1. Cabello de Chocolate
Wonbin tenía 16 años cuando se enamoró perdidamente de Sungchan.
No era algo muy fuera de lo normal, siempre había tenido crushes de aquí y allá, pensó que Sungchan sería uno más, un crush más, pasajero y momentáneo.
No pensó que se clavaría tan adentro de sus huesos que dolería, tampoco pensó que el tiempo le regalaría una de sus mejores etapas y a la vez se la arrebataría en un simple abrir y cerrar de ojos.
Eran muy distintos, tanto en personalidad como en el trasfondo de sus historias. Wonbin había crecido preciosamente, siendo cuidado y consentido por sus padres para que se pudiera convertir en un hombre exitoso en un camino de flores, no fácil, pero sí con golpes amortiguados. Sungchan, por otra parte, desde pequeño aprendió lo que era el trabajo duro y el valor del dinero. No venía de una familia acomodada, claro que no, él tenía que trabajar a medio tiempo para poder ayudar a sus padres en los gastos de su casa. Tenían que pagar la escuela de sus hermanos pequeños, pagar la comida y demás gastos del hogar. Además, a Sungchan se le había ocurrido la grandiosa idea de llevar un perro a casa, que justamente tenía la cadera dislocada, por lo que necesitaba constantes visitas al veterinario y además estaba ahorrando para la cirugía de Manchas, así se llamaba el perro.
Tenían 17 años cuando murió Manchas.Fue en enero, las fiestas habían pasado, pero aún caía nieve. Era una noche fría de sábado. Wonbin estaba recostado en su cama de su habitación cuando recibió la llamada de Sungchan:
—Wonbin... —Escuchaba su voz muy tenue y unos cuantos hipeos. Por supuesto que el pelinegro se asustó, creía que nunca había escuchado a Sungchan llorar. Siempre se mostraba fuerte, ante él y su familia—. Creo que Manchas no puede más, está muriendo, no sé qué hacer. No puedo llevarlo al veterinario, ya no hay camiones que me lleven.
El corazón de Wonbin se cayó a su estómago.
—Voy para allá.
Salió lo más rápido que pudo, tomó prestado el carro de sus padres y se dirigió a la casa de Sungchan. Tenía que apresurarse, sabía cómo amaba a Manchas. No podían perderlo.
Al llegar, Sungchan ya lo esperaba con Manchas envuelto en una sábana. Entró lo más rápido que pudo al carro y se quedó en silencio en camino al veterinario. Wonbin escuchaba el hipar del otro, casi podía sentir cómo las lágrimas recorrían esas mejillas blancas que tanto conocía. Quería quitarlas, hacer que no salieran más como una daga dirigida a su corazón.
Era el penúltimo semáforo separándolos del veterinario cuando Manchas dejó de respirar.
Desde ese día, Wonbin nunca más vio llorar a Sungchan.
Y no sabía si eso le preocupaba.
Wonbin tenía 18 años cuando tenia grandes planes para ir a la universidad, estudiaría administración y contaduría y dirigiría el negocio de sus padres. Estaba preparándose para la etapa que más le importaba en toda su formación: la universidad. Ese año presentaría el examen, claro, él y Sungchan. Ambos estudiaban en la biblioteca pública; a veces, Wonbin hacía como que leía sus libros, pero en realidad se quedaba perdido en el cabello de chocolate de Sungchan. Brillaba de una manera espectacular, su tono combinaba de manera hermosa con su tono de piel. Le decía “cabello de chocolate” porque la piel de Sungchan era blanca, tan blanca como la leche, y para él, Sungchan era un hombre hecho de leche y chocolate.
Era agosto cuando presentaron sus exámenes para la universidad. Wonbin estaba muy nervioso; Sungchan, por otro lado, se veía calmado, casi pacífico, como si el examen no le importase.
Wonbin hizo el examen lo mejor que pudo, de verdad, se esforzó demasiado. No podía dejar ir estas oportunidades que la vida le ponía, las comodidades que sus padres le ofrecían, y no se podía imaginar a sí mismo sin estar en la misma universidad que Sungchan.
Fue un 20 de agosto cuando se presentaron los resultados del examen para ingreso universitario. Suerte de ambos que pasaron.
—No puedo creerlo, estoy tan emocionado, Sungchan, de verdad —Wonbin saltaba de la alegría y sus ojos brillaban como estrellas—. Todo se estaba acomodando perfectamente en su vida. ¿Imagínate que nos tocan habitaciones compartidas? ¿Qué tan genial sería?
Sungchan lo veía entre enternecido y nostálgico. Eran mejores amigos, o eso es lo que le decían a los demás. Wonbin en sus adentros quería más que una amistad con Sungchan, su cuerpo y alma lo necesitaban, pero era intimidado por la popularidad del otro, entre hombres y mujeres. Además, sentía que Sungchan lo veía como un hermanito menor solamente.
—Estoy muy feliz yo también —dijo Sungchan.
Fue un 1 de septiembre cuando todo se desmoronó.
—¿Qué quieres decir? —Wonbin no podía creerlo. Algunas hojas caían por el tenue viento que se formaba. Sungchan entrenaba por las noches, normalmente después de terminar su entrenamiento, como a eso de las nueve de la noche le mandaba mensaje para desearle buenas noches o para contarle alguna anécdota entretenida. Ese día le había mandado un mensaje para verse en el parque cercano a la casa de Wonbin, por supuesto le pareció extraño. Tomó un ligero cárdigan y corrió a encontrarse con el pelicastaño.
Sungchan solo lo veía firmemente, seguro de su decisión.
—No... —Su voz temblaba, y solo supo abrazarse a sí mismo. ¿Qué más podía hacer?—. No me puedes dejar, no ahora.
—Wonbin, escucha...
—¡No! —Wonbin lo interrumpió en un grito algo desgarrador. Las lágrimas ya amenazaban con asomarse, su nariz comenzó a ponerse roja y el viento movía su cabello despeinándolo en esa triste noche de otoño—. Tú presentaste tu examen, no hay manera... ¿?
—Wonbin, tú sabes que no podemos pagar esa universidad. Mis padres, mis hermanitos... —Su voz en algún momento sonó quebrada, como si no quisiera enfrentar la realidad, como si fuera la decisión más difícil que la vida le había puesto—. No. —Ahora sonaba firme y miró a Wonbin con seriedad y firmeza—. No puedo hacerlo, me iré al ejército. Es lo que hay para mí.
—Pero yo puedo ayudarte —sus brazos se despojaron de sí mismo y comenzó a aletear tratando de mostrarle la cantidad de cosas que Wonbin podía hacer por él, por su Sungchan—. Podemos trabajar juntos, puedo decirles a mis padres que nos ayuden.
—Lo siento, de verdad. No puedo pedirte eso y tampoco puedo arrebatarles la oportunidad de estudiar a mis hermanos —Sungchan sonaba devastado detrás de toda esa capa de seguridad que proyectaba. Wonbin sabía su situación. Sus hermanos eran gemelos y ambos entrarían a la secundaria, por lo que significaban más gastos para los padres de Sungchan. Ellos no podían permitirse pagar la universidad y la escuela de sus hermanos a la vez, por lo que decidieron que Sungchan se inscribiría al ejército, para que el gobierno se hiciera cargo de todos los gastos del resto de su educación y para que tuviera una profesión al menos. Porque en Corea del Sur era imposible vivir sin un título, mucho menos sin un oficio. Sungchan no tenía ni uno ni otro.
El ejército era su única opción.
—Te extrañaré —fue lo único que Sungchan atinó a decir antes de abrazar al pelinegro. Lo tomó de sus hombros y lo pegó a su pecho, sus manos se aferraron a Wonbin como pudo. ¿Escuchaba su corazón?
Wonbin no pudo decir nada, sus brazos quedaron colgando a sus lados y su cabeza topaba con el pecho de Sungchan, haciendo alusión a la diferencia de sus alturas de la que tanto Sungchan se burlaba. Le parecía cómico y devastador a la vez. Era la última vez que lo vería. Wonbin viajaría a Seúl y estudiaría la universidad. Sungchan se quedaría en Busan y se enlistaría al ejército.
Sungchan lo soltó y quitó una lágrima del rostro contrario.
—Te extrañaré demasiado, Park Wonbin. Tú siempre estarás en mis pensamientos y en mi corazón, gracias por todo. —Le dio una última sonrisa antes de voltearse e irse.
Así de fácil se había desmoronado todo lo que conocía Wonbin. Por alguna razón, creía que la luna se burlaba de él. Estaba en forma de una sonrisa que parecía una burla a su ser. Sungchan era un ser mentiroso, injusto, egoísta... y a la vez tan trágico.
Wonbin no pudo detenerse. Cuando salió corriendo detrás de él, su cárdigan voló de su cuerpo, pero no le importaba que la temperatura de 20 grados le calara la piel. Su mente solo tenía una cosa en mente:
No te vayas.
Sungchan.
Lo tomó con ambos brazos en un abrazo por detrás. Las lágrimas cayeron demasiado, ni siquiera podía ver de lo nublada que tenía la vista, sentía cómo mojaban su pecho y cómo su cabello se pegaba a sus mejillas por la humedad de estas.
—No te vayas, Sungchan, por favor. —Wonbin sintió cómo el cuerpo de Sungchan se tensó, como si una sola palabra más le pudiera hacer cambiar de opinión.
—No hagas esto más difícil, Wonbin, por favor. —Tomó sus manos y las despegó de su cuerpo—. Por favor.
Sungchan lo había quitado, había rechazado su abrazo. Wonbin se dejó caer en el suelo de rodillas. Su cuerpo temblaba, no solo por el fuerte viento que lo golpeaba, sino por la rabia acumulada, por no poder hacer nada.
—Te amo —gritó lo más fuerte que pudo—. Te amo, Sungchan, ¿no puedes quedarte por eso? Te amo demasiado, no te vayas, no me dejes. —Gritaba mientras golpeaba el piso con sus débiles brazos. Estaba rogando, rogándole a Sungchan, a la luna que deje de burlarse de él, a algún dios que intervenga y haga que Sungchan nunca se vaya lejos de él.
—¡SUNGCHAN!
Sungchan detuvo su paso. En su rostro ya se posaban lágrimas. No podía creer lo difícil que era dejar a Wonbin. Sabía que era la cosa más difícil que había tenido que hacer.
Cuando Wonbin confesó sus sentimientos, Sungchan pensó por un segundo jamás irse. Dejar todo y volver a Wonbin, pero no podía.
No ahora.
Se volteó y corrió a Wonbin. Se arrodilló frente a él y lo tomó de sus mejillas para levantarle la mirada y darle un beso en los labios.
Su lengua delineó los labios de Wonbin pidiendo permiso para dejarle entrar en él. Era un beso pasional, el primero y último que se habían dado. Podía sentir las lágrimas de Wonbin rozar sus manos. Esperaba que Wonbin entendiera sus sentimientos con ese beso, que él también lo amaba y que deseaba que eso nunca hubiera pasado, que jamás se hubieran tenido que separar. Deseaba que ese momento fuera para siempre y que el calor de Wonbin siempre estuviera en su pecho. El beso estaba lleno de deseo. Movían sus lenguas en un suave vaivén, y su respiración comenzaba a agitarse. De repente, en unos segundos no solo sus manos se mojaban por las lágrimas de Wonbin, sino que todo su cuerpo comenzó a empaparse de agua. Comenzaba a llover.
—Yo también te amo, Park Wonbin —le susurró Sungchan deteniendo el beso que se daban. Pegó su frente a la de Wonbin y lo miró a los ojos, esos oscuros ojos de obsidiana que el otro tenía. Eran demasiado profundos y cálidos, podía perderse en su mirada para siempre y sería lo mejor que le pasaría—. Espera por mí. Te prometo que volveré a ti. Solo pensaré en ti, solo te querré a ti, pero espérame, Wonbin, espérame justo así.
—Sungchan... —musitó Wonbin. Lentamente bajó sus ojos a los labios de Sungchan, los dulces y tiernos labios de Sungchan que pronunciaban dulces y peligrosas palabras. ¿Cuánto tendría que esperarlo?, se preguntaba. Su mente trataba de actuar racional, no podía esperar por Sungchan porque cabía la posibilidad de que nunca volviera. Pero su corazón era más fuerte y él sí quería esperarlo, para siempre si era debido—. Sí, lo prometo.
Sungchan lo tomó nuevamente y juntó sus labios a los de Wonbin como cerrando la promesa que se acababa de formar.
La lluvia selló el beso de promesa que Wonbin le había hecho a Sungchan.
Wonbin tenía 27 años cuando, mirando por su ventana, se dio cuenta de que Sungchan no volvería más.
En nueve años no escuchó más de él.
Jung Sungchan lo había dejado.quí...