La Sombra de Sinnoh en Nueva York

Summary

Este libro narra la historia de Cynthia Shirona, seis veces campeona mundial de Pokémon, quien, aburrida de la perfección y la falta de desafíos, busca una nueva forma de emoción. Su deseo la lleva a encontrarse con Zero, un ser enigmático que le ofrece un trato: ser transportada a un universo alternativo de superhéroes por solo 24 horas. Si Cynthia muere en este nuevo mundo, su alma quedará atrapada para siempre. Para asegurar un desafío digno, Cynthia exige un poder que la iguale a los seres de ese universo. Zero le otorga a Alastor, un simbiote morado con una voluntad propia, advirtiéndole que podría consumirla. Sin embargo, Cynthia, con su determinación inquebrantable, somete a Alastor, convirtiéndolo en su "piel" y una fuente de poder. Juntos, Cynthia y Alastor, ahora fusionados en una entidad de aniquilación, llegan a Nueva York. Cynthia descubre el placer sádico de la destrucción al usar a Alastor para potenciar a sus Pokémon, transformándolos en monstruos imparables.

Status
Ongoing
Chapters
20
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: El Tedio de una Campeona

El aire en el cementerio de Pueblo Caelestis era una densa cortina de humedad y descomposición, un abrazo frío que se aferraba a la piel y se colaba en los pulmones. Cada bocanada traía consigo el dulzón aroma de la tierra mojada, mezclado con el tenue rastro de flores marchitas y la inconfundible esencia de la putrefacción. Lápida tras lápida, se alzaban como dientes rotos en la mandíbula de un gigante olvidado, sus superficies grabadas con nombres y fechas que para Cynthia Shirona eran meras abstracciones, ecos de vidas que jamás había conocido ni le importaría conocer. Seis veces campeona mundial de Pokémon. Un título que, en algún tiempo remoto, había resonado con la fuerza de un trueno, ahora era apenas un suspiro vacío en los vastos y desolados pasillos de su mente. Seis veces, y cada victoria era más predecible, más carente de sorpresa que la anterior. Sus Pokémon, tan leales, tan poderosos, se habían transformado en meras extensiones de su voluntad, instrumentos perfeccionados para un ballet de combate que ya no la asombraba.

Sus botas de cuero fino crujían sobre la grava, cada paso un suspiro audible de su aburrimiento. Cynthia, la inigualable, la estratega brillante, se encontraba atrapada en la jaula dorada de su propia perfección. El mundo, tal como lo conocía, era un libro ya leído, sus giros argumentales predecibles, sus finales aburridamente felices. Ya no existían desafíos que encendieran la chispa de su intelecto, ni oponentes que hicieran latir su corazón con verdadera emoción, esa punzada dulce y amarga que solo el riesgo podía ofrecer. Era una diosa en un panteón de mortales, y la soledad de la cima era una tortura lenta, una erosión constante de su espíritu.

El viento frío susurró entre los viejos cipreses, arrastrando consigo el lamento silencioso de las almas que, según la creencia popular, descansaban bajo la tierra. Cynthia, sin embargo, no sentía la melancolía que el lugar parecía invocar. Solo un profundo, insaciable vacío que la carcomía desde dentro. ¿Qué era lo siguiente? ¿Conquistar otra región? ¿Derrotar a más entrenadores sin sustancia, cuyas estrategias eran tan transparentes como el cristal? La sola idea le provocaba un fastidio visceral, un nudo de irritación en el estómago. No quería honores, ni reconocimiento, ni la admiración vacía de las masas. Quería… algo. Algo que la sacudiera de su letargia, que la forzara a sudar, a temblar, a sentir algo más allá de esta asfixiante monotonía que se había convertido en su existencia.

Mientras se acercaba a una sección más antigua del cementerio, donde las lápidas estaban inclinadas, cubiertas de musgo y casi devoradas por la vegetación, una figura inusual captó su atención. Sentado sobre una tumba desmoronada, con la espalda ligeramente encorvada, había un ser. No era humano, eso estaba claro desde el primer vistazo. Sugabardina, de un blanco inmaculado y con un brillo sutil, parecía tejida con la luz de la luna, contrastando de forma casi violenta con el entorno lúgubre y sombrío. Su piel era tanblanca como la nieve recién caída, casi translúcida, y susojos, de un azul intenso y penetrante, brillaban con una sabiduría que desmentía por completo su apariencia. Porque su rostro, sí, era el de unniño, con rasgos delicados y una expresión de curiosidad lúdica, casi traviesa. No era alto, apenas superaría la cintura de Cynthia, pero la presencia que emanaba era inmensa, una fuerza silenciosa que llenaba el espacio a su alrededor.

El ser estaba jugando. ¿Con qué? Cynthia no podía distinguirlo; sus pequeños dedos se movían en el aire como si manipulara hilos invisibles, tejiendo patrones que solo él podía ver. Una risa suave y cristalina escapaba de sus labios, un sonido tan puro que parecía vibrar en el mismo aire, una risa que nadie más podía escuchar, porqueno había absolutamente nadie más en ese cementerio desolado, solo ella y esa enigmática figura.

Cynthia lo observó un momento, el ceño ligeramente fruncido. La curiosidad, una emoción casi olvidada en su repertorio, pinchó su letargo, una aguja fina que la sacó de su apatía. Se acercó lentamente, sus pasos apenas audibles sobre la grava, sus ojos dorados fijos en el pequeño ser. Él no pareció notarla, o al menos, no le prestó atención alguna. Su concentración en su juego solitario era absoluta, una burbuja de existencia que parecía impermeable al mundo exterior.

—¿No te aburres?—la voz de Cynthia rompió el silencio, cortante y directa como una espada afilada, un sonido inusual en la quietud del cementerio.

El ser detuvo su juego. Sus ojos azules, tan profundos y antiguos como el tiempo mismo, se levantaron para encontrarse con los de ella, una mirada que parecía ver a través de su fachada. Una leve sonrisa se dibujó en sus labios, una curva casi imperceptible que, sin embargo, alteró la atmósfera.

—¿Aburrirme?—su voz era sorprendentemente suave, casi un susurro, pero resonó con una resonancia extraña, como el tintineo de campanas lejanas, o el murmullo de un río subterráneo—. ¿Por qué habría de aburrirme? El universo está lleno de maravillas, de infinitas posibilidades. De destinos por tejer, de hilos por cortar. De existencias por observar.

Cynthia dio un paso más cerca, su expresión inmutable, pero con una chispa de interés que no había sentido en años. —La monotonía. La repetición. La falta de desafío. Eso es el aburrimiento. Una enfermedad del alma. ¿No lo conoces? Yo lo conozco bien. Me persigue. Soy la campeona mundial 6 veces de Pokémon, la estratega invencible, la figura inquebrantable. Y la única verdad es que no hay un solo oponente que valga la pena. Solo ecos de victorias pasadas.

El ser ladeó la cabeza, su sonrisa se amplió, mostrando unos dientes pequeños y perfectos, como perlas diminutas. —Ah, la Campeona. Sí, te he observado. Tu fuerza es… considerable. Tu intelecto… notable. Es comprensible que el tedio te consuma cuando no hay nada que te impulse a los límites, cuando cada victoria es una confirmación de tu propia soledad en la cima. Es una prisión, ¿no es así? Una prisión de perfección.

—¿Y tú?—Cynthia le retó, su mirada desafiante—. ¿Qué haces en un lugar como este? Un cementerio. Lleno de muerte, de finales. ¿No tienes miedo a la soledad, a la muerte que te rodea?

El ser soltó una carcajada, esta vez una risa que hizo que la hierba a sus pies vibrara levemente, y el aire alrededor de ellos pareció temblar con una energía invisible. —Miedo. Una emoción tan humana. Y tan limitante. Soy Zero. La soledad no me toca, porque el universo es mi compañía. La muerte es… un concepto interesante, un punto final para algunos hilos, pero no me concierne. Estoy aquí porque es un lugar tranquilo. Ideal para reflexionar sobre los hilos que conectan los universos, sobre las posibilidades que se abren cuando uno se rompe.

Zero se levantó de la tumba, su pequeña figura emanando una autoridad incomprensible, una fuerza que no se medía en tamaño o músculo, sino en algo mucho más antiguo y fundamental. Sus ojos se clavaron en los de Cynthia, y ella sintió una punzada, no de miedo, sino de una extraña fascinación, como si estuviera frente a un enigma que por fin valía la pena resolver.

—Veo tu aburrimiento, Campeona. Lo siento. Es un hedor que te asfixia, una niebla que te envuelve. Pero sé de un lugar… un lugar donde el aburrimiento es una imposibilidad. Un lugar donde tu deseo de adrenalina, tu sed de caos, tu verdadera naturaleza destructiva, encontrarán su máxima expresión. Un lugar donde no serás la prisionera de tu propia gloria, sino la arquitecta de tu propia aniquilación.

Los ojos de Cynthia se entrecerraron, una chispa de interés, casi de hambre, por fin iluminando sus ojos dorados. —¿Qué propones? ¿Un desafío? ¿Un nuevo juego? ¿Una trampa?

Zero extendió una mano pequeña y pálida hacia ella, un gesto de invitación. —Un trato. No para mí, sino para ti. Una oportunidad de romper las cadenas de tu tedio. Un universo completamente nuevo, con desafíos que superarán todo lo que conoces. Donde el juego es crudo, y las reglas… las pones tú. O las rompes. Da igual.

—¿Y por qué harías esto?—preguntó Cynthia, su voz teñida de escepticismo, aunque su cuerpo ya sentía una ligera vibración de anticipación.

—Por diversión—respondió Zero con una simplicidad desarmante, su sonrisa infantil volviéndose ligeramente siniestra, una mueca que parecía esconder secretos milenarios—. Observar la reacción de un espécimen como tú en un entorno completamente desconocido. El caos que desatarías. La forma en que reaccionaría ese universo, sus ‘héroes’ y sus ‘villanos’. Es un entretenimiento que no tiene precio para alguien como yo, que ha visto la misma obra una y otra vez.

Cynthia la miró con una mezcla de escepticismo y una creciente curiosidad. —Palabras vacías. ¿Cómo sé que puedes cumplir tal promesa? ¿Cómo sé que no eres un simple ilusionista, un charlatán que busca un momento de mi atención?

Zero soltó una carcajada, esta vez un poco más fuerte, y el aire alrededor de ellos se volvió denso, cargado de una energía invisible. Levantó su mano, y antes de que Cynthia pudiera reaccionar, un tenue brillo blanquecino emanó de su palma, pulsando con una luz suave pero intensa. El aire alrededor de Cynthia comenzó a ondular, distorsionándose como el agua en un día caluroso. De la nada, imágenes comenzaron a materializarse frente a sus ojos, flotando en el espacio como viejas fotografías emergiendo de un pozo oscuro.

Vio a una Cynthia más joven, sus ojos brillando con una inocencia que ahora le parecía extraña, mientras sostenía la mano arrugada de su abuela, una escena de calidez que se sentía ajena a su ser actual. Vio la emoción desbordante en su rostro cuando ganó su primera liga, un grito de alegría que se sentía tan lejano ahora, como un recuerdo de otra vida. Vio el peso de las expectativas que se posaban sobre sus hombros, la presión asfixiante de ser siempre la mejor, de mantener esa imagen inmaculada, de ser la inquebrantable Campeona. Los susurros de los demás sobre su perfección, sobre la necesidad de mantener esa imagen, de ser siempre la inquebrantable, resonaron en su mente como cadenas invisibles. Vio la semilla de su opresión, la lenta pero implacable erosión de su libertad, hasta convertirse en un autómata de la victoria, una máquina perfecta desprovista de verdadera pasión. Los recuerdos más profundos, los que solo ella conocía, los que había enterrado bajo capas de indiferencia, flotaban ahora en el aire, tangiblemente dolorosos y reveladores.

Cynthia no sintió miedo. En cambio, una extrañaternura, casi melancólica, le invadió el pecho al ver la vulnerabilidad de su yo pasado. La opresión. Sí, Zero lo había entendido. El deseo de romper con todo aquello que la había encadenado, incluso las glorias que el mundo le había impuesto, era una verdad innegable.

—Impresionante—admitió Cynthia, la palabra saliendo con una sinceridad inusual, una rareza en su voz habitualmente distante—. Acepto el trato. Pero, ¿cuáles son las condiciones? Más allá de mi ‘diversión’ personal. Siempre hay un precio.

Zero retiró la mano, y las imágenes se desvanecieron como el humo, dejando solo el aire frío del cementerio. —Las condiciones son sencillas. Te diviertes. Desatas tu verdadera naturaleza. Y tienesveinticuatro horasen ese universo. Solo eso. Lo único…peligroso, si es que buscas el peligro, es que si mueres allí, no podrás revivir. Tu alma quedará atrapada. Para siempre. Un final absoluto, sin retorno.

Los ojos de Cynthia brillaron con una luz inusual, una chispa que no se había visto en ellos en años. La idea de la muerte, de la no existencia, de un final definitivo en un lugar desconocido y sin la posibilidad de un renacimiento, no la asustó. Lejos de ello. La excitó. Era la apuesta más alta que jamás le habían ofrecido. —No importa—espetó, su voz cargada de una adrenalina que no había sentido en años, una sed que crecía con cada palabra de Zero—. Quiero la adrenalina. Lo quiero todo. El riesgo. La aniquilación. La posibilidad de un final absoluto, si es que llego a ser tan incompetente como para encontrarlo.

Una nueva preocupación, una astilla de pragmatismo, cruzó la mente de Cynthia. —Pero… por muy poderoso que sea mi equipo, y por mucho que yo misma haya superado límites, sé que hay seres en otros universos con poderes que van más allá de mi comprensión. Entidades cósmicas, mutantes con habilidades que desafían la lógica, he escuchado rumores. Si me envías a un lugar lleno de ‘superhéroes’ como dices, debo tener algo que me iguale. Algo que garantice que el desafío sea justo, pero que yo siga siendo la depredadora, no la presa. No busco una muerte fácil, Zero. Busco un juego que valga la pena jugar hasta el final.

Zero sonrió, un destello de aprobación en sus ojos azules. —Sabia decisión, Campeona. Entendido. Un lienzo en blanco necesita las herramientas adecuadas para la obra de arte que vas a pintar.

Con un movimiento fluido y casi etéreo, Zero materializó unbastónen su pequeña mano. Era de madera oscura y retorcida, que parecía haber crecido de las raíces de un árbol ancestral, pero lacabeza era una intrincada escultura de un dragón, sus ojos hechos de lo que parecían ser gemas negras que absorbían la poca luz del cementerio. El aire alrededor del bastón zumbó con una energía arcana, un murmullo de poder antiguo.

Zero levantó el bastón y lo apuntó hacia el cielo nocturno, que parecía haberse oscurecido aún más en respuesta a su presencia, las pocas estrellas visibles desapareciendo detrás de una cortina de nubes. Su voz, normalmente un susurro, se hizo profunda y resonante, como si mil voces hablaran a través de él, un coro de ecos de universos distantes.

“Desde el vacío, donde la voluntad se doblega y el caos reina,Donde la sinergia es un pacto y la oscuridad encadena,Manifiéstate ahora, para servir a la que te reclama,Alastor, tejido de sombras y poder, de fuego y llama.Que tu esencia se una, que tu hambre se desate,Que la voluntad de la Campeona tu destino dicte.”

El cielo se desgarró con un sonido que no era trueno, sino un sonido gutural, como un grito primordial de la propia tela de la realidad. De la brecha que se abría, una masa amorfa y pulsante comenzó a descender. Era de uncolor morado intenso y brillante, casi violeta oscuro, con vetas negras que serpenteaban sobre su superficie como venas retorcidas. La sustancia se retorcía y se contraía, goteando una especie de moco oscuro que se evaporaba al tocar el suelo con un siseo apenas audible. Desprendía un aura de poder primitivo y peligrosamente seductor. Cayó justo frente a Cynthia, golpeando el suelo con un sonido húmedo y pegajoso, como carne cruda.

—Aquí está—dijo Zero, su voz volviendo a su tono normal, aunque con un matiz de advertencia que no pasó desapercibido para Cynthia—. Un simbiote. Lo llamanAlastor. Es una criatura de poder. Una herramienta formidable. Pero ten cuidado, Campeona. Tiene una voluntad propia. Una muy poderosa. Un hambre que puede rivalizar con la tuya. Si no lo dominas,te consumirá. Te perderás en él. Será él quien te controle, no al revés. Y su diversión será tu aniquilación.

Cynthia observó la masa morada que se retorcía a sus pies. El simbiote pulsaba, extendiendo pequeños zarcillos exploratorios hacia ella, como si la olfateara, la midiera. No sintió miedo. Solo una certeza inquebrantable, una convicción que resonaba en lo más profundo de su ser.

—No hay nada—dijo Cynthia, sus ojos fijos en la criatura, una sonrisa cruel comenzando a curvar sus labios—. Ningún desafío que yo no pueda ganar. Ninguna voluntad que no pueda doblegar. Ningún ser que no pueda someter. Alastor será mi herramienta, no mi amo.

Una sonrisa de éxtasis cruzó su rostro, una expresión que pocas veces había mostrado, una mezcla de anticipación y una oscura satisfacción. La oscuridad en sus ojos se hizo más profunda, casi devorando el brillo dorado. Su verdadero ser, el que había estado encadenado por las expectativas y la monotonía, comenzaba a emerger, hambriento.

Zero asintió, complacido, su pequeña figura emanando una satisfacción casi palpable. Levantó el bastón de nuevo, y esta vez, el aire se abrió frente a Cynthia como una cortina rasgada por una mano invisible. No era una brecha en el cielo, sino unportal distorsionado, arremolinándose con colores caóticos y sonidos ininteligibles, como el murmullo de millones de voces superpuestas. Podía ver destellos de una ciudad bulliciosa más allá, edificios altos que perforaban un cielo diferente, luces parpadeantes y una energía vibrante, caótica, prometedora.

—Pasa por aquí—le dijo Zero—. Llegarás al mundo que buscas. Un mundo de ‘superhéroes’. Un lienzo en blanco para tu expresión. Un patio de juegos para tu verdadera naturaleza.

Cynthia sintió la excitación vibrar en cada fibra de su ser, una corriente eléctrica que la recorría de la cabeza a los pies. Un nuevo mundo. Nuevas víctimas. Nuevas reglas para romper. Miró a Alastor, que ahora se había alzado un poco, sus tentáculos extendiéndose hacia ella como una bienvenida silenciosa, una promesa de poder.

—No importa—respondió Cynthia, su voz apenas un susurro, pero llena de una sed de caos que la consumía—. El desafío es mucho. Más de lo que he soñado. Y con este ‘traje’—hizo un gesto hacia el simbiote que la esperaba—, les puedo ganar a todos. Y disfrutaré cada segundo de su desesperación.

Dio un paso hacia el portal, la oscuridad de Alastor pareciendo extenderse hacia ella como una sombra que la envolvía. El tedio, por fin, se disipaba, expulsado por la promesa de una aniquilación gloriosa. El juego, el verdadero juego, estaba a punto de comenzar.