hablara mucho, así que simplemente empecé a comentar cosas al azar: el clima, el libro que estaba leyendo, lo agradable que era el parque. No intentaba llenar el silencio, solo darle la opción de quedarse o irse sin presión.

Y aunque no dijo mucho, algo en su expresión cambió, apenas un poco. Como si por un momento su mundo se volviera un poco menos pesado. Eso fue suficiente para mí.

Cerré la puerta de mi apartamento con un suspiro, dejando caer las llaves sobre la mesita de la entrada. El silencio me recibió con la misma familiaridad de siempre, envolviéndome como una manta ligera. Me gustaba. Había algo reconfortante en volver a un espacio que era solo mío, donde todo estaba en su lugar, donde no había ruidos inesperados ni conversaciones incómodas.

Caminé hasta la cocina y puse en marcha la cafetera. Amo el aroma del café con leche llenando el aire mientras preparaba una tostada con mermelada de fresa. Movimientos automáticos, repetidos tantas veces que mi cuerpo los ejecutaba sin pensarlo. Mi vida era predecible, tal vez monótona, pero esa rutina me daba una sensación de control que no estaba dispuesto a cambiar.

Después de desayunar, me dirigí al escritorio junto a la ventana y abrí mi cuaderno. No tenía un propósito concreto para escribir, solo la necesidad de vaciar mi mente en el papel. Dejar que las palabras se acomodaran como quisieran, sin plan alguno. La tinta se deslizaba con facilidad, reflejando pensamientos dispersos, imágenes fugaces que no quería olvidar.

Cuando me di cuenta de la hora, miré por la ventana un momento, observando las sombras alargadas en la acera. Era una de mis horas favoritas del día, cuando el sol se filtraba entre los edificios y la ciudad parecía tomarse un respiro antes de que la noche la envolviera por completo.

Pero hoy algo se sentía diferente. No sabría decir qué. Tal vez la forma en que la luz parpadeaba contra los vidrios de los autos, o cómo el viento parecía moverse de manera errática entre los árboles. Sentí un cosquilleo en la nuca, una extraña sensación de estar siendo observado. No era la primera vez que me pasaba, pero nunca había encontrado un motivo real. Siempre terminaba diciéndome que era mi imaginación jugándome una mala pasada, una paranoia sin fundamento. Aun así, me removí en la silla y cerré el cuaderno, tratando de ignorar la inquietud que se había instalado en mi pecho.

Decidí salir a despejarme. Me puse una chaqueta ligera y caminé sin rumbo hasta que mis pasos me llevaron al parque. Era mi lugar de escape, un sitio donde podía perderme entre el sonido de las hojas moviéndose con el viento y el murmullo lejano de la gente pasando. Me senté en una banca bajo un árbol y volví a sacar el cuaderno, dejando que mis pensamientos fluyeran sin restricciones.

Poco a poco, la tranquilidad del entorno me fue envolviendo, disipando la sensación incómoda que me había perseguido antes. En ese instante, no había nada más que yo, mi pluma y el mundo reduciéndose a unas pocas líneas sobre el papel.

Seguí escribiendo, perdiéndome en las palabras, en los trazos de tinta que se deslizaban con facilidad por la página. La brisa fresca acariciaba mi rostro, y por un momento, todo lo demás desapareció. El parque tenía ese efecto en mí. Era un pequeño refugio dentro de la ciudad, un espacio donde podía estar a solas sin sentirme atrapado entre paredes.

Pero entonces, algo me distrajo. Levanté la vista y sentí un ligero escalofrío recorriéndome la espalda. No supe qué era al principio, solo una intuición, una punzada de conciencia de que algo no encajaba. Mi mirada se deslizó por el parque, pasando por los árboles, los caminos, las pocas personas que aún caminaban por ahí. Y fue entonces cuando lo vi.

No supe por qué lo noté entre el resto. Tal vez fue su postura, demasiado rígida, o la forma en que parecía mantenerse en la periferia, siempre al borde de mi campo de visión. No estaba seguro de si me estaba mirando directamente, pero algo en su presencia me inquietó. Sin embargo, en lugar de sentirme incómodo, sonreí, más por instinto que por otra cosa. Tal vez no era nada. Tal vez solo era alguien que, al igual que yo, buscaba un momento de paz en el parque.

Sacudí la cabeza y volví a mi cuaderno, dejando que la sensación se disipara poco a poco. Me concentré en escribir, en darle forma a mis pensamientos sin permitir que la distracción se colara en ellos. Pasaron varios minutos antes de que decidiera que ya era suficiente por hoy. Cerré el cuaderno con un chasquido suave y me puse de pie, estirándome ligeramente antes de tomar el camino de regreso a casa.

El aire se había enfriado un poco con la caída del sol, y las luces de la ciudad comenzaban a encenderse poco a poco. Caminé con calma hasta llegar a mi edificio, pero antes de entrar, me detuve un segundo en la puerta. No supe por qué. Tal vez esperaba algo. Tal vez quería confirmar que mi sensación de antes no había sido solo mi imaginación.

Miré hacia la calle y lo vi otra vez. No se movió, no hizo ningún gesto. Solo estaba ahí.

Fruncí el ceño ligeramente y crucé los brazos. No me gustaban las coincidencias.

—¿Por qué siempre estás por aquí?

El chico se tensó, como si no hubiera esperado que le hablara.

—¿Qué quieres de mí? —pregunté de nuevo, manteniendo la voz tranquila, pero sin dejar de mirarlo.

Esta vez, su reacción fue aún más extraña. No respondió. Parecía estar buscando las palabras, pero ninguna llegaba a sus labios.

—¿Te conozco de algún lado?

Dio un pequeño paso atrás y negó con la cabeza. Fue rápido, como si mi pregunta lo hubiera tomado por sorpresa.

Algo en sus ojos me hizo sentir incómodo, pero no de una forma negativa. Era más bien… extraña. Como si estuviera viendo algo que no debía. Como si, por un instante, hubiera atravesado una pared invisible que él había intentado construir entre nosotros.

Solté un suspiro y pasé una mano por mi cabello, sintiendo el peso de la conversación caer entre nosotros como un muro invisible. No tenía sentido seguir insistiendo.

—Está bien… Buenas noches —murmuré antes de girarme y entrar al edificio.

No volví a mirar atrás.

Pero esa noche, mientras me preparaba para dormir, no pude evitar pensar en él. En su expresión, en la forma en que había reaccionado, en la sensación de haberlo visto más de una vez, sin saber dónde ni cuándo.

Y por primera vez en mucho tiempo, tuve la extraña certeza de que alguien, en algún lugar, sabía más sobre mí de lo que yo sabía de él.