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En la inmensidad etérea de los Cielos, donde las nubes tejían tapices de luz y las estrellas danzaban en una sinfonía silenciosa, residían dos almas excepcionales: Celeste, la princesa Luminary, y Thalia, la duquesa de Stella. Desde su infancia, sus destinos habían estado entrelazados por una amistad inquebrantable y un propósito compartido: observar y comprender el mundo de los mortales.
Celeste, con su aura luminosa y su poder ancestral, era la encarnación de la luz celestial. Su linaje Luminary le otorgaba una conexión profunda con la energía cósmica, permitiéndole manipular la luz y la esencia misma de la vida. Thalia, por otro lado, poseía la gracia y la elegancia de la nobleza estelar. Su título de duquesa de Stella le confería un dominio sobre las constelaciones y los secretos ocultos entre las estrellas. Juntas, formaban un dúo armonioso, complementándose en sus fortalezas y compartiendo una curiosidad insaciable por el mundo terrenal.
Su misión, encomendada por los Consejos Celestiales, era descender a la Tierra y observar el comportamiento de los humanos. Debían comprender sus virtudes y sus defectos, sus esperanzas y sus miedos, para así determinar si la humanidad merecía la protección de los Cielos. Sin embargo, esta tarea aparentemente sencilla se había convertido en un peligroso juego del gato y el ratón.
En sus dos viajes anteriores, Celeste y Thalia habían sido descubiertas por fuerzas oscuras que buscaban explotar sus poderes. El primer universo, un reino de sombras y engaños, intentó aprisionarlas en un laberinto de ilusiones. El segundo universo, un crisol de experimentos científicos y tecnológicos, pretendió disecarlas y estudiar su esencia celestial. En ambas ocasiones, lograron escapar por poco, pero la amenaza de ser capturadas pendía sobre ellas.
La tercera advertencia se mantenía sobre sus cabezas. Según la antigua profecía, si eran descubiertas por tercera vez, se verían obligadas a casarse con los duques más poderosos de los Cielos, sus amigos de la infancia. Aunque los apreciaban profundamente, el matrimonio forzado era una perspectiva aterradora, una cadena que las ataría a un destino que no habían elegido.
Con el corazón destrozado por las advertencias, pero con la determinación inquebrantable, Celeste y Thalia se prepararon para su tercer descenso. Eligieron la Tierra Original, el mundo donde la humanidad había dado sus primeros pasos, un lugar de belleza y caos, de amor y odio. Sabían que este viaje sería el más peligroso, pero también el más crucial.
Antes de partir, se despidieron de sus amigos duques, quienes les prometieron su apoyo incondicional. Sabían que, si eran descubiertas, sus amigos harían todo lo posible por protegerlas, incluso si eso significaba desafiar a los Consejos Celestiales.
El descenso a la Tierra fue un viaje vertiginoso, una caída libre a través de la atmósfera. Al llegar, se encontraron en un bosque increíble, donde la luz del sol se filtraba entre las hojas y el aire estaba impregnado de un aroma a tierra húmeda y flores silvestres.
Celeste y Thalia se transformaron en formas humanas, adoptando identidades ficticias para mezclarse con la población local. Se convirtieron en dos jóvenes viajeras, curiosas por descubrir los secretos de la Tierra Original.
Su primera parada fue un pequeño pueblo, donde la vida transcurría a un ritmo pausado. Observaron a los pobladores, sus rutinas diarias, sus interacciones, sus alegrías y sus penas. Descubrieron la calidez de la hospitalidad humana, la fuerza de los lazos familiares y la belleza de la simplicidad.
Sin embargo, también presenciaron la oscuridad que acechaba en los corazones humanos: la envidia, la codicia, la violencia. Se preguntaron si la humanidad merecía la protección de los Cielos, si eran capaces de superar sus propios demonios.
Este es solo el comienzo de su viaje, un preludio de los desafíos y las aventuras que les esperan. El Velo de los Cielos se ha levantado, y el destino de dos mundos se balancea en un hilo.