P R E F A C I O
El poder de la sangre fue dado por los cielos, entregado a cinco familias en el mundo de los mortales. Familias que tenían un futuro escrito desde el comienzo como líderes elegidos para proteger las vidas débiles que los rodeaban. Algunos le llamaban bendición, otros maldición.
Ojos cansados fueron testigos de cómo distintas generaciones se mataban entre ellas, deseando ser los únicos seres con poder sobre la tierra, queriendo más de lo que podían anhelar, comandados por la codicia y soberbia. No obstante, los Deiares, principales receptores del poder divino, prontamente retomaron el orden entre las familias, dejando en claro su posición dominante.
El miedo fue gran amigo de la comprensión; las llamadas familias madres debían ser respetadas como lo más alto en la pirámide aristocrática, poseyendo títulos nobles como gobernantes de sus respectivas regiones. Aunque era bien sabido que cualquiera de ellos podía fácilmente poseer el título de rey o emperador, se negaron firmemente, permitiendo que los antepasados hablaran ante las actuales concepciones.
Entre los doce imperios solo uno tenía el placer de tener a las personas bendecidas por el cielo, el imperio Calis, lugar donde la sangre noble del reino de Elistea habitaba, un reino prospero en un metal particular. Allí, la familia real tuvo dos hijas, la mayor que nunca fue presentada correctamente ante la sociedad, y la menor, que tuvo su debut como si fuese la legítima heredera al trono a pesar de su corta edad.
Dos lados de la espada que a nadie le importaba, una hija ignorada y olvidada, y otra bendecida según el templo, teniendo el favor de todo un reino consigo.
Aunque eran tiempos de paz, una leve perturbación podía ser suficiente para desatar un desastre. Los enemigos dormían y era solo cuestión de tiempo para que despertaran.
Así como un reino podía subir a la cima, podía caer entre el polvo y sus propios cimientos.
Los tiempos cambiaban incluso para las familias principales, siendo momento de otorgar el puesto líder a los nuevos herederos.
Y una niña criada con el odio del mundo quizás sea la llave que abra las puertas del infierno que todos temían.
La sangre que corría por sus venas dictaba sus destinos. Arrepentimiento, ira, dolor, sufrimiento, el camino de sangre que ellos crearon no tenía punto de retorno.