El Guardián

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Summary

En Nigthewill, nadie está a salvo de la oscuridad. Cada historia es una advertencia y, cada susurro de terror, una amenaza. Es un pueblo que oculta un gran misterioso. Nadie sabe con certeza qué es ¿Monstruo, demonio, sombra o bestia?, pero se cree que se esconde en la oscuridad. Un ser sobrenatural. Un ser sin rostro, sin alma, pero con hambre. Los niños han comenzado a desaparecer. Uno por uno. Sin rastro. Se convierten en un recuerdo. Los dulces están prohibidos. Él viene por ellos. Algunos lo llaman, mito. Otros lo llaman, castigo. ¿Protege?¿Castiga? Todos le temen por igual. Pocos los nombran: El Guardián. Y cuando te busca, ya es demasiado tarde.

Status
Complete
Chapters
33
Rating
n/a
Age Rating
18+

PREFACIO

“El inicio de todo…” |D.V|

—La oscuridad es mala, Dalton —le advirtió su madre.

—Entonces, ¿por qué la invocas?

El niño, de apenas nueve años, la miraba con inocente confusión. Frente a él, su madre sostenía un grimorio antiguo, encuadernado en cuero ajado, con símbolos grabados que parecían moverse con vida propia. Había comenzado otro hechizo. Uno prohibido.

—Yo protejo, hijo —le sonrió con ternura, y con un movimiento de su mano, anuló el resplandor oscuro que emergía de sus dedos. Cerró el grimorio con un suave viento—. No lo entenderías.

—Quiero ayudarte. Enséñame.

—No, Dalton.

Ella se acercó a él, se inclinó y le tomó los hombros con delicadeza. No podía ser mala con él. Era su bendición, su única luz en la oscuridad que, lentamente, la consumia.

Llevaba años invocando rituales, buscando desesperadamente una cura. Porque Dalton había nacido enfermo. Ni su don mágico ni la ciencia moderna habían logrado sanarlo.

Ella, con la presión cargando en sus hombros, seguía buscando una manera de salvarlo. La fecha se acercaba.

9 de noviembre.

Y faltaban solo tres días.

—Pero, mami… —se quejó el niño, con voz débil. Sus ojeras eran profundas, y su cuerpo, frágil. Tan pequeño, tan delgado. El cabello negro despeinado cubría parte de su frente sudorosa.

—Tú eres diferente, Dalton. No eres como yo. Vas a sentirte mejor —le dijo mientras lo estrechaba una vez más—. La oscuridad, no te arrastrará. La muerte, no te tocará.

Ella contuvo las lágrimas, pero él las vio.

—No llores, mami. No me duele nada.

Su madre se enderezó, apretando los puños.

—Ve a tú habitación, Dalton. Esto no debes presenciar —hizo una breve pausa—. Eres mi luz.

El niño tosió con fuerza. Asintió, se dio la vuelta y desapareció por el pasillo.

Ella contuvo el llanto y más angustiada que nunca, comenzó a revisar uno a uno los grimorios apilados en su mesa. Desesperada.

Furiosa con el destino.

🍬🍭🍬

Dos noches después, Dalton se despertó sobresaltado, ahogado por una tos incontrolable. Se cubrió la boca para no hacer ruido. Cuando retiró las manos, vio la sangre carmín.

Limpió sus manos en la sábana, su boca y con dificultad, se bajó de la cama. Abrió lentamente la puerta de su habitación. La casa era cálida y demasiado silenciosa.

En la sala, vio a su madre dormida en el sillón con ese grimorio cerrado entre sus manos.

Dalton, curioso, con la mejor buena acción, se acercó a ella y cuidadoso de no despertarla, le arrebato el libro, retrocedió y corrió de regreso a su habitación.

Esa horrible tos le volvió a invadir.

Se encerró a si mismo, se dirigió a la cama y dejó el libro. Antes de abrirlo, tosió y cubrió su cara entre las sábanas para evitar ser escuchado. Cuando se alejó, le inquieto y asustó ver un líquido oscuro en vez de la sangre roja.

Dalton, inmediatamente se alejó y agarró el grimorio y se subió a la cama. Su lámpara en su buro, le permitió ver y abrió el libro sin problemas. Sin embargo, no lo comprendió y pasó pagina por página abriendo puertas que no deberían ser abiertas.

Frustrado, empujó el grimorio a un lado y se recostó. El pecho le dolía. Cerró los ojos, vencido por el sueño. Sin saber que ya lo habían elegido.

...

A media noche, exactamente, despertó por un extraño ruido desde abajo de la cama.

Dalton, tallo sus ojos, bostezo y curioso, observó alrededor. No vio nada. Sin embargo, el ruido seguía lento y torturante de alguna parte.

Luego, se asomó debajo de la cama y logró ver unas garras sobresalir. Largas y filosas.

El niño, asustado se refugio en su cama y escuchó el eco de una escalofriante voz, decirle:

—¿Quieres un dulce, Dalton?

El crujido, se intensifico.

Así que el pequeño, se bajó de la cama de un brinco y corrió en dirección a la puerta. No alcanzó a llegar cuando la oscuridad, lo alcanzó. Las garras en sus pies, lo hicieron caer y lo arrastraron hacia debajo de la cama.

—¡Mamá! —gritó y comenzó a llorar. Sintió el dolor de sus garras clavarse en su piel.

Tan pronto, la puerta fue abierta por su progenitora.

—¡Dalton!

Su madre entró con el rostro descompuesto por el horror y notó el grimorio cerrado sobre la cama de su hijo.

Una figura oscura, enorme, lo arrastraba hacia la esquina de la habitación, donde la luz no alcanzaba. Solo se distinguía su silueta, desde la penumbra.

—¡No te lo lleves! ¡Suéltalo!

Ella no dudó en dejar fluir su don de sus manos. Con su poder abrió el grimorio y las páginas pasaban tan rápido una y otra vez.

Sabía que exactamente en la fecha, lo perdería, pero no pensó que de esa cruel manera.

—¡Mami! —su hijo comenzó a expulsar sangre de su boca.

—Hijo —ella controló su poder y entre lágrimas, lo vio sufrir y agonizar.

En un instante, sus gritos, su voz dejó de escucharse. Dejó de verlo y resono el eco de su risa siniestra. Una risa que no era humana.

Entonces la Bruja, consumida por la rabia, alzó los brazos y gritó su maldición:

“Mal eres, y mal serás.

El Infierno no te recibirá.

Condenado estarás,

Encerrado, lo lamentarás.

Con hambre voraz.

Buscando una alma pura, sufrirás.

Yo te maldigo.

¡Y este pacto se sellará!”

Su magia estalló. La casa tembló. El aire se volvió denso, oscuro, agónico. Una grieta se abrió bajo la criatura. Un grito terrible surgió desde el abismo.

Y entonces, todo terminó.

La criatura desapareció.

El libro se cerró de golpe.

Ella cayó de rodillas, agotada. Su don se desvaneció. Y el silencio, por fin, reinó.

—Dalton… —susurró con dolor ante la pérdida de su propio hijo.

Frente a ella, un charco de sangre era todo lo que quedaba.

La bestia se lo había llevado, lo había devorado.

Y esa noche, Aradia Luna creó la maldición en Nigthewill.