La Vizcondesa de las Tierras Malditas

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Summary

Los nobles la llaman impía. La iglesia la llama bruja. Pero los montruos… la llaman Mi Señora. Alice no es una vizcondesa como las demás. Viste de negro (no por luto), camina entre fantasmas y vuela con gárgolas. Compra un castillo maldito, convive con criaturas que el mundo desprecia, y construye un paraíso en tierras que nadie quería. Mientras los poderosos la difaman, ella crea un reino donde los marginados prosperan, donde los minotauros no son esclavos, sino líderes. Y cuando el hambre devora al reino que la despreció, cuando los mismos que quisieron quemarla ruegan por ayuda... Alice no olvida. Ella no se inclina. No pide permiso. No se doblega. Ella negocia. Un ejército de piedra duerme bajo su mando. Espíritus antiguos custodian sus secretos. Y a su lado, un tímido pero feroz minotauro enamorado se prepara para algo que ningún otro ha logrado jamás: conquistar el corazón de la mujer que desafió a toda la nobleza y la iglesia... y sobrevivió. Alice no es una noble común. ¿Y si la bruja que todos temen… es la única capaz de salvar al reino?

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Capítulo 1

El castillo se alzaba en lo alto de la colina como un animal dormido, cubierto de enredaderas y musgo. Nadie se atrevía a acercarse, pues se decían en las tabernas y por lo callejones que las sombras tenían ojos, que las piedras murmuraban, que las gárgolas se movían cuando nadie miraba. 

Los aldeanos más viejos aún recordaban las historias: un lugar maldito, olvidado por los siglos, abandonado hasta por los ecos, que allí solo habitaban fantasmas que plagaban el castillo y que las gárgolas anidaban en los techos.

Pero a ella no le importó.

Los rumores y las viejas historias solo hacían que su curiosidad creciera cada vez que las oía. Es por eso que había comprado ese castillo de mala reputación junto con todo el territorio que la gente llamaba temerosamente: “tierras malditas.”

Alice observó el lugar con ojos ansiosos, llenos de una emoción que los demás no compartían con ella; que consideraban raro e inapropiado para una noble vizcondesa, incluso si era una solitaria como ella.

Había descubierto a muy temprana edad que ella era diferente a todos los ideales que le habían enseñado. A nadie le gustaba las historias de fantasmas, a nadie le parecía divertido la idea de montar una gárgola para poder volar por los cielos y, sobre todo, a nadie le parecía que los minotauros fueran “lindos y esponjosos” como ella solía decir.

Tampoco parecían compartir su amor por el color negro con el que ella siempre se vestía.

“No hables de eso. Te podría sobrevenir una maldición” .-decían algunos cuando les preguntaba sobre las gárgolas que se posaban en los edificios altos.

“Una joven noble como tú no debería meterse en esas cosas sucias. Si vez a un fantasma, lo mejor es llamar a un sacerdote para que los exorcice” .-decían otros cuando preguntaba por los fantasmas que veía escondiéndose en los libros antiguos.

“¡¿Te estás escuchando hablar?! Los minotauros deben servirnos. ¡Son monstruos! ¡No merecen ser tratados como iguales!”

“Primero aprende a vestirte como si no fueras a un funeral. ¡El negro es el color del dolor! ¡De la desgracia! ¡¿Acaso le quieres decir a todos que vives en la desgracia?!”

Alice no podía entenderlos, ¿Qué tenia de malo su forma de vestir? El negro era un color elegante, hermoso como la noche. A nadie le hacía daño tener un poco de color negro en su vida.

Para ella, los fantasmas, las gárgolas y los minotauros eran criaturas interesantes que ella quería desesperadamente conocer. Quería hablarles, quería poder convivir con ellos; preguntarles sus nombres, sus gustos, si les gustaba la comida dulce o salada.

Pero no era extraño encontrar desprecio en las voces de todos esos nobles despampanantes ante estos temas que todos en el reino parecía querer ignorar. De todas formas, parecía que la mayor preocupación para ellos era que iban a cenar esa noche.

Es por eso que Alice había mandado a vender todas sus tierras, todas las mansiones que había heredado de sus fallecidos padres. No necesitaba estar cerca de gente tan venenosa con trajes caros y piedras preciosas tan enormes que simplemente eran ridículos.

El castillo frente a ella y todo el territorio circunvecino ahora era suyo, lo había comprado con el dinero que había ganado de esas ventas. No solo era barato por su mala reputación, sino que el territorio era extenso, lleno de bosques, naturaleza y, por supuesto, lleno de gárgolas y fantasmas que parecían vivir en el castillo en el que ahora viviría.

Alice apenas podía evitar saltar de la emoción.

Entró a paso tranquilo al castillo. La estructura parecía bastante fuerte, aunque sin duda habría que remodelar el lugar. No sabía cuánto tiempo había estado abandonado el lugar, pero por las capas de polvo, sabía que había sido bastante tiempo.

El ambiente se sentía diferente, un sentimiento de estar siendo observada desde las sombras por figuras luminosas era potente, podía escuchar el sonido de los cuerpos de piedra de las gárgolas girando hacia ella y observarla a través de las ventanas y balcones; pero no la asustó, no, Alice estaba bastante emocionada.

Había estado estudiando mucho a estas criaturas. Los fantasmas eran las criaturas con más magia que existía, teniendo la capacidad de poder influir en el entorno como quisieran; podrían hacer que un lugar se sintiera más frío, aunque estuviera haciendo un calor infernal, podían hacer muchas cosas a la vez por su capacidad de poder y control del lugar, podían mover cosas pesadas como si no fueran nada.

Las gárgolas eran criaturas protectoras que podían ver las intenciones de la gente y detectar las amenazas que uno podría atraer, eran grandes y fuertes, además de que podían expulsarte de un área bajo su protección si lo deseaban. Por eso siempre estaban en lugares altos, porque eran jueces. Y a una gárgola nunca se le puede engañar.

Eran simplemente fascinantes, pero por lo mismo, se debía tener cuidado con ellos.

Alice sabía que, aunque era la nueva dueña de ese castillo, debía respetar a sus inquilinos.

--Queridos habitantes .-habló con voz firme, pero respetuosa.- Soy la vizcondesa Alice Smoore, nueva ama y señora de este castillo y estas tierras.

El ambiente se puso más frío, pudo sentir como muchos ojos estaban fijos en ella y como la rodeaban lentamente, pudo escuchar murmullos a su alrededor que parecían venir de todas partes. Estaban con la guardia alta, podía sentir su hostilidad.

--Vengo en paz, no vengo a echarlos del castillo. Simplemente quiero convivir con ustedes en paz.

--¿En paz? ¡¿EN PAZ?! .-risas burlonas empezaron a escucharse a su alrededor, haciendo eco en las paredes y en los techos.

--Los de tu clase siempre nos han despreciado, ¿Por qué tu no harías lo mismo? .-pudo escuchar a las gárgolas mover sus alas con desprecio.

--Este castillo ha sido nuestro hogar por décadas, ¿Crees que te dejaremos quedártelo simplemente porque lo compraste? ¡NO SEAS INGENUA!

Alice sabía que no sería fácil, pero por suerte, los humanos poseían una magia que, aunque menos espectacular que la de los fantasmas y las gárgolas, era muy útil.

--Yo soy diferente, yo puedo demostrar mi honestidad frente a ustedes aquí y ahora si me lo permiten .-con cuidado, Alice sacó de su bolso un frasco de tinta y una pequeña daga.

Los fantasmas y las gárgolas observaron con asombro cuando la vizcondesa usó la daga para hacerse una cortada en uno de sus dedos y luego verter a sangre en el frasco de tinta, mezclándola, después sacó un pergamino que ya tenía un contrato listo para firmar.

La magia de los humanos solo tenía dos usos: Exorcizar (que solo lo podían hacer sacerdotes o aquellos que supieran como hacerlo) y hacer tratos de sangre; tratos que se plasmaban en pergaminos u hojas, escritos con una mezcla de la sangre de la persona que hacia el trato y tinta. Al hacer un contrato de esta forma, la persona cuya sangre se había mezclado con la tinta quedaba obligada a cumplir con su palabra, y si no lo hacía, el contrato la castigaría.

Alice estaba dispuesta a hacer un trato de sangre hacia los fantasmas y gárgolas para que no quedara duda de su voluntad con ellos.

--Deseo vivir aquí, deseo convivir con ustedes en paz .-Alice habló de nuevo hacia ellos.- Deseo construir, en estas tierras maldecidas por todos, un pueblo, un pueblo feliz y próspero que calle las bocas de todos aquellos que digan que los fantasmas, las gárgolas y los minotauros son monstruos con los cuales no se pueda vivir.

--¿Por qué harías eso? .-una gárgola con cabeza felina se acercó más a ella, como queriendo leer sus intenciones, intenciones que ella sabía que él podía ver, pues a una gárgola nunca se le podía engañar.- ¿Qué es lo que ganarías con eso?

Alice lo observó y le dio una sonrisa tan sincera que hizo que la criatura diera un paso atrás.

--Los adoro .-dijo mirándolo fijamente.- Y por eso mismo, sería más que feliz si pudiera tenerlos a mi lado .-miró a su alrededor.- Estoy en busca de sirvientes, no para someterlos a mi voluntad, sino para que me ayuden a construir un lugar donde pueda demostrar que este reino se equivocó con ustedes.

Todos los ojos estaban fijos en ella, inspeccionándola.

--Está diciendo la verdad .-la misma gárgola habló.- Puedo verlo claramente. No quiere esclavizarnos... quiere ser nuestra amiga, nuestra guardiana .-lo pronunció casi con incredulidad.

¿Qué clase de noble era esta mujer?

Un escándalo sin duda. Alice sabía que lo que hacía era sin precedentes y que la oposición seria inmensa.

--¿No temes meterte en problemas? .-un fantasma, una figura blanquecina, se acercó más a ella.- A los tuyos no les gustará esto.

Alice sonrió.

--Para ser su amiga, solo necesito el permiso de ustedes, no de ellos .-los murmullos comenzaron nuevamente.- Estoy dispuesta a hacer un trato, con mi sangre, con ustedes. Y si fallo, no mereceré menos que la muerte.

Todo se quedó en silencio, el tono de voz condescendiente y las burlas habían desaparecido. Todos parecían dudar.

Entonces la gárgola de cabeza felina y alas de dragón se acercó a ella.

--Me parece un trato bastante interesante, vizcondesa.

Alice le sonrió con un brillo de emoción y alivio en sus ojos.

--¿Estas dentro?

--Te daré una oportunidad .-corrigió.- Si estás tan dispuesta a dejar tu vida en juego, entonces podríamos ver a donde nos lleva esto.

Alice sacó una pluma y remojó la punta en la tinta mezclada con su sangre.

--Que así sea.

Continuara...

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