La Teoría del Caos y Nosotros

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Summary

Oliver Taylor es el chico nuevo de Liberty High. Inteligente, sarcástico y con una moral inquebrantable, está acostumbrado a defender lo que cree, incluso si eso significa enfrentarse al autoproclamado "rey" de la escuela. Después de un pasado marcado por la depresión y las autolesiones, Liberty es su lienzo en blanco, una oportunidad para un nuevo comienzo. Evan Macleod es el quarterback estrella, el ídolo de la preparatoria, rodeado de un grupo que refuerza su arrogancia. Bajo la presión de un padre exigente y una sociedad que le dicta "lo que los hombres hacen", Evan ha construido una armadura de homofobia y desdén para proteger los sentimientos que se niega a reconocer. Pero a medida que el odio se confunde con el deseo, y los toques accidentales se vuelven eléctricos, ambos se ven obligados a confrontar sus propios prejuicios y miedos. ¿Puede la Teoría del Caos realmente unir dos mundos opuestos? ¿O están destinados a la colisión, incluso si eso significa destruir todo lo que creen conocer de sí mismos?

Genre
Romance
Author
josedlrey
Status
Complete
Chapters
32
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1: El Nuevo en Liberty High

El sol de septiembre se colaba por los altos ventanales de Liberty, pintando los pasillos con un brillo dorado. Prometía un nuevo comienzo, y para mí ese brillo era una mezcla de nerviosismo y optimismo. Los últimos rayos de un verano que había dejado mi piel con un suave tono bronceado que se aferraba a los rizos oscuros de mi cabello, que danzaban ligeramente con cada paso. 

No soy particularmente alto, y mi complexión delgada a menudo me hacía parecer un poco frágil, una suposición que rápidamente se desvanecía en cuanto abría la boca. Mis ojos, del mismo color café intenso que mi cabello, observaban el torbellino de estudiantes con una curiosidad amable, pero con una chispa de alerta. Había aprendido, de la manera difícil, que la amabilidad a veces era percibida como debilidad, y yo estaba lejos de ser débil.

Había llegado a Liberty High con la promesa de una nueva etapa. Después de años difíciles donde las sombras de la depresión y las autolesiones habían acechado mi adolescencia temprana —un período que mi madre, ahora consciente y comprensiva, prefería no tocar con demasiada frecuencia—, esta mudanza a la ciudad, a un nuevo barrio, a una nueva escuela, era mi oportunidad para un lienzo en blanco. Me había criado con mis abuelos tras la separación de mis padres al nacer, pero en los últimos años había reconectado más profundamente con mi madre. Ella había insistido en el cambio, buscando un entorno más “estimulante”, como ella lo llamaba, lejos de los recuerdos que aún se aferraban a mi antigua ciudad.

En cuestión de horas, ya había empezado a echar raíces. Mi sonrisa fácil y mi genuina curiosidad me hicieron accesible. En la primera hora, conocí a Emily, una chica de cabello rojizo vibrante y pecas que salpicaban su nariz, con una energía contagiosa que prometía ser el alma de cualquier fiesta.

En el almuerzo, me uní a Ethan, un chico alto y desgarbado con gafas y un humor seco que sacaba carcajadas, y a Violet, más callada y observadora, con un estilo único y una pasión por el arte que la hacía magnética. Los tres me recibieron con los brazos abiertos, fascinados por mi acento ligeramente diferente y mi aire de “chico nuevo interesante”. Compartimos historias sobre el mejor lugar para conseguir café, los profesores más excéntricos y los rincones más tranquilos para estudiar. Me sentí, por primera vez en mucho tiempo, simplemente, en casa.

Mientras tanto, en el otro extremo del bullicioso comedor, el aire casi vibraba con una energía diferente. Allí, en la mesa central, rodeado por un grupo de amigos que parecían sacados de un catálogo de moda deportiva, se encontraba Evan Macleod. Era era la definición misma de la masculinidad popular en Liberty: alto, musculoso, con un físico esculpido que gritaba atleta estrella. Sus ojos café oscuro, a menudo ensombrecidos por una expresión de superioridad, escaneaban el comedor con una autoridad silenciosa. Su piel blanca, casi pálida en contraste con la intensidad de sus ojos, solo acentuaba su aura de intocable.

Era obvio que Evan era el capitán del equipo de fútbol, el quarterback estrella, y su estatus era indiscutible. La forma en que se movía, en que sus amigos lo escuchaban, en que la gente del comedor lo evitaba o lo admiraba con reverencia, todo decía lo mismo: este chico estaba en la cima. A su lado, su novia, Charlotte, una belleza rubia que complementaba perfectamente su imagen de pareja perfecta.

Alrededor de ellos, sus amigos: Tyler y Henry, dos rocas del equipo, tan musculosos como Evan y con una lealtad ciega; William y Bill, un par de bromistas que seguían la corriente; y Liam, más reservado, con una mirada que a veces parecía un poco distante de la juerga general, aunque siempre estaba cerca. Este grupo era el poder en Liberty High, y Evan era su centro.

El comedor zumbaba con mil conversaciones, el tintineo de los cubiertos y el aroma a pizza y papas fritas. Evan estaba riendo ruidosamente con Tyler sobre algún comentario despectivo sobre un estudiante de primer año que había tropezado en el pasillo. Su voz, grave y confiada, atraía la atención, reforzando su dominio.

De repente, una voz, clara y un tanto resonante, cortó el murmullo general.

— ¿Realmente se necesita un comité completo de la élite atlética para decidir que alguien es un torpe?

El comedor entero pareció detenerse. Las risas murieron. Todos los ojos, incluidos los de Evan y su grupo, se giraron hacia la fuente de la interrupción. Allí estaba yo, de pie junto a mi mesa con Emily, Ethan y Violet, que ahora me miraban con una mezcla de admiración y pánico. La sonrisa en mi rostro era pequeña, casi inocente, pero mis ojos brillaban con una astucia innegable.

Evan me miró con el ceño fruncido, su mandíbula apretada. — ¡Quién diablos eres tú! —espetó, su tono lleno de incredulidad y desdén. La insolencia de ese chico, el nuevo, era inaceptable.

Incliné ligeramente la cabeza. —Soy Oliver Taylor. Y aparentemente, el único aquí con una brújula moral funcional, o al menos un sentido de la proporción que no se mide en touchdowns.

Un murmullo recorrió el comedor. Emily se llevó una mano a la boca. Ethan y Violet intercambiaron miradas nerviosas, pero una sonrisa de orgullo empezaba a formarse en los labios de Ethan. Nadie, nadie, le respondía así a Evan Macleod.

Evan se puso de pie, su silla raspó ruidosamente el suelo. Su gran estatura se cernió sobre la mesa. Tyler y Henry lo imitaron, preparándose para la confrontación. Charlotte miraba la escena con una mezcla de sorpresa y diversión maliciosa.

—Mira, chico nuevo —Evan gruñó, dando un paso hacia mí—. No sé de dónde vienes, pero aquí no vas por ahí diciéndole a la gente cómo comportarse. Y menos a mí.

No retrocedí. Mis ojos se encontraron con los de Evan, sin vacilar. —Oh, ¿en serio? Pensé que la escuela era un lugar para aprender. Y me parece que alguien aquí podría necesitar una lección sobre cómo no ser un matón.

Una risa ahogada salió de alguna parte del comedor.

El rostro de Evan se puso rojo de furia. La humillación pública era un veneno para él. —Te vas a arrepentir de esto —siseó, con la voz baja y peligrosa—. Nadie se mete con el equipo y sale impune.

Levanté una ceja. — ¿Ah, es una amenaza? ¿O una invitación a un debate filosófico sobre la moralidad del poder? —Mi tono era sarcástico, cortante, y sorprendentemente calmado.

Fue demasiado para Evan. Su mano se cerró en un puño. Estaba a punto de dar un paso más, de hacer algo que probablemente lamentaría, cuando el estridente sonido de la campana final del almuerzo resonó por todo el comedor, salvando la situación o posponiéndola, según la perspectiva.

Evan se detuvo, su mirada fija en mí, una promesa silenciosa de venganza grabada en sus ojos. Se giró abruptamente y salió del comedor con sus amigos pisándole los talones, la tensión dejada a su paso casi palpable.

Suspiré, la sonrisa desapareciendo de mi rostro mientras la adrenalina comenzaba a bajar. Emily me abrazó de inmediato, parloteando sobre lo increíble y lo estúpido que había sido al mismo tiempo. Ethan me dio una palmada en la espalda. Violet, aunque no dijo nada, me dio una mirada de respeto.

—Vaya —dijo Ethan—. Creo que acabas de ganarte un enemigo de por vida.

Miré hacia la puerta por donde Evan había desaparecido, una extraña mezcla de desafío y una punzada de algo indefinible en mi pecho. —Parece que sí —murmuré—. Esto va a ser interesante.

La campana del almuerzo había silenciado la furia momentánea de Evan Macleod, pero la semilla de la enemistad ya estaba sembrada. Caminaba por los pasillos de Liberty High, escoltado por Emily, Ethan y Violet, y podía sentir las miradas. No eran solo miradas curiosas hacia el chico nuevo; eran miradas de “¿Viste eso?” o “¿Quién se cree que es?“. Algunos susurraban, otros desviaban la vista. Me habían advertido sobre el poder de Evan en la escuela, pero una parte de mí, esa misma parte que se había alzado contra el bullying en el comedor, se negaba a acobardarse.

—Oliver, en serio, fuiste increíble —dijo Emily, mientras se ajustaba su mochila—. Pero también, fuiste un poco... suicida. ¿Sabes quién es ese tipo?

Ethan asintió, aunque una sonrisa todavía se asomaba en sus labios. —Es Evan Macleod. El rey del fútbol, el monarca del campus. Su padre es una especie de leyenda en el equipo universitario, o algo así. Es intocable.

—Y un completo idiota —añadió Violet, que rara vez usaba un lenguaje tan fuerte. Eso me hizo sonreír. Si Violet lo decía, significaba que había cruzado una línea.

—Bueno, alguien tenía que decírselo —respondí, encogiéndome de hombros. La adrenalina aún me cosquilleaba, pero una extraña satisfacción se asentaba en mi estómago. No me gustaba el conflicto, pero me gustaba aún menos la injusticia.

El resto del día transcurrió con la sensación de que la escuela era un campo de minas donde Evan Macleod podía aparecer en cualquier esquina. Lo vi una vez más, al final del pasillo, riendo con Tyler y Henry, y me dio la impresión de que sus ojos se fijaron en mí por un instante, una advertencia silenciosa. Apreté los labios y seguí mi camino. Había sobrevivido a cosas peores que la mirada de un atleta arrogante.

Al día siguiente, la fatalidad (o quizás la intencionada astucia del profesorado) se hizo presente en la clase de Literatura Avanzada, a cargo de la señorita Albright. La señorita Albright era una mujer menuda con gafas de montura gruesa y una pasión por los clásicos que, para ser honesto, era contagiosa. Adoraba la literatura y, al parecer, creía firmemente en el poder de las colaboraciones forzadas.

—Clase —comenzó, ajustándose las gafas en la nariz mientras la luz reflejaba en el lente de su proyector—. Para este bimestre, trabajaremos en un proyecto de análisis comparativo de la poesía lírica contemporánea. Y como creo firmemente que las mentes diversas producen los mejores resultados... he decidido las parejas.

Un murmullo de quejas y nerviosismo recorrió el aula. Miré a Emily, que estaba sentada a mi lado. Ella me sonrió con un guiño. Esperaba que nos tocara juntos, o al menos con Ethan o Violet. La señorita Albright empezó a leer los nombres. “Ashley y Ben. Chloe y David...” Mi corazón latía con la anticipación.

—…y por último —continuó la señorita Albright, con una pausa dramática—: Evan Macleod y Oliver Taylor.

El aire de mis pulmones se me fue de golpe. ¿Evan Macleod? Sentí todas las miradas, no solo las de Emily, Ethan y Violet, sino las de casi toda la clase, clavadas en mí. Y en Evan.

Giré la cabeza lentamente hacia la mesa detrás de la mía, donde Evan estaba sentado con su mochila apoyada en la silla. Sus ojos, antes relajados y aburridos, ahora estaban fijos en la profesora con incredulidad y una furia creciente. Me miró, y su ceño se frunció en una mueca de asco. El mismo asco que yo sentía al saber que tendría que pasar horas, días, con él.

— ¡Profesora Albright! —La voz de Evan resonó en el aula, con un tono que no admitía objeciones—. No puedo trabajar con... con él.

La señorita Albright se quitó las gafas, su mirada se hizo aguda. —Señor Macleod, estoy segura de que ambos son lo suficientemente maduros como para dejar de lado cualquier...desacuerdo personal en pro de su educación. El proyecto cuenta el cuarenta por ciento de su nota final. No hay cambios.

La cara de Evan estaba completamente roja. Sus amigos, Tyler y Henry, se reían por lo bajo, pero Liam, sentado a un lado, parecía incómodo. Charlotte, desde otra fila, me dirigió una mirada de triunfo malicioso; sabía que esto sería un infierno para mí. Y para Evan, aunque él no lo admitiría.

Me encogí en mi silla, pero la rabia de Evan era casi palpable. Podía sentir sus ojos quemándome la nuca, una furia silenciosa que prometía venganza por esta humillación forzada.

—Excelente. Necesito que se reúnan antes del final de la semana para decidir un tema —dijo la señorita Albright, ajena (o deliberadamente ciega) al drama que había desatado.

Cuando la campana de final de clases sonó al mediodía, marcando el final de la jornada, sentí un peso en el estómago. Emily me tocó el brazo.

—Lo siento mucho, Oliver —dijo, con una expresión de verdadera lástima.

—Esto es... un desastre —añadió Ethan.

Violet, sin decir una palabra, me dio una palmadita en el hombro.

Salí del aula y me dirigí a mi casillero. Mi mente ya estaba ideando estrategias para lidiar con el egocéntrico de Evan Macleod. No iba a permitir que me hiciera la vida imposible.

Mientras guardaba mis libros, una sombra se cernió sobre mí. El aroma a desodorante masculino y el tenue olor a hierba recién cortada (probablemente de los campos de fútbol) me golpearon. No necesité levantar la vista para saber quién era.

—Mira, Taylor —la voz de Evan era un susurro peligroso, lo suficientemente bajo para que solo yo lo escuchara—. Esto es una farsa. No voy a hacer este estúpido proyecto contigo.

Cerré mi casillero con un golpe metálico y me giré para mirarlo. Su rostro estaba a unos centímetros del mío, su mandíbula tensa. No me intimidó.

—No tengo la culpa de que tu profesora te haya emparejado con alguien que no te idolatra, Macleod —respondí, mi voz tan baja como la suya, pero con un filo acerado—. Y para tu información, esto tampoco me hace feliz. Pero a diferencia de ti, entiendo lo que significa la palabra ‘responsabilidad’. Así que sí, vamosa hacer este proyecto. Y sí, vas a participar.

Los ojos de Evan se entrecerraron. Era evidente que no estaba acostumbrado a que le hablaran de esa manera. — ¿Crees que esto es un juego, chico nuevo? Te voy a hacer la vida imposible.

—Oh, lo dudo —dije, y por primera vez en mi vida, puse una sonrisa realmente arrogante en mi rostro, una sonrisa que esperaba le irritara hasta el tuétano—. Ya estoy aquí, Macleod. Y no me iré. Así que, ¿mi casa o la tuya para empezar a planificar el genocidio poético?

Evan me miró, boquiabierto por un segundo. Se notaba que mi respuesta lo había descolocado por completo. Su furia se transformó en una mezcla de desconcierto y una pizca de algo que no pude identificar. Gruñó, se dio la vuelta y se alejó con zancadas largas, su furia palpable incluso en su espalda.

Observé cómo se perdía entre la multitud de estudiantes que salían. La victoria era pequeña, pero era mía. Acababa de declararle la guerra a Evan Macleod. Y aunque sabía que sería una batalla cuesta arriba, una pequeña parte de mí no podía evitar sentirse extrañamente emocionada. Esto, definitivamente, iba a ser interesante.

Ahora que tenemos la confrontación inicial y la colaboración forzada definida, podemos pasar a la siguiente parte del Capítulo 1, donde empezamos a ver las primeras chispas de algo más allá del puro antagonismo, aunque sea a regañadientes.

La promesa de guerra que me había lanzado Evan resonó en mi cabeza durante el trayecto a casa. Una parte de mí estaba satisfecha por haberlo descolocado, por haberle plantado cara a la fuerza dominante de la escuela. La otra parte, la más pragmática, sabía que Evan no era un enemigo al que se pudiera tomar a la ligera. Estaba en su territorio, en su reino de fútbol y popularidad, y yo era solo el chico nuevo con una boca grande.

Llegué a mi casa, un modesto pero acogedor hogar en una zona tranquila de la ciudad, alejado del bullicio del centro. Mi madre, siempre optimista y llena de energía, me recibió con un abrazo y el aroma a algo delicioso cociéndose en la cocina. Le conté a medio mi día, omitiendo, por supuesto, el pequeño incidente con el “rey de la preparatoria” y la humillante asignación de la señorita Albright. No quería preocuparla tan pronto.

Esa noche, mientras cenaba, mi mente volvió al proyecto. “Análisis comparativo de la poesía lírica contemporánea”. Sonaba tan pomposo, y pensar en hacerlo con Evan Macleod era como imaginar a un búfalo intentando bailar ballet. Sabía que él lo vería como una molestia, algo de lo que librarse con el mínimo esfuerzo, mientras que yo, por el contrario, me tomaba los estudios muy en serio. Siempre lo había hecho. Eran mi ancla cuando todo lo demás parecía incierto.

Decidí que lo mejor sería tomar la iniciativa. Mandarle un mensaje de texto. La señorita Albright había insistido en que intercambiáramos contactos. Respiré hondo y busqué su nombre en la lista de la clase: Macleod, Evan. Un contacto que jamás pensé que tendría.

Yo: Hola, soy Oliver Taylor. Sobre el proyecto de Literatura. ¿Cuándo te viene bien que nos reunamos? Mi casa o la tuya.

El mensaje se envió. La respuesta fue casi instantánea.

Evan: En serio? Tu casa o la mía? 😂 q te crees q esto es una cita?

Mi sangre hirvió. ¿En serio? ¿Todavía con eso?

Yo: Es una colaboración, Macleod. Y sí, si no quieres pasar el resto del semestre con un suspenso en Lit, sugiero que empecemos a comportarnos como adultos. O al menos, como estudiantes que quieren graduarse.

La respuesta tardó un poco más esta vez.

Evan: Mi casa. Sábado a las 10am. Y no llegues tarde.

Un destello de triunfo. Lo había logrado. Al menos por ahora. Confirmé con un “Ok” y dejé el teléfono. La idea de estar en la casa de Evan, en su territorio, me producía una extraña mezcla de aprensión y curiosidad. ¿Sería tan diferente de lo que mostraba en la escuela? Probablemente no.

Los días hasta el sábado se arrastraron. En la escuela, Evan y yo nos evitábamos, o al menos, intentábamos hacerlo. Si nuestros caminos se cruzaban, era con una mirada fría de su parte y una levantada de ceja burlona de la mía. Mis amigos, Emily, Ethan y Violet, me bombardeaban con preguntas sobre cómo iba a ser la reunión.

—No sé qué esperar —les dije un día en la cafetería, mientras Evan y su séquito reían ruidosamente en su mesa habitual—. Probablemente me pida que haga todo yo solo.

—No se lo permitas, Oliver —dijo Emily, con el ceño fruncido—. Dale guerra.

—Ya lo hice en el comedor, ¿no? —respondí con una sonrisa forzada. El temor de ser el “marginado” nuevamente, como lo había sido en otros momentos de mi vida, era una punzada persistente. Pero también estaba el desafío. El desafío de no dejarme pisotear.

El sábado llegó, nublado y con una ligera llovizna que hacía juego con mi ánimo. Me vestí con algo cómodo pero presentable: unos vaqueros oscuros, una camiseta lisa y una sudadera con capucha. Metí mi portátil, cuadernos y unos cuantos libros de poesía en mi mochila.

La casa de Evan no era una sorpresa. Era grande, moderna, con un jardín impecable y un coche deportivo reluciente aparcado en la entrada. Claramente, Evan no venía de una familia que tuviera que preocuparse por las facturas. Respiré hondo y toqué el timbre.

Unos segundos después, la puerta se abrió. No era Evan. Era una mujer, probablemente la madre de Evan, con una sonrisa amable pero un poco forzada. Tenía el mismo color de ojos que Evan, pero su expresión era más suave.

—Hola, ¿Oliver? Debes ser el compañero de proyecto de Evan —dijo con una voz que intentaba ser cálida—. Soy la señora Macleod. Pasa, Evan está en su habitación. Es la primera puerta a la derecha en el pasillo de arriba.

—Gracias, señora Macleod —respondí, entrando en el recibidor amplio y lleno de luz. Era una casa de revista, impecablemente ordenada. Me sentí un poco cohibido, mis modestos vaqueros contra un fondo tan pulcro.

Subí las escaleras, siguiendo las indicaciones. El pasillo estaba adornado con fotografías enmarcadas de Evan. Evan de niño con un trofeo, Evan con su uniforme de fútbol, Evan con su equipo. Todo fútbol. Todo Evan. Me pregunté qué pasaría si alguna vez colgaran una foto suya haciendo algo que no fuera... “de hombres”. La ironía no se me escapó.

La puerta de su habitación estaba entreabierta. Escuché el murmullo de una televisión. Tomé aire y llamé suavemente.

—Adelante —oyó la voz de Evan, seca.

Empujé la puerta y entré. La habitación de Evan era grande, con una cama enorme y un escritorio que parecía más una extensión de su gimnasio que un lugar para estudiar. Había trofeos por todas partes, y una camiseta de fútbol enmarcada colgaba en una de las paredes. Evan estaba tumbado en su cama, con la mirada fija en un videojuego en la pantalla gigante de su televisor. No se movió.

—Hola, Macleod —dije, sintiendo la familiar punzada de irritación—. Vengo para el proyecto.

Él no apartó los ojos de la pantalla. —Ya veo que no te perdiste. Adelante, siéntate. Siéntete como en tu casa —dijo con un sarcasmo que podría haber cortado el acero. Su pulgar se movía furiosamente en el control.

Me acerqué al escritorio, donde había un par de libros de texto apilados, y puse mi mochila. No había una segunda silla. Había asumido que trabajaríamos en el escritorio, pero por su actitud, me di cuenta de que su idea de “trabajar” era que yo lo hiciera todo mientras él jugaba.

Miré la pantalla por un momento. Un juego de disparos. Típico.

—Sabes, Macleod —dije, apoyando una mano en el escritorio, mi voz baja para no molestar a la señora Macleod en la planta baja—, si ibas a jugar a tu jueguito, podrías haberme ahorrado el viaje.

Evan finalmente apartó la vista de la pantalla, su cabeza giró lentamente hacia mí. Sus ojos se entrecerraron. La tensión en la habitación se hizo más densa que la niebla de un día lluvioso.

—¿Qué dijiste, chico nuevo? —Su voz no era un gruñido, sino un tono más bajo, más peligroso.

—Dije que no vine a verte jugar. Vine a hacer un proyecto de Literatura que, te guste o no, tenemos que entregar —respondí, sin retroceder ni un centímetro. Mi mirada era firme. Sabía que esto era una prueba. Y no iba a fallar.

La tensión en la habitación de Evan era tan palpable que casi se podía cortar con un cuchillo. La mirada de Evan, una mezcla de sorpresa y furia contenida, me decía que había dado en el blanco. Había tocado su punto más vulnerable: el fútbol. Para él, era más que un juego; era su legado, su identidad forzada, la validación de su padre. Y yo, el chico nuevo, el flacucho con rizos y una boca demasiado grande, acababa de amenazarla.

El silencio se prolongó, solo roto por el suave zumbido del televisor en pausa. Suspiré, rompiendo el contacto visual. No había venido hasta aquí para jugar a las adivinanzas con su ira.

—Mira, Evan —dije, acercándome un poco más al escritorio, como si la proximidad pudiera forzarlo a reaccionar—. La señorita Albright dijo que teníamos que elegir un tema para el final de la semana. ¿Tienes alguna idea? ¿O prefieres que lo haga yo todo y simplemente te ponga en la portada como coautor honorífico?

Su respuesta fue un gruñido. Se incorporó por completo en la cama, dejando caer el control de la consola sobre el edredón. Sus ojos, aún cargados de resentimiento, me siguieron mientras abría mi mochila.

—No tienes ni idea con quién te estás metiendo, Taylor —su voz era baja, pero cargada de una amenaza que no pasó desapercibida.

—Oh, creo que sí —respondí, sacando mis cuadernos—. Me estoy metiendo con alguien que parece más interesado en amenazar a la gente que en hacer su trabajo escolar. Lo cual, para ser sincero, es bastante patético para el capitán del equipo.

Un músculo se contrajo en la mandíbula de Evan. Parecía que estaba conteniendo una explosión. Sentí una extraña satisfacción al verlo tan descolocado. Era como si su fachada de superioridad se estuviera agrietando ligeramente.

Se levantó de la cama, y por un momento pensé que iba a venir hacia mí. Pero se dirigió a su escritorio y se sentó en la silla de su escritorio, empujando algunos libros para hacerme un hueco. Era una victoria, por mínima que fuera. Una victoria silenciosa.

—Bien. ¿Qué quieres hacer? —Su tono era cortante, lleno de resignación y fastidio.

Le extendí uno de los libros que había traído. —Podríamos empezar con una revisión rápida de los poetas que vimos en clase. Neruda, Benedetti, alguna mujer poeta contemporánea...

Evan apenas le echó un vistazo. —Poesía es una mierda. ¿No podemos hacer algo sobre... no sé, ¿algún poema que hable de deportes?

Rodé los ojos. —Dudo que la señorita Albright acepte “Oda al Balón de Fútbol”. Tenemos que encontrar un punto de conexión más allá de tus intereses personales, Macleod. Esto es literatura, no el canal de deportes.

La hora siguiente fue una tortura, pero también una especie de danza extraña. Evan, a pesar de su desinterés inicial, no era tonto. Cuando se dignaba a prestar atención, su mente era sorprendentemente rápida para captar conceptos. Pero su orgullo le impedía admitirlo o participar de forma activa. Cada sugerencia que yo hacía era recibida con un resoplido, un comentario sarcástico o una mirada de desdén.

—¿“Los versos más tristes de esta noche”? —Evan se burló, hojeando una página—. ¿En serio? ¿Quién lee esta basura deprimente?

—La gente que tiene una vida interior más allá de las patadas a un balón, quizás —repliqué, y lo vi apretar los puños bajo la mesa.

Pero en un momento, mientras yo explicaba la recurrencia del tema del amor perdido en la poesía latinoamericana, noté algo. Evan no estaba mirando el libro; estaba mirando por la ventana, con una expresión inusualmente distante. Por un segundo, su rostro perdió esa máscara de arrogancia y vi algo que se parecía a... melancolía. Era fugaz, apenas un parpadeo, pero estaba allí. Un atisbo de la persona que quizás estaba escondida bajo capas de bravuconería.

Me pregunté qué pensaría un tipo como él, un deportista estrella con una novia hermosa y un séquito de amigos, sobre el amor perdido. ¿Había amado y perdido a alguien? ¿O era simplemente el aburrimiento?

Intenté enfocarme de nuevo en el libro, pero esa imagen se quedó grabada en mi mente. Era extraño. Era perturbador. Era... humano. Y eso, viniendo de Evan Macleod, era lo más inesperado de todo.

—¿Estás prestando atención, Macleod? —pregunté, mi voz un poco más suave de lo que pretendía.

Volvió a su expresión habitual. —Sí, sí. Lo que sea. Entonces, ¿cuál es el jodido tema? No tengo todo el día. Tengo entrenamiento.

Respiré hondo. —El tema será la exploración de la soledad y la conexión humana en la poesía contemporánea. Puedes relacionar la soledad con la presión social y la necesidad de encajar, y la conexión con la búsqueda de algo real.

Evan se burló. —Suena a algo que solo a ti te interesa.

—Y a la señorita Albright, que es quien pone la nota —le recordé, con una sonrisa seca—. Así que, ¿te parece bien? O puedes ir a quejarte con tu padre de que te tocó un proyecto de “nenas”.

El comentario sobre su padre fue un golpe bajo, y lo supe en el momento en que lo dije. Los ojos de Evan se endurecieron, y por un instante, pensé que había ido demasiado lejos. Pero se limitó a apretar los labios.

—Como sea. Anótalo —dijo, su voz más baja de lo normal.

Me di cuenta de que la hora y media había terminado. Recogí mis cosas.

—Bien, te mando lo que investiguemos esta semana para el esquema. Intenta no borrarlo por accidente —dije, mi tono aún con un toque de burla para mantener las apariencias.

Evan no respondió. Solo me observó mientras me ponía la mochila. Salí de su habitación, la puerta sin cerrar del todo. Bajé las escaleras, y la señora Macleod estaba en la cocina. Me despidió con una sonrisa amable que no llegó a sus ojos.

Cuando la puerta principal se cerró detrás de mí, el aire fresco me golpeó. Había sobrevivido a la primera ronda. Pero lo que había visto en la mirada de Evan por un segundo, esa chispa de algo más allá de la arrogancia, me había dejado inquieto. Esta no sería una simple batalla; sería una disección. Y ambos, sin saberlo, estábamos a punto de ser los sujetos de estudio.

Evan se incorporó en la cama, apoyando su peso en un codo, el control del juego aún en su mano. Una sonrisa lenta y burlona apareció en sus labios.

—Oh, ¿de verdad? ¿Y qué vas a hacer si no quiero? ¿Correr a chivarle a la señorita Albright?

—No —dije, mi voz calmada y segura—. Simplemente haré mi parte. La entregaré. Y tú te quedarás con el cuarenta por ciento de tu nota final, que, si no me equivoco, es la parte que afecta directamente tu elegibilidad para el equipo de fútbol. ¿Me equivoco?

El sarcasmo abandonó la cara de Evan. Su expresión se endureció. El fútbol era su vida, su identidad. Su elegibilidad era intocable. Me di cuenta de que acababa de tocar un nervio sensible. Una vena palpitaba en su cuello.

—No te atreverías —espetó.

—Pruébame —dije, mi voz apenas un susurro, pero llena de convicción—. Soy el chico nuevo. No tengo nada que perder. ¿Tú sí, no?

La habitación se sumió en un silencio tenso, solo roto por el sonido del videojuego en pausa. Los ojos de Evan y los míos se encontraron, en un duelo silencioso de voluntades. La arrogancia de Evan chocaba con mi resolución inquebrantable. Esta era la verdadera guerra. Y apenas estaba comenzando.