Un Beso Antes De Mentir

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Summary

Astrid domina el fuego, pero sus llamas más peligrosas no arden en sus manos, sino en su mente. Inteligente, meticulosa y emocionalmente contenida, creció en una casa de acogida marcada por el abuso, lo que la convirtió en una experta en ocultarse... y en sobrevivir. Ahora, atrapada en un matrimonio al borde del colapso con Harvey -un hombre frío, estoico y con secretos tan oscuros como los suyos-, Astrid esconde más que sus poderes. Cuando una amenaza antigua regresa y las sombras del pasado envuelven su presente, deberá decidir si luchar al lado de un esposo que apenas reconoce... o arder sola con la verdad que ha estado enterrando. Con un pasado que quema y un futuro que podría consumirla, Astrid aprenderá que el amor y la mentira a veces van de la mano... justo antes de romperlo todo.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El día que el Diablo Azul atacó el templo de las Saritas parecía un día como cualquier otro.

Aquella tarde, mis hermanas y yo estábamos cada una en lo suyo, cumpliendo con las tareas que Paul y Ana nos habían asignado. Paul y ana eran los guardianes del templo, él era sabio y silencioso y ella firme pero dulce. Ellos no solo cuidaban del templo, también eran nuestros profesores, guías... y, en cierto modo, padres.

Yo, como siempre, me refugiaba en la biblioteca del templo. Era pequeña, de estantes torcidos y olor a humedad, pero tenía una ventana por la que se colaban los últimos hilos dorados del atardecer. Me gustaba colocar la silla justo debajo y leer hasta que la luz se apagaba del todo. A veces, abría la ventana y observaba a mis hermanas mientras entrenaban en el jardín, riendo, brillando con sus poderes. Éramos felices. Éramos poderosas. Éramos invencibles. O eso creíamos.

Aquella tarde, había discutido con mi hermana gemela, Agatha. No era raro. En esa época, peleábamos por todo y por nada. El aire entre nosotras siempre estaba cargado, como si nuestras palabras pudieran estallar en cualquier momento. Y yo, todavía molesta, me refugié con un libro polvoriento que había encontrado entre los estantes altos de la biblioteca.

Desde allí, escuchaba las voces familiares del jardín. Odette, como siempre, se quejaba a medio mundo:—¿Alguien me presta un poco de energía? ¡Llevo horas aquí sentada!

Margot y Agatha, en perfecta sincronía, hicieron lo que mejor sabían hacer: provocar una tormenta sobre su cabeza. Literalmente. El cielo sobre el jardín se oscureció, y una nube densa comenzó a seguir a Odette mientras ella chillaba, se levantaba de un salto y corría, salpicando charcos de risa a su paso.

La nube seguía creciendo, cubriendo el jardín y robándole los últimos tonos dorados al atardecer. Me acerqué a la ventana, a punto de abrirla para quejarme—otra vez—de que habían tapado la luz justo cuando estaba por terminar mi lectura.

Pero entonces, algo cambió.

El cielo no solo se oscureció... se volvió denso, pesado. Un escalofrío me recorrió la espalda. Y en el horizonte, donde antes solo había nubes, empezaron a aparecer figuras.

Sombras.

Venían volando, deslizándose entre los árboles como una bandada sin alas, oscuras y amorfas. Al principio pensé que era una ilusión de la tormenta. Pero no lo era. Las sombras se multiplicaban, veloces, y en cuestión de segundos ya estaban sobre nosotras.

—¡Agatha! —grité, la garganta seca de miedo, al ver cómo una de esas cosas se abalanzaba sobre ella desde el cielo.

El libro cayó de mis manos, quedó olvidado sobre la silla mientras salía corriendo hacia la entrada del templo.—¡Paul! ¡Ana! ¡Ayuda! —mi voz rebotó contra los muros como un eco desesperado.

Las sombras chocaron contra las ventanas con violencia, como aves salvajes lanzándose al cristal. Una oscuridad antinatural cubrió los vitrales. El vidrio tembló. Y, por un segundo eterno, todo el templo pareció contener la respiración.

Afuera, Margot flotaba ligeramente, los ojos fijos, el viento girando a su alrededor. Estaba compartiendo su poder con Odette, que extendía las manos hacia el cielo, canalizando ráfagas de aire para alejar las sombras como podía.

En el suelo, Agatha se sostenía el brazo, sangrando. Estaba de rodillas, el rostro contraído de dolor, pero sus ojos seguían buscando los míos. Corrí hacia ella... o lo intenté.

Una de esas cosas—una sombra alada y retorcida—se abalanzó sobre mí con un chillido que no parecía de este mundo. Con el corazón en la garganta, lancé una chispa de fuego desde la palma de mi mano. No apunté; solo recé para no prenderle fuego a nada importante. La sombra se deshizo en el aire como humo disperso... pero solo por un instante. Volvió a formarse, girando en el aire, ahora más rápida y más furiosa.

—¿Qué es eso...? —escuché a Agatha susurrar, sin apartar la vista de las sombras.

—No lo sé —respondí, sin aliento. Y era verdad.

De pronto, algo cambió.

Las sombras dejaron de estrellarse contra el templo. Como si hubieran olido nuestra magia, su atención se centró por completo en nosotras. Se alzaron como una ola negra, envolviendo el aire con un zumbido que helaba la sangre.

—¡Chicas, tenéis que entrar! —la voz de Paul tronó desde la entrada.

Lo vi. Estaba herido, cubierto de sangre, tambaleándose mientras intentaba llegar hasta nosotras. Apenas podía mantenerse en pie. Las sombras, como depredadores hambrientos, giraron en su dirección.

—No... —susurró Margot, con los ojos desorbitados. Sabía lo que iba a pasar antes de que ocurriera.

—¡Subid! Ana os esperará arriba —gritó Paul con voz quebrada, acercándose más. Pero las sombras también lo hacían. No se detenían.

Margot no lo dudó. Extendió los brazos y despegó, impulsada por el viento, intentando llegar hasta él. Pero no fue lo bastante rápida. Las sombras la alcanzaron a Paul le atravesaron sin piedad—el pecho, el cuello, la cabeza—dejando tras de sí agujeros como bocados de oscuridad. Su cuerpo cayó como un muñeco roto.

Odette gritó, un alarido agudo, desesperado. Yo me giré, jadeando, y rodeé a Agatha con mis brazos, empujándola contra mí intentando no quemarla.

—¿Dónde está Bianca? —sollozó Odette, con la cara empapada en lágrimas.

Margot regresó junto a nosotras, la mirada firme a pesar del caos.

Hasta entonces no repare que faltaba una de nosotras. Bianca siempre estaba en el jardín, entre las flores que ella misma cuidaba con esmero. La más silenciosa de todas, la que hablaba poco pero escuchaba todo. La que nunca fallaba al estar cerca. Y ahora... no estaba.

Margot regresó junto a nosotras, la mirada firme a pesar del caos.

—Voy a crear un tornado a nuestro alrededor. Si lo mantengo estable, las sombras no podrán tocarnos mientras nos movemos hacia el templo —dijo con determinación, y al instante el aire comenzó a girar, removiendo las hojas del jardín como una danza salvaje a nuestro alrededor.

—Odette, mantente alerta. Si alguna sombra cruza la barrera, elimínala antes de que nos toque —ordenó Margot con firmeza.

—De acuerdo —asintió Odette, con los ojos fijos en el remolino—. Pero no podemos irnos sin Bianca. Tenemos que encontrarla.

Cruzamos la entrada del templo y el corazón se me encogió. Todo estaba destrozado. Las sillas hechas trizas, los papeles revueltos por el suelo como hojas muertas, y la gran mesa volcaba de lado, partida por la mitad.

—¡Ana! —grité, avanzando entre los escombros.

—¡Bianca! ¿Dónde estás? —gritó Odette, la voz quebrada, mientras sus ojos recorrían desesperadamente cada rincón del templo en ruinas.

No hubo respuesta. Solo un silencio espeso, sepulcral, que pesaba sobre nuestros hombros como una maldición.Seguimos avanzando hasta llegar a la sala principal del templo, la que cada fin de semana abrían al pueblo para las ofrendas. Ahora, ese lugar sagrado era apenas reconocible.

Y allí, en el centro de la sala estaba Bianca con las manos manchadas de tierra. Estaba arrodillada, sollozando con el cuerpo de Ana entre los brazos. La sala era enorme... y estaba llena de sombras, aun así Bianca parecía ilesa. Las sombras estaban quietas como si esperaran algo. El aire era denso, cargado de una oscuridad viva. Bianca no nos vio. Seguía inmóvil, arrodillada en medio de la sala, con la mirada fija en un punto invisible. Sus labios se movían apenas, repitiendo una y otra vez, como un rezo roto:

—Déjame en paz... déjame en paz...

—Bianca... —dijo Odette, dando un paso adelante.

Entonces Bianca levantó la cabeza. Sus ojos estaban enrojecidos, desbordados de lágrimas. Al vernos, se incorporó lentamente, tambaleante, como si cada movimiento doliera.

Iba a acercarse a nosotras... pero fue demasiado tarde.

Las sombras se cerraron sobre ella en un susurro espeso, como una ola negra que la devoró en un instante.

—¡No! —gritamos todas al unísono, nuestras voces chocando con las paredes del templo.

De pronto, todo se oscureció. Las sombras lo cubrieron todo, espesas, asfixiantes. Un silencio sepulcral cayó sobre el templo, más profundo que el miedo. El aire se volvió denso, inmóvil... y el frío era tan intenso que dolía en los huesos. Como si estuviéramos dentro de una tumba.

Escuché una respiración temblorosa a mi lado—quizás Margot, aunque no podía verla. Todo era negrura.

Intenté invocar fuego, abrir una chispa, cualquier destello que nos guiara... pero nada. No respondía. Sentí el calor dormido en mi pecho, como si mi poder hubiera sido enterrado junto con la luz.

—No puedo —susurré, aunque no sabía si me oían.

Y entonces, una voz rompió la oscuridad.

— Me has desobedecido

No era una de nosotras. Era masculina y grave. Parecía estar cerca y al mismo tiempo lejos. Las palabras rebotaban con las paredes alegando mas de lo necesario.

Odette jadeó. Agatha gimió algo apenas audible.

La voz volvió a hablar, y esta vez sonó detrás de mí:

—Las hijas de Sara... qué decepción.

El silencio volvió a caer, pesado y absoluto. Y de pronto, todo se volvió aún más negro. Como si el mundo mismo se cerrara.

***************************

Cuando abrí los ojos, el aire olía a humo y ceniza. Me incorporé con esfuerzo, las piernas temblorosas y la garganta reseca. El templo ya no estaba en pie. Solo quedaban ruinas, columnas rotas, restos carbonizados del altar y el techo abierto al cielo gris.

Me giré buscando a mis hermanas.

Margot estaba sentada en el suelo, sangrando por una ceja. Odette se cubría la boca con la mano, como si contuviera un grito. Agatha... Agatha apenas podía sostenerse, pero estaba viva.

—¿Estáis bien? —logré preguntar con la voz rota.

Todas asentimos, aún en shock, temblando entre los escombros.

Y entonces lo supimos.

Bianca no estaba.

Ya no éramos cinco.

Éramos cuatro.