Susurros del Bosque

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Summary

Después de una pérdida que la dejó vacía, Lía regresa al pueblo donde pasó los veranos más felices de su infancia. Entre la niebla matinal, la soledad de la cabaña de su abuela y el eco de recuerdos olvidados, hay un lugar que la llama: el bosque. Lo que comienza como una escapada se convierte en un viaje hacia lo desconocido cuando conoce a Élian, un joven que vive oculto entre los árboles y cuyas palabras parecen estar hechas de tiempo y silencio. Nadie en el pueblo habla de él, pero todos parecen temerlo. Y sin embargo, Lía no puede mantenerse alejada. Mientras los días se funden con las noches y los susurros del bosque se hacen cada vez más intensos, Lía descubrirá que el amor puede brotar incluso en los lugares más solitarios... aunque a veces amar signifique desafiar a la misma naturaleza. Porque hay algo que Élian no puede decirle. Y algo que el bosque no está dispuesto a perdonar.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Capítulo 1: Regreso al Silencio

El motor del auto se apagó con un suspiro largo, como si también estuviera cansado del viaje. Frente a mí, la cabaña de mi abuela se alzaba igual que en los recuerdos: de madera envejecida, cubierta de musgo y envuelta por la neblina del amanecer. No había cambiado nada… y sin embargo, todo era distinto. O tal vez la que había cambiado era yo.

Bajé lentamente, arrastrando mi maleta sobre la gravilla húmeda. El aire olía a tierra mojada y hojas viejas, ese aroma olvidado que solo los bosques saben guardar. Mis pasos crujieron al avanzar por el camino de piedras que conducía al porche. Un mirlo saltó entre las ramas. Me observó. Y por un instante, sentí que no estaba sola.

—He vuelto —murmuré en voz baja, como si alguien, o algo, pudiera oírme.

La llave encajó con la torpeza de lo antiguo. Al abrir la puerta, una ráfaga de polvo y silencio me recibió como un abrazo frío. La casa llevaba cerrada más de un año, desde que mi abuela murió. Nadie había regresado desde entonces. Ni siquiera yo.

La cabaña seguía intacta: las cortinas bordadas, los marcos con fotos descoloridas, la manta tejida sobre el sillón de siempre. Todo parecía esperarme. Y eso era lo que más dolía.

Me senté en el viejo sofá, dejando la maleta a un lado. Observé la chimenea vacía, el reloj detenido, los libros que alguna vez leí de niña. Cerré los ojos. La memoria es una criatura salvaje; viene cuando menos la llamas, y muerde con fuerza.

Mi abuela solía decir que el bosque tenía voz. Que sus árboles hablaban en susurros, si sabías escuchar. Que no todos los que entraban salían siendo los mismos.

En ese entonces, yo me reía. Ahora… no estaba tan segura.

Esa noche, la cabaña crujió con el viento, como si también respirara. Me acosté en el antiguo cuarto de huéspedes, rodeada de sombras familiares. Afuera, el bosque se extendía como un océano oscuro, apenas iluminado por una luna temblorosa. No había farolas, ni vecinos, ni autos. Solo la naturaleza. Y su silencio.

Pero a la medianoche, me despertó un sonido.

No era un animal. No era el viento.

Era... un susurro.

Me levanté descalza, guiada por el instinto. Crucé el pasillo, abrí la puerta principal y salí al porche. El bosque estaba ahí, esperándome. No se movía. No llamaba. Solo... observaba.

Y en ese instante, lo sentí.

Una presencia.

No miedo. No amenaza.

Algo... diferente. Antiguo.

Como si alguien, desde lo profundo de los árboles, supiera que yo había regresado.

Pasé el día siguiente limpiando, ordenando, tratando de que la rutina venciera al pensamiento. Pero el bosque seguía allí, detrás de cada ventana, susurrando con cada hoja movida por el viento.

Al anochecer, salí a caminar. Sin mapa. Sin rumbo. Solo mis pasos marcando el sendero entre raíces y ramas. La luz dorada se filtraba entre los árboles, creando sombras danzantes que parecían tener vida propia.

Fue entonces, en medio de ese claro cubierto de helechos, que lo vi por primera vez.

Una figura alta, quieta, casi fundida con la niebla. De espaldas. Cabello oscuro. Ropa simple. Parecía parte del bosque… o tal vez su guardián.

Me congelé.

Él no se movió.

Solo giró la cabeza, apenas un poco, como si ya supiera que yo estaba ahí.

Y entonces, sin decir palabra, se adentró más en el bosque... y desapareció entre los árboles.

No lo seguí.

No esa noche.

Pero su imagen se quedó conmigo, como una palabra susurrada demasiado cerca del alma.

Dormí poco esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, veía aquella silueta entre la neblina, como un eco visual que se negaba a desvanecerse. Había algo en él… no solo en su presencia, sino en su calma, en la forma en que parecía encajar con el entorno como si fuera un secreto que el bosque protegía.

A la mañana siguiente, me levanté con la cabeza llena de preguntas. Intenté ignorarlo. Me obligué a desayunar en el porche con un café tibio y una libreta en blanco, esperando que escribir me ayudara a ordenar lo que sentía. Pero no escribí ni una sola palabra.

El bosque estaba demasiado callado. Y su silencio, paradójicamente, era ensordecedor.

Alrededor del mediodía, fui al pueblo a pie, como cuando era niña. El trayecto era corto, pero el tiempo parecía estirarse entre los árboles. Las ramas se curvaban sobre el camino como brazos protectores, y las hojas secas crujían con un ritmo lento, casi ritual.

El pueblo seguía igual: calles empedradas, casas con flores en los balcones, el mismo café junto a la biblioteca. Todos me saludaban con la misma mezcla de amabilidad y prudencia. Aquí, la gente recordaba. Y también sospechaba.

—Lía… no puedo creer que hayas vuelto —dijo Carmen, la dueña del café, con una sonrisa un poco más forzada de lo que esperaba.

—Solo por un tiempo —respondí—. La cabaña estaba abandonada, y pensé que… bueno, necesitaba estar sola.

Ella asintió lentamente. Me invitó a pasar, me sirvió un té sin que lo pidiera, y me miró con ese gesto que usan las personas que saben más de lo que dicen.

—¿Ya fuiste al claro?

La pregunta me atravesó como una aguja.

—¿Qué claro?

—El de los robles viejos. Cerca del riachuelo. A veces los forasteros lo encuentran… y a veces, él los encuentra a ellos.

—¿Él?

Carmen bajó la mirada hacia la taza que sostenía.

—Hay cosas que es mejor no buscar, Lía. El bosque tiene su forma de mostrar lo que esconde. Y no todo lo que vive allí está hecho para ser amado.

Volví a casa antes del atardecer, con una sensación extraña, como si la conversación en el café hubiera despertado algo dormido. Me costaba creer en leyendas. Siempre fui de las que buscan explicaciones. Pero esta vez, no tenía ninguna.

Y el bosque seguía observándome.

Decidí volver al claro.

Esta vez, llevé una linterna, un abrigo y la vieja brújula que solía usar con mi abuelo. El sol caía rápido entre los árboles, proyectando sombras alargadas que se deslizaban como dedos por el suelo cubierto de musgo.

Volví a encontrar el lugar exacto donde lo vi. El claro estaba desierto… o eso creí.

Cuando di un paso más, sentí el leve crujido de ramas detrás de mí.

Me giré.

Ahí estaba.

Él.

Más cerca. Más real.

Sus ojos eran oscuros, pero no opacos. Reflejaban la luz como si dentro de ellos habitara una estrella lejana. Su expresión era neutra, pero en sus facciones había una tristeza vieja, como de alguien que había esperado demasiado tiempo para hablar.

No se acercó. No sonrió. Solo habló.

—No deberías estar aquí.

Su voz era grave, suave, como una brisa que rozaba la piel sin pedir permiso.

—Y tú… ¿quién eres? —pregunté sin moverme.

Hubo un silencio largo. Luego, él bajó la mirada hacia el suelo cubierto de hojas.

—Nadie. O lo que queda de alguien.

Dio media vuelta y se perdió otra vez entre los árboles.

Esta vez lo seguí.

Sin pensarlo. Sin entender por qué.

Solo supe que si no lo hacía, me arrepentiría para siempre.

Lo seguí a través de un sendero casi invisible, marcado solo por ramas partidas y un aroma a madera húmeda. El camino descendía hacia un pequeño valle cubierto de neblina. Allí, entre las raíces de un árbol gigantesco, había una cabaña escondida, hecha de piedra y troncos, como un secreto construido con paciencia.

Él se detuvo en la entrada. No me miró.

—No vuelvas, Lía.

Y antes de que pudiera preguntar cómo sabía mi nombre, la puerta se cerró suavemente tras él.

Esa noche, el bosque no susurró. Rugió.

El viento golpeó los cristales. Las ramas arañaban las paredes como si quisieran entrar. Y, entre sueños, escuché mi nombre repetido en una voz profunda, casi dolorosa.

Lía.

No lo busques más.

Pero ya era tarde.

Yo no lo había encontrado a él.

Él me había encontrado a mí.

Me desperté antes del amanecer, empapada en sudor frío. Afuera, el bosque respiraba otra vez en silencio, como si nunca hubiera gritado la noche anterior. Apreté las sábanas, aferrándome al único calor que no me abandonaba: el de mi propia confusión.

Me repetí que todo había sido una mezcla de cansancio y sugestión. Que mi mente me jugaba trucos entre la niebla y la nostalgia. Pero no podía mentirme. No después de haberlo visto. De haberlo escuchado decir mi nombre. Nadie en el pueblo me había visto en años. ¿Cómo lo sabía?

No tenía respuestas. Solo una sensación punzante en el pecho que no quería ignorar.

Pasé la mañana explorando el desván. Mi abuela solía guardar allí todo lo que "algún día podría servir". Trastos viejos, mantas, cajas llenas de fotografías, cartas, papeles amarillos y una radio de cuerda que aún funcionaba.

Encontré un baúl de madera oscura al fondo, cubierto de polvo. Al abrirlo, una oleada de olor a papel antiguo y lavanda me golpeó de golpe. Dentro, descubrí un cuaderno de tapas verdes con el nombre Aurelia escrito en letra firme. Mi abuela.

Lo abrí con manos temblorosas. No era un diario como los que esperaba. Era… un cuaderno de observaciones. Día tras día, anotaciones del clima, del comportamiento de los pájaros, del sonido del viento. Pero entre esas líneas científicas, algunas páginas hablaban del bosque.

"Hay algo en el claro. Una energía distinta. A veces, lo veo. No es miedo lo que siento, sino una especie de respeto. Como si el bosque cuidara de él. Como si supiera que aún no ha sanado."

Más abajo:

"Hoy lo vi más cerca. Tiene los mismos ojos que Elías. No puede ser. El tiempo no lo perdona a él como al resto."

Mi respiración se cortó. Elías. Mi abuelo. Él también había vivido en esta cabaña. Él también amaba el bosque. Murió cuando yo tenía seis años, pero su ausencia siempre fue una presencia constante. ¿Qué significaba todo esto? ¿Mi abuela conoció al mismo hombre que yo vi?

¿O era su forma de hablar de otra cosa? ¿Una metáfora? ¿Una historia inventada para llenar el vacío?

Nada era claro. Y, por primera vez, quise preguntar.

Volví al pueblo esa tarde. Fui a la biblioteca, donde solía ir con mi abuela cada verano. La encargada, doña Sofía, me reconoció al instante.

—Los ojos no cambian —dijo—. Los tuyos son igualitos a los de Aurelia.

Le pregunté si recordaba algo sobre Elías, o sobre las notas de mi abuela. Le mostré el cuaderno. Lo hojeó con cuidado, como si contuviera secretos que no se debían perturbar.

—Tu abuela era una mujer muy perceptiva. Amaba este bosque como a un hijo. Pero también temía lo que había dentro —dijo en voz baja—. Hay cosas que se heredan, Lía. No solo la sangre. También la sensibilidad.

—¿Sensibilidad a qué?

Ella cerró el cuaderno y me miró con una ternura cargada de advertencia.

—A escuchar lo que los demás no oyen. A ver lo que otros ignoran. Hay quienes sienten al bosque. Lo entienden. Y él… responde.

Esa noche me costó dormir. No por miedo, sino por la certeza de que algo me esperaba. O alguien.

Salí con linterna y cruzada de abrigo hasta el claro. El viento estaba quieto, los árboles inmóviles. Cada paso parecía más profundo que el anterior, como si las raíces del bosque se abrieran para dejarme pasar.

Lo encontré sentado sobre una piedra, junto al tronco de un árbol viejo. Me miró, sin sorpresa. Como si supiera que volvería. Como si nunca me hubiera ido.

—Tu abuela venía aquí —dijo.

Me quedé helada. No pregunté cómo lo sabía. Solo asentí.

—¿Por qué estás aquí? —le pregunté.

Guardó silencio. Luego se levantó, caminando en círculos lentos.

—Porque no puedo irme —respondió—. Estoy atado a este lugar. Y ahora tú también lo estás, aunque aún no lo sepas.

—¿Por qué yo?

—Porque escuchas. Porque sientes. Porque el bosque te eligió.

Me acerqué, un poco más. No pude evitarlo. Algo en su voz me arrastraba. Como un río subterráneo que siempre fluye hacia el mar.

—¿Quién eres?

Se volvió hacia mí, y por primera vez, sonrió. Fue una sonrisa leve, triste. Casi humana.

—Me llamo Élian.

El nombre me atravesó como una corriente tibia. Élian. El bosque le daba un nombre. Y con él, una historia que aún no conocía.

—¿Eres real?

Él bajó la mirada.

—Tan real como todo lo que el corazón se atreve a creer.

Esa fue la primera noche que no dormí. No por insomnio, sino porque algo dentro de mí se había despertado. Algo viejo, dormido en lo más profundo.

Y mientras la luna trepaba por entre las ramas, supe con absoluta certeza que nada de lo que viviera aquí volvería a ser igual.

Ni el bosque.

Ni yo.

Ni Élian.