la masacre de shibuya
Transmisión especial – Canal 9 Noticias – 21:44 p.m.
El aire está cargado de humo, polvo y gritos. La cámara, sostenida con manos temblorosas, capta una escena que parece sacada de una pesadilla.
—¡Están evacuando la cuadra! ¡Repito, evacúen la zona inmediatamente! —la voz de la reportera se eleva por encima del estruendo de sirenas y explosiones—. La situación es crítica, una liga de villanos ha irrumpido violentamente en un edificio residencial de Shibuya hace menos de treinta minutos.
—¡Miren eso! —exclama el camarógrafo, mientras apunta la cámara hacia el tercer piso, donde una ventana ha explotado en una lluvia de cristales que cortan el aire como cuchillas—. ¡Las llamas son azules!
El sonido de los cuerpos cayendo, de vidrios rompiéndose, mezclado con la respiración agitada de quienes graban se entrelaza con el incesante zumbido de helicópteros que iluminan la noche con focos poderosos.
De repente, la imagen se detiene un instante en una figura. Pequeña. Solitaria.
Una niña se revela desde las llamas.
Está de pie en medio del caos, inmóvil, pero hay algo que causa escalofríos tanto a los televidentes como a los presentes en la escena.
Su cuerpo entero esta cubierto de sangre y lo extraño es que no cae de sus heridas; flota alrededor de su pequeño cuerpo, como si obedeciera una fuerza invisible para el ojo humano, girando lentamente en espirales carmesíes que vibran con un extraño brillo espectral en la frio aire de invierno.
La toma cambia hacia una cámara que apunta lo que queda de un edificio familiar:
—Se sospecha que el objetivo principal de este ataque era una menor de edad. Su quirk, según fuentes no oficiales, es de tipo hemocinético, lo que significa que puede controlar la sangre... pero nadie esperaba ver algo así. Se desconoce si fue forzada a utilizar su quirk o si... —la periodista duda— ...lo liberó por voluntad propia.
Las palabras parecen perder fuerza frente a la imagen. La niña no pestañea, sus ojos, abiertos y fijos en un punto invisible, reflejan una mezcla inquietante de vacío y determinación. A sus pies, lo que queda de el hogar en el que creció. Paredes agujereadas, muebles astillados, manchas oscuras que se extienden sobre el suelo.
Los cuerpos de sus padres yacen inertes como en una digna escena de terror, la madre con el uniforme rasgado que alguna vez la identificó como heroína, el padre inmóvil con la mirada perdida.
La reportera vuelve a tomar aire para continuar narrando quizás el caso más fuerte que ha visto en su carrera, pero una nueva explosión sacude el edificio, lanzando una lluvia de escombros que hace temblar la cámara.
—¡Tenemos confirmación! ¡Los héroes han llegado! Están intentando contener la escena sin dañar a la menor!
Un grupo de héroes aparecen de repente, tarde por supuesto.Un equipo desciende desde el techo con cuerdas y equipo táctico. Entre ellos, una figura reconocible: mirada exhausta, cabello desordenado, rostro endurecido no solo por la escena, sino por todo lo que intuye antes de siquiera pisar el suelo.
Aizawa Shota, Eraserhead, salta desde un andamio con la cinta extendida, aterrizando con precisión entre los escombros y la infante. Sus ojos se fijan en los de ella al instante, el quirk se activa. Pero...nada sucede.
La sangre sigue suspendida en el aire, flotando en círculos lentos a su alrededor, como atraída por una gravedad que ya no es de este mundo. Aizawa no aparta la mirada, no parpadea, no falla.
Y aún así... el quirk no cede. Decide acercarse, arriesgando a que la sangre en el aire pueda llegar a atacarlo, esta vez logra mirarla directo a los ojos, pero nada cambia.
Ella no se mueve, ni siquiera respira a un ritmo visible. La sangre ya está afuera, ya respondió a un trauma que su pequeño cuerpo y mente no supieron procesar. Sus ojos grises están abiertos, fijos en algo que no está allí, como si su pequeño cerebro aún intentara comprender lo que vió. O tal vez, como si se hubiera apagado para resguardarla.
—No responde... —susurra con voz tensa uno de los héroes al comunicador—. No... no está consciente del todo.
Aizawa frunce el ceño.La expresión en su rostro no cambia, pero sus ojos, afilados y secos por la tensión, no se apartan de ella.
“No puedes borrar un reflejo del alma”
El camarografo apenas se sostiene la cámara, pero sigue grabando.
El polvo en el aire, las luces intermitentes de las ambulancias y más policias evacuando la zona, la ciudad está sumida en el caos.
La sangre suspendida a su alrededor tiembla una última vez y luego... empieza a deshacerse en el aire, simplemente se desvanece, volviéndose parte del humo, del silencio, de todo lo que se llevó esa noche.
La cámara enfoca su rostro.Sus ojos, abiertos, vidriosos, fijos en algo que nadie más puede ver. Una sola lágrima cae, con un movimiento casi imperceptible y se pierde antes de tocar el suelo.
Su cuerpo cede al fin, sus párpados se cierran lentamente, como si su mente se rindiera al peso. Y justo antes de desplomarse entre los escombros, las vendas blancas de Aizawa se tensan alrededor de su figura, sujetándola con precisión antes de que caiga, con la calma dura de alguien que ya ha visto demasiado.
Entonces, un silencio absoluto lo envuelve todo: ni sirenas, ni gritos, ni palabras.
La transmisión se corta derrepente y sin aviso.