Capítulo 1
El viento otoñal arañaba los vitrales azules de la mansión Han con dedos invisibles, arrastrando consigo el suspiro de las hojas moribundas. Youngsu apoyó los nudillos en la balaustrada de mármol, la presión convertía su piel en cera pálida bajo la luz del atardecer. Abajo, los jardineros cortaban rosales con tijeras afiladas. Esto solo le recordaba y le recalcaba la posición en la que estaba, aquel estatus que conservaba por el esfuerzo de su padre y madre quienes habían garantizado que su vida fuera cómoda, pero de que servía que fuera cómoda si siempre había vivido solo ?.
—¿Era necesario todo esto?— La voz de Youngsu no era una pregunta, sino un cuchillo clavado en el silencio. Sus dedos ajustaron mecánicamente la corbata gris perla, único punto de luz en su traje negro. El sonido de la seda rozándose fue el único testigo de su disgusto. Azul. Todo a su alrededor sangraba ese color maldito. Los vitrales destilaban la luz en tonos de océano profundo, una agresión constante a sus ojos privados de color. Aun podía recordar la razón del por qué las paredes se vestían de ese color, era el intento de que Youngsu tuviera una pizca de color en sus ojos, aquellos ojos que solo captaban una escala de grises en un mundo de inmensidad de colores. Pero había uno, uno que si reconocía, el azul.
La mansión se alzaba como un cadáver arquitectónico, gárgolas de piedra que escupían agua de lluvia, candelabros de oro que sangraban cera sobre mesas pulidas, cortinas de terciopelo azul noche ondeando como banderas de un reino que Youngsu nunca había querido heredar. Sus veinticinco años no eran celebración, sino velatorio de su juventud.
—¡Es lo mínimo que merece mi único heredero!— La voz del Señor Han resonó desde el vestíbulo, cada sílaba calculada para hacer temblar. Youngsu apretó los dientes. Heredero. La palabra le sabía a mentira podrida, si bien era cierto también cabía recordar la mentalidad fría y dura de su padre, quien al divorciarse de su esposa después de dar a luz la dejó abandonada y enferma.
Su padre avanzó con pasos medidos, el traje gris perla impecable, el cabello entrecano peinado con violencia y sus ojos afilados escrutaron al joven.
—Créeme, estoy más emocionado que tú—. La sonrisa de su padre no alcanzó los ojos. Youngsu conocía esa mueca: el preludio de una cadena dorada. El crujido de zapatos italianos sobre mármol marcó el ritmo de su avance hacia el ala este, donde copas de cristal esperaban como trampas pulidas. Youngsu notó la palidez enfermiza bajo el maquillaje ligero de su padre. La enfermedad avanzaba. La observación le dejó un sabor frío y metálico en la boca.
Bosque del Norte de Japon
Mineko arrastraba los pies descalzos sobre la hojarasca húmeda, cada paso un suplicio. Su cuerpo que era frágil como cristal soplado gemía bajo el peso del agotamiento. El hambre le retorcía las entrañas con garras de acero. Las fuerzas que solían hacerlo ágil y sigiloso lo habían abandonado. Ni siquiera el instinto felino, ese que siempre le gritaba que corriera, logró alertarlo cuando el olor a tabaco y metal cortó el aire limpio del bosque.
—¡Ugh!— El aire escapó de sus pulmones al caer, las piedras afiladas mordiendo sus costillas. Era un manojo de huesos y pelo blanco enmarañado, pegado al suelo como un animal herido. Intentó arrastrarse, pero la cuerda en sus muñecas le arrancó jirones de piel. La sangre sabía a cobre y sal, se había mordido la lengua al caer.
—Vamos, gatito—. El cazador lo agarró por un mechón de cabello blanco, tirando hasta que las lágrimas asomaron en sus ojos azules.
—Servirás a una familia rica. Si tienes suerte, no te matarán—.
Mineko cerró los ojos hasta ver estrellas. Recordó las palabras de su padre susurradas en noches frías: "Corre al bosque si las cosas se ponen difíciles ". Pero el bosque ya no era seguro, incluso hace unas horas sospechaba que algo estaba mal pero aún así no pudo hacer mucho, llevaba días sin comer y la energía se había desvanecido junto sus esperanzas de volver a ver a su padre. El metal frío de la jaula le quemó la piel cuando lo arrojaron dentro. La cinta alrededor de su cola normalmente esponjosa apretaba .
—¡Nos ganamos la lotería!— El conductor guiñó un ojo a su cómplice. —Dicen que si te acuestas con uno de estos, la fortuna te sonríe por cien años— sus voces con tonos asquerosos le asustaban, si bien no les entendía por completo el idioma en el que hablaban sabia que no eran personas buenas.
Mineko se hizo una bola, enterrando la cara entre las rodillas. Los rumores sobre su linaje que su sangre curaba y que sus lágrimas eran mágicas, le sonaban a cuentos de hadas macabros. Él solo era un cambiaformas de dieciocho años que extrañaba el peso cálido de su padre sobre su espalda.
El trayecto duro 4 días, esos días por más que se quejara e intentará escapar no podia, sin comer más que bolas de arroz que le metían a fuerza en la boca y uno que otro chorro de agua sucia, golpes, cachetadas y patadas, incluso intentos tontos de abusar de él.
Era un maldito producto.
El chirrido de la caja de madera sobre mármol cortó los murmullos lejanos de la fiesta. Henry un alfa que hacía del secretario canadiense de la familia Han, empujaba el arcón con esfuerzo, una gota de sudor resbalando por su sien y sus manos largas y blancas se aferraban a la caja.
—El señor insistió en que lo trajera directamente a usted—. Su voz era neutra, pero sus dedos temblaban levemente contra la madera.
Un maullido desgarrador emergió del interior. El Señor Han alzó su copa de vino tinto, el líquido parecía sangre a la luz de los candelabros.
—¿Recuerdas esas viejas historias, hijo? Sobre los Cambia formas y su gran divinidad para concedernos deseos…—. Su sonrisa era miel sobre veneno.
Youngsu sintió un escalofrío. —Los cambiaformas están protegidos por convenios internacionales—, dijo, manteniendo su voz bajo control.
—Las jaulas también son protección—. El patriarca hizo un gesto a Henry. —Ábrelo. Deja que Youngsu vea su futuro—.
La tapa crujió al levantarse. Dentro, encogido sobre mantas y bolsas de plástico, estaba Mineko. Desnudo excepto por un short harapiento, su piel de porcelana mostraba moretones en forma de dedos y de golpes de días. Sus orejas de angora esponjosas estaban aplastadas contra el cráneo por una correa que sostenía un bozal en su boca. Pero fueron sus ojos lo que detuvo el aliento de Youngsu: azul glaciar, translúcido, con destellos de plata en su profundidad. Se dilataron de terror al ver la luz.
—Es... hermoso—. El susurro apenas audible de Henry cargado de fascinación indecente.
Youngsu se agachó y analizó con cuidado aquel olor a bosque mojado y miedo agrio. Aquella piel que temblaba fino como hoja en ventisca y su cola aprisionada por cinta gris.
—Es Mineko — anunció el Señor Han. —significa "El que invita". Críalo, domestícalo... será tu prueba final. Si logras que te elija... todo esto será tuyo—.
La mente confundida de Youngsu no podia parar de evitar pensar en descifrar el plan detrás de todo eso.
El patriarca se marchó, sus pasos resonando como latigazos. Youngsu quedó petrificado, diseccionando cada palabra: ¿Qué juego jugabas esta vez, padre?
Henry aclaró la garganta. —Su padre me pidió que le transmitiera un mensaje—. Sus ojos se desviaron hacia Mineko. —Mineko viene de un linaje puro de la deidad de la fortuna y prosperidad en Japón, es un invitado muy especial, Joven Han—.
Youngsu no respondió. Un gesto cortante despachó a Henry. Avanzó hacia la caja, su sombra envolviendo al ser acurrucado. Sus ojos grises chocaron con el azul glaciar lleno de terror. Un escalofrío se fundió en su espalda al verlo ¿cólera? ¿Lastima? Algo intentó brotar en su pecho pero lo ahogó con un chasquido .
Sin ceremonia pero con sorprendente cuidado, hundió sus brazos bajo el cuerpo liviano. Mineko no pesaba más que un saco vacío.mineko no luchó, la resistencia se había agotado. Solo un ronroneo gutural vibró en su garganta, soñando más queja que amenaza.
Vaya que eres un gato enojón, pensó Youngsu, ocultando su desconcierto ante tanta fragilidad testaruda. Caminó hacia la salida, ignorando la fiesta. El Rolls Royce fantasma aguardaba en la oscuridad.
El motor apenas rugió cuando el peso en sus brazos se transformó. Mineko se desplomó, su forma humana desvaneciéndose para dejar en su regazo un gato angora blanco, magullado pero de belleza etérea. Youngsu desató las ataduras con dedos inusualmente cuidadosos, liberando la cola esponjosa.
El hotel "Éter" los recibió con su luz fría. La recepcionista abrió la boca para protestar por el animal, pero un vistazo a los ojos grises de Youngsu planos e implacables la silenció, al único hijo del señor Han no se le podía negar nada.
En la suite, Youngsu depositó el felino inconsciente sobre el sofá gris. Al retirarse, el cuerpo del felino peludo se quedo tirado desvanecido en el sofá gris, no pasaron más de 10 segundos cuando se estremeció y volvió a su forma humana para luego volver a desvanecerse sin energía sobre el afelpado.
Youngsu lo observó, analizando cada microexpresión de terror y dolor, los moretones visibles en la mandíbula por el bozal que le quito en la mansión, las marcas rojas en sus brazos por las cuerdas y su cuerpo flaco, sucio y lastimado. Mineko cerró los ojos, esperando el golpe cuando vio al otro moverse, pero nunca llego.
En su lugar, llegaron unas manos grandes, pero sorprendentemente suaves deslizándose bajo su cuerpo. Youngsu lo alzó con ese mismo cuidado eficiente.
—La próxima vez que cambies de forma— su voz resonó grave sobre su cabeza, —procura no desmayarte en brazos de un extraño—.
Sin esperar respuesta, lo llevó hacia el baño iluminado, hacia el agua tibia que lavaría no solo la suciedad, sino los primeros cimientos de un muro que empezaba, sin querer, a resquebrajarse. El tacto de esas manos firmes pero no violentas era un enigma que nublaba el miedo con perplejidad.
Por primera vez en días había sentido que alguien le daba la seguridad que alguna vez su padre le hizo sentir, su corazón gritaba desesperadamente que no lo dejara y con sus pensamientos nublados por las sensaciones, por la situación y en especial por el pelinegro que tenía frente a él. Sentía que pertenecía al toque de sus manos y al calor de su cuerpo.